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Cartas que nunca envié

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Sinopsis

Mariana guardó durante años todas las cartas que escribió a su primer amor: cartas llenas de confesiones, heridas, sueños y palabras que nunca se atrevió a decir. Ahora, con 24 años, un accidente en la oficina de correos hace que esas cartas —todas juntas— lleguen a las manos de Daniel, aquel chico que marcó su adolescencia. Él, intrigado, vuelve a buscarla. Pero el reencuentro no es fácil: Mariana no es la misma, Daniel tampoco… y las cartas muestran una versión de ella que ya no existe. Entre recuerdos dulces y heridas abiertas, deberán decidir si se puede amar a alguien que solo conoces en palabras.

Genero:
Drama
Autor/a:
Nilec
Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Mariana y sus cartas secretas

Capítulo 1

Mariana siempre había tenido la costumbre de guardar recuerdos. No era acumuladora, ni mucho menos, pero cada cosa que la hacía sentir un cosquilleo en el pecho terminaba escondida en alguna caja de cartón, como si las memorias pudieran embotellarse y quedar a salvo del tiempo. Había entradas de cine arrugadas, flores secas de colores apagados, pulseras de hilo que alguna vez fueron brillantes. Sin embargo, nada era tan importante para ella como aquella caja azul que escondía en el fondo del armario, entre suéteres de invierno y libros que ya no leía.

La caja estaba gastada, con una pequeña grieta en la tapa, como si con los años hubiese envejecido junto a ella. Dentro había decenas de sobres, cuidadosamente cerrados, numerados y escritos con su letra adolescente: nerviosa, inclinada hacia la derecha, con adornos exagerados en cada corazón dibujado sobre la letra “i”. Eran sus cartas. Las cartas que había escrito desde los catorce hasta los dieciocho años, todas dirigidas a la misma persona: Daniel.

Daniel, su primer amor, su tormenta y su calma al mismo tiempo. Nunca se las envió. Nunca se atrevió. Pero escribirlas era como hablar con él en secreto, como tenerlo cerca aunque en la realidad apenas cruzaran palabras.

Ahora, a sus veinticuatro años, Mariana miraba aquella caja con una mezcla de ternura y vergüenza. Había vuelto a mudarse, y como siempre, al empacar, la caja azul salió de su escondite. Se sentó en el suelo del nuevo apartamento, rodeada de maletas abiertas, con la tapa de la caja sobre sus rodillas.

Sacó el primer sobre. En la esquina superior había escrito: “14 años – primer día de colegio”. Lo abrió con cuidado y leyó en voz baja:

> “Querido Daniel, hoy me hablaste por primera vez. Me preguntaste si tenía un lápiz extra. No sabes lo feliz que me hizo. Ojalá algún día leas esto, pero si no, no importa. Con que yo lo recuerde es suficiente…”

Mariana sonrió. Recordaba perfectamente ese día: la torpeza con la que le extendió el lápiz, las manos temblorosas, el rubor que le subió hasta las orejas. No podía creer que hubiera escrito páginas y páginas por algo tan pequeño. Pero así era ella entonces: intensa, soñadora, capaz de convertir un gesto mínimo en un universo entero.

Cerró la carta y la devolvió al sobre. Luego, sacó otra, más al fondo. En la portada decía: “17 años – el día que no viniste”. Dudó un segundo antes de abrirla.

> “Daniel, ¿dónde estabas hoy? Dijiste que vendrías al festival de música y te busqué en todas partes. Me sentí tonta, parada ahí sola, como si hubiera inventado nuestra amistad en mi cabeza. ¿Por qué duele tanto?”

El corazón de Mariana dio un vuelco. Apretó el papel entre los dedos y lo dejó a un lado. Esa había sido una de las noches más largas de su vida: esperó horas bajo la lluvia, con el vestido que había escogido solo para que él lo viera. Daniel nunca apareció. Al día siguiente, se enteró de que había salido con otro grupo de amigos y jamás se lo mencionó.

Mariana suspiró y dejó la carta sobre la mesa. Aquellas palabras ya no dolían como antes, pero aún guardaban un eco, como un cristal roto que, aunque ya no corta, sigue brillando con un filo peligroso.

Miró el montón de sobres y se preguntó por qué los seguía guardando. ¿Acaso no era hora de tirarlos, de quemarlos y dejar ir el pasado? Había amado, había sufrido, había crecido. Ahora tenía un trabajo estable, amigos nuevos, incluso salidas ocasionales con chicos que nada tenían que ver con Daniel. Y, aun así, la caja azul viajaba con ella a todas partes como una sombra obstinada.

El reloj marcaba la medianoche. Mariana se levantó, tomó una taza de té y regresó al sofá con una idea extraña en la cabeza. ¿Qué pasaría si un día esas cartas se enviaran de verdad? ¿Qué haría Daniel si descubriera lo que ella había sentido durante tantos años? ¿Se reiría? ¿La juzgaría? ¿O tal vez… sentiría algo también?

Sacudió la cabeza y se rió sola.

—Ridículo —murmuró—. Eso sería un desastre.

Dejó la taza a un lado y guardó de nuevo las cartas, cerrando con cuidado la caja azul. Pero no pudo evitar quedarse un instante más con la tapa entre las manos, acariciando la grieta en la madera como si fuera una herida compartida.

En el fondo, aunque nunca lo admitiría en voz alta, había una parte de ella que deseaba que algún día esas cartas llegaran a Daniel. Una parte que aún necesitaba ser leída, entendida, quizá perdonada.

No sabía que ese deseo, por más imposible que pareciera, estaba a punto de cumplirse de la manera más inesperada.

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