El último eco

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Sinopsis

Kenji despierta en un mundo donde todo parece controlado por bases secretas llenas de científicos, soldados y experimentos que desafían la ética. Sin recuerdos completos y con un poder extraño llamado Nebelgeist, debe aprender a sobrevivir, a entender quién es y en quién puede confr. Entre alianzas frágiles, secretos oscuros y manipulaciones, descubrirá que cada acción tiene consecuencias, que no todo es lo que parece, y que su destino está entrelazado con fuerzas que aún no comprende. Su camino apenas comienza, y cada descubrimiento lo acercará más a la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo que habitará antes del caos.

Genero:
Mystery/Action
Autor/a:
Mari_flan45
Estado:
En proceso
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La casa de los silencios

Miércoles 4 de 6450.

La casa era enorme, demasiado enorme. Tan grande que los pasos de Kenji retumbaban como gotas de agua cayendo en una cueva vacía, resonando en cada rincón hasta perderse en la distancia. Los pisos brillaban como espejos antiguos, reflejando luces que nunca parecían moverse. Las paredes olían a perfume viejo, un aroma dulce y pesado que se mezclaba con el polvo de los años, y las cortinas… jamás estaban abiertas, como si la luz del mundo exterior fuera un secreto que no debía entrar.

—No puedes salir —le decía su padre, sin levantar la vista de sus papeles, como si las palabras fueran órdenes que no necesitaban explicación.

—Hay cosas peligrosas allá afuera —decía su madre, su voz tan firme como quebradiza al mismo tiempo, un eco de miedo que Kenji no comprendía del todo.

Pero Kenji no quería cosas. No quería juguetes lujosos, ni habitaciones enormes ni comida deliciosa. Él quería personas. Niños que rieran, manos que lo tocaran, tierra bajo sus uñas y barro en los pies. Tenía cinco años y ya entendía, en el fondo, que su mundo era una jaula hermosa, elegante y vacía. La niñera era estricta, sus comidas siempre perfectas y exquisitas, pero él… él solo podía mirar por la ventana, observando a los niños correr y gritar en el parque del frente. Veía cómo sus cuerpos se movían libres mientras el cielo cambiaba de azul profundo a naranja cálido, y luego a negro absoluto, y él nunca podía estar allí con ellos.

Cada tarde, Kenji inventaba historias en silencio, acompañando su imaginación de sonidos: los ladridos de los perros, el murmullo de los coches lejanos, el crujir de las hojas secas. A veces, imaginaba que los niños del parque podían verlo y que alguien le lanzaría una pelota, pero cada intento terminaba en un simple reflejo de su propia soledad en el vidrio frío de la ventana.

Una tarde, mientras la luz comenzaba a teñirse de dorado, su madre entró en su cuarto sin avisar. Traía una manta doblada en los brazos y el rostro cansado, como si llevara el peso de mil días sobre sus hombros.

—¿No puedes dormir otra vez? —preguntó, su voz tan baja que parecía quebrarse entre las paredes silenciosas.

Kenji negó con un movimiento de cabeza, abrazando a su conejo de peluche, su único compañero constante. Ella se sentó a su lado, sin decir nada, y con una delicadeza que él no había notado antes, le acarició el cabello. El silencio se volvió espeso, pesado, hasta que su madre comenzó a cantar. La melodía era suave, como un hilo de luz que atravesaba la penumbra del cuarto, y el mundo parecía detenerse, suspendido en un instante de magia que Kenji nunca olvidaría:

Mi estrella de nieve

¿A dónde vas?

Caminas solito

Y no sé si volverás

Pero mi canto te va a cuidar

Mi estrella de nieve

Brillas sin fin

Si el viento te llama

No salgas de aquí

Shh…

Duerme ya, sueña ya

Shhh…

Mi estrella de nieve

Yo sigo aquí

Aunque no me veas

Te cuido desde mí

Kenji cerró los ojos, dejándose envolver por cada palabra, cada nota que parecía acariciar su alma. Sintió, por primera vez, que aunque estaba solo en esa enorme casa, alguien estaba ahí, cuidándolo desde la distancia. La luz de la tarde se filtraba apenas por los bordes de las cortinas cerradas, pintando sombras largas que se movían lentamente por las paredes, y él se preguntó si algún día podría salir y tocar ese mundo que veía desde su ventana.

Con el canto de su madre resonando en sus oídos, Kenji imaginó historias donde él corría entre los árboles, ensuciando sus manos con tierra húmeda, sintiendo el sol en la cara y escuchando risas que no fueran de fantasmas en su cabeza, sino reales, de niños que compartieran su alegría. Pero cuando abría los ojos, la realidad volvía: los pisos brillantes, los pasillos silenciosos, la ausencia de risas cercanas… y la sensación de que estaba atrapado en un mundo que no estaba hecho para él.

Esa noche, cuando la luna finalmente se asomó por el cielo, su madre dejó la manta sobre él y se levantó, sus pasos suaves y casi flotando. Kenji se acurrucó más junto a su conejo, la melodía de su madre aún en sus oídos, y por primera vez sintió que, aunque el mundo fuera grande, frío y distante, había un lugar donde alguien lo cuidaba, donde la soledad podía ser menos pesada… aunque solo fuera por unas horas.