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Adictivo Castigo

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Sinopsis

Mateo acepta un empleo que promete ser discreto y bien pagado: asistir en una casa aislada a un escritor célebre que vive recluido, bajo reglas estrictas que rayan en lo absurdo. No debe hacer preguntas. No debe acercarse. No debe mirar demasiado. La rutina parece sencilla, hasta que la casa empieza a revelarse como un espacio lleno de ausencias inquietantes. Un tercer piso siempre cerrado, libros en lenguas que no conoce y una presencia que se deja sentir sin mostrarse del todo. Mientras las noches se vuelven más densas y los recuerdos de un pasado traumático resurgen con fuerza, Mateo comienza a dudar de su propia percepción. ¿Está realmente solo? ¿Es el encierro una medida de protección… o una forma de control? Entre la paranoia y la atracción, entre la vigilancia y el deseo de ser visto, Mateo se adentra en una convivencia extraña donde cada gesto parece calculado y cada distancia, intencional. Hay encuentros que no suceden de golpe, sino que se preparan y atraen a sus víctimas con demasiada fuerza.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Nactopus
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Primer momento

Hacía mucho tiempo que no me encontraba tan animado. Bueno, no es que no tuviera motivos, pero tras unas serie de situaciones desafortunadas la había pasado mal los últimos dos meses. O los últimos dos años, mejor dicho. Aunque no quería pensar demasiado acerca de eso. No. Aquél era un día diferente, algo nuevo finalmente aparecía en mi horizonte, un nuevo mañana esperaba por mí. 

Y ese futuro brillante es el que esperaba en ese hermoso restaurante, vestido con mi traje de “te quiero impresionar por mi CV y no con mi apariencia”, porque sí, era un terrible ejemplo de lo que quieren las empresas en un empleado. Estaba al tanto de mi aspecto medio desaliñado, pero me parecía ridículo que la vestimenta no pudiera ser una decisión libre. Es sólo ropa.

Tenía la esperanza de impresionar al hombre misterioso que dos noches atrás me había llamado para una entrevista de trabajo, que dejó muy en claro lo poco convencional de la propuesta. No me interesaba lo que tuviera qué hacer, necesitaba mucho dinero. Mi casero ya estaba al tanto de mi desempleada situación y dudando de mis nuevas excusas, mis amigos ya no querían prestarme más dinero ni lugar para esconderme del casero, mi hermano había decidido cortar comunicación conmigo desde dos semanas atrás gracias a su carácter malhumorado y, en lo que respecta a mis padres, ya me habían dado un ultimátum con el dinero que durante meses me habían dado. Básicamente estaba en la completa ruina. Me jodieron por todos lados.

Por estar sumido en mis pensamientos no pude ver a aquella figura esbelta y de traje azul marino frente a mí. Parpadeé en medio de mi ensoñación, la vergüenza cubrió cada centímetro de mi cara al momento de finalmente darme cuenta de mi terrible primera impresión.

Sus ojos marrones fijos en mí me dieron la bienvenida más helada de mi vida. La decepción sólo se intensificó cuando recordé el largo tiempo que pasé frente al espejo antes de salir de mi apartamento.

—¿Es usted el señor Mateo Castellanos? —cuestionó el hombre mientras seguía de pie frente a mí con una expresión de seriedad absoluta, casi de completa indiferencia.

—Sí, señor. —dije, con un pequeño asentimiento de cabeza— ¿Y usted es el señor Pineda?

El hombre con una expresión de sorpresa tras decirle que sí, asintió para después examinarme de arriba a abajo sin ningún reparo. Tomó asiento sin decir nada más, manteniendo aquella expresión de seriedad absoluta. Para empezar, de su elegante maletín sacó una carpeta y la puso sobre la mesa.

Examinó su contenido sin decir una sola palabra. Su concentración estaba de lleno en lo que leía, o lo estuvo hasta que tomó la primera hoja y la extendió hacia mí.

—Necesito que por favor lea el siguiente texto. No tiene que ser en voz alta, pero debe leer su contenido por completo. —musitó, con un tono un poco apenado.

Por instinto lo tomé y al momento de posar mis ojos en aquel papel, mis ojos se encontraron con una caligrafía preciosa en tinta púrpura.

Después de todo, me encuentro cayendo de nuevo a aquel abismo sin fondo, con los brazos abiertos como si mi carne no importara. El brillo en sus ojos —esa maldita chispa cruel— me encadenó desde el primer instante. Y ahora, aunque mi cuerpo se estremezca con sólo imaginarlo, aunque me repugne mi propia debilidad, daría cualquier cosa por sentir su mirada clavada en mí una vez más.

He pasado noches enteras sin dormir, temblando en la oscuridad, susurrando su nombre a la almohada como un rezo que nunca se responde. Las manos me tiemblan con el recuerdo del roce de sus dedos sobre mi piel, como si ese instante mínimo fuera lo único que me mantiene respirando. Su voz —esa voz— me atormenta, se repite sin cesar en mi mente. No puedo silenciarla. No quiero. Me aferro a cada eco como un niño enfermo a su fiebre.

La soledad dejó de ser un vacío tolerable. Ahora es un veneno lento que me corroe los huesos. He dejado de fingir cordura, porque ¿para qué? Ya no queda más que esta criatura harapienta y hambrienta que soy, esta cosa que se arrastra entre recuerdos, que gime y se retuerce por una sola caricia.

Estoy en sus fauces, sí… y ya no tengo fuerzas para resistir. Me arrastré por el lodo de mi propia miseria para hallarlo, y ahora que lo tengo, no pienso soltarlo. No me importa si me arranco los últimos jirones de dignidad en el proceso. No pienso ceder. No pienso compartir. El mundo puede arder si es necesario, pero no lo alejen de mí. No otra vez.

He dejado atrás la poca humanidad que me sostenía. Sólo queda el monstruo: ese ser egoísta y delirante que ruge en mi pecho. Y ese monstruo lo ama. Lo ama como un veneno, como una fiebre que lo consume y lo alucina. Lo ama con todo el horror de saberse perdido y aún así no querer escapar.”

La lectura me dejó una sensación agria en la boca, como si hubiese probado algo tan dulce que te dan arcadas. Me sentía como si hubiera invadido algo íntimo, algo que no debería haber tocado y por la expresión en aquel hombre, compartíamos el mismo sentimiento. Terminé de leer el texto, pero mis ojos se quedaron fijos en el papel unos segundos más, como si mi cuerpo no supiera aún cómo reaccionar. Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta el estómago, de esos que no se pueden atribuir al frío del ambiente. Era más profundo. Más visceral. Como si algo dentro de mí reconociera una amenaza, aunque no supiera por qué.

No era sólo pasión lo que había en esas líneas. Era necesidad, obsesión, una enfermedad sin cura. No podía apartarme de la sensación de que ese texto no había sido escrito por una mente sana. Había algo retorcido, descompuesto, en la intensidad de esas palabras. Algo que me hacía querer levantarme de la silla y salir de ese restaurante para no saber de aquella propuesta.

Tragué saliva antes de devolverle el papel al señor Pineda, cuidando de no rozar su mano.

—Es… Fuerte —dije, con cuidado—. Apasionado. Tal vez demasiado. Me puso un poco incómodo, si le soy sincero.

Él no se inmutó. En cambio, sonrió como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—Es una reacción bastante común —musitó, guardando el papel con delicadeza—. No se preocupe, no es una prueba de su sensibilidad artística.

—¿Entonces…?

Pineda cruzó los dedos sobre la mesa, y sus ojos, por primera vez, parecieron brillar con una chispa extraña. No era entusiasmo. Era algo más contenido. Como un fuego oculto bajo una delgada capa de cenizas. El tipo de mirada de un vendedor que ya sabe que vas a comprar algo.

—Ese texto —dijo lentamente— pertenece a un hombre muy particular. Un escritor muy bueno, pero completamente atormentado. Está trabajando en algo nuevo, algo… Distinto. Pero su mente no le da tregua. Está atrapado en sus propias palabras, en sus recuerdos de los últimos meses, en su necesidad. Vive consumido por eso.

Guardó silencio un segundo, como si evaluara si debía continuar.

—Lo que necesito, Mateo, no es otro escritor —prosiguió al fin—. Soy consciente de sus capacidades, pero no las voy a requerir por completo. Necesito un asistente. Alguien que se encargue de los detalles mundanos. Que le recuerde que existe un mundo más allá de sus escritos. Que le lleve café, que mantenga su espacio habitable, que le hable cuando la noche se vuelve demasiado espesa. Que le saque, de vez en cuando, de su cabeza.

—¿Quiere que sea… Su niñera? —pregunté, intentando sonar irónico, aunque el tono me salió más tenso de lo que pretendía.

Pineda no se rió.

—No. Quiero que se convierta en su sombra.

La frase se quedó colgando entre nosotros como un hilo afilado. El escalofrío volvió, más fuerte esta vez.

—Parece un trabajo para alguien más afín al cuidado de otros. Una enfermera también encajaría muy bien ¿De verdad no hay alguna exigencia diferente a estar pendiente de él?

Pineda me miró largo rato, tal vez considerando seriamente su propuesta hacia mí. Luego dijo, en un susurro casi amable:

—Tengo el presentimiento de que será capaz de manejar la situación. Además de que es algo temporal, cuando pasen seis meses de su contrato, será libre de decidir si quiere continuar o no.

Mi mirada revoloteó un segundo por aquél restaurante. No sonaba tan mal la oferta de simplemente hacerle compañía a un escritor, pensé que sería una gran oportunidad para hacer contactos y conseguir algo mejor. Regresé la mirada a ese hombre formal cuya presencia comenzaba a inquietarme.

—¿Y el pago?... No quiero sonar exigente ni nada, pero entenderá que por lo que me está pidiendo no creo que el sueldo sea la gran cosa.

Pineda sonrió, esta vez con una mueca tan medida que parecía haber sido ensayada frente a un espejo. Su elegancia era casi hiriente.

—Diría que el pago es más de lo que su experiencia laboral justifica —susurró—, pero también entiendo que esta no es una propuesta… común.

Me quedé en silencio. Definitivamente común no estaba ni cerca de describir aquello.

La idea de estar con un completo desconocido que le gustaba vivir en aislamiento, emocionalmente inestable, con una mente que parecía aferrada al dolor y a un delirio amoroso no era precisamente lo que me imaginé al pensar en un empleo temporal. A pesar de estar desesperado, no quería simplemente ceder. Sin embargo, apareció el recuerdo de la notificación de cobro pendiente que me esperaba pegada a mi ineficiente nevera, las llamadas ignoradas de mi madre, y el mensaje de mi casero amenazando con cambiar la cerradura si no pagaba antes de fin de mes.

Apreté los labios con fuerza.

—Sonará tonto, pero es algo que necesito pensar un poco. También sé que deben tener en mente a otros candidatos y usted es alguien ocupado ¿Cuánto tiempo de respuesta tengo? —pregunté finalmente, con tono neutro— Estoy seguro de que esta es una buena oferta, sí… Espero que una noche no sea un abuso de mi parte.

Por un instante, la expresión de Pineda se congeló. Algo en su rostro se tensó, como si una cuerda interna se hubiese estirado demasiado. El leve cambio bastó para que su mirada se volviera punzante. Su tono se sintió como un balde de agua helada.

—Tiene hasta mañana al mediodía. No más.

El silencio posterior fue denso, casi físico. Me removí en la silla, incómodo, y sin pensarlo comencé a subirme un poco la manga izquierda de mi chaqueta. Un gesto automático, casi defensivo. La cicatriz empezó a molestarme de nuevo.

La línea blanquecina se extendía desde el dorso de mi mano hasta la mitad del antebrazo. Siempre llamaba la atención. Y como esperaba, los ojos de Pineda se detuvieron allí por un breve segundo. Fue casi imperceptible, pero lo vi. Lo sentí. Como una chispa muda que cruzó la mesa. No dijo nada, pero no hacía falta.

A veces la gente se hacía ideas. Ideas que no llegaban ni cerca de la verdad.

Con un suspiro lento, Pineda se levantó. Se abrochó con calma el botón de su saco y recogió la carpeta con movimientos pulcros, casi ceremoniales.

—Su amigo Pablo habló muy bien de usted, Mateo. Dijo que era una persona confiable, adaptable… También dijo que había pasado por cosas difíciles pero que siempre encontraba la forma de superarse. Me pareció un detalle importante porque, considerando mi propuesta, no veo cómo alguien como usted piense en rechazarla.

Yo sólo asentí, tragando saliva. El nombre de Pablo era una de las pocas anclas que me quedaban a la normalidad, pero en ese momento, sonaba lejano. Borroso.

—Piénselo detenidamente —continuó Pineda, mientras se acomodaba las mangas del saco—. No se trata de un empleo cualquiera, para nada lo es. Pero no es una tarea difícil. De verdad. Y dadas sus circunstancias, dudo que encuentre otra oferta igual de generosa en tan poco tiempo.

Pineda se detuvo antes de marcharse del todo. Dio media vuelta, como si hubiera recordado algo insignificante.

—La cuenta está pagada —dijo con voz seca—. Pida lo que guste, está cubierto.

Y se fue.

Mi estómago dio un brinco. Tal vez por el estrés, tal vez por la palabra “comida” o simplemente era mi cuerpo advirtiéndome del peligro. Llevaba días sobreviviendo a base de pan tostado y café soluble. Alimentación de primera, por supuesto. Así que, en cuanto el mesero pasó cerca, le pedí todo lo que fuera transportable: empanadas, arroz con pollo, una porción grande de lasaña, croissants y algunos postres envueltos en aluminio.

No quise pensar mucho en si me miró raro, estaba bastante al tanto de la imagen que tendrían de mí allá. A veces hay que dejar de lado cosas así para sobrevivir. Había dejado de importarme. Agradecí que todo viniera bien empaquetado, metí las bolsas en mi bolso y salí del restaurante sin mirar atrás.

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