Part 1 - Chapter 1
Las puertas de vigilancia se abrieron con un siseo hidráulico cuando Nayth entró a toda prisa. El acero se deslizó justo a tiempo para no golpearle el hombro. Deberían haberlo llamado en cuanto ella apareció en la red. En lugar de eso, se quedaron ahí sentados con los brazos cruzados y sin hacer una mierda, y ahora le tocaba a él limpiar su desastre.
Media docena de cabezas se giraron hacia él de golpe. Un técnico se puso en pie de un salto con un saludo apresurado; otro jugueteaba con una tableta, con los dedos resbalando sobre el cristal por el pánico. Los monitores bordeaban la pared del fondo en una cuadrícula continua de azules apagados, pero los ojos de Nayth se clavaron en la transmisión del centro: Sector 12, Celda 08.
«¿Qué cojones es esto?». Su voz ahogó el zumbido electrónico de las pantallas mientras señalaba el monitor con el dedo. «¿Habéis tenido a la hija de Dekker aquí?».
Nadie respondió con la suficiente rapidez. Él avanzó a zancadas, con sus botas golpeando la rejilla metálica.
«Colgrave, señor...», empezó a decir un joven oficial, antes de perderse en murmullos sobre órdenes y supuestos protocolos. Nayth lo hizo callar con una mirada tan ardiente que podría haber fundido el hierro.
«La puta hija de Dekker ha estado bajo custodia, ¿y a nadie se le ocurrió activar una alerta de nivel uno?».
Detrás de él, la sala se removió con incomodidad. Más excusas murmuradas, charlas sobre niveles de autorización e información confidencial. Nayth no escuchó nada de eso. Sus ojos habían vuelto al monitor, donde la Celda 08 llenaba toda la pantalla.
Aeris Dekker colgaba suspendida en el centro de la cámara. Tenía los brazos estirados por encima de la cabeza con grilletes magnéticos. Su piel pálida era un lienzo de moratones y cada temblor de sus músculos delataba el agotamiento de verse obligada a mantenerse erguida. Tenía la cabeza inclinada y su pelo rubio platino caía hacia adelante, ocultando su rostro.
Los dedos de Nayth se cerraron en puños, con la tensión recorriendo sus antebrazos. Se acercó a la consola principal y arrebató la delgada carpeta de su bandeja: papel de verdad, porque nadie quería un registro digital de lo que se había hecho allí. La abrió y pasó los ojos rápidamente por las páginas infinitas, con la mandíbula apretada hasta que le crujieron los dientes.
Parecía un manual escrito por carniceros: tres rondas de inyecciones de AMPH-7, ciclos de neuroburn en la parte baja de la columna, descargas repetidas de resonancia de dolor, y cada agonía seguida de un agente curativo para traerla de vuelta del borde y poder empezar de nuevo. Sus nervios habían sido destrozados, reconectados y despellejados hasta que no quedó casi nada más que puro reflejo, y aun así, no les había dado nada.
Cerró el archivo de golpe y lo tiró sobre la mesa. «Despejad la sala».
Algunas cabezas se levantaron con sorpresa, pero nadie se movió.
El oficial al mando finalmente se levantó de su silla. Era un hombre fornido con galones de capitán en el cuello y la mandíbula oculta bajo una barba rala. «Con el debido respeto, señor, es un callejón sin salida. Las órdenes de ejecución llegaron hace menos de veinte minutos. No hemos sacado ni una pizca de información de ella. A estas alturas, no es más que otra prisionera medio muerta de hambre que consume recursos que no tenemos».
Nayth ni siquiera lo miró. «He dicho: despejad. La. Puta. Sala».
El silencio siguió a la orden. Pasaron dos largos segundos antes de que se rompiera con el chirrido de las sillas y el arrastrar de botas. Uno a uno, el equipo fue saliendo; echaron un último vistazo inquieto hacia la pantalla del monitor mientras la puerta se cerraba con un siseo tras ellos.
Solo quedaba Nayth. Él, el brillo de la pantalla y el cuerpo frágil suspendido en esa luz azul tenue.
Se giró, con la ira todavía recorriendo sus venas sin tregua. El dolor no la había roto. Tampoco las drogas: la degradación psicológica, la privación química, las noches sin una pizca de sueño; nada de eso había acabado con su silencio. Lo que significaba que era hora de cambiar de táctica.
Caminó hacia el casillero empotrado en la pared y marcó su código. El escáner biométrico emitió un pitido suave al soltar el sello. Sacó su arma de reglamento de la funda —modelo estándar, polímero templado, con mira bloqueada— y se quedó mirándola un segundo, muy quieto, antes de dejarla en la bandeja superior.
Hace años, a un idiota se le olvidó hacer eso. Una prisionera consiguió arrancar el arma en mitad de la sesión y le voló la tapa de los sesos al muy capullo. Se cargó a media docena más de oficiales antes de que pudieran tumbarla con suficientes voltios como para parar el corazón de un toro. El equipo de limpieza tuvo que fregar las paredes después de aquello.
Esa historia se la grababan a cada nuevo recluta que pasaba por estos pasillos. Nadie quería repetir esa tragedia.
Nayth cerró el casillero con un clic final y se giró hacia el estante de equipo que ocupaba la pared opuesta. Había filas de equipo militar estándar colgadas en perfecta simetría: guantes, visores, chalecos antibalas, máscaras rígidas, inhibidores neuronales, una variedad de restricciones que brillaban bajo la luz y viales inyectables con etiquetas blancas que detallaban sus ingredientes químicos. Algunos cócteles agudizaban el dolor, otros vaciaban la mente, y se sabía que algunos convertían a los propios soldados en asesinos más eficaces, permitiendo que el cuerpo superara sus límites habituales de fuerza o resistencia.
Pasó de largo por todos ellos y agarró lo que más importaba. Una máscara: lisa, negra mate, curvada para ajustarse a la mandíbula y los pómulos. Rara vez los prisioneros sobrevivían lo suficiente como para importarle quién había sido su interrogador, pero el procedimiento exigía anonimato de todos modos. Para Nayth, sin embargo, la máscara era algo más que un velo. Era la línea divisoria entre el hombre y el monstruo. Al ponérsela, los restos de humanidad se quedaban en silencio.
Un espejo con marco de acero estaba apoyado justo al lado del estante. Su reflejo lo atrapó allí: hombros anchos bajo el uniforme, el pelo negro revuelto por el caos del día, la mandíbula apretada. Pero eran los ojos lo que lo mantenían allí, fijos, inquebrantables y extrañamente brillantes. Alguien los llamó una vez verde Kaitoke. Como musgo cristalizado. Bajo la luz estéril, casi parecían brillar.
Se quedó mirando un momento más, luego se puso la máscara. Se selló con un clic magnético, ocultando todo excepto aquellos ojos.
Se dirigió a la puerta y puso la mano en el panel de control. Era hora de ver qué haría cuando terminara el dolor y empezara la verdadera destrucción.