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EL CANTO DEL KULTRÚN

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Sinopsis

En los bosques de Wallmapu, un joven llamado Leftraru Lafken escucha un misterioso canto en sus sueños, el sonido de un Kultrún que lo llama hacia un claro oculto. Allí, descubre una raíz palpitante y un tótem antiguo que ha despertado fuerzas oscuras. Con la ayuda de la machi Ñamku y el anciano Kaiwenel, se enfrenta a sombras demoníacas que buscan poseer el tótem y romper el equilibrio entre los vivos y los muertos.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Los bosques de Wallmapu, lo que hoy en día es conocido como el sur de Chile, nunca fueron silenciosos. Incluso en las noches más profundas, el susurro de las ramas, el eco de los animales y el crujido de raíces antiguas mantenían una conversación entre los vivos y los muertos. Pero desde hace un ciclo lunar, el murmullo habitual había cambiado. Lo que antes era murmullo era ahora un lamento. Y en la aldea junto al lago, nadie dormía tranquilo. Leftraru Lafken escuchó por primera vez el canto del Kultrún en sueños. El Kultrún es un tambor que usa la Machi; una persona que conecta con el mundo de los espíritus), pero el canto del Kultrún era más bien un latido grave, retumbante, que le resonaba en los huesos como un eco de ultratumba. El sonido lo arrastraba hacia el bosque, entre ramas negras como manos secas, hacia un claro que no recordaba haber visto jamás. Allí, en la tierra removida, había una raíz expuesta, palpitante, negra como el carbón.

Y allí, sobresaliendo de la raíz.

Una columna tosca de madera retorcida, pero su superficie brillaba con una luz enfermiza, un reflejo sin fuente. Leftraru se agachó, rozó la madera con los dedos. El tambor del Kultrún cesó. El bosque contuvo el aliento. Y luego, en ese instante de quietud sobrenatural, una voz le habló.

—“Tú eres el elegido”.

Despertó jadeando, con las uñas sucias de tierra húmeda.

Kaiwenel, el anciano, supo que algo oscuro se había movido cuando el fuego del fogón se apagó sin viento. Entró con pasos pesados a la construcción donde encontró a Ñamku sentada junto a Leftraru, quien temblaba sin control, envuelto en pieles.

—Él lo encontró —susurró la machi sin levantar la vista.

—La raíz… —Kaiwenel sintió el peso de siglos en ese nombre.

—“Trempulkawe (un ser sobrenatural que lleva a los muertos a su lugar de descanso, en esta historia, uno de estos seres que decidió inclinarse hacia el mal) ha abierto los ojos”, —añadió ella—. “El equilibrio se ha quebrado”.

Kaiwenel tocó el hombro del muchacho. Estaba ardiendo, pero su mirada no era febril. Estaba ausente, como si ya no le perteneciera.

La historia era conocida por pocos: un tótem tallado del corazón de un canelo, un árbol que creció en un cruce de vientos, alimentado por sangre y cantos, sellado por los antiguos en la raíz del mundo. Un artefacto capaz de llamar a los espíritus, de romper los velos entre vivos y muertos. Un artefacto que este Trempulkawe de aquella visión había querido poseer antes de ser sepultado en la montaña negra, siglos atrás, cuando el fuego aún no había aprendido a hablar.

Pero este fuego en particular nunca muere. Solo duerme.

A la noche siguiente, Leftraru recuperó la conciencia. Rayen Kallfü la observaba desde la sombra, con el rostro impasible y la mano en su bastón. Su primer instinto fue alejarse, pero al ver su mirada, algo en él se serenó.

—¿Dónde está la raíz? —preguntó ella.

—“No lo traje. Pero… está aquí”. —Se tocó el pecho, donde su corazón aún latía al ritmo del Kultrún.

Ñamku lo confirmó: el tótem había elegido cuerpo nuevo.

—“El Raíz de la Oscuridad busca poseer, no ser llevado” —dijo—. “Está vivo. Y tú eres su raíz”.

Esa noche, los demonios descendieron.

Eran sombras alargadas, deformes, de ojos huecos y bocas sin dientes. Sus cuerpos eran humo condensado, huesos secos envueltos en ceniza. Se arrastraban desde los linderos del bosque; sus cuerpos reptaban como lombrices sin cabeza. Rayen mató al primero con su bastón directo a la garganta. No sangró, sino que se disolvió en humo caliente. Kaiwenel invocó a los espíritus de la montaña, y por un instante, el fuego respondió. Pero uno de los aldeanos fue atrapado, su cuerpo retorcido y absorbido en un solo chillido.

—“Buscan el tótem” —dijo Ñamku—. “No se detendrán”.

La decisión fue unánime: escapar, huir hacia el sur, hacia Antü Ruka, donde el sol toca la tierra. Solo allí podría la raíz ser destruida. O al menos, eso decían los cantos olvidados.

Así comenzó la travesía.

Pewma, los encontró en la tercera noche, cuando Leftraru se desmayó tras un ataque de fiebre. Lo vieron primero como dos ojos que brillaban en la oscuridad. Luego, el puma negro emergió de las sombras, enorme, majestuoso, como si llevara siglos esperando. Nadie habló. Pewma no necesitaba palabras.

El puma caminó junto a ellos desde entonces, guiándolos por sendas ocultas, salvándolos de trampas espirituales. Pero cada noche, cuando dormían, Leftraru escuchaba su voz.

—“El fuego no se apaga. Solo cambia de lugar. Tú eres la chispa”.

La corrupción de la raíz crecía dentro de él. Lo sentía en los sueños, en los susurros que se colaban cuando el viento soplaba al revés. Empezó a ver cosas. Las ramas se torcían para observarlo. El río murmuraba su nombre. Y en su reflejo, los ojos que lo miraban no eran los suyos.

Una noche, Rayen lo enfrentó. Él había encendido una fogata con solo tocar una piedra.

—“No uses el poder. Cada vez que lo haces, El Trempulkawe se alimenta”.

—“¿Y si lo usamos para destruirlo?” —gritó Leftraru—. “¿No es mejor controlar el fuego que temerlo?”.

Rayen levantó su arma, pero fue Kaiwenel quien lo detuvo.

—“Tu tentación es la suya” —dijo—. “Y si caes, caeremos todos”.

Al quinto día, llegaron al pantano de los Susurros.

El aire era denso, y el lodo susurraba con voces infantiles. Ñamku les ordenó cubrirse los oídos. Rayen no obedeció. Cayó de rodillas, llorando, hablando con una voz que no era suya.

—“Mamá… perdóname… no quería…”. —balbuceaba.

Kaiwenel la sacudió, pero fue Pewma quien rugió, y el pantano calló. La guerrera tardó horas en recuperarse.

Leftraru, sin embargo, escuchó cada palabra del lodo. Lo sedujeron, lo adularon, lo coronaron.

—“Rey del fuego. Señor de la muerte. El bosque será tu trono”.

No dijo nada.

En la boca del Antü Ruka, hallaron la traición.

Un grupo de longkos, líderes de las aldeas, los esperaba. Kaiwenel había confiado en ellos, pero la ambición es más fuerte que la sangre. Querían la raíz. Decían que usarían su poder para proteger el Wallmapu. Pero sus ojos brillaban con avidez.

—“Podemos controlar el fuego” —afirmaban—. “Solo necesitamos el recipiente”.

Rayen luchó como una loba. Kaiwenel sacó Kultrún y lo hizo vibrar hasta que uno de los traidores sangró por los oídos. Pero eran muchos. Leftraru fue capturado.

Y entonces habló el Trempulkawe.

No fue una voz, sino todas las voces. Un rugido que hizo temblar la montaña. El fuego brotó de los ojos de Leftraru. Las llamas se alzaron como tentáculos y devoraron a los longkos. En segundos, el aire era humo, y los huesos caían al suelo como la lluvia.

Rayen lo vio. Vio a Leftraru de pie, en medio del incendio, con una sonrisa y los ojos negros.

—“No puedo detenerlo” —susurró él—. Está dentro de mí.

Ñamku cayó de rodillas.

—“La raíz ya ha germinado”.

La marcha final fue un cortejo fúnebre. Pewma, herido, los guiaba con lentitud. Kaiwenel no hablaba. Su espíritu estaba quebrado. Rayen mantenía la mirada baja. Leftraru caminaba solo, sin sombra, con la tierra quemándose bajo sus pies.

Llegaron a la cima del Antü Ruka al amanecer.

El sol los recibió, pero su luz era tenue. El cielo lloraba fuego.

Ñamku entonó el canto final. El kultrún resonó una última vez. Leftraru avanzó hacia el centro del círculo solar, donde la tierra era piedra blanca. El lugar donde los espíritus nacen.

—“Aquí debo morir” —dijo.

—“¡No!” —gritó Rayen. “Debe morir él”.

Pero Leftraru sonrió, y en sus ojos ya no estaba.

—“Somos lo mismo ahora”.

Fue Kaiwenel quien tomó la decisión.

Le pidió perdón al muchacho, al bosque, a sus ancestros. Luego, alzó el Kultrún con ambas manos y lo partió contra el suelo. El sonido fue el de un corazón que se rompe.

Un relámpago descendió. Pewma rugió. El cielo se abrió como una herida.

Y el fuego cesó.

Cuando Rayen despertó, el cielo era azul.

El Raíz era ceniza. Leftraru, una figura de piedra al centro del círculo. Los árboles, verdes de nuevo. El silencio, absoluto. Kaiwenel había desaparecido. Ñamku yacía en paz. Pewma observaba desde lejos. No dijo adiós. La aldea fue reconstruida. Rayen se convirtió en líder, aunque jamás habló del viaje. A veces, en la noche, alguien escuchaba un tambor lejano. Un Kultrún que retumbaba desde el bosque.

Y quienes lo oían, sabían que el fuego no se había apagado. Solo se había cambiado de lugar.

El lago ya no era agua. Bajo la luna roja, sus aguas se habían espesado en un líquido negro, denso, con la consistencia del aceite podrido. Cada ola que lamía la orilla dejaba una marca oscura en las piedras, como si intentara infectar la tierra misma. Leftraru se arrodilló junto al borde y hundió los dedos en el líquido con una mezcla de repulsión y determinación. Lo sentía dentro desde hacía días: la raíz lo llamaba desde el fondo. No había más camino. O descendía él mismo… o lo que quedaba del Wallmapu sería devorado por completo. Desde las sombras del bosque, los demonios lo observaban, inmóviles como estatuas, esperando que cometiera el error final. El cielo temblaba. El Kultrún había callado. El silencio era absoluto. Y eso era lo más aterrador de todo.

—“No tienes que hacerlo” —susurró Rayen, con la voz apenas un soplo. Su colgaba inútil a su costado, sus ojos cargados de sal y miedo. Ella había perdido todo: a Ñamku, a Kaiwenel, al mismo Pewma, quien se desvaneció tras el enfrentamiento con las criaturas del abismo. Pero Leftraru… él era lo único que quedaba. —No me queda elección —respondió él, sin mirarla—. Si yo no bajo, él subirá. Y nadie puede detenerlo si despierta con hambre. El muchacho se quitó el collar de hueso que la machi le había dejado antes de morir. Lo besó una vez, lo arrojó al agua. Desapareció de inmediato, tragado por la oscuridad. —Prométeme que volverás —dijo Rayen. Leftraru no respondió. Dio un paso. El agua lo envolvió como un manto. El descenso fue lento, doloroso, como si el lago no fuera líquido sino una sustancia viva, espesa y con voluntad propia. Leftraru sentía cómo cada capa del agua oscura se aferraba a su piel, arrancándole memorias, emociones, nombres. “¿Quién soy?”, pensó en el segundo en que el aire lo abandonó. Pero no se detuvo. La llamada seguía ahí, vibrando dentro de su pecho, como el eco de un tambor olvidado. Y entonces lo vio. En el fondo del lago, en un claro de piedra rodeado de raíces ahogadas, La raíz palpitaba como un corazón. Solo que ya no era un tótem. Era un cuerpo. Era él. El Leftraru que había sido, podrido, reflejado, con los ojos vacíos y el Kultrún grabado en el pecho. La criatura lo esperaba. Era Leftraru… y no lo era. Una mueca espantosa imitaba una sonrisa. El doble alzó una mano, y el agua se congeló en torno al cuerpo del verdadero. “No puedes destruirme”, dijo la imagen, sin mover los labios. “Yo soy el canto. Yo soy el fuego. Yo soy lo que queda cuando olvidas tu nombre”. La voz sonaba como todas las voces que Leftraru había conocido, fundidas en un coro macabro. La raíz no estaba bajo el lago. La Raíz era este reflejo. Era él mismo si perdía. O si se rendía.

Pero Leftraru no se había rendido. A pesar del dolor, de los rostros perdidos y de la sangre que había corrido, aún quedaba en él un centro del fuego puro, pequeño, indestructible. Lo había heredado de su madre, de su pueblo, de la tierra misma. Apoyó la mano sobre la piedra del fondo y susurró los nombres de sus ancestros. Uno por uno. La criatura retrocedió. El lago tembló. Las raíces se agitaron como serpientes. Un canto antiguo comenzó a sonar, lejano, como un murmullo que cruzaba las eras. El verdadero Kultrún. Ñamku lo había prometido: cuando todo estuviera perdido, el canto lo encontraría. El doble gritó. El lago se agitó en furia. La imagen del falso Leftraru comenzó a resquebrajarse, pero no desapareció. En cambio, se multiplicó. De las sombras surgieron más reflejos, cada uno una versión diferente de sí mismo: Leftraru como guerrero, como traidor, como monstruo, como niño. Todos lo rodeaban, cada uno reclamando ser el verdadero. “Tú no sabes quién eres”, dijeron al unísono. “¿Cómo puedes destruirnos si no puedes recordarte?” El canto del Kultrún se volvió más fuerte. Era como si el tambor del mundo entero resonara dentro de su cráneo. Leftraru cerró los ojos. Y entonces eligió. Eligió el dolor. Eligió el nombre. Eligió el fuego verdadero. Con un grito que rompió el agua como vidrio, lanzó su espíritu contra los reflejos. Cada imagen estalló en chispas negras. El lago se abrió. La raíz, en su forma original, emergió como una columna de humo y madera viviente, retorciéndose, aullando. Y entonces, cuando Leftraru lo abrazó, no para poseerlo sino para destruirlo, la tierra cambió. La luz del sol atravesó el lago. Las aguas hirvieron. El bosque gritó. Wallmapu ardió… pero no fue destrucción. Fue renacimiento.

Cuando Rayen vio la explosión de luz salir del lago, corrió. No le importaron los demonios que chillaban desde los árboles, ni los cielos que se abrían con grietas. Llegó a la orilla justo cuando una figura emergía de entre el humo. Era él. Leftraru. Pero… no del todo. Sus ojos eran otros. Su piel tenía marcas nuevas, como ramas quemadas. Su sombra se movía en direcciones distintas a su cuerpo. —“¿Leftraru?” —preguntó, la voz quebrada. Él la miró. Asintió. Pero sus labios no se movieron. Entonces, en su oído, escuchó el Kultrún… latiendo… desde dentro de él. Leftraru avanzó por la orilla, goteando un líquido negro que el suelo absorbía con ansia. El cielo dejó de temblar. Los demonios retrocedieron, desconcertados, como si no supieran si atacarlo o inclinarse. El lago se había sellado. La raíz, destruida. Pero algo había salido. Algo más. Rayen tomó su bastón con manos temblorosas. —“¿Qué hiciste?” —susurró. Leftraru la miró con una sonrisa que no le pertenecía. Y entonces, desde el bosque, Kaiwenel emergió. Tenía los ojos vacíos. —“Rayen… no es él. Ya no es”.

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