Márcame Y Lárgate [Omegaverse] by Rafa at Inkitt
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Márcame y Lárgate [OMEGAVERSE]

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Summary

Nix, primogénito de su familia y un omega dominante, carga con el peso de un legado que nunca pidió: heredar las riquezas y responsabilidades de su apellido. Aunque su destino parece escrito, su espíritu rebelde anhela algo distinto: libertad… y la marca de un alfa que lo aleje de las cadenas de un matrimonio impuesto. Kassius, un alfa acostumbrado a que el mundo se rinda a sus pies, jamás imaginó que su mayor desafío sería un omega obstinado y de lengua afilada. Pero cuando Nix irrumpe en su vida, Kassius sabe que no se conformará con marcarlo ni casarse con él: su verdadera meta será conquistar cada parte de ese corazón indomable.

Genre
Erotica
Author
Rafa
Status
Complete
Chapters
25
Rating
4.8 6 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1- La jaula de Oro




Nix

El aire en la sala de juntas del piso 40 olía a café caro, ambición barata y testosterona de Alfa rancio. Un cóctel asqueroso que, sin embargo, ya me resultaba tan familiar como el sabor de mi propia frustración. La mesa de caoba pulida, tan larga que casi perdía de vista a los imbéciles sentados al otro extremo, reflejaba la luz tenue de los focos empotrados en el techo, creando destellos cegadores sobre los montones de planos y reportes financieros.

Miro estas caras, todas alfas seguras de su dominio, sus mandíbulas apretadas, sus miradas evaluadoras que buscan cualquier grieta en mi armadura. Creen que este traje de seda italiana y estas facciones delicadas me hacen débil. Subestiman el fuego que arde dentro de un omega como yo. No ven la ferocidad, solo el envase. Es el error que siempre cometen, y el que más disfruto explotar. Cada uno de ellos piensa que debería estar en casa, anidando, esperando a un alfa que me marque y me lleve a su guarida. Si supieran que prefiero devorarlos vivos antes que permitir que alguno ponga sus manos sucias sobre mí.

—El análisis de viabilidad del proyecto “Nexo Oriente” indica un retorno de inversión del 22% en el primer trienio —declaré, mi voz clara y firme cortando el murmullo de fondo, proyectándose sin esfuerzo en la estancia amplia y acristalada. Mis dedos pasaron sobre la pantalla táctil integrada en la mesa, desplegando gráficos y proyecciones en las paredes digitales que nos rodeaban—. Los estudios geotécnicos son óptimos, y hemos superado todas las objeciones medioambientales. La constructora Newbur está lista para comenzar la fase de cimentación en un plazo de treinta días, una vez se apruebe la inyección de capital.

El señor Brigham, un Alfa cuya corbata era más estrecha que su capacidad intelectual, carraspeó. Su aroma a madera de cedro y arrogancia se intensificó, una clara señal de que intentaba imponer su dominio.

—Esos plazos son… ambiciosos, Newbur. Peligrosamente ambiciosos. Las licencias municipales siempre se retrasan. Y la mano de obra calificada escasea. Quizás deberíamos considerar una extensión más realista. Seis meses, tal vez.

Ah, Brigham. Siempre el mismo disco rayado. “Ambicioso”. Es la palabra que usan para decir “no creo que puedas”. Su miedo al riesgo es tan patético como su intento de feromona. Cedro. Como el de los armarios viejos. Apretado, rancio, destinado a contener cosas que ya nadie quiere ver. Quiere seis meses porque su cerebro de alfa conservador no puede procesar la eficiencia. Quiere estirar el proyecto como un chicle para justificar su presencia y su sueldo exorbitante. Me dan ganas de arrancarle esa corbata y usarla para amarrarlo a su propia silla de ejecutivo.

Una sonrisa fría, calculada hasta el milímetro, se dibujó en mis labios. No era una sonrisa de alegría, sino un arma.

—Los retrasos municipales se mitigan con un departamento de permisos competente, señor Brigham, no con plazos inflados. El nuestro ha reducido los tiempos de espera un 40% en el último año. En cuanto a la mano de obra, ya tenemos acuerdos preliminares con tres sindicatos. La logística está resuelta. Lo que necesitamos no es más tiempo, sino la aprobación para liberar los fondos. La duda, en este punto, es lo único que puede ralentizar el “Nexo Oriente”.

Dejé que la palabra “duda” flotara en el aire, envenenándola. En este mundo, dudar era sinónimo de debilidad. Brigham palideció ligeramente, sus feromonas fluctuando entre la irritación y una punzada de inseguridad. Otro socio, la señora Valdez, intervino, su voz un silbido sedoso de Beta ambiciosa.

—Nix tiene razón en la agilidad. Pero los números de adquisición de materiales… ¿Estás seguro de que no estás siendo demasiado optimista con los costos del acero? Una fluctuación menor en el mercado podría comerse ese margen del 22%.

Valdez. La única beta en la mesa y con más espina dorsal que la mitad de los alfas aquí presentes. Al menos sus objeciones son inteligentes. No se trata de mi género o mi dinámica, se trata del dinero. Eso lo puedo respetar. Pero incluso ella cree que necesita hablar más fuerte, ser más contundente para que la escuchen. Se equivoca. La verdadera potencia está en los datos, no en los decibeles. Y mis datos son impecables.

—Los contratos de futuros para el acero están firmados y blindados contra fluctuaciones superiores al 15%, señora Valdez —respondí, deslizando otro documento hacia su terminal—. De hecho, hemos asegurado un precio un 3% por debajo del mercado actual gracias a la compra anticipada. El optimismo no tiene cabida aquí. Solo matemáticas.

La reunión se prolongó durante otra hora más. Hora y media de mi vida que no recuperaría, defendiendo mi trabajo, mi planificación meticulosa, contra una jauría de ancianos que veían mi juventud y mi condición de Omega como un defecto estructural en mi propuesta. Cada objeción era un pequeño insecto zumbando a mi alrededor, molesto pero insignificante. Los aplastaba con datos, con proyecciones, con una frialdad que los dejaba sin argumentos pero no sin resentimiento.

Finalmente, tras una votación que gané por el margen más estrecho posible—una victoria agridulce que sabía a condescendencia—, la reunión se dio por concluida. Recogí mi tableta y mis notas con movimientos precisos, evitando el contacto visual. No quería ver la derrota en sus ojos, ni la condescendencia disfrazada de felicitación.

—Buen trabajo, Newbur —masculló Brigham al pasar, dándome una palmada en el hombro que pretendía ser camaradería pero que sentí como una reafirmación de propiedad.

Quítame tu mano de encima, viejo repugnante. No soy tu pupilo, ni tu omega para que me toques con esa familiaridad asquerosa. Cada yema de tus dedos huele a mediocridad y cigarros baratos. “Buen trabajo”. Como si le estuviera llevando el periódico. Como si mi expertise, mi sudor, mi cerebro, se redujeran a un “buen trabajo” condescendiente. Contengo las ganas de encajarle la tableta en la cara. Respirar. Solo respirar. La victoria es mía, incluso si sabe a cenizas.

Salí de la sala de juntos, mis tacones resonando con un eco solitario y furioso sobre el mármol pulido del pasillo. Las paredes de cristal desde el piso hasta el techo ofrecían una vista panorámica de la ciudad, un laberinto de acero y vidrio que era tanto mi reino como mi prisión. La luz del atardecer teñía los edificios de naranja y oro, una belleza que en ese momento me resultaba obscena. Tanta libertad ahí fuera, y yo aquí dentro, luchando por migajas de respeto.

Al llegar a mi oficina, cerré la puerta de roble macizo detrás de mí con un golpe seco que hizo temblar el marco. El sonido fue profundamente insatisfactorio. Necesitaba romper algo. Lanzar algo. Gritar.

¿Lo ves? ¿Ves lo que hago? Llevo esta empresa. Llevo su maldito legado. Y aún así, es como nadar contra una corriente de mierda solidificada. Cada paso es una batalla. Cada logro es minimizado. “El omega Newbur”. Nunca “el arquitecto Newbur”. Nunca “el director Newbur”. Solo el omega. La rareza. La anomalía que inexplicablemente produce resultados. Estoy tan cansado. Cansado de sonreír, de ser educado, de morderme la lengua hasta sangrar. Esta oficina… este lujo… es solo una jaula más bonita. El aire acondicionado huele a flores frescas, pero yo solo puedo oler el metal de los barrotes.

Mi oficina era amplia, impecable, decorada con un gusto minimalista y caro que yo mismo había elegido. Todo era líneas rectas, superficies lisas, tonos neutros. Un santuario de control en un mundo caótico. Pero en ese momento, las paredes blancas parecían cerrarse sobre mí. El escritorio de acero y cristal, una pieza de diseño que había costado más que el coche de mi hermano, era solo un pedazo de materia fría e inanimada. Me dejé caer en mi silla ergonómica, sintiendo el cuero suave ceder bajo mi peso, y me llevé las manos a la cara, frotándome los ojos con fuerza. La frustración era un nudo de víboras en mi estómago, enroscándose y apretando.

El intercomunicador de mi escritorio zumbó, una vibración intrusiva y aguda que me hizo saltar los nervios.

—¿Qué? —espeté, sin disimular el fastidio en mi voz.

La voz de mi asistente, Liam, un beta eficiente y imperturbable, sonó al otro lado.

—Señor Newbur, disculpe la interrupción. Tengo a su padre en la línea uno. Insiste en que es urgente.

No. No ahora. Por favor, no ahora. No puedo lidiar con él. No con el sabor de esta derrota aún fresco en mi boca. Urgente. Para él, “urgente” significa que no ha tenido a quien gritarle en la última hora. Significa que ha tenido una idea brillante y estúpida que requerirá que yo deje mi vida de lado para ejecutarla. Dios, odio ese tono de voz que usa, ese tono que da por sentado que dejaré todo por la familia, por el maldito apellido.

—Pásamela —dije, la voz tensa como un alambre. Respiré hondo, intentando reunir los jirones de mi compostura. Para mi padre, cualquier muestra de debilidad era una invitación abierta al ataque.

Un clic, y luego la voz grave, autoritaria y siempre, siempre decepcionada de Alistair Newbur llenó la línea.

—Nix. ¿Dónde estás?

—En mi oficina, padre. Como siempre —respondí, esforzándome por mantener un tono neutral—. Acabo de terminar una reunión con el consejo sobre el proyecto Nexo.

—Bien. Necesito que estés en la mansión para la cena. A las ocho en punto. No llegues tarde.

No era una invitación. Era una orden. Una orden dada con la misma expectativa de obediencia inmediata con la que se le ordenaría a un perro sentarse.

—Esta noche no es buen momento —dije, apretando el auricular con tanta fuerza que temí romperlo—. Tengo… trabajo que revisar. Del proyecto.

—Tu trabajo puede esperar —la voz de mi padre no subió de volumen, pero se cargó de una peligrosa frialdad—. Tu familia no. Estarán tus hermanos. Es importante.

Mis hermanos. Leo y Benji. Los hijos que no lo decepcionaron porque nunca esperó nada de ellos. Los que pudieron escapar. Los que eligieron sus propias vidas mientras a mí me cargaban con el peso de este maldito imperio de cemento y acero. “Es importante”. Esas dos palabras son el anzuelo que siempre usa. Siempre funciona. Porque sé lo que significan. Significan que ha tomado una decisión sobre mi futuro sin consultarme. Significa que el guión ya está escrito y solo me toca aprender mi parlamento.

—¿De qué se trata, padre? —pregunté, y odié el leve temblor que detecté en mi propia voz.

—Se discutirá el futuro de esta empresa, Nix. *Tu* futuro. Así que vas a presentarte aquí, vas a vestirte apropiadamente y vas a comportarte como el primogénito de esta familia que se supone que eres. ¿Está claro?

El futuro. La palabra resonó en mi cráneo como un badajo. Sentí un escalofrío de puro pánico, frío y afilado, recorriéndome la espina dorsal. Sabía lo que eso significaba. Siempre había sabido que este día llegaría. Había tratado de posponerlo, de enterrarme en el trabajo, de demostrar que mi valor estaba aquí, en la oficina, no como moneda de cambio en algún acuerdo arcaico.

—Padre, escúchame, el proyecto Nexo requiere toda mi atención en este momento crítico. Una cena puede…

——¡A las ocho en punto, Nix! ——rugió al otro lado de la línea, y por primera vez su voz perdió los modales, dejando al descubierto el núcleo de hierro de su voluntad——. No es una sugerencia. Es una directriz. Si pretendes heredar algo de esto algún día, empezarás por obedecer en las cosas simples. ¿Entendido?

Hubo un silencio pesado, cargado de la tensión no dicha de años de expectativas fallidas y exigencias imposibles. Yo era su hijo Omega. Su mayor vergüenza y, irónicamente, su único hijo lo suficientemente competente para manejar su imperio. Era un conflicto que nunca resolvería, y yo era el que pagaba el precio.

El suspiro que escapó de mis labios fue de una derrota profunda y amarga.

—Está bien. Allí estaré. A las ocho.

—Bien. No te vistas de manera informal —añadió, y colgó sin una despedida.

Dejé el auricular en su base con una calma que no sentía. Por dentro, todo en mí gritaba. Golpeé la superficie del escritorio con la palma de la mano, una vez, con un golpe seco y doloroso que no hizo nada para aliviar la furia hirviente en mis venas.

El futuro. Mi futuro. Discutido en una mesa de comedor como si fuera un nuevo desarrollo inmobiliario. ¿A qué sabrá? ¿A filete bien pasado y vino demasiado tánico? ¿A las miradas de lástima de Leo? ¿A los comentarios despreocupados de Benji? ¿A la desaprobación constante de mi padre? Soy el CEO de facto de una empresa de miles de millones, y aún así necesito permiso para faltar a una cena. Necesito “vestirme apropiadamente”. Necesito “comportarme”. Esta es la jaula. La jaula dorada, reluciente, con vistas al skyline de la ciudad, pero una jaula al fin y al cabo. Y él acaba de recordarme quién tiene la llave.

Llamé a Liam por el intercomunicador.

—Liam, cancela todo lo que tenga esta tarde después de las seis. Y… lo de mañana a primera hora también.

—¿Está bien, señor Newbur? —preguntó su voz, con un asomo de genuina preocupación que casi me hizo desmoronar.

—No. Pero lo estaré. Solo hazlo.

Colgué y me quedé mirando por la ventana. La ciudad se estaba oscureciendo, las luces empezaban a encenderse, titilando como esperanzas distantes. Yo no sentía ninguna. Solo una pesadez aplastante.

Mi teléfono personal vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Benji.

<<Oye, hermanito. El tirano ha hablado. Cena a las 8. Prepárate para la tortura. Yo llevo el alcohol ilegal si tú llevas las ganas de vivir.>>

A pesar de todo, una sonrisa torcida se dibujó en mis labios. Benji. El menor. El despreocupado. El que había estudiado historia del arte y daba clases en una Guarderia, viviendo en un pequeño pero encantador apartamento lejos del epicentro de la locura Newbur. Le marqué.

—¿Ya te están torturando también? —dijo al responder, su voz siempre sonaba a que estaba a punto de reírse de algún chiste interno.

—Algo así —murmuré, apoyando la frente contra el frío cristal de la ventana—. ¿Tú sabes de qué se trata?

—¿Yo? Por favor, Nix. A mí me avisan con solo una hora de antelación. Soy el relleno decorativo. Tú eres el plato principal. Supongo que es lo de siempre. El legado. El futuro. El glorioso apellido Newbur. Ya sabes, la misma mierda de siempre.

—Es fácil para ti decirlo —dije, y noté que mi voz sonaba más áspera de lo que pretendía—. Tú te alejaste. Tienes tu propia vida. Tu propia carrera. Padre ni siquiera recuerda en donde das clases.

—Y es lo mejor que me ha pasado —replicó Benji, sin un ápice de remordimiento—. Leo y tú… os empeñáis en jugar a su juego. Leo con su clínica, tratando de ganarse su aprobación curando a los ricos y famosos, y tú… bueno, tú llevando la empresa. Ninguno de vosotros es feliz. Al menos yo duermo por las noches.

Tenía razón. Una parte de mí lo sabía. Leo, el médico, siempre buscando que padre viera su éxito como algo válido, y yo, aferrado a la empresa como si conquistarla desde dentro probara algo. ¿Probaba qué? ¿Que era tan bueno como cualquier Alfa? ¿Que merecía algo más que ser un peón en su juego de ajedrez?

—Es diferente para mí, Benji —susurré—. Yo soy el primogénito. No tuve… opción.

—Siempre hay opción, Nix. Solo le tienes más miedo a papá que a la infelicidad. Ahora, ¿vas a estar? Porque si no vas, yo tampoco, y me gusta vivir.

—Iré —respingué—. Alguien tiene que evitar que le des un infarto con tu vodka barato.

—¡Ese es el espíritu! Hasta luego, hermano. Ánimo.

Colgó. Me quedé solo de nuevo con el zumbido de silencio de mi oficina y el peso de la noche por venir. Recogí mi abrigo y mi portafolios. Necesitaba salir de ahí. Necesitaba aire. Aunque supiera que el aire fuera solo el de otra prisión más grande.

Salí de mi oficina, murmurando un “hasta mañana” a Liam, que me miró con preocupación. El ascensor me llevó hasta el vestíbulo principal, un espacio cavernoso de mármol y eco que siempre me hizo sentir insignificante. Empujé las pesadas puertas de vidrio y el aire frío de la tarde me golpeó en la cara, llevándose un poco de la sofocante rabia que sentía.

Caminé sin rumbo fijo, con el teléfono aún en la mano, casi sin prestar atención a mi entorno, sumido en mis pensamientos, en la amarga certeza de que mi vida no me pertenecía. El claxon de un taxi sonó estridente y cercano, demasiado cercano. Un fuerte tirón en mi brazo me hizo retroceder brutalmente hacia la acera justo cuando el parachoques del coche pasó rozando la punta de mis zapatos.

Mi corazón se disparó contra mis costillas, un tambor de pánico repentino. Jadeé, tambaleándome.

—¡Loco! ¿Quiere morirse? —gritó el conductor, acelerando y alejándose.

Me giré, todavía temblando, para ver quién me había agarrado. Era un hombre alto, con una gabardina oscura. Pero antes de que pudiera procesar su rostro o darle las gracias, él ya se había vuelto y se perdía entre la multitud, desapareciendo tan rápido como había aparecido.

Me quedé parado en la acera, con la respiración entrecortada, la adrenalina mezclándose con la frustración y el miedo ya presentes. El olor a gasolina y el peligro fugaz se mezclaron con el perfume de alguien que pasaba corriendo. Un recordatorio brutal y abrupto.

La ciudad no me quería. Mi familia me usaba. Y yo estaba atrapado en medio, demasiado orgulloso para rendirme y demasiado inteligente para no ver la jaula.

Ajusté el grip de mi portafolio, enderecé los hombros y me dirigí hacia donde estaba aparcado mi coche. La cena era a las ocho. Y yo, Nix Newbur, el omega que llevaba una empresa de Alfas, no podía permitirme llegar tarde.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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Pobre, que vida tan pesada lleva

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