“Yo nunca busqué que me entendieras, es más, es lo último que quise. Ya que si lo hicieras, estarías de este lado…”
Bogotá, 1:47 a. m.
En el corazón del occidente, entre los ventanales de vidrio negro y los jardines mudos de Connecta, dos siluetas caminaban. La brisa les alzaba los abrigos, y bajo sus pies, el suelo aún conservaba el eco de cientos de zapatos que, doce horas atrás, se peleaban contra el tiempo.
El parque empresarial, ese que en el día parecía un nido de colmenas eficientes y guardería de sueños, ahora era una jarra metálica vacía dentro de la nevera a rebosar.
Las luces tenues y las farolas hacían lo suyo, las hojas sintéticas de los árboles no se quedaban atrás, y dentro de esa casa de muñecas perfecta, lo único real eran quienes corrían apresurados por tomar su ruta, deseando que nunca llegara la tarde que en unas cuantas horas los volvería a saludar, burlona, con su sonrisa coqueta.
—Van embalados… —dijo uno de ellos, deteniéndose frente al Oxxo.
Su voz se perdió en el aire, igual que el vaho que exhalaba. El otro, unos pasos atrás, siguió caminando con la mirada perdida entre las oficinas vacías.
—¿Quiénes? —preguntó, sin dejar de mirar al fondo, donde las ventanas espejadas solo le devolvían su propia sombra.
—Los “Toukis” —respondió el primero, ladeando la cabeza con una leve sonrisa.
El segundo lo alcanzó, le sostuvo la mirada y le devolvió la misma sonrisa, negando con cierta resignación el comentario de su amigo.
—Usted nunca cambia, ¿no? —añadió, encogiéndose de hombros, sabiendo de antemano la respuesta.
—No… —respondió el otro, con la sonrisa ya instalada. —¿Maruchan? —preguntó, alzando las cejas como quien propone un trato secreto.
—¡Sí! —respondió el compañero, con el hambre clavada en la garganta, como si el simple hecho de imaginarla ya le devolviera algo de vida a sus manos.
¡Clin-Cric!
—¡Buenos días! —dijo la vendedora mientras organizaba el estante de vaporizadores en la entrada.
—Buenos días —devolvieron el saludo ambos.
El primero, de inmediato aceleró el paso hacia las neveras del fondo, mientras el segundo, sin chistar, caminó hacia la caja.
—Buenos días veci, ¿tienes de cereza? —preguntó, sondeando con la mirada el escaparate de vapes y cigarrillos.
—Dame un momentico —dijo la vendedora mientras se empinaba en la escalera para ver mejor.
El segundo asintió con la cabeza en silencio y sacó su celular, mientras la trabajadora seguía empinada buscando algún vaporizador de cereza.
Por otro lado, el primero ya había sacado dos Monster Energy negros, y en un giro de planes, realizó una parada táctica por unas Pringles.
—No veci, de cereza no hay —dijo la vendedora, segura tras revisar bien el estante.
—¿De qué hay? —preguntó el segundo, guardando el celular para volver a centrar su atención en el escaparate.
—Hay de manzana verde… de fresa, sandía, menta, banano… —continuó, perdida en mirar los disponibles.
—¿Tienes algo más tropical? —insistió el segundo, sin querer soltar su idea.
—Déjame miro otra vez… —dijo la vendedora sin el más ligero atisbo de molestia.
Mientras ambos continuaban en la pequeña búsqueda del sabor perfecto, el primero ya llevaba en sus brazos dos Monster, tres Pringles, dos helados caseros y un Chocoramo.
—Veci, lo más tropical que hay es el de manzana verde... ¿por qué no lo lleva? Es rico —dijo la vendedora, por fin mirándolo a los ojos.
—¿Sí está rico? —preguntó el segundo, aún sin querer abandonar su antojo.
—¡Sí! —respondió segura—. Ayer me compré uno y está rico, literal sabe a manzana verde —añadió.
—Está bien… —dijo él, con un leve suspiro al final, por fin cediendo.
La vendedora asintió con la cabeza en señal de victoria.
—Veci, ¿y por qué no lleva tres? Hay promoción: pague dos, lleve tres —añadió con picardía.
—¿Del mismo sabor? —preguntó el segundo.
—No, pero puedo pasarte el mismo tres veces, y sumercé me dice qué sabores —respondió con tono cómplice.
—Está bien… —dijo el segundo sonriendo—. Me das uno de manzana, uno de banano y el de menta —pidió con educación.
La vendedora le sonrió por última vez y empezó a tomar los vaporizadores.
¡Tac! ¡Tac! ¡Plaf!
—¿Y las Maruchan? —preguntó el segundo, al mirar el mecato del primero.
—Ya las traigo… —respondió el primero, girándose para dirigirse a las Maruchan; sin embargo, antes de irse por completo, se volteó—. De pollo, ¿cierto? —preguntó para estar seguro.
—Sí… ¿Marlboro rojo? —preguntó el segundo.
El primero le picó el ojo, dándole la respuesta que necesitaba.
—Aquí tienes veci —dijo la vendedora mientras dejaba los vaporizadores en la caja—. Puedes revisarlos si quieres —dijo mientras empezaba a tomar el mecato que el primero había traído.
—No gracias, los de acá siempre me salen bien —respondió el segundo tranquilo, mientras buscaba el Marlboro en la estantería.
—Buenos días, también esto por favor —pidió el primero con educación, dejando las Maruchan sobre el mostrador.
La muchacha le sonrió mientras estiraba la mano para tomarlas.
—Y una caja Marlboro rojo… por favor —dijo el segundo, un tanto apenado, pero aprovechando la oportunidad que el primero había creado.
La muchacha se giró hacia la estantería, asintió y fue directo por los cigarrillos.
—¿Algo más? —preguntó el segundo.
—No, todo bien. Con eso —respondió el primero.
—¿Tiene Clipper? —preguntó el segundo.
—Sí, en la oficina tengo —respondió el primero.
¡Bep!
—Serían ciento treinta y dos mil —dijo la empleada.
—¿Tarjeta? —preguntó el segundo, mientras sacaba la cartera.
—¿Es de contacto? Es que no está sirviendo el lector… —respondió la empleada, dejando entrever una sonrisa nerviosa.
—Sí tranquila —respondió el segundo, colocando su tarjeta en el contacto.
—Aún no… —dijo la cajera entre risas, mientras él apartaba la tarjeta algo avergonzado—. ¿Ahorros, cierto? —añadió.
—Sí señora —respondió el segundo.
—Listo, ya la puedes colocar —dijo la empleada, señalándole el datáfono.
El segundo obedeció, mientras el primero iba tomando las onces del día.
—¿Factura? —preguntó la empleada.
—No tranquila —respondió el segundo, guardando la cartera.
—Listo —dijo la empleada, feliz de que no hubo problema alguno con la transacción.
—Gracias —respondió el segundo, mientras guardaba la cartera.
—Gracias —dijo también el primero.
La empleada asintió con educación, observando cómo ambos terminaban de tomar el mecato antes de salir del local.
Su parada, al contrario de lo que el sentido común dictaba, fue en uno de los bancos cercanos al edificio de su oficina, en plena madrugada, justo cuando de verdad se siente que se está en la nevera.
—Vuelta tan marika que dimos —dijo el primero mientras le pasaba un Monster al segundo.
—La misma de siempre —dijo el segundo sonriendo, mientras abría su Monster, para luego pasarle la caja al primero.
—Gracias… —dijo el primero tomando la caja—. Está linda, ¿no? —añadió porque sí.
—Gracias, me hicieron con amor —respondió el segundo mientras tomaba una de las Pringles.
—No tu reina, la nena del Oxxo —dijo con picardía el primero.
—¿Usted no se va a casar? —soltó con ironía, sabiendo muy bien por dónde venían los golpes.
—Sí, pero cierto chico dark está solito… y me preocupa —dijo con el dramatismo barato de un youtuber en decadencia.
—El chico dark está bien. Más bien… ¿cuándo llega Karen? —preguntó, mientras empezaba a sacar los vaporizadores de las cajas.
—El martes tiene el vuelo —respondió el primero, haciendo lo mismo que el segundo.
—¿Directo o con escala? —preguntó el segundo, ya yendo por el segundo.
—Directo… —respondió el primero; sin embargo, se detuvo a medio camino al recordar que el encendedor estaba en la oficina.
—¿Qué pasó? —preguntó el segundo al verlo, deteniéndose por un breve momento para deleitarse con la cara de perdido que tenía al frente.
—La… el… emm… el Clipper está en la oficina… —respondió el primero, a medio tartamudear, mientras guardaba el cigarro en la caja.
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro del segundo, para luego retomar su deber a falta de una sola caja.
—Pero, ¿está seguro que ella se lo aguanta? —añadió.
—¿Qué cosa? —preguntó el primero, retomando su Monster.
—El vuelo… ¡Ñero, usted necesita dormir! —dijo el segundo, ya en las últimas de su paciencia.
—Dios lo oiga… —añadió con un suspiro el primero—. No creo ñero. Son como 12 horas metida en un avión, se va a volver loca… ¡pero ella quería irse!, estaba mame y mame con que quería conocer Europa —añadió, dejándolo salir como si estuviera en terapia.
FSSSHHHHHH
—Papi… los tres… —dijo anonadado, viendo la aspiradora humana que tenía al frente.
—Está rico, ¿quiere?... sabe a tropical —le ofreció el segundo, sonriendo.
—Puro Tampico barato —soltó el primero, tomando solo el de manzana verde.
—Frutiño —añadió el segundo, ahora alternando con Monster.
Fsshh
—Está rico —dijo el primero, para luego quedarse mirando el vaporizador.
—Pruebe los tres, ¡más rico! —dijo el segundo, con sonrisa cómplice.
—El vago todo vicioso… —soltó el primero, devolviéndole el vaporizador.
—Gracias… —agradeció el segundo, con la energía renovada, listo para el turno del tropical.
—La única vez que lo veo así de animado es cuando está ahogado en nicotina… bájele…—dijo el primero, negando y sonriendo al mismo tiempo.
—Los placeres de la vida son efímeros perro… —soltó el segundo, mientras admiraba su cortina de humo.
El primero tomó una de las Pringles.
—Gracias —dijo el segundo.
—¿Por?... —preguntó el primero, ya con el tubo a medio abrir.
—Por todo…—respondió el segundo, sonriendo, de verdad agradecido.
—¿No se va a matar, cierto?... ¡no ahora! —enfatizó el primero, con picardía y sarcasmo crudo.
—No papi, ya no… ¡Ahora es que se viene lo chido! —dijo, mientras de alguna manera frotaba sus manos con todo en ellas.
—Amén weón… amén… — suspiró el primero. Mas no pudo evitar sonreír con las mil muecas que tenía al frente —. ¡Más bien, volvamos al Oxxo y le saca el número a la nena! —añadió, emocionado.
La forma más accesible a los sueños es dormir; la menos accesible es trabajar por ellos.
Esforzarse por una meta no garantiza que al final se logre llegar; solo garantiza que se intentó.
Solo uno gana el maratón.
Unos cuantos lo terminan deshidratados, y otros más cruzan la meta después de un buen rato.
Pero los que no logran llegar, se preparan para correr otro maratón, deseando “esta vez” terminarlo, o no lo vuelven a intentar.
Y llegado el caso de que lo logren, se plantearán uno más largo, o mejorar su tiempo, su puesto, lo que sea.
Pocos son los que se plantean volver a correr el mismo maratón.
Que cada quien se ponga el calzado que necesite, para el maratón que decida correr. Claro, si decide correr uno.
En el caso de Mauricio y Thomas, ellos decidieron correr. No fue el más largo, ni el más complicado.
No era un triatlón, un Ironman, y mucho menos un Ultraman.
Era como la media maratón de Bogotá. Nada del otro mundo, pero que igual exige su preparación; no es algo que un fumador sedentario podría terminar.
Pero ellos no eran sedentarios.
Y tuvieron la suerte de lado, porque, a pesar de ser fumadores, la media maratón les quedó corta.
En ese mismo parque empresarial, cuna de sueños para unos, velorio para otros, cementerio para unos cuantos, fue donde ambos se conocieron.
Allí se prepararon para correr. Y allí mismo, sin planearlo, ya estaban entrenando para el Ultraman.
Una empresa indie, pequeña y compacta, pero bien poderosa, fue la criatura que juntos lograron levantar. Mauricio ponía las historias, Thomas el arte, y entre los dos… lo demás.
O² Gaming nació en una madrugada del 14 de mayo.
Lanzó su primer trabajo en abril: un pequeño juego de rol por turnos donde el jugador debía reunir los cinco anillos del Rey Mocho.
Una historia simple, acompañada de arte en píxeles y un mundo modesto.
Aunque el arte no era nada del otro mundo, algo en él te obligaba a mirar dos veces. Ya que cada píxel estaba justo donde debía estar.
Y cuando se volvía a mirar, la historia daba la estocada final.
No reinventaban la rueda, pero era una que rodaba bien.
Y eso bastaba.
Aberuge. Suzu. The Little Pawn. Demon without Horns.
Modestia tras modestia.
No fueron el mejor juego del año, pero fueron buenos juegos.
Les alcanzó para armar una comunidad.
Para correr. Para dominar su media maratón.
El Ultraman, aún no, pero se habían registrado sin haberlo planeado.
Soñaron en corto. Y eso les permitió llegar lejos.
Aunque no fuera de su agrado.
Porque para ellos, los mejores sueños…
eran los que duraban cinco minutos.
—Creo que ya… —dijo Mauricio, acompañado de un pequeño suspiro, mientras sus ojos seguían clavados en la pantalla con el Word abierto.
—¿Cree? —preguntó Thomas, atento a su amigo como a los píxeles que trabajaba.
—Sí… —respondió Mauricio, sin querer darle más vueltas, apartando por fin los ojos de la pantalla y recostándose en la silla.
—¿Entonces? —preguntó Thomas, sin levantar la vista de su tableta.
—Es que… no sé. No creo estar listo… —respondió Mauricio, acomodándose mejor.
—¿Para?… —preguntó Thomas, aún en lo suyo.
A simple vista, parecía que el sueño lo había tumbado; pero en realidad era todo lo contrario.
—Es que… estoy seguro de que vamos a ganar el juego del año. Y eso es lo que no me gusta —respondió, para luego abrir los ojos y girarse a verlo.
—¿Por? —preguntó Thomas, todavía sin dignarse a mirarlo.
—Porque vamos a poner el listón muy alto… —respondió, conflictuado— y no creo poder repetirlo. —continuó. Thomas seguía centrado en su trabajo.
—No creo que se me vuelva a prender la mecha… fue una bombilla de un solo uso, y no tengo forma de conseguir más —dijo, dirigiéndose hacia quien estaba detrás de la silla—. Como escritor… y como pareja, este es nuestro peak. Perdón… —añadió, con una sonrisa un tanto triste, pero satisfecha.
—No sea marica, no se disculpe por eso —soltó Thomas en un suspiro. Se acomodó mejor, menos tenso, soltó su lápiz y fue a buscar sus vaporizadores. Una vez en mano, por fin miró a Mauricio.
FSSSHHHHHH
—Yo también creo que es nuestro peak, y está bien… —dijo, sin poder continuar antes de fumar otra vez—. Lo tenía claro desde un principio: quería vivir de los juegos, pero no quería ser el mejor ni crear algo de culto… eso es para quienes sueñan despiertos —rió con sarcasmo—. Como también pensé que lo haría solo. Lo único que no estaba en mis planes era encontrar a alguien igual de idiota… y lo hice. —Sonrió satisfecho, tronándose el cuello—. Lo único que le agradezco al thank you for calling es haberlo conocido perro.
—This is Mauricee —respondió Mauricio, entonando la última sílaba.
—Hellow Maurice, this is Abdul, sikes sikes —replicó Thomas, imitando el acento hindú.
—Mr. Sikes Sikes, vaya llame a su madre —respondió Mauricio.
—¡Supevisorrr! ¡Let me talkkk with your supervisorrr!!! Supervisorrr orr credit carddd!!! — replicó Thomas, molesto, parándose de la silla.
—Sir, the call will be disconnected… bye —replicó Mauricio, sonriendo.
—¡NOOOOOO! —lamentó Thomas, dejándose caer como una plasta en la silla.
Llenar dos mil metros cuadrados no es tarea fácil. Muchas empresas optan por un sinfín de escritorios y equipos para que el vacío no las devore; otras, aún más sagaces, se rebautizan a sí mismas como “una gran familia”, esperando que el título llene huecos que el mobiliario no puede. También están aquellas que terminaron descarriadas, en una fusión al puro estilo de Yu-Gi-Oh.
En O², había estantes repletos de juegos, televisores y consolas, dos camas, instrumentos musicales y mil cosas más. Sin embargo, lo que en verdad llenaba el lugar, eran ellos.
—No está mal… —dijo Thomas, mirándolo directo a los ojos.
—¿Qué cosa? —preguntó Mauricio mientras se levantaba de la silla.
—Haber alcanzado un peak… —respondió Thomas, haciendo que Mauricio se detuviera—. Si lo alcanzamos fue porque nos volvimos muy buenos, y este nivel fue gracias a que nos partimos el culo día y noche. Entonces este peak es una recompensa, no una piedra que marque el fin del camino… —dijo mientras se recostaba en la silla.
—¿Entonces está bien el no volver a alcanzarlo o mantenerlo? —preguntó Mauricio.
—¿Para qué?… eso no va con nosotros —añadió Thomas sonriendo, seguro de sus palabras, las cuales bastaron para quitar la niebla en la mente de Mauricio.
—Hágale pues, voy a jugar un rato RDR y me voy… hace días que no veo a mi cuchita… y ya me da cosa… —dijo Mauricio, con un dejo de culpa.
—Todo bien, ya está lo más difícil… y sí… ¡vaya vea a doña Nuria, no sea tan gonorrea! —dijo Thomas, sonriendo y volviendo a retomar sus píxeles.
—Aún no, aún falta lo suyo… —dijo Mauricio, sonriendo y seguro.
Aquel comentario hizo más efecto que cualquier Monster y vaporizador juntos.
Mauricio, por su parte, se dispuso a jugar casi por una hora, para luego alistar sus cosas.
—Hablamos más tarde —dijo, cerrando su morral.
—Hágale —respondió Thomas, centrado en los píxeles.
Mauricio caminó hacia él, y con un ligero choque de puños, se despidieron.
Bajó los ocho pisos restantes, salió del ascensor y cruzó todo el primer piso del edificio “Espera”. Saludó al guardia de seguridad de turno, se dirigió al torniquete, pasó su billetera, y cuando el beep lo autorizó, salió del edificio.
Caminó derecho, pasando por el local de Subway, Dollar City, Farmatodo, Dunkin’ Donuts, Típicas y por el CAS. Giró a la derecha y continuó recto hasta llegar al Oxxo, donde entró. Tomó una bolsa de pan tajado, un litro de leche Colanta y una bolsa de Milo; pagó y salió.
Siguió su camino, pasando por el Miniso, por el ARA, por Amazon, y al final, salió por fin del parque empresarial. Tomó el puente de la estación Portal el Dorado, pero no entró; lo cruzó por completo, y otra vez, el camino a seguir era recto.
Una, dos cuadras… giró de nuevo a la derecha y avanzó otras dos hasta llegar, por fin, a Modelia. Derecho, luego arriba, arriba otra vez, derecho por última vez… y una última recta lo llevó a la esquina revestida de ladrillo rojizo.
Abrió el portón de acero negro. Lo cerró detrás de sí.
La 4x4 quedó al otro lado, estacionada como un recuerdo cubierto de polvo, más reliquia que carrocería.
Frente a él, la puerta de vidrio templado, adornada con filigranas doradas reflejaba un rostro cansado. Empujó. Entró. Después de cuatro días, volvía a casa.
El aroma a café recién hecho lo recibió como un abrazo familiar.
Dejó el pan y el Milo sobre el comedor, caminó hasta la cocina, guardó la leche en la nevera y se acercó a la estufa. Alcanzó a apagar el fogón justo antes de que el café se desbordara en la olla.
La cafetera, igual que la camioneta, llevaba tiempo siendo más polvo que máquina. Sonrió, negó, y subió las escaleras.
La única habitación con la puerta abierta lo esperaba. De las cuatro que llenaban el pasillo, justo frente a las escaleras, la principal imponía su presencia: dos camas tamaño King, clóset de madera, baño privado, televisor de 70 pulgadas, digna para el dueño de la casa, más no era la suya.
En una de las camas, doña Nuria dormía a pierna suelta. Había cumplido con su oración diaria y preparado el café antes de entregarse al descanso.
Mauricio se acercó despacio, cuidando no despertarla.
—La bendición, cuchita —susurró, con una sonrisa suave.
Se inclinó… y se detuvo a mitad de camino. No fue por consideración, sino porque el aliento que escapaba de esos ronquidos le dio un golpe que casi lo manda con Morfeo. Aguantó las arcadas y retrocedió sin hacer ruido.
Cruzó el pasillo hasta el último cuarto. La llave giró y entró por fin a su espacio: una cama pequeña, un clóset y una ventana con vista al parque. Nada más. Nada menos.
Soltó el morral sobre la cama y se dejó caer de espaldas.
—Aghhhhh… —exhaló, estirándose como si el cuerpo quisiera desperezar los kilómetros acumulados.
Rodó, y sacó su celular.
—Las seis… —murmuró, observando la avalancha de mensajes sin leer.
Desbloqueó, abrió WhatsApp y buscó el contacto de bebe peleona.
“Amor, me fue bien. Ya casi terminamos Touikiri. ¿Cómo te fue a ti? ¿Ya empacaste, señorita?”
Acompañado de un sticker de gatico bravo.
“Te ex…
Te amo. Voy a dormir un rato, hablamos en unas horas.”
Envió el mensaje, dejó el teléfono a un lado, y sin resistencia alguna, esta vez sí saludó a Morfeo.
Almas muertas sepultadas en carne descompuesta en perfecto estado: esos son los Toukis.
Y quien los caza es el Touikiri, encargado de darles el descanso eterno.
Pero cuando la carne está tan perfecta, el cazador puede terminar siendo la presa.
Y ahora, quien volvió de la nada misma, se aferra a un rol y un título que ya no posee, que nunca fue suyo… porque todo pertenece a la carne.
La narrativa puede o no puede ir de la mano con el autor; puede o no puede ser el autor. En el caso de Mauricio, la narrativa, su prosa, era solo la pelota que le gustaba patear, lanzar o batear, según lo que quisiera jugar.
Aunque su deporte favorito era esa prosa oscura, confusa, que se enaltece en el uso de palabras audaces y giros de trama sencillos que hacían el trabajo sucio por él. No le importaba cambiar de deporte, a uno preciso y sin relleno.
Adornar que se está comprando el pan, era irónicamente, su pan de cada día.
Pero sin saberlo, ya no podría ir a su panadería favorita; ya no podría volver a discutir con Thomas acerca de su miedo al compromiso; ya no podría mimar a doña Nuria… y, ya no podría ser el mismo.
Esa mañana, él no se entregó a los brazos de Morfeo. Morfeo mismo lo secuestró.
Y ni siquiera la mente detrás de la operación Jaque, podría traerlo de vuelta.
—¿Cuánto lleva dormido? —preguntó una voz.
—Siete horas, doce minutos, treinta y dos segundos, y… —
—¡¿Cuántos milisegundos?! —interrumpió otra voz, más animada.
—No me vuelvas a interrumpir… —dejó en claro la voz interrumpida.
—¡Es que hablas muy lentoooo! —replicó la voz que interrumpió.
—Ustedes dos, no más —indicó la primera voz.
—Él empezó… —se defendió la voz interrumpida.
—¡No es cierto! —refunfuñó la voz que interrumpió.
—Y yo lo acabo —sentenció la primera voz.
Las dos hicieron caso de inmediato. Sabían que no debían tentar al destino… no con él.
—¿Puedes despertarlo? —preguntó la primera voz.
—¿Seguro…? —preguntó una cuarta voz.
—Sí —respondió la primera, segura.
—¿Seguro?… Se va a poner a gritar como todo un loco… y eso me estresa —replicó la cuarta voz, con un dejo de desprecio.
—Tranquilo, yo me encargo de eso. ¿Va a gritar?, sí… pero al menos va a escuchar —respondió la primera, segura.
—Si tú lo dices… —dijo, sin mucha fe la cuarta voz.
—¡Ponte unos tapones en los oídos! —añadió la voz interruptora.
—No tenemos oídos… —respondió la cuarta voz.
—¡No importa, lo que…
—NO LO DISTRAIGAS—gritó la voz interrumpida.
—¡No lo …
¡DOOOUUM!
Un estruendo enorme chocó contra la arena, pero no movió ni un solo grano.
—¿Me van a hacer repetirme? —preguntó la primera voz, seca.
—¡No señor! —respondieron ambos, con el miedo en la piel.
—Muy bien… Cuatro, haz lo tuyo —ordenó la primera.
—Sí ñor… —respondió la cuarta voz, ya esperando lo peor.
Habiendo dicho lo dicho, una pequeña brisa pasó cerca de la nariz de Mauricio, quien estaba más profundo que camarón que se fue por la corriente. Pero, de pronto, el aire dejó de llegar… y no volvió, obligándolo a pegar un salto ahogado.
—AGHHH… —musitó, falto de aire, mientras sus manos se aferraban a la cálida arena que parecía plastilina.
—¡Oliiii! —saludó enérgica, la voz interruptora.
—¡Primero es primero! —dijo molesta, la voz que había sido interrumpida.
—¿Qué más? —preguntó la cuarta voz.
—Bienvenido —saludó la primera voz.
Pero, por más claras que fueran, las voces no terminaban de entrarle a Mauricio, quien solo recorría con la mirada la arena… o mejor dicho, todo el lugar.
—¡Primero te está hablando! —insistió molesta, la voz interrumpida.
—¡Sí, sí! —refunfuñó la voz interruptora.
—¡Quién dem…
—Tres, Dos… déjenlo respirar —interrumpió una vez más Uno.
—¡Pero! —refunfuñaron Tres y Dos.
—Nada de peros, no pidan que responda de inmediato. Denle su tiempo —explicó Uno a las dos cabezas huecas.
—¡Pero!..
—¡Nada de peros!... —dejó claro Uno por última vez.
Mientras Dos y Tres recibían el regaño de Uno por no haberle hecho caso, Mauricio escuchaba fuerte y claro… pero lo único que sus ojos veían era arena, amarilla. Sin cielo ni sol; aunque el viento corría, la luz se veía y el sol se sentía.
Aquel arenero no era más que eso: arena atrapada en cuatro hojas en blanco.
Y mientras la madre seguía reprendiendo a los hijos menores, el mayor no perdió el tiempo.
—¿Qué más? —preguntó.
—¿Jum? —musitó Mauricio, mirando a su derecha por mero reflejo.
—No me vas a ver, no tengo cuerpo, solo soy una voz —explicó Cuatro.
Sin decir nada, bajó la mirada hacia la arena que se aferraba a sus tenis.
—Estás tranquilo gracias a Uno… es quien está regañando a Dos y Tres —añadió Cuatro.
Alzó la vista de inmediato, pero volvió a encontrar nada.
—No pierdas tu tiempo. Ya te lo dije: no nos verás. Aquí solo hay arena —respondió Cuatro.
Se acomodó, mientras la culpa volaba de Dos a Tres. Sus ojos viajaban de sus pies a la arena, a la nada, y terminaban siempre a la derecha, esperando a que Cuatro rompiera el silencio.
Pero él no volvió a decir palabra. La pelea había terminado, y Uno, por fin habló:
—Ahora sí… bienvenido.
Mauricio no dijo nada.
—¡Que…
—No me hagas repetirme —interrumpió Uno a Tres, por última vez.
—Voy directo al grano: esta es tu intervención —explicó Uno, dirigiéndose a Mauricio y mirándolo de lleno.
Mauricio volvió a alzar la vista, sin ocultar que no entendía.
—No tienes que hacerte el desentendido, ¡este es un espacio seguro! —continuó Uno, sin comprarle su actuación.
Mauricio seguía sin entender.
—Puedes hacer todas las caras que quieras, contar todas las mentiras que desees y estar a la defensiva por el tiempo que gustes. No tenemos afán —explicó Uno, tranquilo.
Explicación que solo hirvió su sangre.
—¡Es por tu bien! —indicó Dos, animado.
—Deje el melodrama barato —soltó Tres, con cierto desprecio, haciendo que la temperatura subiera en la sartén que ya echaba humo.
—Lo escuchaste, ¿no? —preguntó Cuatro.
Mauricio volteó de inmediato a su derecha; la voz de Cuatro sonaba más clara, más fuerte que las demás.
—Que sea yo… lo dice todo. Esta es tu intervención. —Pausó, dejando que sus palabras calaran—. Porque en siete días, acabarás con tu vida.








