Capítulo 1
Jade
Una hoja que vuela con el viento no puede elegir dónde caer. A menudo termina aplastada por una bota o pudriéndose en el barro. Mientras veo caer las hojas de otoño de los árboles secos, siento que me parezco a ellas. El banco destartalado donde estoy sentada está frío y la humedad se me mete en los huesos. Mi viejo abrigo acolchado está todo gastado y ya no calienta nada. Cuando lo encontré hace dos años ya estaba viejo, y ahora está en las últimas.
Pero el frío no me molesta tanto. Tiene algo confiable, siempre está ahí, como un viejo amigo de la infancia. Ya no somos cercanos, pero su presencia me resulta familiar y casi me consuela. Tengo frío y estoy viva.
Dejo de mirar las hojas y me fijo en las farolas que empiezan a encenderse. Suelto un suspiro largo. Tenía la esperanza de entrar a casa antes de que oscureciera, pero hoy mi mamá no tiene prisa por llegar. Ojalá todavía tuviera mi llave. Me la quitó después de que la encontré con su ex en unas posiciones de yoga desnudos bastante... creativas.
Me da un escalofrío, más por el asco que por el frío. Menos mal que ese hombre ya no está con nosotras. Recé para que ella se diera cuenta de que estamos mejor solas. Pero viendo que llega tarde y tiene ropa nueva, parece que mis súplicas no sirvieron de nada. Otra vez.
Tengo el celular apagado para ahorrar batería, así que no sé qué hora es. Pero ya está lo bastante oscuro como para pensar qué voy a hacer. Hace demasiado frío para dormir en el jardín. Podría caminar una hora hasta lo de Dahlia; su mamá me recibiría sin preguntar nada. O podría ir a un refugio para mujeres, a cuarenta minutos en la dirección opuesta. Ya tengo dieciséis años. ¿Llamarían a servicios sociales? ¿O eso solo pasa si eres más chica? Debería averiguarlo.
Ir a lo de Dahlia es lo más lógico, pero mi mamá odia a su familia. Dice que son unos ricos presumidos y estirados. No entiendo por qué; son las personas más buenas que conozco.
Decido esperar a que anochezca del todo antes de moverme. Me abrazo las rodillas contra el pecho para no perder calor. Debo haberme quedado dormida porque la alarma de un auto me despierta de golpe. Qué tonta. Es peligroso dormirse aquí afuera, pero el cansancio me está matando. Desde que el auto de mamá se rompió, me levanto temprano para limpiar y caminar hasta la escuela. Me estoy agotando.
Al menos la siesta sirvió para que pasara el tiempo. Me levanto del banco y todo el cuerpo me duele; estoy tiesa. Mis pies caminan solos mientras prendo el celular. No hay mensajes ni llamadas de mamá, aunque tampoco los esperaba. Hace demasiado frío para escribir, así que llamo a Dahlia mientras paso frente a las casas iguales de la cuadra.
Atiende al primer tono. —Amiga, ¿por qué llamas tan tarde? —.
—¿Qué hora es? — No se me había ocurrido mirar.
—Pasadas las nueve. ¿Estás bien? —.
—Estoy bien —le digo.
—Jade —insiste ella, alargando mi nombre como si quisiera sacarme la verdad a la fuerza.
—Te lo juro, Dahlia —sonrío—. Pero... ¿me puedo quedar a dormir en tu casa? —.
—¡Ay, no! ¿Volvió con ese estúpido? ¡Llamaré a la policía! — Su indignación es casi tierna, pero hoy no tengo fuerzas para esto.
—No, es que... simplemente no ha vuelto —suspiro—. ¿Por favorcito? —.
—Sabes que no tienes ni que preguntar, linda —lo deja pasar, como siempre—. ¿Quieres que te vayamos a buscar? —.
—No, ya voy de camino.
Ella hace un ruidito de desaprobación, pero sabe lo terca que soy. Y yo sé lo cara que está la gasolina.
—Nos vemos pronto. Gracias, Dahlia.
—Adiós, linda.
Mientras camino, me pongo a pensar en el mundo que inventé cuando tenía tres años. Uno donde no soy Jade, sino Jayda. Jayda tiene una mamá, un papá y un hermano mayor que la adoran. Almuerzan juntos los domingos y tienen un perro golden retriever. El hermano de Jayda tiene amigos geniales que mueren por ella. Viven en una casa grande con camas suaves y consolas de videojuegos.
A veces es más fácil ser Jayda por un rato.
Cuando llego a la puerta de Dahlia, se abre antes de que pueda tocar. Una melena rubia con olor a fresa me envuelve mientras ella me abraza con fuerza.
—¡Estás helada! —me regaña—. Entra ya mismo.
A los pocos minutos ya tengo puesto uno de sus pijamas suaves y mi ropa de la escuela está en la lavadora. Sus padres están durmiendo, pero su mamá me dejó un sándwich de queso y Marmite, mi favorito, con agua y fruta. Tanta amabilidad hace que me ardan los ojos, pero me aguanto las ganas de llorar. No lloro seguido y no voy a empezar ahora.
Me encantaría ducharme, pero el sueño me gana. En el baño me quito el maquillaje tratando de no mirar el espejo. Aun así, alcanzo a ver mi reflejo: cara demacrada, rulos sin brillo y ojos rojos.
—Mataría por tener ese culo —dice Dahlia detrás de mí.
—Y yo mataría por tener esas tetas —le respondo. Hemos dicho esto mil veces, pero esa rutina me hace sentir bien.
—Anda, vamos a dormir, compañerita —me jala hacia su cama matrimonial. Siento que mi espalda me da las gracias; mi cama en casa es solo un colchón tirado en el suelo de la sala.
Hay una habitación de invitados, pero siempre duermo con ella. Con sus brazos rodeándome, el cansancio me tumba en segundos. Mi último pensamiento fue que mañana no tendré que caminar a la escuela; la mamá de Dahlia me llevará en auto.