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En la piel del enemigo

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Sinopsis

"Condenado por profanar lo sagrado, su castigo no fue la muerte, sino una hermosa ironía tallada en carne y alma. Andarion, un mercenario sin dioses, fue despojado de su cuerpo y forzado a vestir la piel de su enemigo: convertido en Andriel, una elfa de linaje impecable, la encarnación viviente de todo lo que escupió. Ahora, atrapada en una piel que grita y un alma que lo niega, deberá navegar el juego de espadas de una corte que le reclama, mientras la obsesión del elfo que la condenó crece como una raíz venenosa. Esta es la historia de un fantasma atrapado en un templo de carne, donde la venganza de los dioses no es un castigo, sino una transformación."

Genero:
Fantasy
Autor/a:
A. Foxwalker
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Mesa de Juegos

La bolsa de oro de Ragnara ardía aún en mi mano cuando “esa otra voz” hendió el aire como una daga de sedas y humillación.

«Vaya, vaya. ¿Andarion?»

No necesitaba girarme para saber de quién provenía: era Elian “Lengua de Plata”, El Gran Escriba.

Su túnica violeta era un insulto de elegancia sobre la podredumbre del muelle de Morb. Sus ojos, fríos como el hielo, escanearon los tablones de madera robados… luego al oro que sostenía —esa prueba condenatoria— y, por último, me atravesó a mí: el humano que solía arrastrarse por los bajos fondos de la élite orca.

Todo se había ido al diablo en un instante.

Hacía no mucho rato, el viento del este me golpeaba la cara, dibujando y torciendo mis rasgos para evocar esta mueca de aversión estupenda. Llegaba cargado de la gruesa presencia del pescado salado y de la pringue que destilaban los barcos del puerto. Aferré mi capa de lana oscura contra la garganta, mientras la neblina comenzaba a cerrarse sobre el muelle principal de Morb, sitiando los mástiles mercantiles con su velo ceniciento. Eran ya las últimas horas del día, y la luz, un sol poniente tan pálido como la plata, apenas lograba atravesar la bruma, arrojando largas sombras sobre la continua actividad.

El hedor del lugar se me presentaba como un ancla: un recordatorio constante que manifestaba el sitio en el que me hallaba: el dominio de Ragnara “Ojo de Hierro”.

Tras un apático suspiro, alcé la mirada más allá de la muchedumbre de orcos que sudaban arrastrando sacos de grano y cajas de madera por las cubiertas. El suelo crujió bajo mis botas, el desperdicio de escamas secas y aserrín húmedo, daban señales de una clara podredumbre comercial. Pero allende, al otro lado, se alzaba la Ciudadela. Sus murallas se erguían como una cicatriz de piedra que abrazaba el litoral, un testimonio brutal de la fortaleza orca. En ella no se percibía nada de su contraparte, la formación élfica, sino únicamente una cruda y robusta funcionalidad militar, reforzada con contrafuertes y plataformas de artillería.

“Morb”, este nombre resonó en mi espíritu con absoluta irreverencia: el santuario del único poder que realmente movía al mundo; el dinero.

Pero la presión de la Ciudadela era un hecho terriblemente físico. Estaba encaramada en la elevación más significativa de la zona: una masa de roca oscura que dominaba por completo la visión del puerto. Desde allí, podía jurar que sentía la mirada invisible de Ragnara, o la de cualquiera de los lugartenientes, documentando nuestros movimientos. Ellos, quienes controlaban a la primera flota y, por extensión, todo el flujo de la riqueza y recursos de Kiro, eran la antítesis del legalismo élfico. No era más que pura ambición secular y control militar.

Este era el verdadero rostro del puerto de la república, un crudo contraste con lo que yacía al otro lado de las murallas. Allí, el silencio del bosque recordaba a las otras facciones que competían por el control de la tierra. Al sur, en la taiga, se alzaba el dominio de los llamados «elfos de linaje» -o donariheilel, como se nombraban a sí mismos- y de su “Búfalo Celestial”, una fe ancestral que detestaba con todo mi corazón. Sabía, por mi propia naturaleza, que algún día mi conflicto con ellos sería inevitable.

En ese momento, sentí cómo el aroma a humedad salina se mezclaba con el penetrante dulzor de la madera y la tierra mojada.

«Esta es mi mesa de juegos», me dije en voz baja, ajustándome los puños; y me acerqué al lugar de donde provenía el alegre sonido del metal: el choque de monedas.

El contraste era visceral: la cruda y pesada arquitectura orca del puerto arremetía contra el sutil, pero implacable, aliento del bosque élfico. Avancé hacia los muelles, donde el ruido de los martillos forjando hierro y las órdenes guturales de los orcos reemplazó por completo el crepitar de las olas. No había más remedio: si quería el dinero, debía navegar por el gentío de aquel puerto. Pero primero, tenía que encontrar la forma de dejar atrás esa maldita república y su irritante telaraña de leyes élficas.

Me apoyé contra una pila de barriles marcados con el sello del primer regimiento para observar el trato. Un centenar de tablones de madera de Nylmlarlon –robados, sagrados – estaban siendo izados desde una barcaza mugrienta. Mis ojos, acostumbrados a calcular el valor de la plata y el peso de cualquier amenaza, siguieron el incesante rugir de las poleas y los gritos guturales de los obreros orcos, todos engrasados y sudorosos, que movían la carga.

«Es el último cargamento, Andarion –gruñó Gromash, el capataz orco de la flota de Ragnara, un hombre de pecho ancho y con barba de alambre –. Doscientas piezas. Exactamente lo que prometiste. Madera de los ancestros elfos, ¿no? Valdrá su peso en oro en Olmlanar. Elian lo busca para sus rituales. Si supiera que se la vendemos nosotros...»

Gromash se frotó las manos; su aliento apestaba a aguardiente de patata y carne cruda. Me pasó una bolsa de cuero que sonó, pesada, con el choque de monedas. La sentí en mis dedos: oro, no plata. El oro es la única ley que reconoce la facción orca.

«Lo que Elian no sabe no le hará daño, Gromash —respondí, con una voz áspera que contrastaba con la suavidad de la madera robada. Pesé la bolsa. La avaricia era un sabor dulce y familiar en mi lengua—. Pero no se la estoy vendiendo a Olmlanar, ¿verdad? El precio de Ragnara es el único que me importa, y debe ser el justo. Esta madera sagrada costó vidas, capataz. Y yo me estoy arriesgando al castigo del culto a Rethei.»

Gromash soltó una carcajada ruidosa y obscena.

«¿El Búfalo Celestial? Vaya, Andarion, te vendes al Gusano de Sangre, pero todavía le temes a las fantasías de tus ancestros. Eres un humano muy divertido. La única maldición aquí es no tener el oro para comprar más.»

Justo cuando mis dedos se cerraron sobre la bolsa, un sonido inconfundible rasgó el estruendo del puerto. No era el grito de un marinero ni el chirrido de alguna cadena; era el roce de la seda inmaculada contra la piedra gris y sucia. Un olor a sándalo…

Me giré, y la niebla pareció abrirse, cediendo el paso a una figura solitaria que avanzaba hacia nosotros con una calma tan absoluta que acalló hasta los gruñidos de los orcos.

Era Elian “Lengua de Plata” de Nariqa. El Gran Escriba. Vestido con una túnica de seda violeta impecable, su arrogancia era un arma más afilada que cualquier sable. Sus ojos, del mismo violeta glacial de su túnica, escanearon los tablones de madera, luego la bolsa de oro en mi mano, y por último se posaron sobre mí: el humano que se arrastraba por los bajos fondos de la élite orca.

«Vaya, vaya. ¿Andarion?» —La voz de Elian cortó el aire como un susurro afilado. Ignoró por completo a Gromash, como si fuera basura del muelle—. «Llego justo a tiempo para documentar esta... transacción.»

Gromash gruñó y dio un paso adelante, llevando su mano a la empuñadura de su hacha. «Esto no es asunto tuyo, elfo. Vuelve a tus pergaminos.»

Lo vi entonces no como un capataz, sino como un animal acorralado entre los mundos. Su lealtad a Ragnara era feroz, pero instintiva, la de un lobo a su alfa. Sin embargo, en sus ojos amarillos brilló un destello de algo más complejo: la humillación de ser reducido a un problema de papeleo. Para un orco de su generación, criado en el código del hacha y el honor del botón conquistado, la burocracia era un veneno más deshonroso que la derrota en combate. Elian no solo le robaba la madera; estaba profanando la única forma de guerra que Gromash entendía.

«Por supuesto que lo es, mi querido Gromash—replicó Elian con una sonrisa fría que no alcanzó sus ojos—. Como guardián de la ley, el flujo de recursos estratégicos es, por definición, mi asunto. Y he notado una pequeña irregularidad en sus permisos, señor capataz. El Permiso de Carga (Formulario 7-Alfa) que debe acompañar a la madrea pretratada de la taiga de Nylmlarlon… me parece que ha expirado hace, oh, diecisiete días, tres horas y cuarenta y dos minutos, ¿verdad?»

Elian desplegó un rollo de pergamino finísimo con un gesto teatral, su mirada burlona clavada en mí. El oro en mi mano se volvió frío y pesado, como plomo.

«Y dado que la madera sin un permiso de carga válido en un área de alta seguridad portuaria es, legalmente, contrabando…» Hizo una pausa, saboreando el momento. «Me temo, Andarion, que este negocio está, oficialmente, suspendido y sujeto a una investigación administrativa.»

Mientras hablaba, deslicé la bolsa de oro dentro de mi capa, procurando que el movimiento pasara desapercibo. Me erguí, sintiendo el amargo sabor de la derrota. Elian blandía la burocracia como una daga. «¿Y qué significa eso, Escriba? — pregunté, la rabia ardiéndome en el pecho—. ¿Más parálisis para la ciudad? Ragnara no estaría contenta de que interfieras en sus… negocios personales.»

Elian se acercó más, lo suficiente para que su perfume a incienso se mezclara con el hedor del muelle. Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose justo donde la bolsa oculta abultaba bajo mi ropa. Era un escrutinio cargado del más puro desprecio de casta, la mirada que se reserva para el traidor que ha vendido a su propia gente por un puñado de monedas orcas.

«Significa que el honor y la ley siempre prevalecerán sobre el pragmatismo vulgar de la fuerza, Andarion. Significa que la élite élfica no va a permitir que la avaricia orca contamine nuestra tierra sagrada. Y significa, para ti…» Se inclinó un poco, y susurró: «Que tienes dos opciones: o vuelves a la ley y a tu gente, o sigues sirviendo a los cerdos de la Flota. Si sigues con ellos, te prometo que la burocracia será el menor de tus problemas.»

El frío de la niebla no era nada comparado con el hielo de su confrontación. La tensión entre las dos facciones, la militar orca y la legal élfica, era tan palpable como la madera sagrada que yacía inmóvil bajo nuestros pies. Me quedé allí, sintiendo el peso del oro oculto y el frío desprecio de Elian, sabiendo que, en Kiro, nadie puede servir a dos amos. Y mi elección estaba a punto de costarme más de lo que jamás había imaginado.

Elian de Nariqa no llevaba armadura ni espada, pero era el hombre más peligroso del muelle. El Gran Escriba se plantó frente a Gromash y a mí, proyectando su desprecio desde lo alto, que barría mi capa de lana barata y el sucio uniforme de capataz orco.

«Capataz Gromash, esta madera es contrabando. Viola el Estatuto de Recursos Élficos, Sección 3.B, que exige documentación actualizada para el transporte interprovincial de maderas sagradas. Constituye, por tanto, un delito contra la jurisdicción del Consejo y, por extensión, un atentado contra la Autoridad de la Ley — hizo una pausa infinitesimal—, que es lo único que nos separa de las bestias», declaró Elian, sin levantar la voz.

Gromash, el orco corpulento, rugió como el animal que Elian insinuaba que era. «¡La autoridad es la Primera Flota! ¡La Flota alimenta a Morb, no tus papeles mohosos, elfo! Esta madera es para nuestro beneficio, para mantener a raya a Luzag y asegurar nuestras riquezas. ¡Estamos en una crisis, no en una clase cívica!»

«La crisis no justifica el robo, Capataz. Y mucho menos el de una tierra ancestral», replicó Elián, sus pupilas lila centelleaban con desdén. Luego, se dirigió a mí. «Andarion, tú has servido a ambos bandos. Dime, honestamente: ¿no te avergüenza vender los huesos de la tierra a la que un día juraste proteger, para financiar la ambición vulgar… de esta facción orca?»

Sentí cómo la sangre me ascendía a las sienes. Que Elian usara mi estatus —un humano sin linaje, sin tierra— como un arma, era un golpe bajo calculado para sangrar. Yo vendía mi alma por oro, no por un honor que nunca me habían concedido.

«Yo solo soy un intermediario, Escriba. Aseguro que los recursos lleguen a quien pueda pagar su precio», mascullé, apretando la bolsa de oro contra mi costado. «La parálisis política de la que eres directamente responsable es lo que obliga a la gente a buscar… soluciones prácticas.»

Elian soltó una risa seca, un crujido de pergamino viejo. «Tu cinismo, Andarion, es una coraza bastante barata. Veo que tu alma no tiene precio fijo, solo… descuento. Pero el punto es que no estás asegurando el recurso. Estás participando en su confiscación ilegal. Y eso me permite, bajo la Cláusula de Emergencia 4-Gamma, incautar la mercancía de inmediato.»

El elfo se volvió con desdén hacia un grupo de guardias portuarios, tan insignificantes como moscas junto a la mole de Gromash.

«¡Guardias! Confisquen la madera y detengan la barcaza. El cargamento queda bajo custodia del Escriba Mayor, a la espera de la auditoría del formulario 7-Alfa.» Alzó la voz solo lo necesario para que cada palabra cortara el aire húmedo. «Es mi deber hacer prevalecer la Ley sobre la corrupción… orca.»

Gromash hervía en silencio. Elian no solo nos había robado el cargamento; había expuesto públicamente la red de contrabando de Ragnara, humillándonos con la frialdad de un notario. El capataz orco desenvainó su hacha; el metal relampagueó bajo la débil luz enfermiza del muelle.

«¡Te mataré, elfo engreído! ¡Este es el botín de Ragnara, y lo estás robando… con tus papeles!»

«El filo no puede cortar un Acta Notarial, Capataz,» replicó Elian con calma de losa funeraria. «Pero si alzas esa arma, te prometo que el Estatuto Militar de Kiro me autoriza a aplicar la pena máxima por insubordinación a un miembro del Consejo. Ya sabes, conoces el procedimiento. Tu admirada Ragnara te sacrificaría por un solo buque de guerra.»

La amenaza de la Ley lo rozó como un mosquito. Pero la fría verdad sobre la lealtad de Ragnara lo atravesó como un cuchillo. Lo vi en sus ojos: no era solo miedo a la pérdida material, un pecado capital para el Druidismo de Khorbrun. Era la agonía de un guerrero que ve cómo el mundo por el que luchó —un mundo de lealtades simples y hachas afiladas— se desmoronaba ante la fría lógica de una Almirante que valoraba más un barco de guerra que la vida de un veterano. Su ambición y su miedo chocaron con algo más profundo: la desilusión. El hacha se escapó de sus dedos y golpeó el suelo con un sonido sordo. Había sido derrotado, no por un guerrero, sino por un artículo del reglamento.

«Maldita sea. Llamaré a la Almirante. Ella se encargará de ti», bufó Gromash, retrocediendo hacia las sombras.

Elian clavó su mirada en mí por última vez; su mirada me traspasó como un estilete de hielo. «Y en cuanto a ti, Andarion, ese oro huele a traición. Si insistes en lamer las botas de la Flota, no solo el Búfalo te fulminará con su desdén. La Ley te aniquilará. Te sugiero que recuerdes dónde debería residir tu lealtad, humano. O te arrepentirás de haber despreciado el importe que ofrecí por la madera robada.»

La niebla se cerró tras la silueta de Elian, ahogando el último rastro de sándalo. Me quedé solo. El único humano en un muelle de orcos derrotados, con el oro de Ragnara ardiéndome en la mano y la madera sagrada de los elfos profanada a mis pies.

Una ironía amarga me atravesó: Elian me había condenado, pero también me había librado. Ahora la deuda no era con la burocracia, sino con algo mucho más antiguo y sediento de venganza. Ragnara me despedazaría por haberle fallado. Los ancestros élficos, por haber osado tocar lo suyo.

No había un solo rincón en Morb donde pudiera esconderme de ambos. Tenía que huir. Encontrar una grieta en el mundo donde fundir este oro maldito y quemar mi nombre. Pero el mundo, como pronto descubriría, es muy pequeño para un hombre que se ha echado a dos dioses enfurecidos en sus talones.

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Diálogos potentes

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author

¡Hola, qué tal! Para romper el hielo, yo creo que Elian lo tenía todo calculado. Sabía que Andarion no tendría más remedio que acudir a él. ¿Están de acuerdo?

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