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⚠️ ADVERTENCIA: Esta obra contiene temas intensos. Por favor, lea bajo su propia discreción.
"Te gusta mi nueva locura. Encontrémonos, quizás podamos comenzar una nueva fase." — Ayo technology, 50 cent.
— Te digo que es en serio.
— No tengo diez años Kenma, no te creería algo como eso — suspiró, poniéndole la mano en la cara, alejándose.
— Bokuto dijo que vió a unas personas abrir esa tumba — repitió, mientras ambos seguían caminando por la calle un poco alborotada de niños y personas disfrazadas. — Y que solo se descuido un momento y ya se habían ido.
— A coger seguramente — susurró, aún con el tono bajo que uso lo escucho, golpeando su nuca.
— Como decía: ya que Bokuto es un cobarde para ir a mirar, ¿Quieres ir conmigo? — insistió, tomando su mano, entrelazando las.
Su piel cosquilleo, queriendo salir corriendo en dirección contraria para no dejar ver sus verdaderos sentimientos, temiendo que algún día lo descubriera.
— Lo haré porque me caes mal — se burló en cambio, queriendo colapsar cada que sonreía hacia él.
— Ya veremos eso — rió, jalando su mano aún entrelazadas, dirigiéndose hacia el cementerio.
Había una creencia popular entre los adolescentes de Tokio; se decía que dos mujeres habían muerto por el odio de su amor, un amor tan puro que decían que se quedó en las tumbas de ambas. Si alguien se acercaba a irrumpir su descanso eterno desaparecerían de manera misteriosa.
Al menos entre adolescentes, no en estudiantes de universidad, pero si Bokuto decía que aún con veintiuno era adolescente, ellos también lo eran.
Para la desgracia de Kuroo no lo pensó lo suficiente, cuando ya estaban en la entrada del cementerio.
— ¿Estás seguro que quieres hacer esto? — inquirió, alzando las cejas al ver el montón de tumbas sin limpiar.
— ¿Tienes miedo?
— ¿De desaparecer? Sí, ¿De que alguien salga de la nada? También.
— ¿No que no creías en los rumores?
— Creó en que alguien puede aparecer de la nada y desaparecer nos — susurró, apretando la mano contraria cuando empezaron a entrar. — O que una van blanca salga de la nada.
— Ya mismo va a salir una van en medio de unas tumbas — sonrió sarcástico, escuchándolo reírse.
— Me explique mal — se lamentó, frenando el paso al verlo detenerse.
— Llegamos.
Eran dos tumbas bastante viejas, aunque diferentes entre sí al tener flores negras y rosas aunque se notaba que tenían tiempo sin alguna visita de un ser querido.
Merlina Adams, Enero. 18. 1802 — Julio. 10. 1827
Enid Sinclair, Julio. 02. 1802 — Julio. 10. 1827
— Al parecer ambas murieron quemadas en su propia casa — informó, acercándose a las tumbas sin llegar a tocarlas. — El pueblo en el que vivían odiaba su amor.
“— Se dice que la persona que toque su tumba, desaparecerá sin dejar rastro alguno.
— Me sale más barato ir a comprarme un onigiri.
— Estar aquí no cuesta plata.
— Pero si mi vida.
— ¿Cuál quieres tocar? — preguntó en cambió, viendo las bonitas rosas rosadas de la tumba de Enid.
— Ninguna de preferencia.
— ¿No era que no creías en esto? — repitió, cruzándose de brazos por el frío.
— Uhm más o menos, no tengo un buen presentimiento de esto Kenma.
Su corazón bombeó, observando las mejillas del rubio tornarse de un pálido rosado por el frío, suspiró.
Lo que hacía por él.
— Que sea rápido, te estás congelando — aceptó, caminando hacia el otro lado de la tumba.
— Nos iremos rápido — asintió, ambos contando hasta tres para poner sus manos en cada tumba.
Se miraron a los ojos, uno con alivio y el otro con aburrimiento, sus palabras quedando en el aire al ambos desplomarse en el suelo, cayendo en la inconsciencia.
Que lástima que Bokuto no compartió toda la información que sabía.
La casa ardió como una pira en la noche, y los gritos de Merlina y Enid se perdieron entre el crujir de las llamas, consumidas por el odio hacia el amor que las unía. Ahora, sus nombres están grabados en lápidas de piedra fría, pero se dice que el fuego de su pasión aún arde bajo la tierra, esperando una oportunidad para extenderse. Quien sea tan imprudente como para tocar ambas lápidas al mismo tiempo, quedará atrapado en la maldición.
Una fiebre te consume, y de repente, tu cuerpo ya no es tuyo: se entrega sin voluntad a la persona que tu corazón ha anhelado, incapaz de negarlo, incapaz de huir. No es una posesión demoníaca, sino algo peor: un hechizo que obliga a los corazones a desnudarse. Y si no hay una confesión sincera, el hechizo no se rompe, y ambos seguirán atrapados en un eterno e insaciable acto de amor, con sus almas ardiendo en el mismo fuego que consumió el odio del pueblo y sus vidas.
Su cabeza dolía, como si lo hubiera estampado contra el piso.
abrió los ojos, notando al rubio acostado boca abajo sobre la tumba, notando que él también estaba en una.
Se sentó, tocando su corazón sintiéndolo que tenía un bombeo extraño en él, como si siguiera un ritmo.
Aunque pensándolo bien, todo su cuerpo se sentía extraño. Sus palmas se sentían como si fuese de alguien más, su espalda se sentía como si alguien pudiese tirar de él para controlarlo, un escalofrío recorrió su espalda por el pensamiento.
Se levantó, ignorando como sus piernas temblaban un poco, tomando entre sus brazos al rubio, saliendo de allí.
Ignorando la tierra removida, ignorando las flores rosas que brillaban por los nuevos intrusos.
Solo quería una ducha caliente y dormir una semana.
Llevaba unos minutos despierto, pero estaba haciéndose el dormido para ver si conseguía dormir otro rato.
— ¿Kenma?
— Estoy muerto — su voz sonó rasposa, tomando su peluche de momonga, poniéndola en su rostro.
— Te hice el desayuno, levanta — avisó, tocando su mejilla, buscando levantarlo. — Voy a echarte un cubo de agua helada.
— Ya estoy despierto — se levantó con rapidez. Kuroo tomándolo del brazo al verlo irse de lado.
— Podrías levantarte como una persona normal — retó, sobando su espalda a la espera de que el mareo dejará de atacar.
— Yo no soy normal — jadeó, el pelinegro sobando su cabeza al verlo quejarse.
— Soy consciente de ello — asintió, empezando a guiarlo hacía la cocina.
Lo sentó, acomodando un poco su cabello desordenado, dejando su frente al aire, sonriendo hacia él cuando lo vio fruncir el ceño.
— Quisiera desayunar cincuenta tartas.
— Posiblemente te daría diabetes — comentó, acercándose al plato que había servido antes de despertarlo.
Eran dos sándwiches de jamón y queso, el pelinegro acercando otro plato con cuatro onigiris y cocoa.
— Ni siquiera como tanto.
— Tu desmayada de hace unos minutos no opina lo mismo — señaló, tomando su desayuno que era lo mismo, sentándose junto a él. — Come que tengo un taiyaki para ti.
Eso pareció animarlo, empezando a comer sin quejarse, el contrario notando algo.
— ¿Y este milagro que no estás viendo un vídeo mientras comes?
Con las mejillas llenas lo miró, masticando un par de veces para tragar, haciendo que el peligro se riera.
— Andaba tan concentrado que se me olvidó — sinceró, sacándole la lengua. — ¿Extrañas escuchar mis videos?
— Sí y ni terminaste de ver las brujas de vardo — recordó, estirando su mano tomando una servilleta, limpiando la boca del rubio.
Kenma sonrió, haciendo que el peligro apretara su mejilla con cariño, alentando lo a comer.
Comieron en un silencio cómodo, Kuroo terminando antes al no tener tanto en su plato.
— Voy a alistarme — comentó, levantándose de la mesa y dejando sus platos sucios en la loza. — No te tardes mucho.
Después de escuchar un mmm por parte del rubio lo dejó terminar su desayuno, subiendo las escaleras del departamento y yendo a su habitación. Se revolvió el pelo, tomando un pantalón gris, sus boxers de lazo rosa que le regaló Kenma y una camisa blanca con líneas negras, que le quedaba un poco ceñida al cuerpo.
Con la ropa lista entró al baño, no tardando tanto en la ducha ya que anoche había tomado una antes de dormir, su cuerpo teniendo un escalofrío por el recuerdo.
— Kuro, ¿Dónde guardaste los taiyaki? — preguntó, escuchando la puerta de su cuarto ser abierta. Pasó la toalla por su cuerpo, secándose rápido para salir.
— ¿No te dí uno? — recordó, abriendo la puerta y viéndolo frente a él, sus mejillas tornándose rosas al mirarlo, haciendo que frunciera el ceño.
— Sí, pero quiero otro.
— Ahorita te doy uno, ve a bañarte que se te hará tarde.
— No sería raro que llegue tarde — se encogió de hombros y saliendo de la habitación, el pelinegro volteando los ojos al verlo irse.
Después de un rato, con solo su pantalón y zapatos, vuelve a ver al rubio entrar a su habitación impresionado sé al verlo casi listo.
Se había puesto unos shorts blancos, con un suéter beige y rayas marrones, y una boina del mismo color faltando nada más sus zapatos, estando solo en medias.
— ¿Ya puedo tener el taiyaki?
Kuroo suspiró, dejando su mochila de un lado para buscarle el taiyaki, bajando las escaleras mientras el rubio lo seguía de cerca.
— Aquí — señaló una gaveta de la cocina, abriéndola y señalando el paquete. — Si vuelven a desaparecer tan rápido como a que días los voy a esconder y no te voy a enseñar en donde los guardo.
Tomó uno, volteando y extendiendolo al rubio notando sus mejillas casi al mismo color de un tomate, arqueó la ceja en su dirección, extrañado.
Solo tomó el paquete con su mano, apresurando a irse lo más rápido posible dejando al pelinegro solo.
Se encogió de hombros, regresando a su habitación para terminar de vestirse apurándose un poco al ver que ya casi era la hora de salir. Con mochila en hombro y verificando que tuviera todo listo, salió de su cuarto llegando a la sala, el rubio estaba sentado en el sofá con su celular en mano y su mochila a su lado.
— Vámonos antes de que se haga tarde.
Salieron del departamento, el pelinegro cerrando la puerta mientras el rubio llamaba al ascensor, el pelinegro llegando a su lado antes de que llegará.
— Creó que voy a comprarme una tarta de manzana — murmuró al aire, entrando al ascensor y apretando el botón del primer piso, viendo las puertas cerrarse.
— ¿Aún te sientes débil?
— Más o menos — bostezo, recostandose en el espejo tras suyo.
Kuroo estuvo pensando en cómo escapar de clases para llevarle algo para comer al rubio, notando como las luces parpadeaban en el ascensor.
Dios mío, no.
Una, dos y tres veces parpadearon, siguiendo casi al instante un leve temblor haciendo que se fuera la luz por completo.
Kenma prendió su celular casi de manera mecánica, notando la notificación que le había llegado hace unos minutos atrás de la alerta de terremoto.
Terremoto de 3.5
— Debí traerme una tarta — se lamentó, alumbrando la esquina del ascensor, dando en par de pasos, recostandose allí — ¿Quieres jugar a la ouija?
— ¿A buscar un demonio para que te coja como dijiste hace un par de días? — se burló, notando las mejillas del rubio tornarse de un suave color rosado, riendo por el recuerdo.
Verlo así siempre era agradable, como una brisa refrescante dándote en todo el rostro.
— Creo que podría amarte toda una vida — admitió, sus palabras saliendo antes de pensarlo. Su cara pasando por todos los colores posibles, avergonzado.
— ¿Qué dijiste? — preguntó, bajando el volumen de su celular al tenerlo muy alto. — Perdón, este video tenía mucho volumen.
— Que ojalá no tarde mucho en venir la luz — mintió, su estómago revolviendo sé por los nervios de casi ser descubierto.
Para su alivió o su terror lo vió a sentir creyendo fielmente en sus palabras.
— Eso espero, aunque no debería tardar ya que dejó de temblar — señaló, quitándose la mochila y dejándola en el suelo, apagando su celular, y pegando su cara al frío metal.
Kuroo apretó los labios, queriendo echarse a llorar al quedar encerrado en un espacio tan reducido con aquel rubio, pero no podía concentrarse al verlo con su suéter holgado, sus pensamientos yendo por lugares pocos puros al saber que escondía debajo de aquella ropa.
Sintió su cuerpo empezar
a calentarse, asustandose cuando el rubio tomo su mano, balanceándose en el aire.
— Me preguntaba si querrías ir conmigo a comprar una ps vita — propuso, acercándose a él, estando cara a cara.
— Yo siempre voy contigo a todos lados — sinceró, arqueando su ceja, empezando a ponerse nervioso al sentir la mano del rubio ahora en su cadera, dando un apretón.
— Quería asegurarme — admito, abrazándolo por la cadera.
Su corazón bombeó con fuerza, temiendo vomitarlo por su boca al tener al rubio tan cerca suyo.
— ¿Te enojarías si hago esto? — preguntó, rozando sus labios con los contrarios.
No tuvo respuesta, el pelinegro estaba demasiado en shock como para decir algo.
Kenma sonrió al notar su estado, besando brevemente su mejilla para luego besarle los labios.
Kuroo siguió en shock por un momento más para después seguirle el movimiento, jadeando cuando mordió su labio. Se escuchó como algo cayó, labios demasiado ansiosos como para notar que su boina cayó al suelo.
Jaló su mochila, empujándola por sus hombros y dejándola en el suelo. Se separaron un segundo para tomar aire, volviendo a besarse con un deseo casi cegador, sus cuerpos estando casi al límite de correrse con solo besarse.
Jadeo, su boca caliente haciéndole cosquillas, sintiendo sus manos frías tocarle la entrepierna.
— No tenemos mucho tiempo — Jadeo Kenma, el bulto frotándose contra su pierna — ¿Podemos hacerlo antes de que llegue la luz?
Lo pidió casi susurrando, apoyándose sobre su hombro y mirándolo a los ojos aún en plena oscuridad, esperando su respuesta.
Beso su boca, tomando su tiempo para saborearlo con calma.
— Podemos — asintió, separándose y apretando la nalga del rubio.
Dar el sí fue como encender una llama en Kenma, desabrochando su propio pantalón rápidamente, quitándose los y lanzándolo encima de su mochila, quedándose en boxer.
Lo volvió a besar con un hambre casi instintiva, su pene estaba duro como una roca por la temperatura. Aprovechó que estaba bastante ocupado besándolo para desabrocharle el cinturón.
Kuroo jadeó, el rubio separándose para bajar el boxer un poco más abajo de las rodillas. El pelinegro lo abrazó cambiando de posición, colocándolo a que mirara el espejo.
Se aferró a la baranda, su piel cosquilleando de anticipación, alzando la cadera al sentir movimiento detrás suyo y escuchando como lubricaba su miembro con saliva.
— Dime si te duele — susurro sobre su cuello, dejando un beso allí para empezar a enterrarse en él.
Jadeo alto, haciendo que el pelinegro le hiciera cosquillas en su piel al escucharlo, su interior apretándolo con deseo, parecía que lo premiara solo con estar dentro de él.
Se quedó quieto, esperando a que se acostumbrará a sus paredes siendo estiradas, sintiéndolo moverse mucho antes de lo que esperaba.
Se movió de manera un poco ruda, observando sus reacciones en el espejo. Llegó a pensar que se trataba de un sueño, saliendo de sus más puros deseos.
Pero se sentía un poco diferente, él no era alguien con poca experiencia, así que no tendría problemas en darle orgasmos satisfactorios al rubio. La manera en que jadeaba era un poco alta, amordazándolo con su propia mano, sin querer que nadie más que él lo escuchara.
Definitivamente era diferente, con la piel cosquilleando de una manera extraña y sintiendo que iba a correrse antes de lo planeado.
— No salgas, quiero sentirlo todo — gimoteo, tomando la mano del pelinegro para poder hablar, quejándose al sentir la calidez de su semen, haciendo que se corriera manchando la pared del ascensor.
Pegó su mejilla al frío espejo, intentando recuperarse de su reciente orgasmo. Kuroo tomándolo de la cadera, manteniéndolo quieto. Sin querer derramar ninguna gota.
Salió de él, ambos jadearon por la sensación, quedando unos minutos en silencio.
— ¿Otra ronda? — preguntó Kenma, volteando y quedando frente a él, sonriendo. — Aún no llega la luz.
Asintió, viéndolo quitarse completamente el boxer, alzó la pierna del rubio y lo enganchó a su cadera, entrando de una sola estocada. Ambos dejando de lado la timidez para dar paso al hambre voraz que sentían por el otro.
Los ojos del rubio brillaron en un azul claro, entrecerrandolos hacia el pelinegro para besarlo, callando los gemidos de ambos.
Ahora que estaban de frente a frente, Kenma podía abrazarlo y manosearlo con más libertad, enterrando sus uñas en su espalda un poco abajo de su nuca.
Kuroo jadeó buscando aire, pegando su frente con la del rubio, sus movimientos siendo más torpes y bruscos, regalando estocadas más profundas. Derrepente su corazón dolió, sintiendo que algo lo pinchaba, su estómago revolviéndose y sintiendo que su temperatura aumentaba.
Y se corrió por segunda vez, el rubio eyaculando en su pantalón, haciendo un desastre, pero no paró, su cuerpo siguió moviéndose solo, el rubio jalandolo del cuello para besarlo. Quiso vomitar, presa del pánico al no poder controlar ninguno de sus movimientos.
Sintió como si por dentro se estuviera quemando, su estómago revolviéndose como si fuera a vomitar algo. Estaba sudando a mares, su piel sintiéndose pegajosa por tanto movimiento.
Kenma volvió a correrse, el pelinegro tardó un poco más para seguirlo. Su mente era un desorden, no podía pensar bien con otro orgasmo formándose en su vientre, jadeando sin pena al sentir una mordida en su cuello.
Sentía que podía morirse, su cuerpo temblando de pánico y por el orgasmo, con todo y sus miedos lo hizo, presa del pánico hablo.
— No creo que pudiera amarte toda una vida — comenzó, jadeando contra los labios del rubio, suspirando. — Te amaré toda una vida, eso es seguro.
“— En esta y en otra, nadie podría seguirte fielmente como yo lo hago. Me gustas y no creo que nunca dejes de gustarme.
Los ojos de Kenma volvieron a brillar, el color azul desapareciendo de sus cuencas para dar paso a su color original.
— Tu también me gustas — sollozo, sus manos temblando y apretando un poco los hombros del pelinegro. Por fin sintió que había vuelto a tener control sobre su cuerpo.
Kuroo alzó su mano, limpiando sus lágrimas acunando su mejilla. Estaba susurrando para calmarlo cuando la luz volvió y fue como ser venados en medio de una carretera antes de ser atropellados.
Se separaron, empezando a limpiarse y vestirse rápidamente. Asustándose mucho más al sentir el ascensor moverse, acomodando sus ropas para no verse sospechosas, Kuroo tapando su abdomen, con su mochila, esperando que no se notaran las manchas de semen en ella.
Las puertas se abrieron extrañando al no ver al guardia por ningún lado, Kuroo salió primero con el rublo siguiéndolo, notando algo.
— Estamos en nuestro piso — informó, caminando hasta llegar a su puerta. — Voy a fingir que cancelaron las clases, necesito dormir ¿Quieres dormir conmigo?
Kenma asintió, el pelinegro abriéndola para entrar olvidando la mancha de semen que habían dejado en la pared del ascensor que por razones desconocidas nunca nadie vio esa mancha allí.
— Hijo de puta — se escuchó a sus espaldas, frunció el ceño, volteando y mirando a Kuroo. — ¿Acaso era tu gran idea? ¿Que Kenma tocara esa tumba para por fin confesar sus sentimientos? Eso es caer bajo.
— ¿De qué hablas? — Bokuto frunció el ceño, confundido, ladeando su cabeza. — ¿Kenma fue a comprobar la leyenda que conté?
— Lo hizo y me llevó con él y adivina. Es real.
— ¿Qué parte? ¿La desaparición? Yo te veo aquí conmigo y te ves... Normal, creo.
Entrecerró los ojos, temiendo la respuesta que le daría.
— ¿Cómo es la leyenda?
— ¿No te la contó Kenma? Es sencilla. Si molestas a las mujeres Adams: desaparecerás — se encogío de hombros, viendo al pelinegro jalarse el cabello.
“— ¿Todo bien? ¿Ocurrió algo malo?
— No, solo preguntaba.