El primer día
El inicio de clases suele emocionar a cualquier joven adolescente que cree que, después de esto, lo tendrá todo resuelto. Y Susan no era la excepción. Estaba convencida de que la universidad sería el comienzo de todo lo que siempre había soñado. Pero siempre hay un “pero”, ¿no?
El sol de la mañana bañaba la entrada de la facultad, donde decenas de estudiantes iban y venían entre risas, carpetas nuevas y nervios disimulados. Susan se detuvo frente al portón principal, respiró hondo y sonrió con una mezcla de emoción y temor.
—Por fin estoy en la universidad —pensó, mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja y observaba el edificio imponente que, a partir de hoy, sería parte de su rutina.
De pronto, algo —o más bien, alguien— llamó su atención. A lo lejos, entre la multitud, distinguió una figura familiar.
—¿Es él? —se preguntó, entrecerrando los ojos. Sí, no cabía duda: era un conocido de la secundaria.
Ella solo sonrió y pensó:
—Años sin verlo... y ahí está, tan despreocupado como siempre, conversando con un grupo de gente que ni conoce.
El viento movía suavemente su cabello mientras Susan reunía el valor para acercarse. No sabía si él la recordaría, pero algo dentro de ella —quizás la nostalgia, o la simple curiosidad— la empujó a dar esos pasos.
Susan se acercó lentamente, intentando que su voz sonara natural.
—Hola, Kai.
Él giró de inmediato, sorprendido, y su rostro se iluminó en una sonrisa amplia.
—¡Susan! ¡No puede ser! —exclamó antes de abrazarla con esa energía tan alegre que siempre lo había caracterizado.
El abrazo fue cálido, aunque un poco exagerado, típico de Kai. Hablaba rápido, movía las manos al compás de cada palabra, como si temiera que el silencio lo alcanzara.
Kai Scanu, su compañero de secundaría mismo que hacía chistes en los momentos más inoportunos y que, aun así, lograba hacer reír a todos.
Susan no pudo evitar sonreír. El tiempo parecía no haber pasado.
Susan y Kai caminaron juntos por el pasillo, intentando recordar entre risas el mapa del campus que habían visto apenas una vez. El eco de sus pasos se mezclaba con el murmullo de otros estudiantes buscando su salón.
Cuando finalmente encontraron el aula, Kai empujó la puerta con confianza y ambos entraron. De inmediato, el murmullo cesó.
Decenas de miradas se posaron en ellos, curiosas, analíticas, algunas disimuladas, otras abiertamente intrigadas.
Susan arqueó una ceja, dejó escapar una sonrisa sarcástica y murmuró:
—Supongo que ver a dos gays es raro.
Luego caminó con naturalidad entre las filas de pupitres y eligió un lugar cerca de la ventana, sin perder la calma.
Kai, en cambio, parecía inmune a las miradas. Saludó al grupo con su entusiasmo habitual, levantando una mano como si entrara a una fiesta:
—¡Hola a todos! —dijo con voz alta y alegre.
El silencio se mantuvo. Nadie respondió.
Kai frunció el ceño por un segundo, pero enseguida soltó una carcajada.
—Agua fiestas —murmuró al aire, mientras dejaba caer su mochila al lado del asiento de Susan.
Ella lo miró de reojo y negó con una sonrisa. Él primer día de clases apenas comenzaba, y ya podían sentir que no sería uno cualquiera.
Por fin, el día en la universidad había terminado. Él sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios y el aire se llenaba de ese cansancio típico del primer día.
Susan se despidió de Kai con una sonrisa y un abrazo rápido. Luego, tomó su mochila y se dirigió hacia la salida, donde entre la multitud logró distinguir una mano levantándose para saludarla.
Era su primo, James, esperándola con su eterna sonrisa despreocupada.
—¡Hey! —gritó él al verla acercarse.
Susan apresuró el paso, y pronto caminaban juntos entre el ruido de estudiantes, autos y vendedores callejeros.
—Entonces, ¿Qué tal tu primer día? —preguntó James, intentando esquivar a la gente mientras se dirigían a la terminal de autobuses.
Susan suspiró.—Cansado... pero bien —respondió con una sonrisa cansada.
La terminal estaba llena. Gente esperando, maletas apiladas, voces que se mezclaban con el sonido de los motores. Y entre toda esa multitud, Susan la vio.
Una chica.
Sentada en uno de los bancos del fondo, comiendo un helado con una calma casi hipnótica. No era solo su apariencia —aunque sin duda destacaba entre todos—, sino algo más... algo en su forma de estar, en la manera en que parecía ajena al mundo.
Susan no podía dejar de mirarla. Su pecho se apretó con una sensación extraña, una mezcla de curiosidad y nervios.
De pronto, sintió una mano en el hombro.
—¿Quieres algo de la tienda? —preguntó James, sonriendo.
Susan parpadeó, como si despertara de un sueño.—¿Eh?... sí, claro... —dijo con voz distraída.
—¿Qué te traigo? —insistió James.
—Un jugo... y una galleta está bien —respondió al azar.
James asintió y se alejó hacia la tienda.
Susan volvió la vista hacia la chica. Seguía allí, con el helado en la mano, tranquila, observando el vacío... o tal vez, observándola a ella.
Porque sí, ahora era evidente: la chica también la miraba. Susan sintió cómo el calor le subía al rostro. Avergonzada, desvió la mirada y fingió revisar su teléfono.
Pero ya era tarde. Algo, aunque no sabía qué, había comenzado dentro de ella.
James regresó con las manos ocupadas: una botella de jugo y un pequeño paquete de galletas.—Toma —dijo mientras caminaban juntos hacia la salida de la terminal.
El aire fresco de la noche les dio la bienvenida. El cielo, teñido de ese azul oscuro, anunciaba el final del día. Ambos se apresuraron hacia el autobús que ya tenía las puertas abiertas y el motor encendido.
—Apúrate, parece que está por salir —dijo James.
Susan subió primero y tomó uno de los pocos asientos libres que quedaban, junto a la ventana. James se acomodó un par de filas más adelante, siempre atento, pero dejándola en su propio espacio.
El autobús vibró ligeramente. El chofer cerró las puertas y se dispuso a arrancar. Pero, justo en ese momento, una voz interrumpió el ruido del motor.
—¡Alto, por favor! —gritó alguien, con una entonación tan melodiosa que hizo voltear a varios pasajeros.
El chofer frenó justo antes de salir. Y entonces Susan la vio.
Era ella.
La chica de la terminal.
Subió apresurada, con el cabello un poco despeinado por la carrera y una pequeña mochila en el hombro. Pagó su pasaje con una sonrisa rápida y miró alrededor buscando asiento.
Por un instante, sus miradas se cruzaron. La chica sonrió apenas —una curva sutil, casi imperceptible— y luego se sentó justo detrás de Susan.
El corazón de Susan comenzó a latir más rápido. No entendía por qué. Había algo en ella... una sensación familiar, como si la hubiera visto antes, en otro tiempo o en otro lugar.
El autobús comenzó a avanzar lentamente, devorando el camino entre luces y sombras. Susan intentaba concentrarse en cualquier otra cosa —el paisaje, la música del motor, el reflejo en la ventana—, pero no podía.
Solo pensaba en la chica. ¿Dónde la había visto? ¿Por qué le resultaba tan imposible dejar de pensar en ella?
De pronto, el autobús se pasó un alto y frenó de golpe.
Susan se sacudió hacia adelante, pero no llegó a golpearse: una mano se apoyó en su hombro, firme, cálida.
La mano de ella.
Susan se quedó inmóvil. Sintió cómo el calor le subía al rostro, cómo sus pensamientos se desordenaban. No sabía qué hacer, ni qué decir.
Solo supo que, en ese momento, el mundo entero pareció detenerse.
Diez minutos después, Susan y James pidieron su parada. El autobús continuó su camino, llevándolos lejos de la terminal, de la multitud... y de aquella chica. Ella solo pudo ver cómo desaparecían en la oscuridad de la noche, dejando tras de sí un rastro de luces que pronto se desvaneció.
Ya en casa, Susan no podía dejar de pensar en ella. Cada detalle se repetía en su mente: la camisa blanca que resaltaba entre la multitud, los jeans ajustados, las botas que golpeaban suavemente el suelo al caminar, el cabello corto que enmarcaba su rostro, el piercing en la oreja que le daba un aire rebelde, y esos ojos avellana, profundos, casi hipnóticos.
Se dejó caer en el sofá, aún con la mochila a un lado, y con un suspiro decidió actuar. Tomó su celular y abrió Facebook. Tecleó con cuidado, como si cada letra pudiera traerla más cerca.
Y allí estaba.
Sara Meyer.
El corazón de Susan dio un vuelco. Sin dudarlo, empezó a explorar su perfil: fotos, intereses, amistades... cada pequeño detalle parecía confirmar lo que ya sentía: quería conocerla.
Finalmente, pulsó “Agregar como amigo”. El mensaje fue enviado.
Para su sorpresa, Sara aceptó rápidamente.
Ese simple gesto, esa aceptación, era el inicio de algo. Algo que Susan aún no podía imaginar. Un mensaje, un perfil aceptado... y de pronto, una conexión que parecía casual, pero que estaba a punto de cambiarlo todo.