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Había una vez un príncipe muy hermoso, de cabello negro como el ébano y tez blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre, y sus ojos, profundos y oscuros como el bosque en una noche sin luna.
Su nombre era Park Jimin.
Nació en un reino bañado por largos inviernos, donde la nieve cubría los campos seis meses al año, y el aire olía a madera quemada y flores dormidas bajo la escarcha. Su madre, la reina, murió al dar a luz, y su padre, el rey, contrajo matrimonio con una mujer de belleza pétrea y corazón de hielo. Poco después el rey murió dejando huérfano a Jimin.
La reina Cheorin, madrastra de Jimin, pronto sintió celos de la belleza del joven príncipe. A medida que Jimin crecía, más encantador se volvía: su piel parecía brillar con el fulgor de la luna, y su voz era un canto dulce de un ruiseñor, que enamoraba a cualquiera que la escuchara. Pero la belleza no era su única virtud. Jimin era bondadoso, ávido de conocimiento, y poseía un corazón puro que hacía que hasta los animales del bosque se le acercaran sin temor.
La reina Cheorin tenía un espejo que decía la verdad de quién era el más hermoso del reino. Un día, el espejo mágico de la reina Cheorin ya no respondió que ella era la más hermosa, sino que dijo:
“Mi reina, sois muy hermosa, pero no tanto como el joven príncipe Jimin, cuya belleza ya supera la vuestra...”
La madrastra entró en cólera y el odio creció en su corazón. Decidida a deshacerse de su hijastro, urdió un plan para enviarlo al bosque bajo el pretexto de que su amigo Taemin, de una aldea cercana, había mandado a buscarlo y quería verlo. Pero eso no era cierto, era una emboscada con órdenes secretas de que jamás regresara. Había contratado un cazador profesional para que le diera muerte y así poder librarse de él.
Pero el destino tenía otros planes muy diferentes...
🪞🍎
Entre los árboles sombríos y la espesa nieve, donde lo salvaje y peligroso reina y los cuentos se tornan realidad, Jimin se adentraba, caminaba tranquilamente, ajeno al peligro que le iba a acontecer. Y desconocía que su vida ya nunca sería la misma.
Jimin noto una presencia tras él y corrío. La nieve hecha hielo crujía bajo sus pies y su aliento se hacía vapor helado en el aire gélido del bosque. La luz apenas se filtraba entre los árboles, y las sombras crecían más rápido de lo que él podía moverse. Iba de camino a visitar a su amigo Taemin en la aldea vecina, pero algo había salido terriblemente mal.
No estaba solo.
Detrás de él, los pasos pesados de un hombre lo perseguían sin descanso: el cazador enviado por la reina con órdenes claras de hacer que Jimin “desapareciera”. Ella lo quería muerto. La razón era tan absurda como cruel: su belleza.
—¡No escaparás, principito! —rugió la voz grave del hombre a sus espaldas.
Jimin tropezó, cayó de rodillas, y el hielo le mordió la piel como miles de agujas. Se giró, jadeante, y lo vio. El cazador alzaba su escopeta, dispuesto a terminar su trabajo.
Pero no lo logró.
De las sombras, surgió algo. Una figura veloz, un borrón de oscuridad y viento. El cazador gritó, pero su voz fue sofocada por un sonido seco y húmedo: el de unos colmillos enterrándose en su cuello.
Jimin parpadeó, atónito. El cuerpo cayó a la nieve, sin vida, con un reguero de sangre.
Frente a él, de pie como una aparición elegante y peligrosa, estaba el joven más extraño que jamás había visto.
Pálido como el mármol, cabello negro y largo que le caía por la frente, ojos rojo oscuro que brillaban con un fulgor inhumano. Alto y musculoso, Su camisa blanca estaba manchada de sangre, y sus labios aún húmedos por el líquido espeso.
—No temas —dijo con voz grave, baja, como si el bosque mismo hablara—. Ya estás a salvo.
Jimin quiso retroceder, pero el frío y el miedo le habían robado la fuerza.
—¿Q-qué eres tú...? —susurró, temblando.
El extraño dio un paso hacia él, y sus ojos no se apartaron de los suyos.
—Soy quien salva y quien condena. Me llamo Jeon Jungkook.
Y así comenzó todo...
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La nieve caía cuando Jungkook levantó a Jimin en brazos.
El príncipe temblaba, ya no sólo por el frío, sino por el cúmulo de emociones que lo atravesaban: el terror de la persecución, la visión de la muerte tan cerca, y aquella figura imponente que lo miraba como si pudiera ver más allá de sus ojos, hasta el alma misma. Y, aun así, en los brazos de Jungkook, se sintió... a salvo. Pareciera que no había otro lugar en el mundo donde debería estar.
—¿Adónde me llevas? —preguntó Jimin, su voz vacilante contra el cuello del vampiro.
—A casa —respondió Jungkook, su voz grave, serena, con esa extraña belleza sombría que lo envolvía como un velo invisible.
La casa no era una cabaña común. Era una antigua mansión de piedra grisácea, escondida en lo más profundo del bosque, tan vieja como el tiempo mismo. Tenía ventanales altos cubiertos por gruesas cortinas negras, chimeneas encendidas y una atmósfera densa, rica en perfume de madera quemada, de cera de las velas y algo más... algo delicioso y prohibido.
Jungkook lo dejó con suavidad sobre un diván frente al fuego. El calor era intenso, y Jimin apenas logró quitarse el abrigo empapado antes de comenzar a sentir los dedos entumecidos reaccionando. Jungkook se alejó un momento y volvió con una manta gruesa, la colocó sobre sus hombros y se arrodilló frente a él.
—Tu cuerpo está helado. ¿Te duele algo?
—No... sólo estoy... confundido —murmuró Jimin, observando la forma en que la luz del fuego y los candelabros resaltaba los contornos del rostro de Jungkook.
El vampiro lo miró fijamente por unos segundos.
—Podrías haber muerto hoy.
—Lo sé.
—Pero no lo permitiré —agregó con una convicción que sonó a juramento.
Jimin bajó la mirada, sus mejillas se tiñeron de un leve rubor.
—Gracias por salvarme.
—No lo hice por bondad —dijo Jungkook con una media sonrisa peligrosa—. Algo en ti me atrajo... como si tus latidos me llamaran antes siquiera de oír tu grito.
—¿Me estás diciendo que querías...?
—Beberte, sí —admitió sin rodeos—. Pero algo en ti me detuvo. Hay alimento... y hay almas. Y la tuya brilla como ninguna que haya visto.
Jimin tragó saliva. El silencio se volvió pesado, cargado de una tensión tan densa que podía tocarse. Jungkook se incorporó lentamente, pero en vez de alejarse, se sentó a su lado. Muy cerca. Demasiado cerca.
Jimin podía sentir algo similar al calor de su cuerpo, aunque supiera que los vampiros eran gélidos.
—No deberías confiar en mí —murmuró Jungkook, su voz acariciándole la nuca—. Soy una criatura de la noche, príncipe. No soy como tú.
—Tú tampoco deberías confiar en mí —respondió Jimin, volviéndose para mirarlo directamente a los ojos—. No soy sólo una víctima.
Jungkook entrecerró los ojos, fascinado.
—No. Eres mucho más que eso.
El fuego crepitó, y las sombras se movieron en las paredes. Durante horas conversaron. Jimin le habló de la reina Cheorin, de su vida encerrada en un palacio frío, donde lo adoraban por su rostro pero ignoraban su corazón. Jungkook le contó partes de su historia: había sido humano siglos atrás, convertido por una antigua criatura a la que había amado y odiado. Vagó por el mundo, viviendo en la penumbra, alimentándose, escondiéndose... hasta hallar ese bosque, donde el mundo parecía haberse detenido.
—Tú me devuelves el ruido de los latidos —dijo Jungkook, rozando con los dedos la muñeca de Jimin, allí donde la sangre golpeaba a su ritmo más vivo.
Jimin lo observó con los ojos entrecerrados.
—¿Y si te dijera que quiero quedarme contigo? Que no quiero volver a ese castillo ni a sus mentiras...
—¿Te quedarías con un monstruo?
—Te llamas monstruo, pero hoy me salvaste. No sé lo que eres... pero me haces sentir que le importo a alguien.
La confesión quedó suspendida en el aire como un hechizo. Jungkook lo miró con intensidad, y entonces, lentamente, como si temiera romper algo precioso, levantó una mano y acarició la mejilla del príncipe. Jimin cerró los ojos, temblando ligeramente bajo su toque.
—Jimin... —susurró su nombre que si lo estuviera probando con la lengua.
Los labios de Jungkook rozaron los suyos. Primero con duda, después con hambre. Jimin respondió, aferrándose a su camisa, tirando de él, dejando que el beso se profundizara, se abriera, se convirtiera en una danza lenta y húmeda, cargada de deseo contenido. Jungkook deslizó su mano detrás del cuello de Jimin, acercándolo más, y cuando lo sintió estremecerse contra su pecho, supo que no estaba solo en ese deseo.
Pero justo antes de ceder completamente, Jungkook se detuvo.
—Si seguimos... no podré detenerme.
—¿Y quién dijo que quiero que te detengas? —murmuró Jimin, jadeante.
Jungkook apretó la mandíbula. Se obligó a separarse unos centímetros, respirando hondo.
—Aún estás débil. Tienes fiebre... no por enfermedad, sino por mí. Tu cuerpo está reaccionando a mi esencia.
—¿Entonces... esto es parte de ser vampiro?
—No —respondió él, con la mirada intensa—. Esto es parte de que te guste uno.
Jimin sintió que el pecho se le apretaba. ¿Cómo podía un ser oscuro hablar con tanta dulzura?
La noche envolvía el bosque en un manto de sombras espesas. Dentro de la mansión, la chimenea crepitaba suavemente, lanzando destellos anaranjados que danzaban en las paredes de piedra. La manta que envolvía a Jimin tenía el aroma de madera, incienso y algo indefinible... el olor de Jungkook.
Estaban sentados uno frente al otro, sobre una alfombra gruesa, mientras servía sopa caliente para Jimin que se mantenía humeante sobre la mesa, y una copa de sangre para Jungkook de su reserva.
—¿Tuviste miedo hoy? —preguntó Jungkook, su mirada fija en él, intensa como siempre, pero más suave.
Jimin bajó la vista y jugó con el borde de la taza entre sus dedos.
—Sí... pero no cuando debí tenerlo.
—¿A qué te refieres?
—No cuando el cazador me atrapó —dijo, levantando lentamente los ojos—. Sentí verdadero miedo cuando vi que te lanzabas sobre él. Pensé que moriría allí mismo... que tú lo harías o lo haríamos los dos.
Jungkook soltó una risa baja.
—Yo no muero tan fácilmente.
—Lo sé ahora... —murmuró—. Pero en ese momento, sentí que no quería perderte.
El silencio se instaló entre ellos como una brisa contenida. Jungkook se acercó un poco más.
—No deberías preocuparte tanto por un monstruo como yo.
—Y tú deberías dejar de decir que eres un monstruo —susurró Jimin, tocándole la muñeca con sus dedos tibios—. Porque, si lo eres... ¿qué clase de criatura soy yo que se siente más humano a tu lado que nunca antes?
Jungkook no respondió, sólo lo observó. Había algo en la forma en que Jimin hablaba... cada palabra salía cargada de emociones profundas y contenidas, no había tenido a nadie con quien hablar sinceramente durante años.
Esa noche, durmieron en la misma cama. No pasó más que caricias suaves, abrazos y besos entre sueños. Pero fue más íntimo que cualquier noche de pasión. Jimin se acurrucó contra el pecho de Jungkook y escuchó el silencio donde un corazón ya no latía... y, sin embargo, sintió su calidez.
El príncipe no lo sabía aún, pero una vez que bebes la sangre de un vampiro, o compartes tu aliento con él, ya nunca vuelves a ser el mismo. Y habían compartido aliento. Se habían besado.
Y al amanecer, mientras soñaban entre besos y abrazos, en el palacio, la reina preparaba su venganza, la fruta del pecado. Roja, brillante, hermosa como un rubí. Y mortal.
La manzana.