Sueños de skin girl y dos cuentos más

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Sinopsis

Tres cuentos, dos de humor y uno de ciencia ficción. ¡Espero que los disfrutéis!

Genero:
Humor
Autor/a:
Eduardo EM
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Sueños de skin girl

-Son la primera boy band neonazi.

- ¿Quieres que te eche del despacho?

-No es una tontería. Nunca ha habido nada igual y el público quiere cosas nuevas.

-Entonces, ¿por qué has venido a mi oficina? ¿Sabes que estoy a punto de arruinarme?

-No, sé que ya te has arruinado, por eso he venido. Nadie más los quiere y necesito a alguien que no tenga nada que perder.

- ¿Y qué cojones quieres que haga con ellos?

-Que los produzcamos y representemos juntos.

-Pero ¿es esto legal?

- ¡Claro! Las letras de las canciones serán legales. Escucha. La ultraderecha está en auge. Hasta ahora solo ha habido bandas de nazis que mezclaban el fascismo con el punk y el rock. ¿Por qué no hacer una boy band neonazi? Hay muchas chicas que adoran a Hitler que también tienen derecho a soñar y a enamorarse.

- ¿Estáis de acuerdo con esto? -preguntó Marcos a los tres jóvenes que estaban sentados en un sofá de dos plazas.

Ninguno dijo nada y se limitaron a esbozar una media sonrisa. Ninguno parecía tener nada que perder.

-Me lo pensaré.

-No puedes, tienes que decidirte ahora.

- ¿Por qué?

-Si no los quieres me retiro de este negocio.

-Sería mejor para todos.

-Escucha Marcos, esta es nuestra última oportunidad. Podemos salir de aquí y abandonar esta cochambre que nos rodea.

–¿Y ellos confían en ti?

-No les queda otra. Fíjate en ellos, es esto o tenerse que poner a trabajar de cajeros en un supermercado. Tampoco tienen muchas opciones.

-Tú ganas. No sé por qué, pero me uno a esta estupidez.

-Esta vez nos saldrá bien, Marcos.

-Eso dijiste la última vez, Luis.

Ambos se dieron la mano mientras que los tres jóvenes sonreían nerviosos.

Jacinto nació en un pequeño pueblo de Soria cuya principal y única peculiaridad era su terrible frío invernal. Era eso que ahora se llama la España despoblada o vaciada. Su origen era humilde y poco sofisticado. Para sus padres la universidad era una utopía, no tanto por falta de recursos económicos, sino por considerarlo algo para otro tipo de gente. Su felicidad era atender a los animales y pasar las tardes del domingo jugando a las cartas y bebiendo vino en el bar del pueblo. Una vida aburrida pero seductora para aquellos que buscaban una paz intelectual lejos del trajín de una ciudad.

Pero Jacinto quería más. Había nacido con un don especial, era un tío muy guapo. Tenía ese tipo de belleza rústica que seducía a las urbanitas que pasaban por allí. Según fue pasando de la adolescencia a la juventud y aumentado las veladas en el bar del pueblo, era más habitual que acabase despertando junto a una moza desnuda en alguna de las casas rurales de los alrededores. Más allá del placer carnal, sus conquistas le abrieron los ojos a otro mundo, a otra realidad. Sus amantes le animaban a irse con ellas. A sus 19 años apenas sabía leer o escribir, pero le constaba que en la cama era como un potro salvaje y desbocado y que eso era algo muy codiciado en la ciudad.

De esta forma, un mes de febrero se fue a Madrid. Parecía mentira lo cerca que había estado toda su vida de este nuevo mundo, a tan solo unas horas en autobús. Aunque su belleza animal le aseguró algunas noches de fiesta y ocasionales alojamientos gratuitos, pronto comprendió que no era lo mismo ser un semental en el agro que un palurdo en la capital. Tenía que refinarse, mejorar sus formas. Y así lo hizo. Con ayuda de sus fugaces novias comenzó a vestir mejor, a afinar sus modales, a aprender a bailar y a divertirse como un joven de la capital. Una de ellas le llevo a una agencia de modelos, que a su vez le dirigió a una audición para un nuevo grupo de música. Tras una feroz competición, fue elegido.

Mateo siempre fue un pijo vago. La fortuna del padre y la facilidad de la madre por meterse debajo de la mesa del director del colegio le salvaron varias veces de ser expulsado por su absoluta falta de interés en los estudios. Logró aprobar el instituto con un cinco pelado pero ante la imposibilidad de garantizarle éxito en la universidad, su familia le hizo una irrechazable proposición: se iría a California a estudiar interpretación.

Supuso acertadamente que no había nada parecido a los deberes y que los estudios consistían en ir a clase y decir cuatro gilipolleces. De esa forma sus padres podrían encontrarle a la vuelta algún trabajo en una productora de cine de algún amigo en la que se asegurara un sueldo y en la que no tuviera que trabajar mucho. Además, a su familia le valía para presumir de tener a un hijo en Hollywood codeándose con la farándula americana. Vivir en Los Ángeles le permitió a Mateo aprender lo bien que se vivía en el mundo del espectáculo, ser capaz de mantener cierta rutina de trabajo y a mantener innumerables episodios de sexo de pago gracias a la mensualidad que le llegaba de Madrid. Y se encontró a sí mismo. Quería ser cantante y, para su propia sorpresa, tenía buena voz. Pasados dos años, sus padres se cansaron de pagar los gastos, muy elevados, que costaba a mantener al niño tan lejos y le trajeron de vuelta. Y así Mateo comenzó a buscar pruebas en productoras, acumulando fracasos, hasta que un día recibió un sí.

Leonardo siempre se había sentido diferente al resto de niños. Una diferencia que al principio no comprendía pero que poco a poco tomó forma. Era gay. Le encantaban los hombres y no perdía ninguna oportunidad de retozar en la cama con alguno. Se beneficiaba además de su aspecto varonil y seductor, que le convertía en el rey de las aplicaciones para ligar. Su origen de desahogada clase media y sus ganas de libertad le permitieron abandonar su Valencia natal e irse a Madrid a estudiar. No era un mal estudiante y con el dinero de sus padres puedo instalarse cómodamente en un piso compartido con otros dos compañeros de facultad, a uno de los cuales, de rizos rubios como el oro, ayudó a sacar del armario, aunque este superó haber sido un mero trozo de carne para el retozo de Leonardo. Sabía que para mantener su vida de fiesta en fiesta en Madrid tan solo tenía que sacar buenas notas, algo que, con su inteligencia natural, no le fue demasiado difícil. Sin embargo, cuando ya estaba en mitad de la licenciatura se empezó a dar cuenta de que una vida de trabajo en una oficia de nueve a seis no era para él. Se merecía algo mejor y pronto se fijó en el mundo del espectáculo. Con su mente privilegiada seguro que podría jugar ese partido y ganarlo por goleada. Su único problema era que se trataba de un universo ajeno a su entorno universitario y la mayor parte de sus compañeros eran unos esforzados estudiantes con sobrepeso que no tenían nada que ver con el glamur al que se quería acercar. Por eso empezó a buscar en internet agentes y poder así enviarles sus fotos y videos. Se convirtió en un anhelo obsesivo y cada pocos minutos encendía el móvil para mirar el correo electrónico, sin obtener respuesta. Hasta que un día, cuando ya había perdido la esperanza, recibió un correo. Era el inicio de su nueva vida.

- ¡Pero qué cojones hacéis! -gritó Segis, el recientemente contratado director artístico del grupo. Muy mal, muy mal. Es que no habéis estudiado los pasos. Brazo arriba, saludo nazi y luego paso atrás y a vuestra derecha. Al suelo y avanzáis a cuatro patas con cara de mala leche. ¡Joder, que no es tan difícil!

Un segundo intento no fue mucho mejor y los tres patosearon sobre el vetusto escenario del pequeño teatro que Marcos y Luis habían alquilado para los ensayos. Una y otra vez se enredaban con los pasos.

-No te cabrees, Segis, que no es para tanto- le dijo Luis que estaba sentado en primera fila. Acaban de empezar y tienen mucho que aprender. ¡Pero vamos chicos, ponerle ganas que hay que empezar a promocionar la banda!

-Estos inútiles-dijo Segis-son los tíos más torpes con los que he trabajado nunca. No saben ni hacer el puto saludo nazi. Y joder, que es solo levantar el brazo, no tienen ni que doblar el codo.

-Poco a poco, no te irrites. A ver chicos, seguid-intentó mediar otra vez Luis.

Después de hablar y hacer un gesto para que el grupo siguiera practicando, Luis se levantó de la silla y se fue a la parte de atrás del teatro y una vez fuera de la vista de sus tres pupilos, llamó por teléfono a Marcos.

-Sí, Marcos, unos inútiles, pero tampoco esperábamos encontrar a unos bailarines de primera. Creo que saldrá bien. En un mes tenemos la fiesta de lanzamiento. ¿Cómo vas con las canciones? Bien, ok. ¿Para mañana tenemos las primeras tres? Pues en cuanto las tengas mándame las letras, se las paso y un par de días después que venga el músico con una guitarra y las empezamos a practicar un poco más en serio. Genial, muy bien. Creo que esto va para adelante. ¡De todas formas, joder, que son una boy band Nazi! Tampoco espera nadie que canten como Pavarotti o que bailen como Beyoncé, con el saludo ya les vale.

Tal y como había prometido Marcos, al día siguiente llegaron las primeras canciones del grupo, que, por supuesto, versaban sobre el odio a la inmigración, el supremacismo blanco y el fin dominador de la raza aria. Las letras eran combativas, pero, a petición de Leonardo, se suavizaron los comentarios homófonos porque, aseguraba, era más que probable que entre sus fans hubiera neonazis gais. Los tres jóvenes se aplicaron durante los siguientes días con el fin de memorizar las letras. Leonardo era al que menos esfuerzo le costaba y a Jacinto, al que más, por lo que continuamente miraba y remiraba los papeles e intentaba introducir esos versos en su mente. Se jugaban mucho y los tres habían encontrado por primera vez algo por lo que luchar. Se sentían parte de un equipo, un grupo de personas cuya suma creaba algo mayor que las partes. Se empezaron a apoyar y a entender, a ser una familia. Comprendieron que el éxito de cada uno de ellos dependía del grupo. Por primera vez, después de días de esfuerzo, eran una boy band. Al cuarto día, después de darle un día más de cortesía a Jacinto para que se aprendiera las letras, apareció Pepe, al que Luis y Marcos habían contratado para darle música a sus letras, que solo aceptó el trabajo a cambio del más absoluto anonimato. Y así, con Segis enseñándoles a bailar y Pepe a cantar, pasaron el siguiente mes de sus vidas.

Su presentación oficial tuvo lugar en un bar de neonazis de Madrid llamado el “Pitbull Cabreado”. Poco antes de las 8 y 8 de la noche, la hora elegida para que empezara el concierto, el ambiente seguía siendo hostil, tras una campaña contra el grupo en redes sociales por parte de los sectores más clásicos del movimiento neonazi. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Un grupo de negros transexuales nazis? Se preguntaban. El grupo escuchaba desde el camerino como les insultaba un público que se emborrachaba como si no existiese el mañana.

Las sonrisas de los tres chicos no podían esconder su terror escénico, a pesar de las palabras de ánimo que les dispensaban Luis y Marcos: “Vamos, vamos, que lo vais a hacer genial”, “Es la hora de ganárselos, muchachos”. Sin embargo, les temblaban las piernas y se les pasó por la cabeza quitarse los uniformes de las SS con pantalones cortos que llevaban y salir corriendo. Pero no huyeron. Llevaban semanas ensayando y querían ir a por todas. Tenían ambición. A las 8 y 8 en punto salieron desfilando con el paso de la oca. El público comenzó a gritar y a insultarles, especialmente a través del uso del epíteto “maricones”. Ellos, sin amilanarse, empezaron con la primera canción del álbum: “Poder Blanco”. A mitad de la canción los insultos se habían transformado en un silencio electrizante. Al final de esta, cuando Leonardo y Mateo se arrodillaban ante Jacinto, que imitaba el mítico gesto del mentón de Mussolini, el silencio se transformó en ovación. Los tres se miraron sonriendo, al igual que Marcos y Luis. La segunda canción, “inmigrantes criminales”, regaló diez minutos de aplausos y la última, “a las puertas de Moscú” casi destroza el local. Eran los nuevos ídolos. Era una sensación increíble. Lo habían logrado.

Volvieron a su camerino entre autógrafos de sus nuevos fans. Les costó atravesar las puertas, pero una vez dentro se abrazaron llorando. Su emoción les hizo pasar por alto que no estaban solos. Varias skin girls habían entrado y los miraban llenas de deseo. La estética les asustó un poco, pero a los pocos segundos no les importaba. Leonardo estaba a punto de llamar a seguridad para que las echaran cuando vio que Jacinto y Mateo se estaban quitando la ropa. Se quedó de piedra, ¿Ahora que hacía? No le ponían lo más mínimo. Una skingirl se le acercó y empezó a acariciarle la cara, para poco después arrodillarse frente a él. Cerró los ojos y comenzó a recordar imágenes de las últimas pelis porno gay que recordaba, lo que para su suerte le permitió salvar el momento. Respiró con alivio. Miró a sus dos compañeros, que retozaban felizmente con sus fans. Había tenido suerte, pero no podía volver a pasar, tenía que encontrar una solución.

- ¿Qué eres gay? -preguntó Marcos de un grito- ¿pero gay…no serás bisexual?

-No, soy gay, no me gustan las mujeres.

-Joder, ¿y qué hacemos? ¿Por qué no nos lo dijiste? ¡Qué eres un puto neonazi! ¿Cuándo se ha visto un neonazi gay? Como esto salga a la luz se va todo a la mierda.

-Buenos Marcos, no te preocupes- terció Luis- si algo aparece ya nos inventaremos que es un ataque de la izquierda contra el grupo. Tampoco vamos a adelantar nada. Eso sí, a partir de ahora no te acercas a otro maricón. Con mujeres o te haces cura. A ver, ¿cuándo estás con una mujer no se te levanta?

-No, nada. Me repelen las mujeres.

-Pues ya está, a partir de ahora te vas a inflar a Viagra. Te vas a tomar la puta pastilla azul a todas horas. Desde el desayuno con los cereales. Así cuando llegue el momento estás preparado. No tienes que follar tanto como los otros dos, pero de vez en cuando alguna tiene que caer. Ya diremos que eres menos follador porque te pasas el día leyendo Mi Lucha o algo así. Chico, esta es la vez en la que más cerca has estado en tu vida de ser alguien, de llegar a la gloria y de ganar dinero. No lo jodas ahora por maricón.

Así fue como Leonardo se convirtió en un consumidor habitual de Viagra. Los compuestos de la pastilla le provocaban ardientes sofocos y a veces se ponía colorado como un tomate, pero con un poco de maquillaje y la excusa del ejercicio físico, lograron que su color no levantara sospechas. Así que cada tres o cuatro conciertos, volviendo al camerino, hacia el esfuerzo de satisfacer a alguna de las skin girls que le esperaban. No dejaba de ser una doble vida, porque realmente el que le ponía era Jacinto, ese rustico y tractoril semental por el que suspiraba cada noche.

Tras el éxito del primer concierto, y la constatación de que el proyecto iba a continuar, Marcos y Luis se enfocaron en el farragoso pero importante mundo del marketing. El primer paso fue encontrar un nombre definitivo para la banda, ya que el primero, “tropas de asalto” era demasiado militar y resonaba a los guardias de asalto que combatieron por la república en la Guerra Civil y eso era como la kriptonita en el mundo nazi. Otro de los nombres que barajaron fue “poder blanco nórdico” a pesar de que ninguno de los tres componentes del grupo tenía ni un milímetro cúbico de sangre con hematíes de más al norte de Logroño, por lo que finalmente se decidieron por el más romántico: “Sueños de Skingirl”. Sin embargo, se quedaron con la idea de que sus skins deberían mostrar algunos atributos del macho ario del norte de Europa, por lo que optaron por teñirle el pelo a su semental Jacinto y darles mechas a los otros dos, y con eso se dieron por nórdicamente satisfechos. Las fans serán nazis, argumentaban, pero tenemos una boy band, y hay que lograr que las skin girls se vuelvan locas por los tres, por esos jóvenes de la España de toda la vida que se habían convertido en nazis cosmopolitas con conexión directa con los dioses noruegos que remaban por los fiordos. Las mechas de Leonardo contrastaban con su cada vez más roja cara a causa del consumo constante de viagra. Jacinto y Mateo, mientras tanto, tenían otro problema, su relación de amor con dos gemelas, clamidia y gonorrea. Luis y Marcos empezaron a llevarlos ingentes cargamentos de condones a los camerinos, pero ante el poco éxito de su primer intento, les obligaron a ponérselos bajo amenaza de expulsión.

Ante el caos vital de sus pupilos, los dos productores decidieron controlarlos alquilándoles un chalé en las afueras de Madrid. Cada uno tenía una suite y el garaje lo convirtieron en un santuario skin para usarlo en las redes sociales. Su pretendido control no impidió que el chalé se convirtiese en pocos días en una locura. La nevera se fue vaciando de comida vegana, que es lo que Segis les recomendaba para poder mantener el ritmo de la gira y se llenó de alcohol de supermercado. Luis y Marcos empezaron a percibir restos de polvillos blancos en las repisas de los cuartos de baño. Eran nazis, pero podrían ser una banda de rock de los 80 en cuanto al desfase. Nada parecía ser real.

Los días parecían noches y las noches días. Los relojes dejaron de tener significado. Su vida era cantar, ensayar y divertirse. Su repertorio era limitado, por lo que las dos primeras partes, las de cantar y ensayar, acabaron siendo minoritarias frente a la permanente fiesta en la que vivían. Leonardo prefería evitar las bacanales de sus dos compañeros y alguna vez logró colar a alguno de sus antiguos amantes en su habitación para poder sentirse como un ser vivo.

Ni siquiera la visita de la policía, que una mañana les avisó de que habían detectado amenazas serias sobre su integridad física por parte de grupos de extrema izquierda, les hizo cambiar de vida. Tenían dos alternativas: o dejar su vida disoluta y encerrarse en su chalé sin tener vida social, o reclutar escoltas. Los tres jóvenes no lo dudaron, a partir de ese momento, les siguieron tres tipos con cara de asesinos que se convirtieron en una pared invisible que les separaba cada vez más de una realidad que habían dejado atrás. Eran estrellas, por ahora nacionales, hasta que un día Luis les llamó:

- ¿Tenéis pasaportes?

El único que lo había tenido era Mateo, que aún lo conservaba en vigor.

- ¿Para qué? - preguntaron a Luis confundidos.

-Chavales, esto va bien. Mañana mismo vosotros os los vais a hacer. Nos vamos de gira por Europa. Ya somos estrellas internacionales. Empezamos por Paris el próximo fin de semana. Para ese viaje os vale el DNI. Pero puede que en un par de meses vayamos a Moscú. Así que… preparaos, esto es solo el principio. Eso sí. Esta noche no tenéis puta fiesta, no quiero que estéis borrachos en la comisaria. Si jodéis esta os mato.

Los tres se quedaron callados. Salir al extranjero. Nunca lo habían pensado. Para ellos tan solo moverse por España para tocar era un milagro. Pero al extranjero era un sueño imposible. Esa noche los tres acabaron en la habitación de Mateo, que les contó cómo era eso de volar en avión y ver el mundo. Las aventuras que les esperaban. Los diferentes tipos de comidas. Los diferentes idiomas que escucharían. Acabaron todos durmiendo en la misma cama. Leonardo se permitió incluso el lujo de dejar casualmente su brazo encima del cálido cuerpo de Jacinto.

Su primera parada, tal y como Luis les había dicho, era París. Su primer concierto en el extranjero. Era una sala pequeña, de barrio, sin lujos, pero tenía buen ambiente. Lleno de mujeres y hombres de una belleza que nunca habían visto antes. Ellas tenían una coquetería muy alejada de la rudeza de las skin girls españolas y ellos eran sensiblemente más altos. Se sentían dioses rodeados de otros dioses. Habían llegado a su olimpo. El concierto fue un éxito. Lograron trasladar su propia excitación por el primer concierto en el extranjero al público, que les ovacionó después de cada canción. Todo el mundo se preguntaba cómo era posible que algo así hubiera llegado de España, considerada una mera receptora de modas y movimientos procedentes del norte de Europa. ¡Como habían aprendido estos españoles! El neonazismo más sofisticado siempre había sido patrimonio del norte de Europa, mientras que en España se llevaba un fascismo de tipo bajito y cabreado que tenía más de ultra catolicismo puritano que de neonazismo libertino, que a final era lo que llenaba las salas. Pero esta vez esa España simplona y seguidista había creado algo nuevo y fresco.

Tuvieron una acogida similar en Ámsterdam, lugar donde ellas eran aún más rubias y ellos aún más altos. De cara a la gira, Luis y Marcos contrataron a una fotógrafa, Marta, que aparte de las fotografías se hacía pasar por la novia de Leonardo. No se la querían jugar porque sabían que las chicas del norte de Europa tenían fama de folladoras. Ante los evidentes problemas físicos que el consumo masivo de Viagra le estaba causando a Leonardo, Luis y Marcos prefirieron cambiar de táctica. Ahora Leonardo se convertiría en un chico sano y responsable, con una novia fascista y formal y los otros dos seguirían siendo los dos zumbados que atraerían a las skin girls a los conciertos. Al principio Marta no sabía que su novio ficticio era gay, siendo la excusa que estaba cansado y quería una vida más tranquila, pero el teatro era difícilmente sostenible.

La gira llegó a Alemania, la cuna del nazismo, donde, a pesar de las restricciones legales, habían podido asegurarse el primer concierto en una sala cochambrosa de una zona pobre de Múnich.Luis y Marcos les dieron unas lecciones de lo que podían o no podían hacer. Ya eran verdaderas estrellas. Marta les hizo un reportaje fotográfico en cervecerías, antiguas sedes del partido nazi y en un campo de margaritas vestidos como las juventudes hitlerianas. A pesar de que Marta no era ni mucho menos el tipo de belleza al que estaban acostumbrados fue un soplo de aire fresco en el grupo.

Tanto Jacinto como Mateo empezaron a sentir por ella ese tipo de atracción que un hombre puede sentir por una mujer que no sea una skingirl descerebrada que te encuentras desnuda en tu camerino después de un concierto. Leonardo pudo por fin tener cierta complicidad con alguien de su entorno laboral. Le confesó todo, incluyendo su creciente atracción por Jacinto y a menudo, tras varias horas de conversación nocturna, dormía abrazado a ella como un casto hermano.

El último concierto de la gira, en Berlín, estuvo rodeado de polémica por la respuesta de los manifestantes antifas, que esta vez se habían unido por redes sociales para impedirlo. Lejos de preocuparse, Luis y Marcos se alegraron de su nuevo empujoncito de marketing. Más disturbios y más policía atraerían más publicidad, lo que traduciría en más ceros en su cuenta corriente. Lo habían logrado. ¡Ya no eran unos perdedores! Estaban ganando dinero en el complicado mundo de la música. ¡Qué se jodieran las grandes compañías musicales!Sin apenas medios, habían logrado llegar mucho más alto. Nadie había apostado nada por ellos y, sin embargo, allí estaban. El concierto fue apoteósico. La seguridad de la puerta hizo que mucha gente no pudiera entrar para evitar accidentes por exceso de aforo. Aun así, la sala estaba abarrotada. Los chicos cantaron como nunca y lograron que el público entrase en una especie de comunión extática neonazi. A pesar de la diferencia de idioma, la gente coreaba sus canciones y se entregaba sin lucha al poder de atracción del grupo. A la una de la mañana, una vez acabado el concierto y satisfechos todos los deseos sexuales del grupo de skin girls que les esperaban en el camerino, todos excepto Leonardo, que se había ido antes con Marta, se metieron en el autobús de vuelta al hotel. Por lo general, en ese autobús todo eran risas y satisfacción. Pero esta vez había un silencio extraño. Se limitaban a mirar por la ventana y a observar las luces de la madrugada berlinesa. No era un silencio de tristeza, era su incapacidad de expresar con palabras la felicidad del éxito. Una vez llegados al hotel, el mutismo continuó durante toda la noche. Cada uno en su habitación, mirándose en el espejo. Sólo había una excepción, Marta, por cuyas mejillas corrían lágrimas de tristeza provocadas por la extraña sensación de la inminencia de una tragedia.

El éxito de la gira alemana había aumentado, si cabe, su fama en España. El aura de modernidad y sofisticación de todo aquello proveniente del norte de los pirineos les había consolidado como una de las bandas del momento. Si en el vuelo de ida eran unos desconocidos en turista, en el de vuelta eran estrellas en preferente. Las fotos que tomaba Marta corrían como la pólvora por las redes sociales y generaban un debate público. Se criticaba la propia existencia de una boy band nazi, algunos por su proselitismo fascista y otros por ser una boy band en un mundo en el que se esperaba que todo fueran bandas de rock duro. Los liberales criticaron las letras por ser xenófobas y alentar a la violencia y los ultraconservadores porque eran demasiado blandas a la hora de señalar los problemas de la sociedad democrática actual. Los más entendidos en música los consideraban unos inútiles que no sabían ni cantar ni bailar, una mera fachada.

Después de la gira por Europa, Luis y Marcos debatieron cuales deberían ser los próximos pasos. Aunque nunca habían tenido un éxito como ese, querían más, conquistar el mundo. Querían llegar a Estados Unidos, querían alcanzar Hollywood. Por fortuna para ellos, los contratos que habían firmado con los tres jóvenes habían sido muy beneficiosos. Casi todos los ingresos se los quedaban, sabiendo que a los chicos lo que más les interesaba era mantener su alocado tren de vida. Sin embargo, el mundo de la música era complicado. La gente apenas compraba discos y menos de un grupo neonazi, por el simple temor a que una compra por internet registrase su tarjeta de crédito y pudieran hacerse públicas sus simpatías neonazis. Asumían que, por cada compra, habría otras diez personas que se lo descargaban gratis. Además, había muchos gastos. Toda una serie de personas, empezando por Segis y Pepe, que se llevaban un porcentaje mayor de lo normal por el riesgo reputacional. Los locales cobraban, Marta cobraba, los publicistas cobraban… Y después estaba todo el gasto organizativo y su propio tiempo, que, al menos para ellos, era especialmente valioso. En fin, que, a pesar de ganar dinero, no era tanto como les hubiera gustado.

Un día Luis tuvo una idea genial: una película. ¿Por qué no hacer una película? Marcos se entusiasmó con la idea. ¡Exacto, una película!¿Romántica o de acción? Había tantas posibilidades…Prefirieron decantarse por incluir un componente social. El guion era sencillo. Tres jóvenes de barrio perdidos y acosados por la creciente inmigración de su entorno. Frente a un mundo de crimen, ellos encuentran en el movimiento neonazi su Cruz del Sur, un grupo en el que sentirse identificado, lo que les transforma en unos Robin Hoods del barrio. Ayudan a todas las ancianitas que se sienten amenazadas cuando vuelven con el pan a causa de las bandas marroquíes y latinas. Son gente de buen corazón, pero no quieren que les roben su país. Al final, la música los lleva a los más alto. Vamos, que sería una versión facha y cañí de “Ha nacido una Estrella”. Podría ser el gran musical social del siglo XXI. Calcularon los ahorros que tenían hasta ese momento. ¡Sí, parecía que tenían suficiente para producir una película! Sería la gallina de los huevos de oro. Se imaginaban en la alfombra roja de los Oscar. Empezaron a reclutar al equipo. Se necesitaba un equipo técnico, gente que enseñara a actuar a los chicos, decorados, estilismos, estudios donde rodar, pedir permiso de exteriores… Probablemente si hubieran sabido donde se metían, nunca hubieran empezado, pero como tantos otros grandes proyectos, la clave del éxito era la inconsciencia. Luis se compró una pipa y Marcos una boina roja. Se miraron al espejo. Eran auténticos directores. Se pasaron un fin de semana viendo musicales y películas de Ken Loach, alternándolas para lograr de esa forma un equilibrio perfecto. A partir del lunes empezaron con el guion. Tal y como habían visto en el cine, uno de ellos andaba por la habitación soltando idea tras idea y otro tecleaba en el ordenador. El que paseaba tenía que gesticular de manera aparatosa. Todo era muy dramático. Uno preguntaba cuándo meterían una sobredosis y el otro cuándo una batalla campal entre bandas latinas.

Una vez redactado el guion, hicieron una visita a los chicos en su casa. Parecía una pocilga. Encontraron a varias personas más que pintorescas que se habían instalado en los rincones más inverosímiles de la casa. Mientras, un equipo de limpiadores se afanaba, con cara de odio, en desinfectar las alfombras, en las que había un collage de diferentes fluidos humanos. Su problema era que la capacidad de ensuciar de los incontables habitantes de la casa era más veloz que su pericia limpiando.

- ¿Actores? -se preguntaron.

- Sí-dijo Luis- leeros estos guiones. Intentad memorizar las tomas. No se trata de que os aprendáis todo el texto. Esto no es una obra de teatro, sino cine. Bueno, probablemente nunca hayáis ido a ver una obra de teatro. Pero habéis ido al cine ¿No? Pues eso. Vais a ser actores. Ya lo podemos hacer bien porque nos estamos jugando el futuro. Esto es un paso más allá. Hasta ahora salíais al escenario en salas pequeñas. ¡Si esto funciona podréis ser estrellas mundiales!

Los tres jóvenes se miraron y sonrieron. Mateo ya tenía experiencia y de manera inmediata tomó el liderazgo de la operación. Su primera decisión fue ir a la cocina y volver con una botella de tequila y tres vasos de chupito. En dos minutos los tres se bebieron la botella y comenzaron a leer el guion ante el asombro de Luis y Marcos. Se miraron, no tenían mucha confianza, pero eso no había impedido que hasta ese momento todo hubiera salido bien, por pocas que fueran las probabilidades de que así sucediera.

La inexperiencia y los limitados recursos de Luis y Marcos hicieron que el rodaje fuera caótico. Nadie tenía ni idea de nada. Gran parte del personal que trabajada en la película lo formaban las skin girls que se habían acomodado en el chalé de la banda. Una de ellas llevaba el vestuario, otra el maquillaje, otra los decorados y algunas otras se dedicaban a darles servicios sexuales a Mateo y Jacinto cuando se sentían estresados, lo que era muy a menudo. Además, por algún desconocido motivo, Jacinto y Leonardo se distanciaron y apenas se hablaron durante un tiempo. Pero, por lo general, los productores estaban orgullosos. Parecía que salía adelante. Debían de tener un don para llevar a cabo proyectos imposibles. Sabían que no estaban filmando “Ciudadano Kane”, pero también que su innato talento compensaría la falta de oficio.

La mayor parte del rodaje tuvo lugar en una nave industrial que habían alquilado durante un mes. Usando escombros lograron crear una versión distópica de un barrio de Madrid. Aunque su idea original era lograr un Billy Elliot skin, el ambiente final parecía más bien una versión pobretona de Terminator. Los extras eran seguidores de la banda, cuyo único pago eran ingentes cantidades de cerveza. El talento de la muy maquillada maquilladora, a la que le faltaban varios dientes a causa de sus frecuentes peleas, conseguía transformar a skinheads de Albacete en bandas latinas en la primera toma y a mafiosos nigerianos en la segunda. Si bien los diálogos carecían de naturalidad, la incompetencia como actores de los tres integrantes de la banda lograba envolverlos en un extraño aire de realismo.

El principal problema durante la filmación vino de los crecientes roces entre los dos directores, en su pugna por ser el nombre que apareciera primero en los títulos de crédito. Usaban demasiado a menudo la palabra “corten”. En cuanto empezaban a rodar una escena, uno lo hacía para dar instrucciones a los actores. En cuanto volvían a rodar el otro se picaba y volvía a cortar la escena para establecer otros cambios. Se creaba así una especie de competición por ver quién era el que podía cortar más veces el rodaje. A menudo, tras un par de días de trabajo, apenas habían podido completar una pequeña escena de unos segundos, con el consiguiente incremento del gasto.

A la tercera semana de rodaje se acabó el presupuesto, por lo que decidieron reformar el guion, filmar un par de escenas de conclusión el último día y terminar la película. Habían consumido todo el presupuesto operativo y el resto de sus ahorros se enfocaría ahora en el montaje y la publicidad. Un buen montaje podría salvar las lagunas de la historia que provocó la interrupción del rodaje. Como se vieron obligados a contratar a una empresa de montaje profesional, apenas les quedó dinero para publicidad, por lo que nuevamente fue un fan el que se dedicó, a cambio de cerveza, a publicitar la película en redes sociales. El montaje trasformó las horas de imágenes inconexas en una película de 70 minutos y un tráiler de 45 segundos, con las mejores imágenes, que empezaron a publicitar en redes sociales. Al principio, la mayor parte de los seguidores del grupo creían que era una broma, y amenazaron con apalear a los que estaban detrás de esa burla a sus ídolos. Paulatinamente se fueron convenciendo de que era una realidad. Era la primera vez que irían al cine y se podrían sentir plenamente identificados con los actores, con el mensaje. Como Luis y Mateo esperaban, el boca a boca fue creando cierta expectación. ¡Justo lo que necesitaban! A pesar de las reticencias iniciales por el contenido de la película, el negocio es el negocio y convencieron a un cine en la Gran Vía de Madrid para que les alquilase una sala para el estreno, pensando que, si tenían éxito, otros cines, incluyendo grandes cadenas, se atreverían a programarla. Como directores, guionistas y productores, el éxito de la película les haría millonarios. Tan solo tendrían que descontar los exiguos sueldos de los actores, aún no pagados, y el resto ingresaría en sus cuentas corrientes. Luis y Marcos dejaron de lado su creciente odio y se enfocaron en lo único que ya les unía, su ambición económica. Se fijo la fecha del estreno: el 3 de febrero.

Y ese día hacía frío, mucho frío en Madrid. A pesar de ello, a las puertas del cine se había congregado un buen número de personas. Haciendo un pasillo estaban los fans. Un nutrido grupo de skinheads, sobre todo chicas, esperaban apasionadamente la llegada de su grupo favorito. Muchos de los asistentes habían ganado una de las entradas sorteadas entre los fans. El resto de las butacas estarían ocupadas por personalidades de la ultraderecha que no habían perdido la oportunidad de arrimarse al grupo de moda. Ser nazi era cool. Luis y Marcos alquilaron una limosina que llevó a los cinco al cine. Nuevamente la alegría se había transformado en silencio. Sonreían nerviosos. Sabían lo que se jugaban. Luis asumió el papel de optimista y les fue animando por el camino. Lo difícil estaba hecho, ahora solo tenían que gozar de las mieles del éxito.

Llegaron. Las luces de la Gran Vía les cegaron. Les rodeaban fans enloquecidos. A unos cien metros protestaban los antifas, dando aún más lustre al estreno. Más problemas, más publicidad, más dinero. Abrieron las puertas del coche. Salieron uno a uno mientras una nube de fotógrafos les rodeaba. Entre los gritos de las skin girls se podía escuchar a los periodistas que, micrófono en mano y apuntando con la cámara, cubrían el evento. Detrás de uno de ellos se abalanzó un hombre desnudo, que cayó en medio de la alfombra. Ante el asombro general se levantó y golpeó a Jacinto y señaló a Leonardo gritando:

- ¡Es un impostor, es gay, es gay, yo he vivido con él! ¡Que sepáis que es gay!

Las cámaras le apuntaban y por ellas se vio como la seguridad rápidamente lo apartaba y se lo llevaba a un lugar discreto. Luis y Marcos estaban aterrorizados. Jacinto se levantaba tocándose el hinchado labio y Leonardo sollozaba con las rodillas en el suelo, impactado por el reencuentro con su antiguo compañero de piso. Luis le hizo un gesto y le ayudo a levantarse, conminándole a que sonriera y siguiese andando. Los periodistas inmediatamente empezaron a preguntar por el tema, pero lo único que consiguieron fueron evasivas por parte de todo el equipo de la producción. Se sintieron aliviados una vez que se sentaron en la sala, en la que ya había un ambiente enrarecido. Antes de empezar la proyección, Marcos se dirigió a los presentes y les aseguró que el espontáneo no era más que un agente de la ultraizquierda enviado para desestabilizar el movimiento que había creado el grupo. Comenzó la proyección. La película era mala, muy mala, pero no peor que muchas de las que se proyectaban habitualmente en los cines.

Durante los primeros minutos los productores pensaron que podría ser el éxito que esperaban, sobre todo por las risas que los errores de producción provocaban entre el público. El drama social podría convertirse en comedia social, eso no era problema. Pero poco a poco los móviles empezaron a llenarse de mensajes. El público miraba su iluminado terminal, se reía de manera discreta y a menudo se levantaba de la silla. A mitad de película casi todo el mundo se había ido y los periodistas que aún quedaban estaban más preocupados por enviar crónicas del desastre que por ver la película. Se encendieron las luces: sala vacía. Miraron sus móviles. Eran una broma, objeto de memes y de ridículo. Una banda nazi con un gay. Cientos de fotos comprometedoras inundaban la red y recibían mensajes de las salas de conciertos cancelándolos. Se miraron abatidos y cerraron los ojos con el fin de despertar de un sueño que ya olía a pesadilla

Un par de días después, Luis y Marcos estaban reunidos en la misma oficina triste y cutre en la que su aventura había comenzado.

-No tengo ni idea- dijo Luis- los chicos están amenazados. Han devuelto casi todas las entradas. Nos están cancelando todos los locales. Creo que esto se acabó. Podemos decir adiós a la banda.

-Joder con el puto Leonardo, ¿por qué tenía que ser maricón? ¡Qué mala suerte!

-Que vamos a hacer, tampoco les preguntamos. Deberíamos haber tenido un poco más de cuidado. Haber mirado más en sus redes sociales Creo que hay empresas que se dedican a eso.

-Hemos estado tan cerca…- murmuró Marcos mientras miraba por la ventana.

Desde lo alto veía una calle concurrida. Decenas de personas que paseaban y disfrutaban del día sin ser consciente de la tragedia que se vivía unos metros más arriba. La decepción de dos personas que tocaron la gloria con los dedos, pero a los que se les escapó a los pocos segundos. El fracaso de la película les había dejado sin ahorros. Era mala, pero había sido la noticia de que uno de los miembros de la banda era gay lo que había hundido al grupo. Los neonazis no eran precisamente tolerantes. Los beneficios de la película no habían alcanzado ni los 300 euros, y eso porque un cine la proyectaba de madrugada para que los jóvenes borrachos se divirtieran viéndola. La única satisfacción para Luis y Marcos era que se había convertido en una película de culto, pero eso no daba dinero a fin de mes. La banda había tenido que abandonar el chalé e irse a un pequeño piso de una habitación que les habían alquilado en una de las zonas más baratas de la ciudad. Como además era una zona muy roja y poco amiga del mundo neonazi, tuvieron que cambiar su aspecto de manera radical para no ser reconocidos.

De todas maneras, como siempre aparecía algún avispado que les reconocía e insultaba por la calle, acabaron encerrándose sin salir de casa. Solo se acordó de ellos Marta, que los visitaba con regularidad para renovar, de su propio bolsillo, el vacío frigorífico. Marcos seguía mirando desde lo alto al ejército de hormigas que habitaba la ciudad. Era la hora de la comida, pero no tenían ni dinero ni apetito. Les preocupaba el futuro de sus chicos. Les habían cogido cariño. Su propio devenir ya les daba igual, resignados a su destino de perdedores, a pasarse el resto de sus vidas pensando en lo cerca que estuvieron de lograr el éxito. Gente riendo, gente pidiendo limosna, gente comprando, gente enfadada… todo un mundo. Vio a dos chicos besándose, y pensó… “al menos esos podrían ir a ver la película, tenemos a un gay en ella”. Miró hacia atrás, miró a Luis, miró a su alrededor, ¿y si los convertimos en una banda gay”? Se dio la vuelta y guiñó el ojo a Luis con una enorme sonrisa.

La campaña publicitaria explicaba lo que había pasado. Tres gais se habían hecho pasar por neonazis para reírse del sistema. Era la gran farsa. La estrategia que había permitido a la libertad y a la tolerancia reírse del fascismo. Una jugada maestra. Una perfecta burla. Se afanaron durante un fin de semana por modificar las letras de las canciones para que tuvieran un toque marcadamente gay. Allí donde decían “raza blanca” lo cambiaban por “mundo gay” y allí donde se alababa a Hitler se cambiaba el nombre por alguno de los iconos gay de la historia reciente. Para el lunes por la mañana ya tenían las canciones preparadas. Ahora solo quedaba lo más importante, convencer a los chicos, sobre todo a dos.

-A mí me parece buena idea- dijo Leonardo.

- ¡Cómo que gais! ¿Qué ahora somos gais? No me jodas, y me tengo que follar a un tío. Esto es una gilipollez.

-Mira Mateo -dijo Luis- es lo que hay. Vuestra carrera como boy band neonazi está acabada. Es esto o nada. No hay plan b posible. Tenéis que aceptar o iros a vuestra casa.

No parecían convencidos. Luis y Marcos se miraron. Como habían cambiado los chicos. De unos niñatos que no tenían ideas propias habían pasado a tener algo llamado “personalidad” y no serían tan fáciles de convencer.

-Queremos hablarlo entre nosotros. ¿Podéis salir, por favor? - les rogaron con voz firme.

Salieron del despacho y los dejaron solos. Ambos mantenían un absoluto silencio, como si supieran que ya no eran dueños de su propio destino. Entraron cuando dejaron de escuchar murmullos en la oficina, señal de que habían tomado una decisión. Leonardo sonreía con satisfacción. Estaban muy nerviosos. Llegaron a un acuerdo. Les producirían, pero su nuevo agente sería Marta, la única que se había preocupado realmente por ellos. A Luis y Marcos no les gustaba la idea, pero aceptaron. Los términos habían cambiado. Sabían que merecían una mayor comisión y que debían tener el control de su carrera. Jacinto lo dejó claro, si querían tres maricones, ahí estaban, pero tendrían que pagar por ellos.

La llegada de Marta fue una revolución. Todo tenía que estar claramente escrito y por triplicado, firmado además ante notario. Incluso tuvieron que pedir un crédito para cubrir los primeros gastos. Marta ponía condiciones estrictas para los futuros conciertos. Seguridad, local, comisiones y precios de las entradas, todo estaba tasado y controlado. Se había profesionalizado. Dos productores como ellos tenían que buscar a menudo en internet algunas de las condiciones que Marta incluía en los contratos, porque ni las conocían. Si no cumplían, no habría conciertos. Aprendieron que los tiempos habían cambiado y que todo era infinitamente más complicado que cuando empezaron.

El primer concierto fue en Chueca. En un pequeño local que, para sorpresa de los productores, estaba abarrotado. Marta había obrado milagros. Eran mucho más profesionales y se sabían las coreografías a la perfección. Empezaron a sentir ciertos celos de ella. No habían logrado ser capaces de controlarlos de esa forma. Marta era, además, una gran relaciones públicas. Comenzaron a aparecer fotos de los chicos con diferentes novios y amantes. Les pillaban por todos lados en hoteles, baños púbicos y playas. Empezaron a recibir dinero de los conciertos. Menos que antes, por supuesto, pero mucho más continuado ya que la gestión del grupo se había profesionalizado. Los chicos se estaban haciendo un nombre en el circuito de música gay. Primero fue el día del orgullo de Madrid, donde tuvieron una gran acogida en el escenario principal de la plaza de Pedro Zerolo. De ahí pasaron al Orgullo Gay de Berlín, donde el recibimiento fue apoteósico. Repetían el mismo tour que habían hecho como banda neonazi, pero, obviamente, con un público muy diferente. Era un éxito, pero ya no era su éxito.

Desde la oficina, Marcos oteó el soleado y amarillento horizonte. De vez en cuando miraba el móvil y abría la aplicación del banco. Hacía tiempo que no veía un número tan alto en su cuenta. No es que fuera a hacerse millonario, porque Marta se quedaba con la mayor parte de las ganancias, pero estaba acumulando un colchón que le permitía por fin respirar a fin de mes. ¿Había llegado el momento de cambiarse de oficina? ¿Permitirse algo mejor? Así podría sentirse un verdadero profesional del espectáculo. Una sombra de decepción se apreció en el rostro. Debería de sentirse feliz por recibir facturas sin trabajar y por saber que algo que había creado estaba teniendo éxito. Pero ya no era algo suyo, ya no era su criatura. Había perdido su papel de mentor, su poder paternal sobre unos jovencitos lo suficientemente inocentes para que su consejo valiera la pena. Escuchó un ruido a la espalda. Era Jacinto.

-Vaya sorpresa, Jacinto. ¿Cómo va todo? ¿Qué haces por aquí?

-Necesitaba hablar con alguien. ¿Tienes tiempo?

-Claro, pasa.

-Muchas gracias. Como hace tiempo que no nos vemos, pensaba que a lo mejor ni querías hablar con nosotros.

-No te preocupes, aún soy vuestro productor, aunque es verdad que desde que Marta os representa tampoco tenemos mucho que ver con vuestras carreras.

-De eso te quería hablar. No es todo tan bonito. No sé si puedo ser sincero.

-Por favor, Jacinto, habla libremente.

-Pensábamos que Marta era nuestra amiga, pero no lo es-dijo mientras comenzaba a llorar- o al menos ha cambiado. Es una tirana. Nos controla plenamente. No tenemos ninguna libertad. A veces creo que no puedo más. Yo no soy gay, y me obliga a salir con chicos. No puedo, de verdad. Lo intento, bebo, lo intento, pero no me gustan. No me gustan las fiestas ni los falsos novios. No aguanto como me hace vestirme y como me obliga a hablar. No soy yo. Al menos cuando éramos nazis todos sabíamos que era una farsa, pero ya no sé lo que es realidad o ficción.

Mientras Jacinto lloraba desconsoladamente, Marcos se levantó y le abrazó. Sabía cómo se sentía, este negocio le había hecho llorar tantas veces que entendía perfectamente el dolor de ese joven.

-Creo que lo quiero dejar- dijo entre sollozos.

Marcos miró a su alrededor, vio la moqueta sucia, vio las ventanas remostonas y los muebles desgastados. Tenía dos opciones, o convencerle de que no lo hiciera y se quedara con el grupo, lo que le garantizaba una nueva oficina o animarle a dejarlo, que sería el fin de toda la historia.

-Déjalo Jacinto, no merece la pena. Hay cosas mucho más importantes que la fama que tienes ahora. Tu vida solo está empezando.

Vio cómo su criatura se alejaba y cerraba la puerta. Se derrumbó en su silla de despacho, que rechinó como siempre. Así que ese sería su despacho para un largo tiempo… Llamó a Luis y se lo contó, aunque ocultando que no había ni intentado convencer a Jacinto para que se quedara. Entre lágrimas, Luis también comprendió que era el final. Todo se vino abajo. En pocos días el grupo de separó. Marta intento formar un nuevo grupo con el mismo nombre y diferentes artistas, pero apenas tuvo éxito y solo se dedicó a versionar antiguos temas convertido en una orquesta de tercera categoría. Cada mañana, Marcos miraba por la ventana y pensaba lo cerca que había estado. Intentó olvidar que él había podido frenar la ruptura de la banda y se consolaba pensando que tan solo había retrasado lo inevitable. De todas formas, le daba igual.