Capítulo 1
Las luces bañaban el escenario con un resplandor dorado.
El presentador sonrió, el público contuvo la respiración, y por un instante el mundo entero pareció detenerse.
—Y el premio a Mejor Actriz del Año es para... ¡Evelyn Montclair!
El aplauso fue inmediato, ensordecedor y casi coreografiado.
Evelyn se llevó una mano a la boca sorprendida mientras reía entre dientes, aún incrédula. Sus ojos verdes brillaban bajo la lluvia de flashes al levantarse, abrazaba a quienes la rodeaban, saludando con una elegancia natural que no parecía ensayada, aunque lo estaba
Caminó hacia el escenario con paso firme, pero ligero, como si flotara sobre la alfombra roja. La seda del vestido gris de una pieza reflejaba la luz como agua, cayendo sobre su figura dando una impresión de ser de otro mundo. En su cuello, un solo collar de diamantes finos resplandecía con respiración propia, sin que nada faltara ni sobrara.
Cuando tomó el micrófono, el público guardó silencio.
—No sé qué decir —rio con un temblor que sonó real—. Esta noche ha sido un sueño... y siento que ya no me quedan palabras. Solo gratitud, a mi equipo, a quienes confiaron en mí, y a todos los que siguen creyendo que puedo tocar sus almas a través del cine.
Una ovación la interrumpió. Evelyn bajó la mirada, respiró hondo y volvió a sonreír. Por cuarta vez en la noche, subió por una estatuilla distinta, pero el mismo gesto combinado de humildad, ternura y brillo que todos adoraban ver. Las cámaras la siguieron cuando dejó el escenario. Ella saludó, les sonrió y posó para las fotos. En la pantalla gigante, su rostro se agrandó como el de una diosa moderna y nadie dudó, ni por un segundo, que estaba viviendo el momento más feliz de su vida.
La ceremonia continuó según lo previsto. Los nombres, los aplausos y los discursos sucedían mientras Evelyn observaba desde su asiento, con sus trofeos aún entre las manos. Al terminar, los reflectores se apagaron poco a poco, dejando tras de sí el eco de la ovación.
Evelyn caminó hasta la salida, rodeada de cámaras, de manos que intentaban rozarla y de voces que repetían su nombre.
El aire de la alfombra exterior vibró con flashes y gritos amables:
—¡Señorita Montclair, aquí! ¡Una foto, por favor!
—¡Felicidades por los cuatro premios Evelyn! ¿Qué significa para ti esta noche?
Ella sonrió, con su gesto sereno y perfectamente medido.
—Significa más de lo que puedo decir por ahora —respondió con una voz cálida que tenuemente logró imponerse sobre el murmullo—. Gracias por estar aquí.
Sin arrogancia, solo esa gracia que la caracterizaba.
Los guardaespaldas abrieron paso con suavidad, mientras las luces blancas de las cámaras parpadearon como estrellas artificiales.
Entre esa multitud, su mánager logró acercarse lo suficiente para hablarle al oído:
—No olvides la gala posterior. Todas las personas influyentes del medio estarán ahí. Es importante.
Evelyn asintió sin perder la sonrisa.
El carro negro la esperaba al final de la alfombra, brillante bajo los focos. Abrió la puerta de la limosina designada para esa noche y dejó dentro las cuatro estatuillas, una junto a otra, con un cuidado casi ceremonial mientras avanzaba por las calles de la ciudad. Por un instante, las observó en silencio antes de salir del vehículo. Respiró profundo, bajó con calma y caminó hacia la fiesta, bajo el resplandor de los flashes que todavía no la dejaban en paz.
Una cálida luz áurea inundaba el salón, dando la impresión de que todo en él existiera solo para ser admirado.
Cuando Evelyn entró, las conversaciones se detuvieron un segundo, el tiempo suficiente para que todas las miradas se volcaran hacia ella. Era el centro gravitacional del lugar, con cada paso suyo guiaba la atención de los presentes. Avanzó con estilo y esa aura que gritaba perfección, en un movimiento ensayado por décadas.
Un veterano de la industria, de cabello dorado y sonrisa amable, se le acercó con una copa en la mano.
—Cada año crees que no podrás superarte... y luego lo haces —mencionó, brindando.
Evelyn rio con suavidad, un sonido breve e impecable.
—Espero seguir aprendiendo de los mejores —respondió, sin esfuerzo, con esa calidez que parecía genuina.
Él, encantado, la tomó del brazo con familiaridad y la condujo hacia un pequeño grupo de periodistas que aguardaban con cámaras discretas.
—Denle unos minutos —pidió él—. Nuestra estrella del año tiene algo que decirles.
Las luces de los flashes se encendieron de nuevo. Evelyn sonrió con naturalidad y seguridad, perfecta.
—Creo que lo más importante de una noche como esta —comentó, con la voz equilibrada y serena— es compartirla con quienes creyeron en ti desde el principio. Muchas gracias a todos.
Una frase simple y pulida, diseñada para ser repetida.
La conversación continuó toda la noche entre aplausos y risas educadas. Luego, se acercó a la barra dejando su cartera sobre el mármol y pidió:
—Una copa de champaña, por favor.
El bartender asintió sin mirarla demasiado, mostrando profesionalidad.
Desde el ventanal del salón, observó las luces de la ciudad extendiéndose en un resplandor amarillo. Con los hombros relajados y la copa en la mano, mantenía aún intacta la sonrisa.
—Brindando sola otra vez —señaló una voz conocida detrás de ella.
Se giró, y la sonrisa que dedicó fue tan natural como ensayada.
—Víctor. Pensé que ya te habías ido.
—No podía irme sin felicitarte. Cuatro, ¿verdad?
—Sí —respondió con suavidad—. Parece increíble. Y, felicidades. También te llevaste una victoria.
—Gracias, pero increíble sería que no ganaras —aseguró él, acercándose lo suficiente para que el ruido de la fiesta quedara atrás—. Todos allá afuera saben que eres... intocable.
Evelyn bajó la mirada a su copa
—No hay nadie intocable, Víctor. Solo buenos actores.
Él rio encantado por la frase.
—Por eso te admiro. Siempre tan humilde y amable.
Ella le devolvió la sonrisa con delicadeza, luminosa. Una sonrisa que podía enamorar a cualquiera, incluso a quien creía conocerla.
—Gracias. —Levantó la copa, y él imitó el gesto.
La conversación fluía y ellos parecían dos dioses nacidos del mismo altar.
—Nos vemos pronto —comentó Víctor al despedirse, dejando tras de sí un rastro de perfume caro.
Lo siguió con la mirada. Luego giró de nuevo hacia la ventana, donde la ciudad seguía brillando con indiferencia.
Dio un sorbo final, dejó la copa y caminó hacia la salida.
La limosina se deslizó por las calles vacías y, al llegar a su lujoso apartamento, la perfección se volvió eco.
El ascensor privado se abrió ante un espacio amplio y moderno, dando una presencia impecable. En la penumbra, su figura activó las luces con un gesto automático. Se acercó al estante de cristal donde descansaban sus trofeos en una colección meticulosa de brillo y nombres grabados.
—Cuatro más a la colección —susurró, acomodándolos con precisión.
Rio brevemente, con esa sonrisa que aprendió a mostrar frente a las cámaras. El sonido rebotó en las paredes lisas, sin respuesta. La sala estaba iluminada, pero seguía siendo oscura.
En medio del lujo y el silencio, la estrella de la noche volvió a ser solo una silueta más.
———————
El aroma del café llenaba la sala. Adalyn apareció con una taza en la mano justo cuando la televisión repasaba los momentos más destacados de la premiación.
—Cuatro galardones —murmuró Rylie, sin apartar la vista de la pantalla y pasando una mano en forma de caricia por Gomita, la gata persa de pelaje ceniza de su amiga, dormida sobre sus piernas.
—Un poco más y gana también la categoría masculina —bromeó Scarlett, tirada en el sofá con la pereza de los que viven sin preocuparse.
—Tiene talento, eso no se niega —comentó Adalyn, dándole un sorbo a su taza.
Scarlett se incorporó de golpe.
—¡Mira, Ady! —soltó casi en un grito, apuntando la pantalla—. Te dije que ese vestido azul marino te resaltaría el trasero.
En la transmisión, se veía a Adalyn Easton subiendo al escenario a recibir su estatuilla.
—¿Por qué siempre tienes que fijarte en los glúteos de las personas? —bromeó Rylie.
—Porque es agradable para la vista —respondió Scarlett pasando una mano por su melena cobriza.
Pero enseguida su atención cambió a la imagen de ella misma.
—Uf, mírenme... me veo divina. Ese vestido negro todo que ver. —se alabó—. Ya me imagino los edits de mi fandom: “La diosa Scarlett Kingsley lo hace de nuevo, enamorando y seduciendo a todos con su belleza y gracia.”
—¿Te consigo una escalera para que te bajes de ese ego? —le contestó Rylie.
—Deberías hacer más papeles de antagonista —añadió Adalyn, divertida—. Esos son los personajes más sexis.
—Cualquier personaje que yo interprete será sexi —la cobriza respondió con naturalidad, como si fuera evidente, provocando risas en el grupo.
Pero Rylie, aunque sonreía, no podía evitar sentir ese pequeño vacío. Era la única en esa sala que no recibió un galardón. A pesar de estar nominada en dos categorías, no consiguió ninguna.
Adalyn lo notó enseguida.
—No te sientas mal, la próxima seguro será tu año —se acercó con calidez.
—Estabas nominada junto con Montclair, ¿qué esperabas? —agregó Scarlett, con esa sinceridad que la caracterizaba.
—Gracias por recordármelo, Scar —replicó, rodando los ojos.
En ese momento, la puerta se abrió.
—Buenos días, chicas —saludó Matthew con su habitual energía, café en mano y el cabello perfectamente acomodado —. Felicidades por sus premios... menos Rylie, claro.
El comentario provocó carcajadas generalizadas. La afectada solo suspiró y se dejó caer en el sofá, resignada.
—Espero que esas dos semanas de descanso les hayan servido para reflexionar sobre sus pecados —continuó el hombre, haciéndose un espacio entre las chicas.
—Necesito más tiempo, Matt —protestó Scarlett—. Me pasé días durmiendo y ni siquiera pude salir a conquistar chicas sexis.
—Hiciste de todo menos dormir —replicó Adalyn. Luego, volviéndose a su amigo—. ¿Ya tenemos trabajo nuevo?
Matthew sonrió misterioso.—Por ahora, solo una sesión de fotos para Magazine. Pero... se está cocinando algo realmente grande.
Las tres se inclinaron hacia él, expectantes.
—Mis contactos me confirmaron que el director Gideon Whitmore está a cargo de una nueva producción —añadió con aire triunfal—. Es cuestión de días para el anuncio oficial.
El nombre bastó para despertar la atención de todas. Whitmore, el veterano director al que todos querían impresionar: trabajar con él podía impulsar tu carrera o destruirla.
—¿Se sabe de qué va el proyecto? —preguntó Rylie.
—Todavía no, pero ya conocen su estilo —respondió él—: intenso, emocional, exigente. Así que prepárense, porque pienso conseguirles audiciones de primera mano... como el buen mánager que soy.
—¡Eres el mejor! —exclamó Scarlett, lanzándose a abrazarlo casi tirándole el café.
—¡Cuidado, par de idiotas! —protestó Adalyn— Esa alfombra es de edición limitada.
———————
—Un poco más a la izquierda... sí, ahí, mentón arriba —pidió el fotógrafo con voz concentrada—. Perfecto, Rylie, ahora la mirada, eso es, esa fuerza.
Las luces del set se reflejaban en los paneles metálicos del fondo y las siluetas de personas con pasos apurados, llevando maquillaje y diferentes conjuntos de ropa.
—Tres, dos... —el clic del obturador sonó repetidas veces— ¡Excelente! Dame otra con el hombro girado, eso, más natural, como si estuvieras a punto de caminar.
Ella obedecía con precisión impecable. Cada movimiento calculado, cada expresión milimétricamente construida. El vestido negro que llevaba abrazaba su figura con elegancia pulcra. Su cabello rubio oscuro caía con naturalidad sobre sus hombros. El maquillaje sutil, resaltaba unos ojos azules que parecían brillar más de lo que sentían.
—Perfecto, Rylie. Eres un sueño para la cámara —comentó el fotógrafo al fin, bajando el equipo.
—Gracias —respondió ella con esa sonrisa amable y dulce, que siempre parecía encender las salas. Era la profesionalidad hecha persona—. Fue todo un placer.
Dio una leve inclinación de cabeza, se apartó del foco de luz, y en cuanto cruzó el límite de sombras, su rostro cambió, dio una exhalación larga, más relajada.
—Esa fue la última, chicas —anunció una asistente, mientras que Adalyn y Scarlett salían del camerino, aun arreglándose el cabello.
La sesión había terminado, y al retirarse del set, los murmullos de la calle comenzaron a filtrarse por las ventanas. El ruido de cámaras y gritos se mezclaba con el viento de la tarde. Afuera, un grupo de paparazzis rodeaba a la actriz Evelyn, quien acababa de llegar. Las luces de los flashes se reflejaban en su abrigo claro y en su sonrisa perfectamente compuesta.
—Hoy están más intensos de lo normal —soltó Adalyn, ajustándose las gafas de sol y mirando hacia la entrada—. No quisiera estar en los zapatos de Montclair ahora mismo.
—¿Por qué? —preguntó Matthew mientras revisaba su teléfono—. A ella parece encantarle esa atención.
—Es linda, tiene algo que me encanta —intervino Scarlett, apoyándose en el hombro de Adalyn con un gesto teatral—. Esa sonrisa, esos ojos, ese cuerpo... es como un ángel caído del cielo. Entrecerró los ojos y suspiró fingiendo enamoramiento, provocando una risita en su amiga.
—Nadie es tan perfecto —comentó Rylie calmada, pero con un toque sutil de acidez—. Parece artificial, hasta un tanto falso.
Matthew pensaba responder, pero entonces algunos periodistas los vieron y corrieron hacia ellos con micrófonos en alto y cámaras encendidas.
—¡Ahí están! ¡Adalyn, Scarlett, una foto!
—¡Señorita Lennox, por aquí! ¿Cómo se siente luego de perder estando tan cerca del premio?
Rylie respiró hondo, enderezó la postura y avanzó. En cuestión de segundos, su expresión cambió de la ligera molestia a la sonrisa perfecta.
—¿Le duele que Evelyn Montclair le haya superado otra vez? ¿Qué opina de su éxito?
—¿Hay rivalidad entre ustedes? ¡Cuéntenos!
Apretó la mandíbula. Sentía cómo se le tensaban los dedos, cómo cada pregunta escarbaba justo donde dolía. Pero su rostro permaneció intacto en una sonrisa suave, mirada amable y pose refinada.
—No gané, es cierto —respondió con serenidad—. Pero estar nominada a premios tan importantes ya es un honor. Me motiva a seguir mejorando.
—¿Algo que decir sobre Evelyn? —insistió otro periodista.
—No tengo mucho que decir —declaró finalmen, sin perder la cortés expresión—. Su talento es admirable y merece ser reconocido.
Matthew se adelantó rápidamente, con una sonrisa profesional y el brazo extendido.
—Gracias, chicos, eso es todo por hoy —intervino, guiando al grupo fuera del alcance de los flashes.
Mientras subían al auto, Adalyn soltó un suspiro exasperado.
—Qué pesadilla.
—Así es este mundo —contestó Rylie, apoyando su cabeza en el asiento trasero y cerró los ojos—. Si no eres el titular, eres el pie de página.
El silencio llenó el espacio y el vehículo avanzó entre el tráfico.
Abrió sus ojos y el reflejo en el vidrio le devolvía la sonrisa perfecta que aún no se había borrado... una que, de pronto, se sintió pesada, ajena. La sostuvo un instante más y susurró:
—A veces siento que, si sonrío un poco más, voy a romperme.
Scarlett la invitó con un gesto a apoyar la cabeza en sus hombros, pero nadie dijo nada. Solo el sonido del motor y las luces de la avenida.








