Prologo
Tierra del fuego- Ushuaia 23:45 PM
Tuc... tuc... tuc... no se si es el reloj de la terminal o mi corazón desbocado.
El vidrio de la ventanilla refleja mi rostro pálido. Detrás, la vendedora apenas levanta la vista. Sus uñas repiquetean contra el teclado con indiferencia, como si mi vida no se estuviera derrumbando en ese simple intercambio.
- Buenas noches. ¿Destino?
-Retiro, aquí tiene mi documentación . ¿Tendrá alguno que salga lo mas pronto?
-Veré que hay. ¿Equipaje?
- Dos bolsos... y mi bebe.
- Hay uno que sale mañana a las 05AM, ¿Lo quiere?
- Si, gracias.
- ¿Efectivo o tarjeta?
- Efectivo.
- Bien, que tenga buen viaje.
Tomo el pasaje y lo guardo en el bolsillo del bolso, antes de seguir me veo en el reflejo de las ventanas; una mujer asustada con un bebe en sus brazos.
- Tengo que hacerme un cambio urgente - Pienso al verme nuevamente.
Tomo mis pertenecías y me dispongo a buscar un baño, Eneas necesita un cambio de pañal urgente. Mientras caminaba por los largos pasillos, veo una tienda abierta las 24hs y solo pude fijarme en unas tijeras de mano, podría cortarme el cabello, aunque no me gusten los cambios drásticos, pero sin duda... esto lo vale.
Pude hallar el baño unos pasos mas adelante , antes de cerrar por completo la puerta, veo a un señor de traje hablando por teléfono.
-Ya busque por afuera y en las tiendas abiertas. Aun no hay rastro de ella con su hijo señor, pero me meteré a buscar en los baños.
Mi corazón se paro de repente, mi respiración se volvió agitada, mi cuerpo paralizado, mis piernas cedieron... No, no puedo ceder ante el miedo una vez mas, no me permitiré vivir nuevamente esa vida. El leve quejido de Eneas me hizo cobrar el sentido, me escondí en una de tantas puertas, levante mis pies sobre el inodoro, los bolsos los colgué en las perchitas rogando que aguantase el peso, levanto mi remera y le di el pecho a mi bebe para que se mantuviera callado.
Me obligue a mantener suave mi respiración, debía de estar lo mas calmada y silenciosa posible. Escucho que alguien entra con suaves pisadas y puerta por puerta se escucha como tocan TOC TOC para abrirlas abruptamente, con mi corazón galopando como yegua salvaje, en el bolsillo sentí de repente el peso de la tijera, saque la tijera que me había comprado hace unos momentos, si bien tengo en cuenta que no le hare ningún daño grave , pero con voluntad y suerte quizá pueda clavárselo en el cuello. Los sonidos ya estaban mas cerca pero paro en el baño junto al mío.
-Señor, este baño es exclusivamente para mujeres. Mas adelante tiene el baño para hombres. -Dice una voz grave a lo lejos.
-Disculpe oficial, no me di cuenta.- Dice suavemente el de traje
¿oficial?... no creo seguro es su compañero, piensan que saldré a pedir ayuda si escucho a un policía.- Pienso
-Salga ahora mismo.
Escucho como los pasos se alejan, pero aun no puedo confiarme, deberé de quedarme hasta que salga el micro.
Con las piernas entumecidas de tantas horas en cuclillas y los brazos agotados de cargar a un bebé de tres meses que ya pesa casi seis kilos, bajé despacio los pies de la tapa del inodoro. Los calambres me atravesaban como agujas ardientes. Dejé a mi hijo sobre el cambiador de plástico, le cambié la ropita y el pañal, le preparé su mamadera con la fórmula y, con manos temblorosas, me dispuse a cortarme el cabello. Tijeretazo tras tijeretazo lo dejé apenas prolijo. Guardé los mechones en una bolsa: los tiraría en algún tacho de basura cuando llegara a Buenos Aires.
Con el miedo todavía latiendo en mis costillas, salí del baño. Afuera, el micro esperaba a un último pasajero: yo. El motor ronroneaba como si supiera que, en cuanto subiera, comenzaría mi huida.
Buenos Aires–Retiro.
40 horas después, casi dos días encerrada en ese micro. Los pueblos deslizaban tras la ventanilla oscura, las luces encendiéndose a lo lejos como faros que parpadeaban en mi memoria. Las noches bajo las estrellas, con mi dulce Eneas agarrando mi dedo con su manito tibia. El silencio pesado, interrumpido solo por los pasajeros que subían y bajaban en cada pueblo. Nunca logré bajar la guardia; cada movimiento ajeno me mantenía alerta, robándome horas de sueño. Y ahora, al llegar a la terminal de Retiro, todo era un caos: gente saliendo de todos lados, bocinas sonando como en un concierto ensordecedor, colectivos partiendo hacia destinos innumerables.
Sigo las señales hasta la parada del colectivo que me lleva a Ezeiza. La fila se mueve rápido. Cuando llega mi turno, subo con el bebé apretado contra el pecho, los bolsos colgando de los hombros. El chofer apenas me mira.
- ¿Hasta donde? -Pregunta el chofer con mala gana
-A Ezeiza por favor.
Le entrego un billete de mil pesos, el chofer me mira mal y con un suspiro bastante exagerado dice.
-Es con sube señora, sin ella no puede viajar a ningún lado. Ahora bájese y deje subir a los demás pasajeros.
Me bajo con cierta torpeza y confundida, estoy en mi propio pais pero nunca salí del pueblo y no se como se maneja el mundo exterior. Me criaron mis abuelos en el campo, a mis padres nunca los conocí .
Cuando tenia 17 años, conocí a quien creí que era el amor de mi vida y deposite en el mi confianza y todo el amor que un hombre necesitaba, creí que conmigo era mas que suficiente para ser feliz, pero me dejo claro que no, porque yo solo era una mas de tantas y cuando termine nuestra relacion, me vendió como si de ganado se tratara, a un hombre desagradable quien es el padre de mi hijo. El hombre que hizo de mi vida jirones y un infierno.
Mas decidida que nunca, pregunto a personas alrededor mío donde conseguir la tarjeta sube, me dan las indicaciones y camino un par de cuadras hasta un kiosco.
-Hola buenas, tendrás tarjeta sube? -Pregunto casi sin aliento
-Buenas, si tengo. ¿Quiere solo una?
-Eh... si por favor... una pregunta señor, ¿la sube solo la uso o tengo que hacer algo para activarlo?
-Se la puedo activar yo solo cargándole saldo, ¿Cuánto le cargo señora?
-Solo la necesito hasta Ezeiza, después ya no me va a servir...
-Entiendo, entonces le cargo dos mil pesos por las dudas. Listo, necesita algo mas aparte?
-No se lo agradezco, ¿Cuánto es?
-La tarjeta son dos mil, mas la carga cuatro mil pesos todo.
-Tenga, muchas gracias.
Vuelvo hacia la parada, caminando lento por el peso de los bolsos. La falta de sueño me está afectando demasiado, y Eneas se pone más molesto con el ruido y la gente, llorando casi sin parar hasta llegar a la parada. Para mi suerte, ya había otro colectivo listo para salir. Esta vez no tuve ningún problema en viajar. Acomodo los bolsos entre mis piernas y le doy pecho nuevamente para que coma y descanse. Yo también puedo relajarme un poco, pensando que el chofer me dijo que son unas dos horas hasta el aeropuerto.
El colectivo avanzaba lentamente por la autopista, y yo me recosté un poco, dejando que Eneas mamara y se relajara. Afuera, la ciudad pasaba, edificios y sus luces amarillas y reflejos. Cada bocina, cada frenada, me hacía recordar que estaba muy lejos de mi hogar, aunque nunca había salido realmente del pueblo. Pero ahora cada kilómetro me acercaba a mi nueva vida, al futuro que no sabía si quería... o temía.
Después de casi dos horas en el colectivo, bajé con Eneas todavía adormecido entre mis brazos. La terminal del aeropuerto me recibió con su caos habitual: maletas rodando, anuncios por altoparlante, gente corriendo de un lado a otro. Cada paso me acercaba a la libertad que tanto había buscado.
Con la documentación falsa en la mano y el pasaporte de Eneas cuidadosamente guardado, me acerqué al mostrador.—Destino, señora.—São Paulo —dije, intentando sonar tranquila—. Solo un boleto, por favor.
La vendedora tipeó rápido, me dio el billete y ni siquiera me miró de nuevo. Guardé el pasaje junto a mis bolsos y busqué la puerta de embarque. Cada sonido me hacía tensar los hombros: pasos, anuncios, rodaje de maletas...
El avión rugió cuando subimos. Me acomodé con Eneas en brazos, le di pecho para calmarlo. Afuera, las luces de Buenos Aires se desvanecían entre nubes y la oscuridad de la noche. El mundo se reducía a este pequeño espacio, a mi hijo, a mí misma.
—Señoras y señores, nos dirigimos hacia São Paulo —anunció la azafata con voz clara—.
Todo pasó como un susurro. Solo sentía su respiración y el pequeño calor de su cuerpo contra el mío. Apenas aterrizamos, corrí a comprar el siguiente pasaje hacia Estambul. Cada boleto comprado era un riesgo, cada trámite un momento de tensión, pero no podía dar marcha atrás.
—Próximo destino: Estambul —dijo otra azafata mientras nos acomodábamos en nuestros asientos—.
Horas más tarde, en Estambul, repetí la rutina: bajar, conseguir el pasaje siguiente, revisar los documentos de Eneas, aguantar la ansiedad de cada control. La ciudad brillaba de noche, pero yo solo veía mi camino y a mi hijo.
—Nos dirigimos hacia Moscú —dijo finalmente la voz de la azafata—.
Eneas dormía tranquilo. Yo me incliné un poco hacia adelante, dejando que la tensión bajara apenas. La ciudad que nos recibiría estaba más cerca que nunca. Nuestra historia, hasta ahora de huida, comenzaba de verdad allí.