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El último acto: Cuentos al anochecer

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Sinopsis

"El ultimo acto: cuentos al anochecer" te sumerge en diez relatos donde la intimidad esconde la crueldad más profunda. El verdadero monstruo no se esconde bajo la cama. A veces, duerme justo al lado. Conoce el juicio final de una familia, la venganza por un trauma silenciado, la lealtad de un animal que lo da todo, y el amor unilateral que se convierte en una sentencia. Cada historia es un último acto: un escape, una confrontación o una despedida irreversible que solo se atreve a contarse cuando cae la noche. Una colección de terror íntimo y consecuencias irreversibles. Advertencia: Contenido sensible que incluye violencia gráfica, abuso y trauma. Recomendado para lectores +18.

Estado:
Completa
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo uno

Lo único seguro en esta vida, es la muerte.

C. L. Hoffnung

Es una serie de micro—relatos, que pueden incomodar, herir sentimientos o provocar molestia. Por lo que pido una disculpa, es una serie que tengo mucho tiempo queriendo compartirla con ustedes. Sale de la zona de mi comfort, de la fantasía, para sumergirse en un mundo real, violento y oscuro.

No es apta para menores de 18 años, por la temática que se maneja.

Capítulo uno.

Adiós mi amor

La vi salir de su trabajo; se veía exhausta. Sabía que no había dormido bien, ha estado bajo demasiada presión con el nuevo proyecto. Vestía una hermosa falda negra ajustada a su cuerpo y su blusa azul dejaba ver un poco de su cremosa piel dorada.

La primera vez que la vi fue en el metro subterráneo. Ella iba corriendo, casi no logra entrar al vagón. De la prisa se le cayeron algunas cosas; yo la ayudé a levantarlas y ella me sonrió. Sus ojos color avellana se centraron en mí. Ella era perfecta.

Desde ese día no nos hemos vuelto a separar. Ella es mi mundo y justo hoy le tengo una sorpresa preparada… después de ello deberé dejarla ir… debo hacerlo. He esperado mucho tiempo, pero el planearlo no ha sido fácil.

La veo tomar un taxi, pongo mi auto en marcha; sé que va directo a casa. La veo apearse; por un par de minutos se queda parada en la acera. No entiendo por qué se ve triste. Sabe que la amo y estoy con ella, aun así, se ve triste. Pero sé que mi sorpresa la hará feliz, sé que seremos felices el resto de nuestras vidas.

Camino detrás de ella en dirección al umbral de su casa. Las luces están apagadas. Le he dicho muchas veces que eso puede ser peligroso, pero no escucha lo que le digo. Batalla por encontrar sus llaves dentro de su bolso. Entonces me acerco a ella; no se ha percatado de mí. Esperé a que abriera la puerta, entonces la abracé. Sentí cómo su cuerpo se pegaba al mío; tapé su boca para que los vecinos no nos escucharan.

Ellos estaban separándose; no quería que nuestra vida amorosa les hiciera sentirse mal. Dejó caer sus cosas en el recibidor y cubrió con sus pequeñas manos las mías. Ella se pegaba más a mi cuerpo, podía sentirla temblar. Sabía que estaba tan ansiosa y deseosa como yo.

De mi bolsillo saqué la vieja navaja de mi padre. Con ella corté la parte frontal de su falda; la escuché gemir de la sorpresa. A ella le gustaba la rudeza de nuestro sexo, eso me gustaba. Ella era diferente a mis otras parejas; con las otras nunca sentí lo mismo que con ella. Por eso la amaba, por eso era mía.

Terminé de romper su falda. Me gustaba la ropa interior que traía: un hermoso calzón rosa que cubría todo su trasero. Llevé mi mano a su sexo. Ella tembló en mis brazos. Con calma metí la punta de la navaja de cazador por la orilla de su ropa interior para romperla.

Necesitaba tocarla con mis propias manos, necesitaba sentir su piel, su humedad, su calor. La hice volverse para que viera mis ojos, para que notara mi deseo por ella. Justo cuando la penetré con uno de mis dedos, la vi cerrar sus ojos; una lágrima salió de ellos. Creo que la rudeza con la que lo hice le causó algo de dolor. Después me disculparía por ello, por ahora no iba a detenerme.

Tenía las manos sobre su pecho; con calma le indiqué que las bajara. Con la navaja fui cortando cada botón, dejando al descubierto sus turgentes senos enfundados por un viejo brasier negro. Era de lo más erótico que había visto jamás. Con la navaja corté su viejo brasier por el medio; dio un respingo al sentir el frío del metal contra su cálida piel. Ante su atenta mirada bajé mi rostro para lamer su cremoso seno, para excitarla más. Los sonidos en su garganta me hicieron desearla más, necesitaba con urgencia estar dentro de ella.

La empujé con prisa hasta la mesa, me recosté sobre ella lamiendo, mordiendo y chupando su deliciosa piel. Con una mano desabroché mi pantalón y lo bajé hasta mis rodillas, entonces la penetré con fuerza. La escuché gritar de placer; entonces ya no me importaban los vecinos, no me importaba nada más que darle placer a esta hermosa mujer. Vi en sus ojos el deseo, el placer, todo ese amor que sentía por mí.

Me sentía fuera de mí, penetraba el cuerpo de mi mujer con violencia. Puse mis manos en su cuello. Ella gritaba, sabía que estaba llegando al éxtasis. Iba a darle más placer aún. Trabé mi mirada con la suplicante de ella; necesitaba que la hiciera correrse. Comencé a apretar un poco su cuello, para cortar el flujo de aire. Ella llevó sus manos a las mías, las apretaba con fuerza, suplicando por más.

Por eso la amaba, siempre me llevaba al límite, siempre me hacía desear más. Noté cómo llegó al orgasmo: sus ojos comenzaron a dilatarse, su cuerpo comenzó a contorsionarse, sus pulmones se quedaban sin aire. Luchaba frenéticamente por respirar. Yo no podía dejar de penetrarla. Supe que su orgasmo fue largo. Ahora buscaba el mío.

Después de un par de minutos, la sentí ponerse laxa. Estaba cansada, y el sexo tan rudo que habíamos tenido la había dejado casi inconsciente.

Salí de ella y la cargué en mis brazos, entonces la llevé a su habitación. La limpié con cuidado; ella me devolvía la mirada agradecida. Le coloqué un juego de ropa interior nuevo, le puse su pijama y la metí debajo de las frazadas. Le di un beso en la frente y la dejé dormir.

Ella dormiría y yo no volvería a verla. Me había despedido de ella con ese beso. Lloraría por ella, pero encontraría a alguien a quien amar… solo que no sabía si algún día podría olvidarla.

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Las sirenas comenzaron a escucharse casi veinte minutos después. La puerta de la casa estaba abierta. Las cosas de Sandra Ventura estaban esparcidas por el suelo, su ropa había sido desgarrada y regada por el lugar. El sillón estaba de cabeza, había sangre por doquier.

Los vecinos habían escuchado una fuerte pelea, pero ella y ese tal Viktor Huerta peleaban siempre. Solo que en esta ocasión todo había sido distinto. Sandra no se había comunicado con sus vecinos para decirles que estaba bien.

Había jurado un millón de veces que terminaría con Vick, como le gustaba que le llamaran. Tenía la apariencia de un proxeneta y la actitud de un matón. No lo habían visto en un par de semanas, pero nada descartaba que el muy hijo de puta hubiera regresado. Después de los gritos y las cosas rompiéndose, esperaron… esperaron. Solo el silencio.

Su vieja vecina, Leona Dolores, fue a buscarla con el pretexto de una taza de azúcar. La casa estaba a media luz, todo destrozado… en la mesa, había tanta sangre que escurría al suelo.

Sandra estaba en su cama, debajo de sus cobijas, pero… se veía golpeada, mordida, cortada… Sin vida.

Leona gritó con todas sus fuerzas; Sandra estaba allí, muerta. Seguramente ese bastardo lo había hecho. La policía llegó veinte minutos después.

De haber llamado cuando los gritos se escucharon, ella estaría con vida… De haber llamado antes, ella no habría sufrido… De haber llamado…

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