El Cementerio y la hiedra
El cementerio, aquel pequeño cementerio, parecía insignificante a simple vista, aunque abarcaba al menos unas cien lápidas. Pero en su extremo más antiguo, apartado de la rutina de los vivos y la indiferencia de los curiosos, se alzaba un mausoleo distinto a todos los demás: el Mausoleo Volkov. No era una simple tumba, sino una fortaleza de piedra negra que desentonaba con las modestas lápidas inglesas que lo rodeaban. Los bloques de granito oscuro, casi negro, absorbían la luz y parecían devorarla, como si el mausoleo no quisiera compartir su existencia con el mundo exterior. Su sola presencia imponía respeto, y para Bennedict, su cuidador, el edificio era un altar y un recordatorio constante de la tragedia.
El Mausoleo Volkov era un testimonio del poder y la riqueza que Damian Volkov había tenido en vida. Sus formas góticas victoriosas se levantaban hacia el cielo nublado con arcos ojivales y pináculos que parecían intentar rozar las nubes. La fachada lateral estaba cubierta casi en su totalidad por hiedra trepadora, gruesa y salvaje, que se enredaba en cada grieta y abrazo de piedra, sellando el mausoleo al mundo exterior. Solo el nombre "VOLKOV", grabado en la placa superior, emergía entre el follaje, como un grito silencioso que desafiaba al tiempo.
La entrada era un arco profundo, solemne, que prometía tanto misterio como peligro. Tras un marco de piedra intrincadamente tallada se ocultaba una pesada puerta de madera oscura, flanqueada por estrechas ventanas ojivales que apenas ofrecían un vistazo a la eterna oscuridad interior. Sobre ellas, rosetones de piedra trabajada mostraban símbolos de luto, casi centinelas mudos de la tragedia que residía dentro. El mausoleo proyectaba una sombra constante incluso bajo el sol tenue de la mañana, y su presencia llenaba el aire con un frío que no se podía ignorar. Para Bennedict, cada visita al lugar era un acto de devoción; un ritual silencioso donde el perfume de las flores frescas que llevaba se mezclaba con el aroma a humedad y la cera de las velas consumidas.
Pero, ¿quién era Bennedict?
Bennedict tenía veintitrés años y un cabello corto, ligeramente rizado, de un color café rojizo que caía apenas hasta el cuello. Su cabello, siempre bien cuidado y brillante, parecía guardar un secreto más profundo que él mismo. Sus ojos eran de un ámbar oscuro, casi sin vida, como si reflejaran el peso de un pasado que no quería enfrentar. Su cuerpo, delicado pero atlético, mostraba una elegancia natural; sus movimientos eran gráciles y controlados, como si cada paso estuviera calculado para no romper la quietud que lo rodeaba. Y, aunque podía parecer orgulloso, Bennedict era tranquilo, casi melancólico, una calma que contrastaba con la inquietante energía que flotaba en el cementerio.
Y, por supuesto, no podía olvidarse de su única amiga: Kathya Chévez. Delgada, de piel morena, con un cabello largo que caía más allá de la cintura en rizos perfectamente esponjosos, Kathya parecía tener un vínculo secreto con cada piedra y cada sombra del cementerio. Por eso su cabello es tan esponjoso, está lleno de secretos. Ella sabía quién había hecho brujería, quién había intentado rituales prohibidos, y conocía cada pecado del pequeño pueblo que rodeaba aquel lugar. Su presencia en el cementerio era como la de un guardián ancestral, firme y silenciosa, pero siempre alerta. Mientras Bennedict recorría las lápidas, ella controlaba la entrada, asegurándose de que nadie cruzara el portón sin pruebas exactas de parentesco con los muertos que descansaban allí. Las familias habían desaparecido, los parientes morían o se perdían en la bruma de la historia, y Kathya no dejaba que nadie pasara sin los documentos correctos.
La rutina de ambos era rigurosa: trabajaban desde las diez de la mañana hasta medianoche, una jornada larga que pocos aceptarían por elección propia. El cementerio tenía una tranquilidad engañosa durante el día, pero a medida que caía la noche, las cosas cambiaban. Los objetos parecían moverse por sí solos, y, en ocasiones, se escuchaban gritos desgarradores que retumbaban entre las lápidas. Sin embargo, la paga era suficiente para que Bennedict y Kathya ignoraran el miedo. Incluso en la soledad más absoluta, cuando las sombras parecían cobrar vida, ambos se quedaban.
El mausoleo Volkov era la parte más importante de su trabajo, y también la más inquietante. Dentro, cada rincón estaba impregnado de la presencia de Damian Volkov, un hombre que había vivido con ambición y poder y que murió de manera tan violenta que parecía haberse llevado consigo todo rastro de paz. Bennedict se acercaba con cuidado, colocando flores frescas y encendiendo velas. Cada día, su devoción crecía, y con ella, un extraño aire de tensión y misterio que parecía envolverlo todo. Las velas proyectaban sombras caprichosas en las paredes de piedra, danzando al ritmo del viento que se colaba por los pequeños resquicios de las ventanas. A veces, en los rincones más oscuros del mausoleo, Bennedict sentía un susurro leve, apenas audible, como si alguien lo llamara por su nombre, aunque nunca hubiera nadie allí.








