Capítulo 1
Un Lugar Olvidado Por Dios
En las afueras de Damieta - 1256
La tormenta había pasado y el atardecer se abría paso sobre los campos anegados. El barro se pegaba a las botas y al pelaje negro del corcel, que resoplaba inquieto mientras un trueno lejano presagiaba más lluvia en las ruinas dispersas de un combate cerca de Damieta. Caspian mantenía firme la rienda con una mano, mientras la otra descansaba sobre la empuñadura de su espada. El eco de los gritos aún vibraba en su cabeza, aunque el silencio mortal del campo ya lo había devorado todo.
La tarde en las afueras de la ciudad golpeada por la guerra se teñía de un rojo enfermo, como si el sol quisiera hundirse antes de enfrentar otro día sobre aquella tierra exhausta. La humedad levantaba ondas sobre la arena cubierta de lluvia y de sangre y el aire olía a hierro, sudor y resignación. Caspian ajustó el guantelete que ya no encajaba del todo en su muñeca; los años de campaña lo habían adelgazado, afilado, endurecido.
El estandarte francés -o lo que quedaba de él- yacía rasgado contra una roca. No quedaba suficiente viento para hacerlo ondear. O quizás solo se negaba a moverse, cansado de marcar tumbas.
Caspian Barlow, un noble inglés al servicio de Dios y del rey, había llegado a estas tierras diez años atrás con el séptimo ejército cruzado. Enrique VIII había enviado a unos cuantos caballeros hacia la campaña de Luis IX, para reforzar el contingente cristiano en señal de cooperación. Y, aunque franceses e ingleses jamás se habían llevado bien, la promesa de gloria y salvación los había atado bajo el mismo sol abrasador.
Luego vino el desastre.
El conde de Artois -Roberto, el imprudente, el orgulloso, el heredero destinado a morir como un soldado común- había ordenado un ataque contra una ciudad fuertemente resguardada, ignorando las advertencias de sus propios hombres. Una carga equivocada, una ciudad tomada a medias, una emboscada brutal que arrasó con todo.
Cuando cayó la noche, el suelo estaba tan lleno de cuerpos que parecía imposible caminar sin pisar un cadáver.
De todo el destacamento que acompañó a Artois, solo sobrevivieron cinco. Caspian era uno de ellos.
No recordaba cómo había salido vivo. Quizás por instinto. Quizás por el entrenamiento. Quizás -susurraban algunos de los moribundos- porque la muerte lo había pasado por alto como si buscara otra alma más preciada. Él nunca dio crédito a esas fantasías.
Dios nunca estaba en una guerra. Ya lo había aprendido después de ver tanta muerte.
Cuando el rey Luis decidió retirarse tras ser capturado y liberado por rescate, dejó a los heridos y a los que ya no podían marchar en Damieta.
Caspian no se marchó.
Ni por nación, ni por bandera, ni por su apellido inglés.
A esas alturas, la sangre derramada no tenía emblemas.
Se quedó porque nadie más parecía dispuesto a asumir la carga. Era el noble de mayor rango que quedaba, así que tomó el mando de los restos del desastre: cinco ingleses, seis franceses, un escocés furioso y dos jóvenes flamencos que aún no tenían barba.
Dos años habían pasado desde que el rey se marchó.
Dos años de reunir recursos, curar heridas, negociar con comerciantes árabes que los miraban con desprecio o piedad y trabajar la tierra como podían para conseguir suficiente dinero para el suelo en un barco.
Ahora, en las afueras de Damieta, sobre un campo que había visto demasiadas batallas, Caspian inspeccionaba la línea improvisada de defensa alrededor del pequeño campamento. Su barba crecida le cubría la mandíbula como una sombra oscura y su cabello, antes bien mantenido en la corte, caía desordenado sobre sus hombros. Alguien -él sospechaba que había sido un francés moribundo y borracho- había intentado cortarle las puntas con una daga semanas atrás. Un desastre.
Se pasó una mano por el rostro, tratando de sacudirse la arena adherida por el sudor. El calor apretaba el aire hasta volverlo pesado.
Parpadeó y el trueno se transformó en un rugido.
Fue entonces cuando la visión lo alcanzó.
No un recuerdo. No una alucinación por el cansancio.
Algo más profundo, más antiguo, más anclado a su alma que a su mente.
No estaba allí. Ya no era un duque, ni un noble en tierra inglesa. Se vio rodeado de llamas y alas desgarradas, una emboscada en un paraje de fuego donde criaturas demoníacas lo cercaban, sus ojos ardiendo con odio. Sintió el acero quebrarse en sus manos, la voz de alguien gritándole un nombre que no conocía y el peso de cadenas negras hundiéndose en su pecho como si estuvieran hechas de lava caliente.
El paisaje cambió: pantanos cubiertos de niebla, los lagos cercanos al castillo Valemont ocultando secretos bajo su superficie oscura. A lo lejos, entre los árboles torcidos, creyó ver destellos de fuego que se desvanecieron con la lluvia antes de perder fuerza. Iba a morir. Las cadenas lo arrastraron antes de caer en la oscuridad.
- ¡No…! - gritó, ahogándose, mientras su caballo se alzaba en dos patas, sacudiendo la crin empapada.
El relincho lo arrancó de golpe de aquella visión. Caspian respiró con violencia, como si hubiera emergido de aguas profundas. Se aferró a la rienda, recuperando el control, pero el corazón golpeaba con un ritmo que no pertenecía al de un simple sueño.
Se pasó la mano por el rostro, agotado.
“Una pesadilla,” se dijo. Solo una pesadilla.
Aunque en el fondo, sabía que aquellas imágenes no eran nuevas. Siempre lo habían acompañado. Siempre lo habían marcado, como un presagio que se repetía en su sangre.
Con un suspiro áspero, montó de nuevo, permitiendo que el caballo se dirigiera hacia el campamento, donde la noche lo esperaba como un manto fúnebre.
Allí comenzaban sus noches y con ellas, el peso de un destino que aún desconocía.








