Un Nuevo Comienzo
Oscuridad… eso era lo único que envolvía a Alex.
—Así que… esto es lo que uno ve después de morir, ¿eh? —murmuró, con una mezcla de curiosidad y un dejo amargo.
—Maldita sea… —chasqueó la lengua, frustrado—. Debí haberme acostado con esa perra antes de que su marido me metiera un balazo por la espalda…
—Así que… tú eres el alma que prometió ese maldito dios del caos… fufu… —susurró una voz femenina, suave y hermosa.
Aun así, a Alex solo le recorrió un escalofrío helado, un miedo inexplicable que se clavó en su pecho al escucharla.
Una figura femenina emergió ante él: cabello negro que caía como seda y ojos azul oscuro que parecían tragarse la luz. Su cuerpo encarnaba el límite absoluto de lo femenino. Alex no pudo evitar pensar que todo en ella superaba lo mortal; su gracia, su porte, su belleza… nada se comparaba con las mujeres con las que había estado. A su lado, aquellas parecían poco más que cerdas.
—Fufu… cuidado, querido, pareces muy feroz con esa mirada —dijo la mujer con un brillo travieso en los ojos.
Alex reaccionó de inmediato, agitado, y lanzó sus preguntas sin pensarlo.
—¿Quién eres? ¿Y qué hago aquí? Se supone que estoy muerto —espetó, sin apartar la mirada de ella.
La mujer lo observó con una curiosidad casi felina antes de responder.
—¿Quién soy? Fufu… déjame presentarme, querido —dijo, inclinándose con una gracia impecable—. Soy Silvia, diosa de la lujuria y del sexo.
Luego, con una sonrisa suave, añadió:
—Y respecto a tu segunda pregunta… sí, estás muerto. Pero ahora te encuentras en una dimensión mía llamada Hipervacío, un espacio donde no existe absolutamente nada. Bueno… excepto tú y yo, fufu.
—Entonces… ¿qué es lo que quieres de mí? —preguntó Alex, con una curiosidad sincera.
Ella lo observó en silencio durante un instante antes de hablar.
—Hice una apuesta con el dios del caos —explicó—. Si encontraba un alma lo suficientemente compatible para convertirse en mi Portador, le otorgaría una dimensión especial. No puedo entrar en detalles, pero… en resumen, él ganó.
Su hermoso rostro se distorsionó por un segundo, apenas un parpadeo, antes de recuperar su perfección.
—Pero bueno, querido, ¡felicitaciones! Tendrás una nueva oportunidad. Claro… no en tu mundo, sino en otro.
La diosa continuó, su voz tan suave como el roce de seda.
Sería el PORTADOR de la voluntad y el deseo de la diosa de la lujuria y el sexo, y viajaría a un nuevo mundo con un único propósito: acostarse con las mujeres más hermosas, sensuales y, también, las más fuertes de ese lugar.
Por supuesto, no iría con las manos vacías. Ella le otorgaría un don especial… y varias habilidades poderosas.
—Espera… ¿y qué ganas tú con todo esto? —preguntó Alex.
—Simple: más poder —respondió ella sin rodeos—. Al ser mi Portador, cada vez que tengas sexo me otorgarás energía de lujuria. Digamos que es un ganar–ganar: tú disfrutas de mujeres hermosas y yo me vuelvo más fuerte. ¿No es un trato justo? —sonrió con picardía.
Alex lo meditó un momento antes de hablar de nuevo.
—¿Puedes darme uno de esos sistemas que solía leer en las novelas?
La diosa guardó silencio unos segundos, pensativa.
—Vaya, una petición interesante, ¿sabes?
—Es solo que siempre sentí envidia de esos protagonistas que se volvían poderosos con tanta facilidad —admitió Alex con un gesto de fastidio.
—Está bien —aceptó ella al fin.
Un portal de luz blanca se abrió detrás de Alex y lo engulló sin previo aviso.
—Que te vaya bien, mi querido Portador… fufu —despidió la diosa con una risita cómplice.
---
Kael Vitra…
Alex murmuró el nombre mientras observaba su reflejo: un joven de cabello negro, corto hasta las orejas, le devolvía la mirada con unos ojos azul oscuro.
Kael Vitra, segundo hijo del rey Roger Vitra. En todo el imperio era de conocimiento público que el segundo príncipe no era más que un bastardo que se aprovechaba de los pueblerinos.
Ahora, toda una vida ajena reposaba en manos de Alex, pues había tomado posesión del cuerpo de aquel hijo del rey.
Una risa baja escapó de los labios del apuesto muchacho.
—Yo, Alex… no. Desde ahora, soy Kael Vitra. Esta será mi nueva vida, y no volveré a ser menospreciado ni humillado. ¿Y qué si el antiguo Kael era un bastardo? —susurró, con una sonrisa ladeada—. Yo seré algo peor que eso. Ten cuidado, padre… parece que tu segundo hijo piensa quedarse con tu trono.
Nota: El protagonista no será un santo. Este es el único aviso que recibirán.