Capitulo unico
—¿JungKook, tú me amas?
Un hermoso rubio preguntó, apoyado en el amplio y musculoso pecho de su amante, sus ojos celestes lo miraban con total admiración y amor.
—No comiences de nuevo, Jimin —reprochó el mayor con claro tono molesto.
—¿Comenzar con qué? Solo quiero saber —respondió con total inocencia. Su voz era tan dulce, como si un ángel susurrara en tus oídos.
Con su pequeño dedo índice comenzó a trazar figuras sobre aquel cálido cuerpo.
—Eres muy niño para saber de amor.
El menor asintió, adolorido, y se apartó.
—O sea, soy muy niño para que tú me ames, pero estoy bien para cuando quieres satisfacer tus necesidades conmigo —su voz era tranquila, sin altanería.
El mayor bufó molesto y se levantó de la cama, comenzando a recoger sus prendas esparcidas por el suelo de la habitación.
—¿Te vas?
—No preguntes lo obvio —gruñó JungKook.
—¿Estás molesto conmigo?
—Tú qué crees.
Se colocó primero el bóxer y luego el pantalón.
—¿Por qué?
El mayor dejó de vestirse y giró sobre sus talones, obsequiándole una mirada inexpresiva.
—Deja de comportarte como un niño de siete años, Jimin. Haces preguntas una tras otra... ¿no puedes callarte por una vez en la vida?
—Dijiste que aún soy muy niño, entonces ¿por qué me pides que deje de comportarme como uno?
Jungkook revolvió los ojos, visiblemente irritado.
—Sabes qué... dejémoslo ahí. No quiero discutir contigo.
—Pero el que está discutiendo eres tú, yo solo te hice una pregunta.
El mayor terminó de recoger sus cosas y, sin responder, se metió al baño.
—Eres muy cruel —susurró el menor entre sollozos.
Hizo lo mismo que el mayor, vistiéndose lo más rápido que pudo para salir de aquel lugar antes de que él saliera del baño. Cada palabra del mayor le dolía profundamente.
¿Por qué, cuando das todo, no recibes nada?
¿Es tanto pedir ser amado?
“Eres muy niño”
Mientras caminaba hacia su hogar, recordar esas palabras le rompía el corazón; era como una tarde lluviosa y desolada. Parecía no tener rumbo, y sus ojitos nublosos no le permitían ver con claridad. Se sentía atrapado en un laberinto sin salida.
Y se dejó caer.
Desahogándose frente a cualquiera que pudiera pasar.
—Mis sentimientos no te importan en lo más mínimo, JungKook.
Se limpió las lágrimas con rebeldía.
—A mí tampoco me vas a importar.
Dio un largo suspiro y terminó de caminar hacia su hogar.
Los días pasaron desolados. JungKook no dio señal de vida. Siempre que discutían, el mayor era el más hiriente: no llamaba ni escribía, y al final Jimin siempre terminaba haciéndolo... pero esta vez fue distinto.
Tres semanas separados y el menor no movió un solo dedo, aunque moría por hacerlo.
“Hazte valer, Jimin.”
Se repetía una y otra vez en su mente, y al recordar las incontables veces que JungKook lo había herido, logró mantenerse firme en su decisión.
Pero, ¿por qué lo soportaba?
Oh, sí... lo amaba.
Después de un año juntos, se había aferrado tanto a él que la sola idea de perderlo le resultaba insoportable. En JungKook encontró no solo el amor, sino también el calor y la ternura que durante años le habían sido negados por su propia familia. Cada caricia, cada palabra y cada mirada se convirtieron en un refugio sagrado, en una promesa silenciosa de que no estaba solo. Ese afecto que jamás recibió en su hogar, lo halló en los brazos de quien ahora era su todo, aquel que parecía hecho solo para él.
Y, sin embargo, en lo más hondo de su pecho latía una verdad dolorosa: gran parte de aquello era apenas fruto de su imaginación. El mayor jamás había pronunciado un “te amo”. Jamás le dio la certeza de que ese lazo era mutuo.
Su ánimo estaba quebrado; la tristeza se reflejaba en sus ojos apagados, haciéndolo lucir como una flor marchita o como una hoja seca de otoño: aquella que, al perder sus nutrientes, se torna amarilla y finalmente cae, arrastrada por el viento. Su espíritu se consumía poco a poco, como si la vida misma le fuera arrebatada.
Sí, así se sentía sin JungKook a su lado. Él se había convertido en su fuerza vital, en el aliento que lo mantenía de pie, en la chispa que iluminaba su oscuridad. Era su razón de existir, el único motivo capaz de sostenerlo cuando el mundo parecía derrumbarse. Y aunque no hubiera palabras de amor, se aferraba a cada gesto como si en ellos estuviera escondida la eternidad que tanto anhelaba.
Lo conoció en un bar de mala muerte, de esos que dejan entrar a cualquiera sin verificar la identificación. Ese día estaba como siempre: deprimido. Su mamá lo había golpeado mientras lo culpaba por el abandono de su padre.
Había ido a distraerse un poco. Estaba en medio de la pista, siendo manoseado por varios que observaban sus movimientos sensuales, un poco alcoholizado. Nunca había tolerado bien el alcohol; para entonces tenía tan solo 17 años y era su primera vez probando whisky. Ese simple vaso del amargo líquido lo dejó aturdido en segundos, sin poder pensar con claridad.
Su modo alegre se activó; era capaz de entregarse al primero que lo jalara a un rincón. Estaba herido y movía sus manos sensualmente sobre los lados donde había sido golpeado, intentando borrar todo rastro de violencia y dolor.
Aunque eso solo lograba durante unos días... porque la herida en su corazón seguía latente.
No podía creer que su madre pusiera a un hombre por encima de él, que era su hijo.
Ese día estaba tan metido en sus pensamientos que no se dio cuenta de las manos firmes que se apoyaron en sus caderas, haciéndolo volver a la realidad.
—¿Qué hace alguien tan bonito solo? —preguntó un desconocido mientras lo volteaba para mirarlo.
Jimin solo supo encogerse de hombros y mostrar una sonrisa coqueta.
—¿Te parece si vamos a un lugar más cómodo, donde podamos hablar tranquilos? —propuso el hombre.
Jimin iba a responder, pero fue interrumpido por alguien más.
—Creo que sería mejor que te alejaras antes de que esto se complique —dijo el recién llegado con firmeza.
—¿Y tú por qué te metes? —respondió el primero con arrogancia—. Estaba disfrutando de mi compañía, así que mejor vete.
El hombre que parecía más serio no dejó que volviera a acercarse.
—Me presento: soy Jeon JungKook —dijo, apoyando las manos en sus caderas—. Te aseguro que, si no me escuchas, las cosas no terminarán bien para ti.
—No me vengas con tus amenazas —replicó el otro, frunciendo el ceño.
Jimin los miraba confundido, su mente estaba aturdida viendo a dos adultos discutiendo por él. Se quedó observando sus rostros y, sin poder evitarlo, sonrió.
—Son muy guapos —dijo entre risas.
Los dos hombres dejaron de mirarse y dirigieron su atención hacia Jimin, que seguía sonriendo como un tonto.
—Espera... —dijo entre pasos vacilantes—. Tú eres más guapo, ¿quieres bailar conmigo?
—Oye, tú estabas conmigo —gruñó el primero que se le había acercado, echándole un empujón—. ¿Qué te crees?
—No... no, señor —respondió Jimin, sosteniéndose del brazo de JungKook—, usted se me acercó primero.
Al hacer un movimiento torpe casi cae, pero JungKook lo sostuvo con firmeza y evitó que se lastimara.
—Como quieras. Tú te lo pierdes —dijo el hombre, alejándose con cierto desdén, y los dejó solos.
—Este no es un lugar para alguien como tú —regañó JungKook suavemente—. Mi nombre es Jeon JungKook, ¿y el tuyo?
—Jimin, Park Jimin —respondió él con un puchero—. Pero no me regañes, señor... Estoy un poco triste.
—Estar triste no es excusa para estar en un lugar así. No debes tener ni 15 años —replicó.
—Pero tengo 17, no 15. No soy tan pequeño... bueno, sí, de estatura, pero muy pronto seré mayor de edad —JungKook sonrió ante las ocurrencias del chico.
Tal vez fue simplemente cosa del destino encontrarse con JungKook aquel día.
Despertar en un lugar que no era su casa no estaba en sus planes, pero allí estaba él. Entre recuerdos borrosos por el dolor de cabeza, pudo distinguir con claridad que JungKook había sido un caballero: pasó la noche en el sofá, le cedió la cama y, lo más importante, no hizo nada más.
Fue tan bueno con él... le preparó el desayuno y lo trató con una calidez inesperada.
Jimin pensó que sería algo pasajero, un encuentro de un solo día, y que nunca más lo volvería a ver. Ese pensamiento lo entristeció, porque en su interior sabía que aquel hombre era diferente, alguien especial.
Lo que empezó como un encuentro inesperado por casualidad, pronto se convirtió en encuentros buscados. Jimin comenzó a hacer lo imposible por coincidir con él, fingiendo casualidades que en realidad eran planes cuidadosamente pensados.
Cuando alguien te tiende una mano justo al borde del precipicio, a veces no tienes la intención de tomarla... pero terminas haciéndolo. Jimin, atrapado en su propia soledad y carente de afecto, encontró en esa mano un salvavidas. Aquella presencia lo rescató de su tormenta interna, de sus propios abismos.
La tristeza de su alma y la ausencia de amor familiar fueron reemplazadas, poco a poco, por una sola persona:
Jeon JungKook.
Él se convirtió en su serenidad y en su calma.
Aunque no lo amara de la manera que Jimin deseaba, había logrado ocupar un lugar esencial en su vida. Jimin se había aferrado a él con todas sus fuerzas, pero no había conseguido conquistar su corazón.
Jungkook, un hombre de principios de 35 años, buscaba algo serio. Jimin, con su impulsividad juvenil, parecía incapaz de ofrecérselo. Con el paso del tiempo, aquel hombre que al principio había sido refugio y ternura se volvió frío y distante... y tal vez, solo tal vez, la culpa era suya.
El azabache le había repetido más de una vez que aquello estaba mal, que no debía involucrarse tan fácilmente. Y, sin embargo, cada vez que lo buscaba, terminaba cediendo a la tentación, aunque después lo cubriera con reproches y distancia.
Jimin quería demostrarle que no era un ingenuo, que los golpes de la vida lo habían hecho madurar, que no se trataba de edad ni de experiencia, sino de lo que sentía en lo más profundo de su ser.
Pero JungKook era tan testarudo... simplemente se negaba a aceptar lo que había entre ellos.
El rubio caminaba hacia la salida de su institución; ya era hora de regresar a casa.
Había terminado la cuarta semana del mes... sin él.
No lo podía creer.
En esos días de amarga melancolía comprendió que JungKook no era, y nunca sería, para él. La mejor decisión era dejarlo ir, por más que doliera en el alma.
—¿Jimin, cómo te va, amigo? —alguien lo sacó de sus pensamientos.
Alzó la cabeza y dirigió su atención hacia la persona que se había colocado a su lado.
—Hola, ¿cómo estás, Jin?
—Muy bien, ¿y tú?
—Excelente.
—Pues no lo parece... ¿otra vez tu padre?
—Mi padre nos abandonó hace dos años, a mi madre y a mí.
—¡Oh! —exclamó sorprendido— No lo sabía... lo siento mucho.
Ambos detuvieron el paso una vez fuera del colegio. Se miraron como completos desconocidos. A pesar de compartir la misma institución, nunca hablaban; apenas se saludaban de vez en cuando en los pasillos.
Jin y él habían sido inseparables en la primaria, pero todo cambió al llegar a la secundaria. Los primeros recreos aún los pasaban juntos, sintiéndose extraños en el nuevo ambiente y sin conocer a nadie. Sin embargo, al cabo de uno o dos meses, Jin fue el primero en alejarse; empezó a hacer nuevas amistades. Jimin, en cambio, se fue quedando solo. Nunca había sido tan social como él.
Decidió aceptar la cruda realidad: nadie permanecía a su lado por mucho tiempo. A veces sentía que estaba maldito, condenado a la soledad. Pero, fuese lo que fuese, nunca obligaría a nadie a quedarse; así, cada uno terminó siguiendo su propio camino, dejando atrás un vacío que siempre parecía crecer.
—No tiene importancia, no me importa —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Y tu mamá?
—Por ahí... tal vez bebiendo, o rogándole a mi padre que regrese.
—Oh, Jimin... lo siento de verdad. Qué mal amigo he sido —lo abrazó con fuerza—. Has sufrido solo todo este tiempo.
Jimin se zafó con un movimiento rápido, aunque no brusco. Odiaba que la gente sintiera lástima por él.
No había motivo para ello. Todos enfrentan problemas en algún momento, y la compasión no sirve de nada cuando, al final, nadie hace nada para cambiar la situación.
—No te preocupes, tú tienes tu vida y yo la mía. No puedo meterte en mis asuntos. Nadie tiene la culpa de la miserable vida que me tocó... Así que suerte, cuídate.
Le dio un par de golpes amistosos en el hombro izquierdo y se despidió:
—Me tengo que ir.
Sin más, Jimin siguió su rumbo, dejando a su excompañero con la palabra en la boca.Porque eso era: un excompañero. Un amigo de verdad nunca abandona.
Al doblar la esquina, sus pensamientos se centraron en una preocupación mucho más inmediata: cómo conseguir comida ese día. Las despensas y el refrigerador de su casa estaban vacíos; a sus progenitores no les importaba lo más mínimo su bienestar. Como siempre, debía arreglárselas solo. Ya no recordaba desde cuándo pedía en la calle o realizaba cualquier pequeño trabajo que le permitiera conseguir algo de alimento.
A sus 18 años, aun siendo mayor de edad, le resultaba imposible encontrar un trabajo decente que le ayudara a sobrellevar su día a día.
—Hoy me toca mendigar otra vez... —suspiró, resignado.
Pero su hilo de pensamientos se interrumpió de golpe con el pitido de un auto. Sus ojos celestes se posaron en aquel vehículo rojo, reconociendo de inmediato la figura de alguien demasiado familiar. Su corazón se agitó, una oleada de emoción recorrió su cuerpo.
Era él.
Era su amado.
—¡No te quedes ahí, pequeño, sube! —gritó el azabache desde el interior del auto.
—¡¿Y por qué debería?! —replicó Jimin, orgulloso, aunque sus emociones lo traicionaban.
—¡Anda, Jimin, sube! ¡No te hagas de rogar!
—¡Quién lo dice! El hombre que me dejó... como si no importara nada.
—¡Jimin, por eso digo que eres un niño!
—¡El orgullo lo tiene cualquiera, no es cuestión de ser un niño! ¡Me dejaste solo, y ahora pretendes que suba contigo!
Jungkook suspiró, cansado, mientras aflojaba la corbata negra que acompañaba su costoso traje. Se la quitó de un tirón, abrió la puerta y salió del auto. Sin darle opción, lo tomó de la muñeca y lo empujó al asiento del copiloto.
Jimin, pese a forcejear al inicio, terminó guardando silencio. Durante todo el trayecto, no pronunció palabra.
Al llegar a la casa de Jungkook, la escena se repitió: lo tomó con firmeza y prácticamente lo arrastró al interior.
—¿Para qué me tra... —empezó a decir Jimin.
Pero sus palabras se ahogaron en un beso ardiente. Un beso desesperado, lleno de deseo, que lo dejó sin aliento y sin protestas.
—Hablas demasiado, pequeño —murmuró Jungkook, separándose apenas de sus labios.
Aturdido, Jimin apenas reaccionó cuando el mayor lo jaló hacia las escaleras, llevándolo hasta la habitación. Lo lanzó suavemente sobre la cama, y el rubio quedó mirándolo con el corazón desbocado.
—¿Qué pretendes hacer, Jungkook? —preguntó, con voz temblorosa.
—Algo que sé... que tanto tú como yo necesitamos.
El azabache se retiró el saco, desabotonó los primeros botones de su camisa y se acercó lentamente a él, con esa mirada que siempre lo desarmaba.
—No lo creo... me tengo que ir —dijo Jimin, intentando levantarse, pero JungKook lo empujó suavemente de nuevo a la cama.
—Sabes cómo hacer que te necesite con locura, ¿verdad? —murmuró el mayor, acercándose.
Lo abrazó y besó sus labios con deseo palpable, intenso y urgente.
—Te extrañé... no sabes cuánto —susurró JungKook, rozando suavemente la oreja de Jimin.
Se separó un instante para mirarlo, embelesado, mientras sus manos recorrían el torso del rubio con delicadeza, como si tocara algo muy valioso. La piel tersa y suave de Jimin lo desarmaba por completo.
Bajó lentamente sus manos hasta la cintura, rozando la tela de sus pantalones.
—No... no quiero —susurró Jimin, entrecortado.
—No mientas —sonrió JungKook—. Sé lo que quieres.
Acercó su rostro, besando con suavidad y pasión, provocando un gemido que lo hizo sonreír.
Volvió a colocar sus manos sobre la cintura de Jimin, acercándose más, con cuidado y firmeza. Su cercanía, la calidez de su cuerpo y la intensidad de sus besos hacían que el mundo entero desapareciera.
—Te extrañé... te extrañé mucho —susurró, mientras lo abrazaba con fervor, sellando cada palabra con un beso lleno de deseo y ternura.
—Agh... mmm.
Los gemidos de Jimin eran como una suave melodía para los oídos de Jungkook, quien aprovechó el momento para bajar la cremallera de su pantalón de tela negro y lo bajó junto con su bóxer solo lo necesario para sacar su polla.
—¿Tú también me extrañaste?
Comenzó a jalarlo más cerca de él, doblando las delgadas piernas hasta el plano pecho de su pequeño amante.
—Vamos, dime que me extrañaste, pequeño.
—Mu... agh... mucho.
No quería reconocerlo, pero su corazón era tan débil ante el mayor que no pudo evitar que aquellas palabras salieran de sus labios.
JungKook tomo su largo y grueso miembro con la mano derecha y comenzó a restregarlo de manera obscena en la entrada del menor.
Suspiros deseosos es lo que salía de los labios del hermoso rubio.
—Eres tan bello, Jimin.
Entre bonitas palabras introdujo entero su verga sin ninguna clase de preparación; Jimin no la necesitaba, su estrecho anillo estaba tan acostumbrado a la gran intromisión de Jungkook.
Su cuerpo estaba ansioso, extrañaba como nunca creyó hacerlo a ese pequeño ser. No supo cuándo se hizo adicto a él, al dulce aroma de su perfume, a esos lindos ojos celestes como el cielo que lo veían con amor, a esos dulces y gruesos labios, y a esa piel, esa blanca piel.
Jimin se había convertido en su perdición.
Lo embistió con rudeza mientras le veía; ver al lindo rubio estremecerse bajo su cuerpo era algo digno de ver.
Y no debería ser así, pero lo era, y al parecer siempre lo iba a ser.
—¿Tienes hambre? —preguntó Jungkook.
Después de unas tres rondas de buen sexo, se acostaron abrazándose muy cariñosos.
Fue entonces que Jungkook escuchó un sonido fuerte proveniente del estómago del menor.
—No —respondió el rubio, avergonzado, pero claro que era mentira, ya que lo único que tenía en su estómago era agua, que fue lo que tomó en la mañana para aguantar el hambre.
El mayor sonrió enternecido.
—Claro que sí, iré a preparar algo para los dos, quédate aquí sí —le dio un beso sonoro antes de salir de la habitación.
Jimin se quedó observando como un tonto enamorado por donde salió el mayor.
Parecía que el Jungkook bueno que conoció había vuelto.
Pero justo cuando creyó que las cosas mejorarían, un obstáculo que le impedía ser feliz se interpuso en su camino.
“Mi amor, no estés enojado conmigo por favor, vamos cosita, responde.”
“JungKookie, por fis amor, vamos, te espero en mi casa esta noche, vestidita con la sexy lencería roja que me compraste.”
Aquellos simples mensajes que alumbraban en el teléfono del azabache hicieron que el corazón de Jimin se encogiera.
Dirigió su temblorosa mano hacia el aparato que se encontraba en la mesita de noche.
Jimin nunca ha sido curioso; no, nunca lo ha sido. Siempre ha respetado el espacio de los demás, pero por una razón, esta vez no lo pudo evitar.
Lo tomó entre su pequeña mano, y solo bastaron segundos para ver su contenido y comenzó a compararlo con el suyo propio.
—Pequeño, ¿por qué no vas a darte un baño mientras termino la cena? —Jungkook entró a la habitación y, mientras hablaba, se dirigió a su clóset para ofrecerle una prenda limpia al menor.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tu teléfono y el mío? —preguntó el rubio de la nada.
El azabache, al no entender la pregunta, se volteó a verlo, y al ver a qué se refería se acercó frunciendo el ceño.
—Jimin, ¿qué te he dicho de agarrar mis cosas? —le quitó su celular de las manos.
El pequeño suspiró dolido y dirigió sus bonitos ojitos celestes, apagados, al mayor.
—No lo sabes... La diferencia es que uno muestra lo mucho que el dueño ama a una persona, y el otro solo lo utiliza como segunda opción.
—Jimin.
—La diferencia es que uno muestra lo mucho que aquella persona le importa, y al otro simplemente no le importas nada.
—Jimin.
—La diferencia es que uno tiene millones de mensajes en borrador con palabras de perdón y de cuánto te necesitaba, y el otro solo tiene millones de mensajes a otra persona de “nos encontramos esta noche en tu casa”.
—Jimin, para, por favor.
—La diferencia de cuánto su dueño pasó horas sin dormir esperando una sola llamada, mientras el otro tiene millones de registros de llamadas a otra persona.
—No digas nada más, Jimin.
—Está bien —dijo el rubio mientras se levantaba de la cama ajena con el corazón en su garganta y su mirada perdida, pero aún mantenía su aura tranquila.
—¿Dónde vas? ¿Ya es tarde? —soltó el mayor.
—Eso creo que no te importa —sonrió con amargura.
—Jimin, no te portes como un niño.
El menor detuvo su acción de recoger su ropa.
—Creo que eso se ha convertido en tu buena excusa.
—¿Excusa?
—Sí. Siempre la usas, siempre me haces sentir culpable y pensar que en verdad soy yo el del problema; pones mi edad en mi contra, me haces pensar que soy muy inmaduro, que en verdad no te merezco —su voz se escuchaba tan pacífica que estaba alarmando a Jeon.
—Jimin.
—Creo que ya utilizaste a este niño lo suficiente, ya apagaste tu amargura por la pelea con tu novia; ya es hora de irme.
Se puso con agilidad su bóxer, Capri y zapatos.
—Jimin, hablemos.
—No lo creo, soy muy niño aún —volvió a sonreír con amargura—. Eso lo dices siempre; nada de lo que digas podré entender. Un niño como yo no sabe nada de esta vida.
Su mirada celeste penetrante parecía verle hasta el alma; la situación era tan inquietante para el mayor.
—Ah, pero eso sí —volvió a hablar tranquilo y destrozado a la vez—: lo que este “muy niño” sí entiende es que, si ser adulto es hacer sufrir mucho a alguien de los que están a su alrededor, prefiero ser un niño por siempre.
—Jimin, espera —pudo soltar palabra al ver al pequeño rayito de sol alejarse.
El pequeño rubio volvió a detenerse.
—Por cierto, señor Jeon, el celular que me quitó no era el suyo; fue el que me compró. Fue un error que los comprara iguales... Tome, aquí está el que le pertenece —lo dejó en la cama—. Puede quedarse el que me regaló; al parecer ya no lo voy a necesitar. Nadie me llama, después de todo —se encogió de hombros—, y el único número que tenía registrado tampoco lo hace, así que se lo regreso. Buena suerte con su reconciliación.
Y, sin más palabras que agregar, salió del lugar. No necesitaba gestionar algo más; lo poco que dijo fue suficiente para dejar todo claro.
“Un niño como yo no merece ser amado.”
🍃 2 años después 🍃
El día estaba precioso, con un sol resplandeciente que se filtraba entre las blancas nubes; iluminaba hasta el rincón más escondido de la ciudad, pero aún no alcanzaba a quemar la piel. La luz dorada se reflejaba en los charcos que quedaban del aguacero nocturno, haciendo que el agua brillara como pequeños espejos dispersos por las calles.
Después de la torrencial lluvia que había caído durante toda la noche, las hojas, golpeadas y estropeadas por las gruesas gotas, caían de los árboles de manera aleatoria e imperfecta, girando en el aire antes de posarse sobre el suelo húmedo. El aroma a tierra mojada impregnaba el aire, mezclándose con el perfume de las flores que sobrevivían al aguacero.
El panorama era casi mágico. Era un día brillante y perfecto para quienes se aventuraban a transitar por las estrechas y escuálidas calles de la ciudad. Se podía escuchar el goteo constante de los últimos restos de lluvia desde los tejados y los techos improvisados, el canto de algún ave que se había animado a salir, y el crujir de las hojas bajo los pies de los transeúntes.
Había charcos de agua por todos lados, que parecían cobrar vida solo con los pasos de un niño, quien reía mientras saltaban de uno a otro, salpicando gotas que brillaban bajo la luz del sol como diminutas joyas líquidas. Cada salto era una explosión de alegría que parecía desafiar la calma de la ciudad tras la tormenta, convirtiendo aquel día en un instante lleno de vitalidad y belleza sencilla.
—Buenos días, señora Choi —saludó un Jimin alegre.
—Hola, hijo. ¿Cómo te va?
—Muy bien; ahorita me dirijo hacia mi trabajo, solo pasaba a saludarla.
—¡Oh!... Qué buen niño eres —le regaló una cálida sonrisa—. Que te vaya muy bien entonces.
—Gracias, tenga un lindo día.
—Igualmente.
Jimin giró sobre sus talones, dando por continuada su animada caminata.
Aunque esta fue interrumpida al instante al dar el tercer paso.
—¡Jimin, espera, hijo! —el joven se detuvo al ser llamado de repente por la mayor.
—¿Pasa algo?
—Nada, espera un momento.
Observó cómo la señora Choi ingresó a su hogar, y después de unos segundos, no tan largos, hizo aparición de nuevo.
—Ten —le entregó una sombrilla roja.
—No, mi señora, no lo necesito —se negaba a tomarla; era muy vergonzoso.
—Claro que lo necesitas. No porque el día esté soleado significa que no vaya a haber otra lluvia como la de anoche, así que ten —se la puso en las manos—. Hazle caso a esta anciana que ha vivido mucho más que tú y que nunca habla por gusto.
—Está bien, muchas gracias —le sonrió mientras hacía una reverencia de noventa grados.
—Ve con cuidado.
—Sí.
Fue jugando con la sombrilla durante todo el camino, mientras miraba una que otra cosa que le llamaba la atención, hasta llegar al lugar destinado.
—Buenos días, jefe.
—Buenos días, Jimin... Ve a cambiarte rápido; en 30 minutos abrimos la cafetería.
Jimin asintió, fue a guardar sus cosas en el cuarto de limpieza y se puso su delantal, sacó la escoba y todos los útiles de aseo que necesitaba, y se unió a sus otros dos compañeros de trabajo en la limpieza.
El tiempo transcurrió amenamente; la cafetería hacía unas dos horas que había abierto.
Recibía a los clientes siempre con una agradable sonrisa; era lo primordial si quería dar una buena imagen. La cafetería en la cual trabajaba le iba muy bien; había tiempos en que se llenaba por montón, y otros en que se llenaba lo considerable para tener buenos ingresos del día.
Había empezado a trabajar allí hacía un año y medio. No sabía si había sido por lástima o no, pero el dueño había sido muy bueno al aceptarlo, a pesar de que solo tenía 18 años y carecía de experiencia.
Por primera vez sintió que aquella lástima, que no todos los seres humanos llegamos a sentir, existían buenas personas que la sienten, y en verdad tienen la voluntad de ayudar.
A pesar de no estar asegurado en el trabajo, le era suficiente tener un empleo; el sueldo que le pagaban le ayudaba con sus gastos, aunque lo recibía solo en quincenas y fin de mes. Las propinas que le daban los clientes le ayudaban con su alimentación diaria.
Le iba bien, no se quejaba, bueno.
Aunque no todo le era color de rosa.
Su madre le quitaba dinero cada que podía, causándole pena.
Pero aun así no era motivo para quejarse; era su madre después de todo, tenía que ayudarla aunque no se lo mereciera.
Justo ese día era de esos en que la cafetería se llenaba por montón; aunque era estresante, siempre recibía buena propina por ser muy amable y eficiente en el trabajo.
—Joven, ¿me puede decir por qué no puedo sentarme en la mesa que está cerca de la ventana? El osado camarero que me atendió me dijo que no podía.
—Ahí lo dice, señorita, está reservado.
—Pero no veo que haya llegado nadie —regañó—. Yo quiero ese lugar o me regresan mi dinero.
Bueno, no todos los clientes eran santas palomas.
—Pero señorita, entienda. Me parece que estoy hablando con alguien inteligente y razonable.
—¡Qué estás tratando de decirme, insolente! —alzó la voz—. Este lugar nadie sabe respetar ni tratar a los clientes.
—Nada para molestarla, señorita, pero entienda: si usted hubiese sido la que lo reservara, ¿no se molestaría si llega al lugar al cual pagó por adelantado solo para sentarse y se encuentra a otra persona y tiene que esperar? ¿No le parece irrespetuoso?
La mujer, que lucía como de unos 50 años y a quien solo le decía “señorita” por educación y no para ofenderla, parecía pensarlo.
—Supongo que me molestaría mucho —revoloteó los ojos—. ¡Está bien! —dijo resignada—. Sírveme mi café latte con hielo y waffles; me voy a sentar en la mesa de la esquina.
—Entendido —suspiró aliviado.
—Esa señora en verdad estaba molesta; es increíble cómo pudiste convencerla, luce como una mujer de mente muy cerrada —habló su compañero de trabajo.
—Sí, sírvele su café latte con hielo y waffles, pero no le pongas crema batida ni Nutella; llévale las dos cosas en recipientes separados para que elija. Ahora vuelvo, voy al baño.
Su compañero asintió.
Después de hacer sus necesidades, regresó con sus manos bien limpias y desinfectadas, se puso nuevos guantes y se acercó a proceder a limpiar mesas ya desocupadas.
Observó desde lejos cómo la mesa por la cual tuvo casi una discusión ya estaba llena, por las personas que la reservaron. Desde la distancia podía ver que se encontraba teniendo, al parecer, una reunión; eran tres hombres y una bella dama.
Puso las charolas una sobre otra y acomodó los vasos de cinco mesas en una sola. Parecía una montaña que se iba a desbordar en cualquier momento, pero ya tenía mucha práctica y podía llevarlas sin ningún tipo de problema.
Limpió todas las mesas y procedió a llevar todos los trastes sucios para que los lavara el encargado en esa área.
—Disculpe, joven —la bella dama de la mesa reservada lo llamó cuando pasó cerca de ellos.
—Sí, dígame, señorita.
—¿Escucharon eso, señores? —la mujer sonrió muy agradable—. Me dijo “señorita”.
—Señorita... ja, pero si ya eres una mujer casada de 35 años y con tres hijos —bromeó uno de sus acompañantes.
—Tú cállate —le fulminó con la mirada—. Eres muy lindo, joven.
—Gracias, ¿desea algo?
—Sí, ¿podrías traernos café y unos waffles con crema batida y cerezas?
—Entendido, ya les hago enviar su pedido.
—No, querido, ven tú; eres muy agradable, pequeño.
Jimin asintió y, en menos de tres minutos, regresó con dos bandejas para atenderlos.
—Aquí están sus pedidos.
—Gracias.
Puso los platos tendidos en cada sitio junto a los cubiertos, y la bandeja con los waffles en el centro de la mesa. Puso una pequeña sopera llena de crema batida cerca de cada plato, para al final comenzar a llenar las tazas de café, que al parecer fue lo único que pidieron apenas llegaron.
—Y aquí están las cerezas —sonrió amablemente sin mirarlos, ya que algunos clientes lo hallaban como falta de respeto—. Buen provecho.
Sonrió complacido; su tarea estaba completa.
—Espera, pequeño —aquella voz—. ¿Podrías traerme miel?
“Pequeño”
Sintió cómo su cuerpo comenzó a flaquear con aquella voz.
No podía ser.
Volteó a verlo lentamente para comprobar, y sí.
Definitivamente era él.
Sus ojitos celestes comenzaron a brillar al verle sonreír mientras lo observaba.
—S... sí, en un momento regreso —no supo cómo pudo articular palabra debido a la impresión, pero lo hizo, respondió.
Dos años, dos largos años sin verle; no creyó que lo volvería a ver después de lo que ocurrió aquella noche.
Estaba asustado.
Jungkook le hacía sentir asustado.
No creía que aquella dependencia hacia él estuviera presente; tuvo la necesidad de lanzarse a sus brazos.
A nadie podía engañar: lo extrañaba mucho.
Lo extrañaba como nadie tiene idea.
Sabía que JungKook no lo amaba, pues nunca se lo había dicho, pero eso no importaba; él aún lo hacía, a pesar de haber intentado olvidarlo en más de una ocasión. Se alejó, sí, pero su corazón siempre permaneció aferrado.
Llegó con la taza de miel en la mano y se la entregó con mucho respeto para luego retirarse. No cruzaron mirada; no creía tener el valor de hacerlo.
Las horas volvieron a transcurrir. Jungkook se había retirado hace una hora con sus compañeros de trabajo, aquellos que fueron muy amables y le dejaron muy buena propina cada uno bajo los platos, aquella que, al contar, era casi el sueldo básico de un mes, aunque cabe recalcar que todos, menos Jungkook.
Y era lo mejor; nunca le gustó recibir nada de él, muy aparte del celular que aceptó solo porque le gustaba cuando él lo llamaba o escribía, ya que, al no tener uno, se le complicaba mucho las cosas.
Pero de ahí, nunca le gustó recibir nada de parte de él, ya que si estaba con el mayor era por amor, no por interés.
Una hora después se encontró ya cerrando el local y despidiéndose de su jefe y compañeros.La lluvia se hizo presente unos diez minutos antes de su salida; justo entonces se acordó de la señora Choi y sonrió al ver que aquella grandiosa mujer tenía razón.
Abrió la linda sombrilla roja y procedió a caminar. Aquel día le pareció muy extraño, pero a la vez satisfactorio.
Le fue muy bien.
Se detuvo al llegar a un paso peatonal y esperó a que el semáforo cambiara al verde; se dirigía a una pequeña tienda a comprar comida necesaria para el comienzo de semana.
Jugaba con un pequeño charco de agua bajo sus pies mientras esperaba, sonriendo feliz por los graciosos sonidos.
Aunque aquella sonrisa desapareció al sentir un fuerte abrazo por la espalda.
Quiso voltear y apartar a aquel atrevido, pervertido... pero no pudo.
—Mi pequeño.
Se quedó en silencio y solo supo soltar la sombrilla por la impresión.
—Mi Jimin... Te extrañé, te extrañé demasiado.
Era como si el mundo se hubiese detenido: las personas alrededor, los carros, los edificios, los árboles... todo, prácticamente todo, había desaparecido.
Solo estaban ellos dos.
—Perdóname, perdóname por herirte, perdóname por ser tan idiota, perdóname por no valorarte. Yo te juro que no tenía nada serio con ella en ese entonces; yo no la amo, no desmiento todo lo que viste, pero... yo traté de olvidarte y alejarme de ti, no estaba bien, Jimin. Tú solo tenias 17 años, no veía un futuro contigo, pero no sabes cuán equivocado estaba. Pensé que te había perdido —besó su cuello—. No fue hasta hace unos tres meses que te vi... desapareciste y tuve mucho miedo.
—M... me viste.
—Sí, te vi. Fue accidental; vi cómo cruzabas después de comprar algo, y no sabes cuánto me moría en ese instante por lanzarme hacia ti, pero tenía miedo de que te alejaras... Me hiciste mucha falta —confesó.
—Y... yo no sé.
—Te amo.
Solo aquella palabra fue suficiente para que los hermosos ojitos celestes de Jimin se nublaran por las lágrimas.
—M... me a... amas.
—Sí —lo volteó—. Y fui muy tonto en esperar a perderte para decirlo.
—Y... yo ta... también te amo.
Sabía que era un idiota. ¿Qué clase de persona perdona, así como así, a alguien que lo había herido tanto? Pero le era inevitable: lo amaba, y demasiado. No podía hacer nada contra sus sentimientos, contra esa necesidad que le nublaba el corazón.
Alzó sus temblorosas manos hacia el rostro de su amado; le resultaba casi imposible creer que ahora podía tocarlo con tanta facilidad. Había crecido unos cuantos centímetros.
JungKook acunó la pequeña mano izquierda contra su rostro.
—Eres tan bello —le dijo mirándolo a los ojos—. Debo confesarte que no has cambiado en nada: tus hermosos ojos, tu cabello rubio, tus labios, tu piel suave y radiante... todo sigue en su sitio, mi pequeño amor.
Aquellos ojos celestes lo contemplaban con el mismo amor y la misma admiración de siempre.
—To... todavía te parezco muy niño.
La sombrilla roja salió volando, arrastrada por una leve brisa.
—Por la manera tonta en que te traté... y te perdí. El único niño siempre fui yo..
🥀Fin🍃