Dak Seoul
El aire helado de la noche fue lo primero que sintió Saye cuando las puertas automáticas del edificio se abrieron delante de ella. Ese tipo de frío seco que se colaba por el cuello de la chaqueta y se asentaba en los huesos como un recordatorio de que el día había sido largo y que lo poco que le quedaba de energía solo alcanzaba para llegar a casa, cenar y caer rendida en la cama.
Mirae salió a su lado, frotándose las manos por encima del jersey, mientras Siuk, Hyeon y Taeyang caminaban detrás, arrastrando los pies en un gesto casi sincronizado de agotamiento.
Eran casi las nueve, la hora en que la ciudad parecía reacomodarse en un silencio extraño, justo antes de que empezaran a aparecer las luces cálidas en las ventanas, los estudiantes que aún tenían fuerzas para salir, y los repartidores de comida.
Siuk ya tenía el paquete de tabaco en la mano, incluso antes de bajar el último escalón.
—Necesito un cigarro, o voy a morir después de esa clase interminable... ¿no sabe aún cuando callarse el viejo, o qué? — dijo, mientras sacaba uno del paquete y se lo ponía en los labios.
—No, no lo sabe, cree que su asignatura es lo más interesante del mundo, y dame uno que no me he acordado de comprar —respondió Saye, alargando la mano sin ninguna vergüenza.
Siuk le pasó la cajetilla sin apenas mirarla, concentrado en encender su cigarro. Mirae resopló, recogiendo un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Os vais a morir jóvenes.
—Pues mejor, así no entregamos el trabajo de la semana que viene —respondió Saye, mientras Siuk le encendía el cigarro con un movimiento rápido.
Taeyang soltó una risa baja, casi escondida en el humo que escapaba de sus labios. Hyeon, como siempre, se limitaba a observarlos, riéndose. Se colocaron en el mismo sitio de siempre: en un rincón junto a la puerta automática, donde había una papelera, un banco metálico y una farola que, desde que Saye llegó, jamás había funcionado con normalidad. Era una especie de ritual postclase, esa pausa compartida en la que ninguna forzaba la conversación, simplemente estaban ahí después de un agotador día de clase.
Saye inhaló profundamente, dejando que el humo le llenara los pulmones. Había llegado a ese país hacía apenas dos meses, gracias a una beca que todavía no entendía muy bien como había ganado. Sus padres habían llorado cuando se despidió, sus hermanos le habían hecho prometer video llamadas semanales – es lo malo de ser la única chica en una casa de 8 hermanos – y su casa, su barrio, su vida entera, había quedado atrás en un suspiro.
A veces, todavía se sorprendía con la idea de que estaba allí, viviendo sola, caminando por calles que no reconocía pero que poco a poco se estaban volviendo familiares. Era extraño, después de haber vivido toda la vida en el mismo sitio, en la misma casa, siempre llena de ruido y de gente. A veces, era emocionante, otras, demasiado real.
—¿Qué vas a cenar hoy? —preguntó Mirae, echando el vaho del frío—. Espera, no me lo digas ”Voy a pedir”—rio, imitando su voz, pero saliendo algo demasiado extraño e infantil.
—Definitivamente, yo no sueno así —respondió Sirae, con los ojos demasiado abiertos por la impresión—. Y desde luego que voy a pedir, no pienso cocinar ni una sopa.
Siuk soltó una carcajada, que se vio interrumpida por una tos por el humo del cigarro que acababa de inhalar.
—Tú nunca cocinas —dijo aún recuperando el aliento.
—Porque tengo amor propio y quiero que mi sentido del gusto siga intacto, además, me muero de hambre, no se si llegaré a casa sin desmayarme —contestó ella, encogiéndose de hombros mientras sacudía un poco la ceniza del cigarro.
Taeyang se inclinó hacia delante para proteger la llama del mechero con la mano y encender el cigarro que tenía entre sus labios.
—Pide en“Dak Seoul”—dijo, expulsando el humo—. Está bastante bien, Mina y yo pedimos el otro día y no tardaron casi nada.
—¿Y está bueno? —preguntó Saye, interesada.
—Muchísimo —respondió Taeyang—. Es comida casera, como si cocinara tu madre.
—Dudo mucho que mi madre supiera cocinar ningún plato de este sitio —rio ella—. Pero no tengo paciencia para esperar una hora a que lleguen, así que lo intentaré.
Siguieron fumando tranquilos, hablando del profesor Lee, de como hace que su asignatura sea la más horrible de todas con ese tono monótono al hablar, de la práctica que tenían que entregar y que ninguno había empezado, o del rumor de que abrirían una cafetería nueva cerca del edificio de administración que seguramente sería demasiado cara.
Cuando terminaron, caminaron hacia la salida del campus en un silencio cómodo. Saye siempre se sorprendía un poco de los rápido que habían encajado todos desde los primeros días. Cada uno tan distinto, y sin embargo allí estaban, compartiendo tabaco, quejas y pequeños rituales que daban sentido al final de cada jornada.
Cuando llegaron al cruce donde solían separarse, Taeyang levantó la mano en un gesto perezoso.
—Nos vemos mañana capullos.
—Y llegad a la hora, por favor, tenemos con el profesor Choi —dijo Mirae, medio en broma, medio en amenaza.
—Eso va por ti Saye —añadió Siuk, señalándola con el cigarro.
Ella rodó los ojos.
—Solo he llegado tarde una vez, y ya he quedado marcada de por vida, qué asco de grupo de capullos.
Mirae le dio un abrazo rápido, con ese cariño fácil que tenía.
—Vete a casa, dúchate, cena y acuéstate.
—Sí mama —respondió ella—. Ese es el plan.
Se despidieron, y cada uno tomó su camino. Saye metió las manos en los bolsillos buscando el móvil y sacándolo. Se metió en la app de comida mientras caminaba por la acera. Buscó ”Dak Seoul”y después de estudiar el menú, confirmó el pedido sin pensarlo demasiado.
Tiempo estimado: treinta minutos.
—De lujo —murmuró.
No pensaba en nada profundo mientras avanzaba, solo en la ducha caliente, en la comida, y en el alivio de quitarse esas zapatillas que llevaban todo el día apretándole un dedo. Las farolas proyectaban sombras largas a lo largo de la calle, y el sonido de algún coche lejano rompía la quietud del ambiente.
Cuando llegó al edificio donde vivía, el viento frío le erizó la piel justo antes de llegar a su puerta. Subió los escalones despacio, sacó las llaves y abrió la puerta del apartamento empujándola con el hombro. Dejó caer la mochila en la entrada, y colgó el abrigo en el perchero, empezando a quitarse los brazos de la rebeca marrón que llevaba mientras caminaba hacia el salón.
No había llegado ni a quitarse la primera mitad de la manga cuando sonó el timbre. Saye se detuvo, sorprendida.
—Coño, que rápido...
Aún sujetando la rebeca a medias, se acercó a la puerta y la abrió sin pensarlo demasiado.
Y ahí estaba él.
Lo primero que vio fue el contraste entre el pasillo oscuro y la figura del chico iluminada por la luz cálida del apartamento. Moreno, delgado, con el pelo ligeramente húmedo como si hubiera llovido o por el sudor del casco de la moto. Los ojos negros, profundos, afilados, de esos que parecen verlo todo sin decir nada. Había algo en su mirada que parecía examinarlo todo y ocultarlo al mismo tiempo.
El rostro era serio, impasible. Ni una sonrisa, ni un gesto que indicara que tenía prisa, o cansancio, nada. Solo una neutralidad tan perfecta que resultaba llamativa.
Y luego, claro, estaban los tatuajes.
Uno asomaba por el cuello, oscuro y definido. Otros se extendía por los dedos y la parte superior de la mano con la que sostenía la bolsa de comida. No eran pequeños, ni discretos. Eran ostentosos, como si lo poco que se pudiera ver de ellos estuvieran contando una historia que él no tenía intención de compartir. Se parecían demasiado a los tatuajes de su hermano Cam.
Saye se quedó quieta un segundo, procesando todo. No porque estuviera impresionada de una manera exagerada, o porque no le gustaran los tatuajes... sino porque no esperaba que el repartidor fuera tan guapo.
Él mantenía una postura recta, profesional.
—Pedido para... ¿Sayieniel? —preguntó, leyendo la pantalla de su móvil, con tono bajo, calmado.
—Sayenel... pero sí, soy yo —respondió ella, con una sonrisa, intentando sonar natural mientras recogía la chaqueta que aún le colgaba del brazo.
Él le tendió la bolsa con la mano tatuada. Sus movimientos eran precisos, eficientes, profesionales. Saye la recibió con ambas manos. La bolsa estaba caliente, desprendiendo un tenue aroma a pollo y especias que le recordó que llevaba sin comer horas.
—Gracias —dijo.
—Que tengas buena noche —respondió él.
No le sonrió, ni inclinó la cabeza, ni intentó parecer amable como hacían los demás repartidores. Su rostro permaneció serio, pero no de forma desagradable, más bien como si esa seriedad fuera su estado natural.
Saye se sorprendió quedándose un segundo más ahí parada, mirándolo. Algo en él había capturado su atención.
—Igualmente —consiguió decir al final.
Él asintió, un gesto mínimo, y se dio la vuelta para bajar las escaleras. La chaqueta negra que llevaba se movió ligeramente con su paso, y el sonido de sus botas resonó unos segundos antes de desaparecer por completo.
Saye cerró la puerta despacio, sosteniendo la bolsa con una mano y la chaqueta con la otra.
—Madre mía... —murmuró—. Joder, que bueno está... bueno, a comer.
Dejó la chaqueta en la silla y apoyó la comida sobre la mesa mientras se recogía el pelo con un gesto rápido. No siguió pensando en él, no quería obsesionarse ni montarse escenarios ficticios con el como le pasaba cuando veía un nuevo idol, pero si se reconoció que no esperaba un repartidor así.
Y, desde luego, no esperaba que ese rostro surgiera en su mente media hora después, cuando se metió en la cama a dormir.
Bueno...empezamos fuerte, ¿no? 😭🔥
Yo solo quería escribir un capi tranquilito de presentación y de repente aparece él... EL repartidor, el serio, el tatuado, el que ni sonríe y aun así te deja sin aire.
Sí, amigxs: Yoongi repartidor ya es canon en este universo y yo no estoy bien 😭🖤
Este es solo el primer capítulo y ya estoy obsesionada con lo que se viene. Estoy enamorada, confundida, nerviosa y gritando interiormente porque sé lo que pasa más adelante y... ay. Ay.
Se viene MI YOONGI repartidor en su mejor versión: serio, imposible, misterioso y tan guapo que Saye no va a sobrevivir (y yo tampoco). 🤡🖤
Nos vemos en el capítulo 2 💋✨