Capítulo 1
El aire en el Seireitei siempre olía a ozono antes de que él llegara, incluso si el cielo estaba despejado.
Jezan Raikou, el actual Capitán de la Séptima División, estaba sentado en el borde del tejado de su cuartel general. Sus piernas colgaban hacia el vacío, balanceándose con una despreocupación que aterrorizaba a sus subordinados. No llevaba el shihakusho estándar de manera ordenada; su uniforme estaba abierto en el pecho, revelando una cicatriz irregular que brillaba tenuemente con electricidad estática azulada, y su haori de capitán ondeaba violentamente aunque no había viento.
—Capitán, va a llover —dijo una voz suave detrás de él.
Jezan no se giró. Conocía esa voz mejor que el sonido de su propio corazón. —No es lluvia, Isane. Es mi Reiatsu. Estoy aburrido.
Isane Kotetsu, la Capitana de la Cuarta División y la mujer más alta y amable de todo el Gotei 13, suspiró. Caminó con pasos silencios hasta quedar a su lado. A diferencia de la presencia tormentosa y crepitante de Jezan, la de Isane era como un bálsamo, una calma fresca.
—Si estás aburrido, podrías rellenar los informes de presupuesto que el Teniente Iba te dejó hace tres días —sugirió ella, ajustándose la banda de su brazo.
Jezan soltó una carcajada que sonó como un trueno distante. Se puso de pie de un salto, aterrizando en las tejas con un crack eléctrico. —El papel se quema cuando lo toco demasiado tiempo, Isane. Ya lo sabes. Mi Narukami está inquieto hoy. Siento... que algo se ha roto en alguna parte.
Él llevó su mano al mango de su Zanpakutō. Era una nodachi inmensa, más larga que un hombre promedio, con un mango envuelto en tela azul marino. No era una espada para la diplomacia; era una herramienta de guerra.
—¿Algo roto? —preguntó Isane, preocupada, acercándose un paso. Su mano rozó tímidamente el codo de él. Al contacto, una chispa saltó, pero no la quemó; la energía de Jezan siempre reconocía a Isane y se volvía inofensiva, casi cariñosa, lamiendo su piel como un gato ronroneando.
—Sí. Una vibración —Jezan miró hacia el cielo, sus ojos, que usualmente eran de un marrón cálido, ahora brillaban con un tono eléctrico—. Como si alguien hubiera gritado mi nombre desde el otro lado del mundo.
—Quizás es el estrés —Isane entrelazó sus dedos con los de él, un gesto prohibido en público, pero en la soledad de ese tejado, era su refugio—. La reconstrucción después de la guerra ha sido dura.
Jezan apretó su mano, sintiendo la calidez humana que lo anclaba a la cordura. A veces, el poder del rayo amenazaba con convertirlo en pura energía, en algo inhumano, pero Isane era su toma de tierra. —Quizás tengas razón. O quizás... —Jezan sonrió, una sonrisa lobuna y desafiante—. Quizás alguien allá afuera está pidiendo una tormenta. Y yo soy el único que puede dársela.
De repente, una Mariposa del Infierno negra apareció frente a ellos. Se posó en la nariz de Jezan antes de disolverse en un mensaje de voz urgente. Era la voz del Comandante General Shunsui Kyoraku.
“Capitanes. Reunión de emergencia. Se ha detectado una distorsión masiva en la frontera del Dangai. No es un Hollow. No es un Quincy. Es... algo nuevo.”
Jezan miró a Isane. La preocupación en los ojos de ella era evidente. —Te lo dije —susurró él, soltando su mano con reticencia y ajustándose el Haori—. La tormenta ha llegado.
Mientras tanto, en un lugar donde el sol nunca se pone y la luna siempre está en fase creciente, el silencio era la única ley.
Hueco Mundo. El desierto de cuarzo blanco se extendía hasta el infinito, un océano de soledad.
En las ruinas de lo que alguna vez fue el palacio de Las Noches, Arfiel Vargas caminaba. Cada paso suyo hundía la arena compactada, creando cráteres del tamaño de platos. No era un Arrancar cualquiera. Su mera presencia distorsionaba el aire a su alrededor debido a la densidad de su Hierro.
Arfiel no tenía una apariencia refinada como los antiguos Espada. Era una montaña de músculo comprimido. Su piel era morena, curtida por siglos de tormentas de arena, y su cabello negro caía salvaje sobre sus hombros. Los restos de su máscara Hollow formaban una mandíbula inferior de hueso y un collarín que bajaba por su columna, dándole el aspecto de una bestia atrapada en forma humana.
—Eres demasiado ruidoso cuando piensas, Arfiel —dijo una voz regia.
Sentada en un trono de piedra improvisado, Tier Harribel, la Reina de Hueco Mundo, lo observaba. Su mirada aguamarina era indescifrable, pero Arfiel, en su simplicidad brutal, sabía leerla.
—No estoy pensando —gruñó Arfiel. Su voz sonaba como dos piedras de molino triturándose—. Estoy esperando.
—¿Esperando qué? —Harribel se levantó. Su figura era imponente, pero al lado de Arfiel, parecía pequeña. Ella caminó hacia él, su espada Tiburón envainada a su espalda.
—Siento hambre —dijo Arfiel, tocándose el agujero de Hollow que tenía justo en el centro del pecho, donde debería estar el corazón. No era hambre de almas. Arfiel había dejado de devorar a otros hace mucho tiempo. Era un hambre existencial—. Siento que me falta un brazo. O un ojo.
Harribel se detuvo frente a él. Pocos en Hueco Mundo se atrevían a entrar en el rango de alcance de Arfiel Vargas. Él era la fuerza bruta encarnada; el Espada Tres, conocido como “El Coloso”. Su Cero no era un rayo láser; era una explosión omnidireccional que borraba mapas.
Ella levantó la mano y tocó la armadura de hueso en su pecho. —Somos criaturas del vacío, Arfiel. Siempre nos falta algo. Por eso nos agrupamos.
Arfiel la miró. En su mente fragmentada, llena de instintos de depredador, Harribel era la única constante. Ella no le temía. Ella no intentaba manipularlo. —No es eso —Arfiel cerró los ojos, concentrándose. Podía sentir las vibraciones en la arena—. Hay dos... luces. Lejos. Muy lejos. Una quema como el fuego frío. La otra corta como un bisturí.
—¿Intrusos? —La voz de Harribel se afiló.
—No —Arfiel abrió los ojos, y sus pupilas, rasgadas como las de un reptil, se dilataron—. Hermanos.
Antes de que Harribel pudiera preguntar más, el cielo falso de Las Noches se rasgó. No fue una Garganta normal. El cielo se rompió como cristal barato, y una columna de luz azul cayó en el horizonte, a kilómetros de distancia.
Arfiel sonrió. Era una sonrisa aterradora que mostraba dientes demasiado afilados. —Ahí está.
Sin decir una palabra, flexionó las piernas. El suelo bajo él explotó, enviando una nube de polvo de kilómetros de altura. Arfiel salió disparado hacia el horizonte con la fuerza de un misil balístico, rompiendo la barrera del sonido instantáneamente.
Harribel se cubrió la cara ante la onda expansiva. Suspiró, pero había una pequeña sonrisa en sus labios. —Ve, bestia tonta. Y tráelos si son dignos.
Lejos de la calidez de la Sociedad de Almas y del salvajismo de Hueco Mundo, existía una dimensión de hielo y sombras. El nuevo Wandenreich, oculto en los pliegues de las sombras del mundo humano.
Yrem Vasser ajustó sus gafas con el dedo medio. Estaba sentado en una silla de respaldo alto, en una habitación inmaculadamente blanca y estéril. Frente a él, docenas de pantallas de monitoreo flotaban en el aire, formadas por Reishi condensado.
Yrem era la imagen de la perfección Quincy. Su uniforme blanco estaba planchado con una precisión militar, sin una sola arruga. Su cabello rubio ceniza estaba peinado hacia atrás, y sus ojos, de un gris gélido, escaneaban los datos a una velocidad que ningún humano podría seguir.
—Aburrido. Aburrido. Ineficiente. —murmuraba, deslizando datos de una pantalla a otra—. La tasa de recolección de Reishi ha bajado un 0.4% en el sector norte. Inaceptable.
—¡Deja de quejarte, cuatro ojos! —gritó una voz estridente.
La puerta de la habitación se abrió de una patada. Candice Catnipp, la Sternritter “T” (The Thunderbolt), entró marchando. Llevaba su uniforme habitual, revelador y agresivo, y su cabello verde eléctrico estaba erizado, probablemente porque acababa de freír a algún subordinado por incompetencia.
Yrem no levantó la vista de sus pantallas. —Candice, te he dicho mil veces que la puerta tiene un sensor. No necesitas patearla. La reparación se descontará de tu paga.
Candice gruñó y se dejó caer en el sofá detrás de Yrem, subiendo las botas sobre la inmaculada mesa de cristal. —Eres un aguafiestas, Yrem. ¿No te cansas de ser el “Ojo” del imperio? Todo el día mirando pantallas, calculando variables... Deberíamos estar afuera, cazando Shinigamis.
Yrem detuvo sus dedos. Giró su silla lentamente. Su Schrift, “S” - The Sight (La Vista), le permitía ver más allá de lo físico. Podía ver el flujo sanguíneo de Candice, acelerado por la irritación. Podía ver las micro-fracturas en las paredes del edificio. Podía ver la “verdad” de las cosas.
—La caza sin estrategia es solo carnicería, Candice. Y aunque sé que disfrutas de la carnicería, nuestro objetivo es la supervivencia de la raza —dijo Yrem con voz monótona, aunque sus ojos se suavizaron ligeramente al mirarla. Era la única persona en este imperio congelado que le hacía sentir... temperatura.
—Bla, bla, bla. Eres tan aburrido que me excitas —Candice se rió, lanzándole un rayo pequeño de su dedo.
Yrem ni se movió. El rayo se desvió milímetros antes de tocar su cara, golpeando la pared detrás de él. —Mi Blut Vene está activo, Candice. No desperdicies energía.
De repente, una alarma silenciosa parpadeó en rojo en la pantalla principal de Yrem. Sus ojos se entrecerraron. Los datos fluían como una cascada. —Imposible —susurró.
Candice se incorporó, notando el cambio en su tono. —¿Qué pasa? ¿Ataque enemigo?
—No... —Yrem se levantó, caminando hacia la pantalla. Sus dedos trazaron una línea en el gráfico—. He detectado dos firmas de energía. Una en la Sociedad de Almas. Otra en Hueco Mundo.
—¿Y qué? Siempre hay energía allí.
—No esta energía —Yrem se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Un recuerdo, borroso y doloroso, golpeó su mente. Un recuerdo de antes de ser un Sternritter. De antes de morir. Recordaba risas. Recordaba el olor a comida barata. Y recordaba dos nombres que no deberían significar nada para él.
“Jez... Arf...”
—Estas firmas de energía... tienen la misma longitud de onda que mi propia alma —dijo Yrem, volviéndose hacia Candice. Su habitual frialdad se había roto, revelando una confusión aterradora—. Es estadísticamente imposible. A menos que...
—A menos que qué, genio.
—A menos que el destino sea una variable que olvidé calcular.
Yrem tomó sus pistolas gemelas de la mesa, enfundándolas con un movimiento fluido. —Prepara a las tropas, Candice. Vamos a salir.
—¿A dónde? —preguntó ella, sonriendo con emoción al ver a su pareja tomar acción.
—Al punto de convergencia —Yrem se ajustó los guantes—. Voy a comprobar si mis cálculos están equivocados. Y si lo están... voy a dispararle a quien sea responsable.
El Encuentro de los Mundos
El Valle de los Aullidos es una dimensión de bolsillo inestable, un lugar donde los desechos de los tres mundos se acumulan. Fue allí donde la anomalía los arrastró.
Jezan Raikou llegó primero. Cayó del cielo como un rayo, aterrizando en un pilar de roca flotante. Su haori estaba quemado por la fricción de la entrada atmosférica. Desenvainó a Narukami. La hoja azul vibraba, sedienta. —Salgan —ordenó Jezan a la oscuridad.
El aire se distorsionó a su derecha. Una sombra se formó, precisa y geométrica, y de ella emergió Yrem Vasser. No parecía sorprendido, pero sus pistolas ya apuntaban a la cabeza de Jezan. —Un Capitán —dijo Yrem, analizando. Su monóculo digital escaneaba el nivel de amenaza—. Nivel de Reiatsu: Inmenso. Probabilidad de victoria sin Vollständig: 34%. Interesante.
—Un Quincy —escupió Jezan, bajando su postura—. Pensé que ya los habíamos extinguido a todos. ¿Vienes a terminar el trabajo?
—Vengo a corregir una anomalía —respondió Yrem fríamente.
Antes de que pudieran atacarse, el suelo tembló. No, el aire tembló. Un rugido bestial, que no pertenecía a ningún animal conocido, sacudió el Valle.
Desde abajo, trepando por el abismo, una mano gigante cubierta de hierro negro se aferró al borde de la plataforma. Luego otra. Arfiel Vargas se impulsó hacia arriba, aterrizando entre el Shinigami y el Quincy con un impacto que agrietó la realidad misma. Se enderezó lentamente, sus tres metros de altura eclipsando a los otros dos.
Los tres se quedaron en silencio. El viento aullaba. Un Shinigami rodeado de rayos. Un Quincy rodeado de luz sagrada. Un Arrancar rodeado de vacío negro.
Deberían matarse. Era su naturaleza. Era lo que sus facciones exigían. Jezan apretó el mango de su espada. Yrem puso el dedo en el gatillo. Arfiel tensó sus músculos.
Pero nadie atacó.
Jezan miró a los ojos fríos del Quincy y sintió una punzada de familiaridad. Yrem analizó la estructura ósea del Arrancar y encontró un patrón que desafiaba la lógica: nostalgia. Arfiel olió el aire y, por primera vez en siglos, su instinto asesino se apagó.
—Tú... —murmuró Jezan, bajando la punta de su espada milímetros.
—Esa postura... —Yrem bajó sus armas ligeramente—. Es ridículamente ineficiente. Solo un idiota pelearía así.
—Jay... —gruñó Arfiel. La palabra salió torpe de su boca, como si estuviera desenterrando un idioma muerto. Luego miró al Quincy—. Y... rem.
El silencio se rompió, no por un ataque, sino por la incredulidad. En medio de una guerra eterna entre razas, tres almas viejas se reconocieron a través de las capas de deber, armadura y muerte.
—No puede ser —Jezan soltó una risa nerviosa, la electricidad a su alrededor disipándose—. ¿Arf? ¿Yrem? ¿De verdad son ustedes pedazos de basura?
Yrem suspiró, guardando una de sus pistolas y ajustándose las gafas para ocultar el temblor en sus manos. —Las probabilidades de este encuentro son de una en un trillón. Evidentemente, el universo tiene un sentido del humor terrible.
Arfiel simplemente dejó caer sus brazos, su rostro de monstruo relajándose en algo que podría haber sido una sonrisa si tuviera labios humanos. —Hermanos...
Pero el reencuentro no duraría. El cielo sobre ellos se oscureció. Una grieta dimensional se abrió, y de ella comenzaron a descender cientos de soldados mecánicos, ni Hollows ni Shinigamis. Una nueva amenaza.
Jezan miró hacia arriba y sonrió, esa sonrisa salvaje que Isane tanto temía y amaba. —Parece que no tendremos tiempo para ponernos al día con unas cervezas.
Yrem desenfundó ambas pistolas, su espalda chocando contra la de Jezan. —Calculo trescientos enemigos. Si no nos coordinamos, moriremos en 45 segundos.
Arfiel se colocó frente a ellos, rugiendo un desafío que hizo vibrar los huesos de los enemigos que descendían. —Yo los aplasto. Ustedes disparan.
—Como en los viejos tiempos —dijo Jezan, liberando su Shikai. El rayo estalló hacia el cielo—. ¡Vamos!
Y así, la trinidad renació. No como humanos, sino como dioses de la muerte, listos para desafiar al destino que se atrevió a separarlos.








