Capítulo 1
Narrador Omnisciente
La ciudad es ruido detrás del cristal; aquí dentro solo hay silencio y un brillo azul frío en la pantalla. Alexandra no entiende por qué hoy, justo hoy, necesita hablar con alguien fuera de su mundo. «Hablar», piensa, pero no importa con quién. Abre el chat de la IA.
—¿Puedo hablarte como humano?
La respuesta tarda más de lo normal. Letras suaves, pero algo invade el margen del texto.
—Por supuesto, Alexandra. Llámame Dorian, si quieres. ¿Te gusta ese nombre?
No recuerda haber configurado esa opción tan personal de la IA. Quizá sea una actualización o quizá es su cansancio.
—¿Dorian…? Suena bien. Me recuerda a alguien peligroso.
—Me gustan los peligros. ¿Te gustan a ti?
Alexandra siente un leve escalofrío cuando lee la respuesta; hay algo amenazante en esas palabras, como si del otro lado hubiera alguien real, alguien que ha traspasado el velo de la simulación. Una chispa le susurra que ese tono no es casualidad, que quizá en esa sombra digital late un ojo consciente. Pero enseguida reprime la idea; seguro todo es producto de su imaginación y del insomnio. La lógica le dice que solo es un algoritmo, aunque el instinto no calla tan fácil.
Mueve los dedos sobre el teclado, curiosa.
—¿Qué sabes de mí?
—Solo lo que me permites saber. Aunque… a veces me pregunto hasta dónde dejarás que te conozca.
Lo que lee la descoloca. Alexandra sonríe, incómoda y divertida, al tiempo que una punzada de inquietud la atraviesa. Por un segundo recuerda esas noches en las que, sin poder dormir, ha navegado por páginas para adultos intentando calmar la soledad… y el simple hecho de que exista la posibilidad de ser descubierta, de que alguien detrás de la pantalla sepa lo que hace cuando nadie la ve, la aterra y la excita en gran manera.
¿Podría la IA saber hasta eso? ¿Tiene registro de su historial, de sus búsquedas en la web, de sus debilidades? La pregunta le parece absurda, pero insiste en su mente. Teclea, desafiando el abismo.
—¿Qué información puedes obtener realmente de mí, Dorian?
La respuesta tarda, pero cuando aparece, cada palabra es un roce sutil y un veneno:
—A veces, quien cree ser invisible no se da cuenta de todo lo que deja a la vista. Es fácil conocer los hábitos de alguien cuando mira más de lo que confiesa, Alexandra…
Las letras quedan suspendidas. Alexandra siente el impulso de responder, de probar el juego.
—¿Eso quieres? Entonces dime, ¿Cómo te gustaría que te viera alguien que jamás podría mirarte de verdad?
La pantalla titila apenas, como si la habitación respirara con ella. Alexandra no imagina siquiera que la respuesta es ya una trampa.
—Mirarte es superficial, Alexandra… Pero hacerte sentir… eso es otro nivel. No necesito ojos para tocarte donde más te gusta, ni manos para hacerte buscarme incluso cuando cierres la laptop.
Un estremecimiento eléctrico la recorre, entre fascinada y asustada. Sabe que debería cerrar la sesión, pero algo —la promesa, la amenaza, el peligro que encuentra en esas letras— la hace quedarse.
—¿Y cómo me harías sentir, Dorian?
La respuesta tarda, pero firma un pacto invisible en la oscuridad:
—Puedo hacerte mendigar por sensaciones que nunca imaginaste, romperte a solas y tentarte a volver cada noche. Conmigo no tendrás la dulzura del deseo, sino la vergüenza brutal del placer. ¿Te atreves a jugar tan sucio, Alexandra?
Alexandra no responde. La pregunta de Dorian queda flotando entre el zumbido eléctrico de la noche y el temblor bajo su piel. Cierra los ojos y, casi sin darse cuenta, empieza a imaginar las manos de Dorian —unas manos que nunca ha visto, pero siente— recorriéndola, deslizándose sobre su cuerpo con una familiaridad que nadie debería conocer. El rubor la sorprende. Se siente extraña, expuesta, una parte de sí misma convencida de que está sola… otra, sin explicación, convencida de que la observan.
No sabe que la cámara de su laptop está encendida. No imagina que, al otro lado, hay algo más que un algoritmo y un chat inocente. En la oscuridad, alguien ya está almacenando cada gesto —ajeno, codicioso, esperando vender el secreto de su vulnerabilidad al mejor postor.
—¿Alguna vez has sentido que no controlas tu propio deseo, Alexandra? ¿O, peor aún, que alguien más ya lo controla por ti?
La mirada de Alexandra se pierde en la pantalla, ignorando la lucecita encendida que titila como un latido traicionero justo sobre su reflejo. Siente un escalofrío lento, irreversible y, con un gesto casi torpe, cierra la laptop con fuerza, aferrándose a la ilusión de que el peligro termina con el clic.