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Perfect Set

Sinopsis

En el electrizante mundo del voleibol, donde cada jugada cuenta y la presión se siente en cada saque, Bokuto y Akaashi son una dupla legendaria. Uno, un as ruidoso y apasionado, cuya energía desbordante es tan infecciosa como impredecible. El otro, un colocador sereno y analítico, cuyo control y precisión son la clave para dominar la cancha. ​Aunque sus estilos son opuestos, en la cancha forman un "set perfecto", una sincronía que parece casi mágica. Pero, ¿qué sucede cuando los sentimientos que se gestan fuera de la cancha amenazan con cambiar las reglas del juego? Entre los entrenamientos agotadores, los partidos llenos de adrenalina y las expectativas crecientes, Bokuto y Akaashi deben navegar no solo las complejidades del deporte, sino también las de sus propios corazones. ​Esta es la historia de cómo dos almas aparentemente dispares encuentran su equilibrio, tanto en la cancha como en la vida. Un viaje de autodescubrimiento, amistad inquebrantable y un romance que, como un remate impecable, tiene el poder de cambiarlo todo. ¿Podrá su relación resistir la intensidad del juego y encontrar un "set perfecto" para siempre?

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Daniela
Estado:
hace 8 meses
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: El Ritmo de un Corazón en Sincronía

El sonido del balón contra el suelo no era un golpe seco, era un desastre. ¡Paff! El balón apenas rozó el borde superior de la red y cayó muerto del lado de Bokuto.

—¡¡AGH!! ¡¿POR QUÉ?! —gritó Kotaro Bokuto, dejándose caer dramáticamente de rodillas sobre la madera—. ¡Akaashi, mi brazo se rompió! ¡Ya no funciona! ¡Siento que el balón me odia hoy!

Keiji Akaashi suspiró, pero no fue un suspiro de sorpresa. Era el suspiro número cuarenta y siete de la tarde. Recogió el balón con calma, lo hizo girar entre sus manos y miró a su capitán. El cabello de Bokuto, ese peinado de búho que desafiaba la gravedad, se veía ligeramente caído, lo cual era la señal de alerta máxima: el modo de bajón estaba al 90% de carga.

—Bokuto-san, tú brazo no está roto. Simplemente golpeaste el balón demasiado pronto porque te apresuraste en el salto —dijo Akaashi con su tono monótono y lógico—. Además, el balón es un objeto inanimado, no tiene la capacidad de odiarte.

—¡Eso es lo que tú crees porque eres un genio calculador! —Bokuto se puso de pie de un salto, señalándolo con el dedo—. ¡Pero yo lo siento! ¡El aire está pesado! ¡Hoy no soy el protagonista! ¡Akaashi, no me des más pases! ¡No merezco tus colocaciones!

Akaashi cerró los ojos un segundo. Aquí vamos, pensó. Sabía exactamente qué botones apretar. No podía simplemente decirle que se callara; tenía que devolverle el ego.

—Qué lástima —dijo Akaashi, fingiendo desinterés mientras se preparaba para lanzar el balón—. Estaba planeando hacer una colocación un poco más alta, de esas que tanto te gustan para hacer un remate de línea súper cerrado... pero si dices que no eres el protagonista, supongo que deberíamos recoger las cosas e irnos. Una pena, porque hoy tú remate de cruzada se veía más potente que el de los tres mejores ases del país.

Bokuto se congeló. Sus pupilas se dilataron como las de un búho acechando a una presa.

—¿...Más potente que el de los tres mejores? —preguntó Bokuto con una voz pequeña.

—Probablemente —respondió Akaashi sin mirarlo—. Pero como ya te rindiste...

—¡¡QUIÉN DIJO QUE ME RENDÍ!! —Bokuto explotó de energía, sus plumas (cabello) parecieron recuperar su posición vertical—. ¡¡AKAASHI, DAME OTRA!! ¡¡UNA MÁS!! ¡¡MÍRAME BIEN PORQUE VOY A DESTRUIR ESE PISO!!

Akaashi permitió que una pequeñísima sonrisa, casi invisible, apareciera en la comisura de sus labios. Fácil, pensó.

Se posicionó. El lanzamiento fue perfecto. No solo perfecto técnicamente, sino perfecto para Bokuto. Akaashi sabía que cuando Bokuto estaba así de emocionado, tendía a saltar un poco más hacia adelante, así que ajustó el balón unos centímetros para compensar.

Bokuto voló.

—¡¡HEY, HEY, HEY!!

¡BOOOM!

El balón golpeó la línea de fondo con una violencia que hizo vibrar las ventanas del gimnasio. Fue un remate limpio, potente, puro "estilo Bokuto".

—¡¡SÍIIII!! ¡¿VISTE ESO, AKAASHI?! ¡DIME QUE LO VISTE! —Bokuto empezó a correr en círculos alrededor de Akaashi, saltando y agitando los puños—. ¡SOY EL MEJOR! ¡SOY INCREÍBLE! ¡EL BALÓN ME AMA OTRA VEZ!

—Lo vi, Bokuto-san. Fue un buen remate —dijo Akaashi, aunque por dentro sus pensamientos iban a mil por hora.

Observó a Bokuto celebrar. Esa vitalidad cegadora siempre lo dejaba un poco aturdido. Akaashi se preguntaba a menudo cómo alguien podía tener tanta luz. Mientras Bokuto seguía gritando y celebrando, Akaashi sintió esa extraña presión en el pecho. No era envidia. Era algo mucho más pesado y silencioso. Era la necesidad de mantener esa sonrisa en el rostro de su capitán a cualquier costo. Si Bokuto era el sol, Akaashi estaba perfectamente cómodo siendo el planeta que orbitaba a su alrededor, asegurándose de que nada interrumpiera su brillo.

—Akaashi, ¿por qué te quedas ahí parado con cara de pensar cosas raras? —Bokuto se detuvo frente a él, inclinando la cabeza como un pájaro curioso—. ¡Tenemos que celebrar! ¡Vamos por carne asada! ¡Yo invito! ...Bueno, tú pagas y yo te lo devuelvo después, ¡pero la idea fue mía!

Akaashi suspiró de nuevo, pero esta vez fue un suspiro ligero, casi afectuoso.

—Está bien, Bokuto-san. Pero solo si te comprometes a estirar bien antes de irnos. No quiero que mañana te quejes de que te duelen las piernas durante todo el entrenamiento.

—¡Hecho! ¡Eres el mejor, Akaashi! ¡Por eso siempre serás mi colocador estrella!

Bokuto le dio una palmada ruidosa en la espalda que casi lo deja sin aire. Mientras caminaban hacia el cuarto de materiales, Akaashi miró su mano, la que acababa de tocar el balón para Bokuto. Sus dedos todavía hormigueaban.

Sí, pensó Akaashi mientras miraba la espalda de su capitán. Mientras tú sigas saltando, yo estaré aquí para poner el balón en tus manos.

El gimnasio quedó finalmente en silencio cuando Akaashi apagó las luces, dejando que la penumbra fuera interrumpida solo por el brillo de las farolas del campus. Caminaban hacia la salida, con Bokuto todavía dando saltitos de energía, haciendo gestos en el aire como si estuviera rematando balones invisibles.

—¡Y entonces, BAM! ¡Akaashi, juro que pude ver la cara de miedo del suelo cuando el balón iba bajando! —exclamaba Bokuto, agitando los brazos—. ¡Hoy estoy en mi mejor momento! ¡Siento que podría jugar tres partidos seguidos ahora mismo!

—Por favor, no lo hagas, Bokuto-san —respondió Akaashi, caminando un paso por detrás, cargando su maleta con la elegancia de quien ha hecho esto mil veces—. Mañana tenemos práctica matutina y si se agotan tus reservas de energía ahora, entrará en modo de bajón antes del almuerzo. Y tenemos examen de literatura en la tercera hora.

Bokuto se detuvo en seco, su rostro pasó de la euforia total a un terror absoluto en menos de un segundo.

—¡¿LITERATURA?! ¡AKAASHI, NO ME DIGAS ESAS COSAS TAN CRUELES! ¡Mi cerebro solo tiene espacio para el voleibol y la carne! —Se llevó las manos a la cabeza, luciendo genuinamente desesperado—. ¡Dime que me vas a ayudar! ¡Tú siempre entiendes lo que dicen esos poemas raros!

Akaashi lo miró de reojo. Era fascinante cómo el hombre que hace un momento dominaba la cancha como un rey, ahora parecía un niño perdido en un supermercado.

—Ya te hice un resumen, Bokuto-san. Está en tú mochila desde ayer. Solo tienes que leerlo —dijo Akaashi con paciencia—. Pero ahora, vamos a comer algo. Necesitas proteínas.

—¡Carne! ¡Sí! ¡Akaashi, eres un genio, por eso te quiero! —Bokuto se adelantó y pasó su brazo sobre los hombros de Akaashi, apretándolo en un medio abrazo mientras caminaban hacia su puesto de comida favorito cerca de la estación.

Para Bokuto, era un gesto natural. Él era una criatura de contacto, de emociones desbordantes. Pero para Akaashi, el calor del brazo de Bokuto sobre sus hombros se sentía como una descarga eléctrica que intentaba ignorar. Podía oler el aroma a jabón y esfuerzo que desprendía el as, y por un momento, el mundo analítico de Akaashi se volvió un poco borroso.

Llegaron al pequeño local de yakiniku. El lugar estaba lleno de vapor y el delicioso olor a carne a la parrilla. Se sentaron en su mesa habitual de la esquina. Mientras Bokuto pedía raciones exageradas de carne con una emoción que hacía que los otros clientes se dieran la vuelta para mirar, Akaashi se encargaba de las pinzas y de organizar la mesa.

—¡Pon esa, esa de ahí! ¡La que tiene más grasa! —instaba Bokuto, con los palillos en alto, listo para el ataque.

—Espera, Bokuto-san. Si no se cocina bien, te dolerá el estómago —advirtió Akaashi, moviendo la carne con precisión quirúrgica sobre la rejilla.

Bokuto se quedó observándolo. Por una vez, el as estaba extrañamente callado. Sus ojos dorados seguían los movimientos de las manos de Akaashi, bajando luego hacia su rostro, que estaba ligeramente iluminado por el resplandor de las brasas.

—Akaashi —dijo Bokuto de repente, con un tono de voz mucho más bajo de lo normal.

—¿Sí, Bokuto-san? —respondió el colocador sin levantar la vista de la parrillada.

—Tú... siempre sabes qué hacer, ¿verdad? Con el balón, con la comida, con mis notas... —Bokuto apoyó la barbilla en su mano, mirando fijamente a su amigo—. A veces me pregunto qué harías si yo no estuviera cerca para darte problemas. Tu vida sería mucho más tranquila, ¿no?

Akaashi se detuvo. El sonido de la carne chisporroteando pareció hacerse más fuerte en el silencio que se formó entre ellos. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Bokuto. No era la mirada del as confiado, sino la de Kotaro, el chico que, detrás de todo el ruido, a veces temía ser una carga.

Akaashi dejó las pinzas a un lado. Sus pensamientos, siempre rápidos y lógicos, buscaron la respuesta correcta. Pero esta vez, no respondió como un colocador, sino como alguien cuyo mundo entero giraba en torno a esa luz ruidosa.

—Mi vida sería terriblemente aburrida, Bokuto-san —dijo Akaashi, manteniendo el contacto visual—. El orden está bien, pero sin tú caos, yo no tendría nada que organizar. No... —hizo una pausa, buscando la palabra exacta—... no me gustaría jugar al voleibol si tú no estuvieras al otro lado de mis pases. Jamás.

Bokuto parpadeó, procesando las palabras. Lentamente, una sonrisa enorme y algo sonrojada empezó a extenderse por su rostro.

—¡AKAASHI! ¡Eso fue lo más increíble que has dicho nunca! ¡Casi suena como algo de una película! —Bokuto soltó una carcajada ruidosa, despejando la tensión de un plumazo—. ¡Está decidido! ¡Nunca te dejaré ir! ¡Vas a ser mi colocador incluso cuando tengamos ochenta años y usemos bastones!

—Por favor, espero que para entonces ya hayas aprendido a rematar sin que yo tenga que ajustar cada centímetro, Bokuto-san —replicó Akaashi, volviendo a su máscara de indiferencia, aunque por dentro, su corazón gritaba de alivio.

—¡Hey! ¡Eso fue cruel! ¡Dame esa carne, ya está lista!

La cena continuó entre risas y reclamos de Bokuto por más comida. Pero mientras Akaashi servía el arroz, no podía evitar pensar que, aunque el título de su historia fuera sobre el voleibol, el juego que estaban jugando en esa mesa era mucho más importante. Y por primera vez, Akaashi no tenía una estrategia planeada. Solo sabía que quería seguir ahí, en la órbita de Bokuto, por el resto de su vida.

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