Creador de Vida

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Sinopsis

Irina Syrbu Alexandrova es una sobreviviente a la gran guerra contra un dios que no perdonó el daño que se hizo al planeta, donde la civilización humana fue empujada al colapso. Años después, un grupo llamado los “Recuperadores” se dedican a buscar la tecnología abandonada en las grandes urbes. Cada nuevo hallazgo les permite reconstruir aquello que les fue arrebatado. No obstante, descubrirán que la amenaza que los llevó a la extinción sigue latente. Irina se verá involucrada en un viaje trágico y amargo, cada día expuesta a este mundo devastado la hará cuestionarse si realmente tiene la fortaleza para seguir adelante. ¿Podrá conseguirlo?

Genero:
Scifi
Autor/a:
EvelSytrani
Estado:
Completado
Capítulos:
50
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Dios se ha ido, ¿verdad?


Desperté en el momento que las paredes vibraron y el polvo cedió. El sótano se transformó en una constante batalla de supervivencia. Cada puño de dios golpeando la tierra era una prueba de resistencia. Los muros se agitaban y las luces de momentos nos abandonaron. Los llantos comenzaron de los más pequeños, con los adultos tratando de tranquilizarlos, pero en ellos mismos se notaba el terror.

El estruendo sobre nuestras cabezas provocaba gigantes sacudidas. El ruido seco se propagaba desde la ciudad lejana a nuestra ubicación. Sólo podíamos imaginar lo que sucedía en el exterior con aquellas personas que no encontraron más refugio que sus propias casas.

Nuestra ciudad pertenecía a las últimas urbes en pie. Los migrantes llegaron desde toda Asia y Europa huyendo de un dios furioso que desataba su promesa de fuego y extinción sobre los pobladores de la Tierra. Muchos no lograron cruzar las fronteras, los demonios los alcanzaron primero. Los que escaparon, solo prolongaron su destino.

Los espectros, insaciables e imponentes, se encargaron de extinguir a la humanidad. Sus cuerpos tóxicos profanaron los cuerpos de inocentes y arrebataron sus vidas en un suspiro. Otros más sucumbieron bajo sus garras y vehemencia. Los ejércitos humanos les hicieron frente hasta donde sus propias armas pudieron resistir. Cada encuentro lograba bajas, pero su infinita existencia impedía victorias.

Trato de recordar ese día, de recordar su rostro. El rostro del dios que nos advirtió el daño que ya habíamos creado. Del día que descendió y se presentó al mundo. El día que todo se detuvo y miramos las pantallas con incertidumbre. Con miedo.

Tuvimos que aceptar que existía un ser como él. Un ser que nos advirtió que siempre elegiría la Tierra por encima de los humanos.

La vida continuó, pero todo era diferente. La escuela, el tráfico, los aromas; seguían ahí, pero algo había cambiado en el semblante de las personas.

Existía ese temor dentro de nosotros. Esa punzada en nuestras mentes que no desaparecía. Se encontraba allí, arraigado en nuestros pensamientos. Lo podía notar en las miradas, en las manos frotándose, en los dedos temblorosos que deslizaban las noticias en las pantallas. En las sorpresivas sacudidas cuando las personas descubrían que se habían perdido en un sueño distante con sus ojos clavados en la nada.

La humanidad trataba de seguir sus vidas sin saber que eso ya no era posible.

El techo sobre nosotros se sacudió con más fuerza que otros temblores. El golpe había caído allí, en la superficie donde el refugio se había construido. Provocó miedo entre los moradores, los llantos aumentaron y la desesperación brotó con el siguiente. Los cimientos se doblegaban ante la ferocidad del ataque. Las lámparas se sacudían y los objetos cercanos en estanterías cayeron. Fue la primera vez que sentí temor por mi vida, la primera vez que dimensioné que sólo una estructura humana, creada para resistir bombardeos, me separaba de la furia de un dios que había prometido extinguirnos. El ser que había construido el universo y que no iba a ser detenido por un obstáculo insignificante.

El tercer golpe apagó las luces por un largo periodo y provocó tronidos al interior. Los gritos se manifestaron, el llanto de los niños era desgarrador y los adultos habían dejado su compostura protectora para caer en ese terror colectivo. Nos encontrábamos allí, encerrados, sin armas, sin defensas, sin más salidas. Como pobres almas en un avión a punto de estrellarse sin poder hacer nada al respecto, sin poder impedirlo, sin poder regresar al momento donde tuvimos la oportunidad de cambiar nuestro destino y no lo hicimos.

Había un dios dejando caer su puño sobre nosotros, golpeando y golpeando hasta que la tierra se abriera y quedáramos expuestos.

Cubrí mi cabeza con las manos, cerré los ojos con toda mi fuerza. Mi pecho palpitaba, mi estómago dolía y los nervios desgarraban mi mente. Quería gritar, quería correr. Que todo se detuviera, que ese dios escuchara mi súplica, que ese dios tuviera piedad de mí y de los que estábamos aquí.

Las lágrimas lograron escapar de mis ojos y el temor me provocaba estremecimientos. El siguiente golpe fracturó el techo y un hilo de tierra suelta penetró el refugio. Los azotes se volvieron frecuentes y la coraza se debilitaba. Algunos intentaron abrir la compuerta y escapar, otros se apartaron del centro donde dormíamos. El techo se partía sobre de mí, y la tenue luz que se sacudía, apenas me permitía mirar esa furia castigándonos.

Suplicaba piedad, imploraba piedad. No quería morir, no quería sentir dolor, no quería ser borrada de la existencia. Tenía miedo, mucho miedo y nada de lo que hiciera iba a cambiar lo que sentía, nada iba a cambiar mi muerte.

Él nunca quiso cultos o seguidores, gente que hablara de su fe o de su grandeza. Sólo pidió que se salvara el planeta. Comprendí que no escucharía mis plegarias. No iba a suplicar. No iba a rogar por mi vida ante un dios que no lo está pidiendo.

Entonces dejé mi lugar para levantarme y gritar:

—¡No te tengo miedo! —declaré hasta vaciar mis pulmones mientras los puños arremetían contra la delgada línea que me protegía— ¡Me escuchaste! ¡No voy a suplicar! —Insistí.

En algún momento, el castigo se detuvo. Frenó en un instante. La luz regresó y pude contemplar el techo fracturado sobre de mí. Nadie más estaba a mi alrededor, todos se habían alejado.

Pasaron días bajo la incertidumbre del colapso del refugio, su estructura se notaba dañada y las columnas heridas. Los expertos dijeron que era un gran riesgo permanecer allí, ya no se necesitaba de la furia de un dios para terminar el trabajo, el más pequeño sismo podría provocar que los restos se vencieran y todos muriéramos atrapados.

Se decidió salir. La muerte nos encontraría aquí o allá fuera.

Los sobrevivientes usaron herramientas rudimentarias para abrirse paso entre los escombros del túnel. La compuerta había resistido los embates del exterior y ahora solo quedaba retirarla. Lo que la mano de dios no pudo destruir, las herramientas de los humanos sí. El trabajo fue arduo y todos colaboramos retirando rocas y partiendo el hormigón. Cortando el metal o extrayendo el agua que se filtraba. Pronto logramos divisar el primer haz de luz que elevó el ánimo. Varios días más, una salida donde hasta el más enfermo de nosotros, pudiera cruzar.

Abandonamos el refugio que fue nuestro hogar. El exterior había cambiado. Era distinto. El cielo colmado de nubarrones grises flanqueaban la luz, creando un espectáculo deprimente que adornaba el paisaje. Sombrío.

La guerra comenzó cuando yo tenía once años y finalizó antes de cumplir los doce. La población mundial en ese momento ascendía a los 9 mil 500 millones de habitantes. Después, solo quedaron aquellos que se escondieron.

Tras días de arduas caminatas, finalmente hallamos la gran ciudad de colosales edificios. Esta se mostró ante nosotros en un estado deplorable. Carcomida por el combate, ennegrecida por los vivaces incendios que consumieron los cimientos de lo que alguna vez fue mi hogar: Chișinău.

—Dios se ha ido, ¿verdad? —Preguntó la pequeña niña abrazando un ejército de sucios peluches.

La miré sin saber qué responderle.

—No lo sé… —dije sin quitar la vista del panorama— él no ha terminado con todos nosotros… —Finalmente pude decir.

La niña apretó mi mano. Traspasó su miedo a través de ese enlace, un miedo que todos los presentes compartíamos. Un terror que recorría nuestros cuerpos con cada edificio derrumbándose frente a nosotros y crecía cuando el olor a muerte era traído por el viento.

Aunque mi corazón quiso impregnarse de ese temor colectivo, mi mente no permitió que lo hiciera. No iba a temer si él regresaba y no iba a temer por pensar que sólo había prorrogado mi destino.