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Tinta y cicatrices

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Sinopsis

Todos hemos visto esa típica historia de amor donde, a los cinco capítulos, los protagonistas se enamoran y comienza una relación con conflictos o simplemente perfecta. ¿Pero alguna vez habéis visto una donde se profundice en temas de aceptación, problemas familiares, pasados destructivos, etc.? Pues, si la respuesta es no, esta es tu oportunidad para leerla. Mark siempre sufrió bullying por culpa de Axel, quien no solo lo acosaba, sino que también logró que toda la clase se uniera a ese acoso. Entre tantos conflictos, Mark finalmente convence a su madre de cambiarlo de instituto. Sin embargo, años después se reencuentra con Axel, la peor persona con la que podría haberse cruzado, y encima en su misma universidad. ¿Lo bueno? Axel estudia una carrera muy diferente a la suya, lo que hace difícil que coincidan en alguna clase. ¿Lo malo? Siempre está la posibilidad de encontrárselo en los pasillos, el comedor o incluso en los baños. Está historia es un borrador. Aviso legal: Esta obra está protegida por derechos de autor. Cualquier intento de copia, distribución o plagio parcial o total será denunciado. La historia, los personajes y el contenido son propiedad exclusiva de la autora.

Genero:
Romance
Autor/a:
Zyuri Beamount
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1 | Reloj sin tiempo

Para esos soles a los que le apagan su brillo diciendo que no brillan, pero son los que más brillan en realidad .

Estaba en clase, sentado y mirando la única cosa interesante: el reloj. Apostaría a que me estaba haciendo ojitos.

—¿Por qué los minutos no pasan? —me dije en silencio, maldiciendo para mis adentros.

Aún quedaban cuatro horas. Empecé a rayar la hoja de mi cuaderno, haciendo garabatos sin sentido, cuando sentí la mano del profesor en mi hombro.

—¿Dónde está la tarea, Mark?

Todo el odio acumulado dentro de mí llegó a su límite, así que decidí responder de forma pasiva... sí, pasiva.

—Ah, la tarea... decidí darle libertad creativa. Creo que ahora está explorando el mundo por su cuenta —forcé una sonrisa.

—Tienes una nota de conducta. Esta tarde llamaré a tus padres, no puedes seguir así, Mark.

El profesor se giró y continuó con su clase. Seguí rayando mi libreta. El ruido de los bolígrafos, las hojas, los gritos en clase, las sillas arrastrándose, la gente levantándose... todo me estresa. Definitivamente, me estresa.

La siguiente hora llegó: ¿valores? ¿Para qué sirve eso? Exacto, para nada. Pero al menos no hacíamos casi nada.

La maestra entró, dejó su mochila sobre la silla y sacó su colonia de lavanda, rociando la clase entera.

—Bueno, el ejercicio de hoy será fácil —habló en voz tranquila mientras sacaba su libreta—. Si vuestro padre fuera un superhéroe, ¿cuál sería?

Levanté la mano para responder, y la maestra me dio permiso para hablar. Toda la clase se giró para mirarme. Vi cómo murmuraban entre ellos y me miraban de reojo.

—La invisibilidad —respondí, recargándome contra el asiento—. Porque sigue sin aparecer.

Toda la clase se empezó a reír y la maestra se quedó boquiabierta. Apuntó algo en su libreta, se aclaró la garganta, e intentó ignorar lo que dije antes de dar la palabra a otro alumno.



Por fin, última hora. Era hora libre, y como siempre, me encontraba solo en mi sitio, dibujando en mi cuaderno

. Me pasaría el rato mirando a los pájaros por la ventana o viendo las nubes pasar, pero decidieron sentarme en el medio de la clase.

—Mariquita... digo, Marquito —una voz resonó en mi oído; esa voz irritante y horriblemente familiar: Axel.

—¿Qué quieres?

—Oh, ¿esas son tus maneras de responder? —dijo, tomando mi libreta—. Solo quiero ver qué dibujas tanto como para distraerte en las clases.

Le arrebaté la libreta con rapidez y la cerré.

—No. —hablé con firmeza.

—¿Por qué no? —Rodó los ojos y bufó—. Vamos, no lo hagas más difícil.

Guardé la libreta en la mochila rápidamente y la cerré. Axel intentó cogerla, pero el profesor de guardia le llamó la atención.

—¿ Puede dejar en paz al señor Clark? —posó una mano en su hombro.

Axel bufó y se quitó "discretamente" de su agarre; por no decir que casi le pega de lo brusco que fue.

—¿Tu apellido es Clark? Mark Clark... hasta rima —soltó una carcajada.

—No veo qué tiene de gracioso el apellido de su compañero, señor Carter —respondió el profesor.

Axel puso los ojos en blanco e hizo una seña con la mano, bajándola y subiéndola.

—Bájele cinco tonos —bufó, y se dio la vuelta para volver con su grupo.

Ajá, o sea, él, que tiene menos tacto social que un ladrillo, no recibe nada, y yo, por no hacer la tarea, tengo nota de conducta y llamada a casa. ¡Injusticia total!

—Si te molestan, dímelo... —volvió a hablar el profesor—. ¿Está claro?

Solo asentí, aunque en verdad no pensaba hacerlo. El profesor se alejó y volvió a sus asuntos en el ordenador. Suspiré y apoyé mis codos en la mesa, recostando la cabeza en mis manos, cuando algo golpeó mi cara. Giré la mirada y vi una bola de papel. Levanté la vista y vi al grupo de Axel riéndose.

—Te espero en la salida, Mariquita —sonrió de mejilla a mejilla—. Perdón, me equivoqué otra vez, Marquito, Marquito -dijo en tono irónico.

¡Genial! Lo único que me faltaba era que la persona más inútil del mundo, como una puerta giratoria en un submarino, me golpeara con sus amiguitos en la salida. Otra vez...

No hice nada más que acostarme en la mesa y dormir hasta que terminara la clase. No podía hacer otra cosa.

Me despertó el timbre. Froté mis ojos somnolientos, cogí mi mochila y me levanté de mi sitio, pasándola solo por un hombro mientras que el otro asa se balanceaba.

Fui a paso lento hacia la salida; sentía como si estuviera cargando un elefante, cuesta arriba y a la pata coja.

La luz que se filtraba entre las nubes me dio directo en los ojos. Los entrecerré y me pasé una mano por la cara, intentando despertarme.

Salí del instituto y, como no, ahí estaban Axel y sus amigos, esperándome.

Axel solo me sonrió y se acercó a mí. No iba a resistirme; al final, no me serviría de nada.

—Oh, mira quién llegó. Pensé que no ibas a aparecer.

Recibí un empujón que me hizo retroceder. Caí al suelo cuando me dieron una patada detrás en los pies.

Me quitaron la mochila y lo que tenía en los bolsillos, dejándolo a un lado. Apenas sentía los golpes, pero dolían; dolían igual. Estaba tan cansado que solo podía cubrirme la cara con los brazos mientras recibía patadas y puñetazos.

Me arrastraron hasta un callejón donde los golpes continuaron. No duraron más de una hora. Algunos alcanzaron mi cara; tenía la nariz chorreando sangre y algunos moretones en las mejillas.

Axel encendió un cigarrillo mientras me miraba de arriba abajo y uno de sus amigos me recostaba contra la pared.

Axel tomó mi mochila y se sentó frente a mí con ella.

—¿Por qué no vemos los dibujos de antes? —dijo, rebuscando en la mochila.

Permanecí en silencio. No quería que los viera, pero estaba demasiado adolorido para resistirme como un estúpido.

Axel sacó la libreta y empezó a pasar las páginas hasta que de repente se detuvo. Me miró, y luego miró de nuevo la página en la que se había detenido. Se quedó en silencio un rato; pude ver un leve rubor en su mejilla. Cerró la libreta y la guardó en la mochila.

—Eh... al parecer los rumores eran ciertos.

Sus amigos lo miraron con curiosidad, pero él solo negó con la cabeza.

—No, nada.

Todos se quedaron en silencio un rato hasta que me desplomé en el suelo.

—Eh... Axel, se desmayó —dijo uno de sus amigos, Steven.

Axel me miró un segundo.

—No, no se desmayó, pero está a punto de hacerlo —respondió, levantándose del suelo—. Vamos, levántate, Mark. ¿O ya te vas a rendir?

Intenté respirar hondo, pero hasta eso me dolía. Quería cerrar los ojos y dormir allí mismo, cuando sonó mi teléfono.

Axel sacó el teléfono de la mochila.

—Es tu mami —dijo, mientras sus amigos se reían. Acercó el móvil a mi boca antes de presionar el botón de contestar—. Vamos, contéstale.

La otra línea quedó en silencio unos segundos, hasta que por fin se escuchó la voz de mi madre.

—¿Dónde estás? Deberías estar en casa desde hace una hora. ¿Estás con tus amigos?

—Sí, mamá... estoy con mis amigos. Perdón, ya voy para allá —respondí, intentando controlar mi tono de voz.

—No te di permiso. Cuando llegues a casa, hablamos.

La llamada se colgó y Axel alzó una ceja mirándome.

—Sí, estoy con mis amigos —repitió burlón.

—Qué buenos amigos somos —se sumó Steven.

—Los mejores —añadió Herter.




Llegué a mi casa como pude. Abrí la puerta, intentando mantenerme en pie, mientras las gotas de sangre caían de mi nariz.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué estás todo golpeado? —escuché la voz de mi madre; no sonaba preocupada, sino enfadada.

—Me caí bajando la cuesta de aquí cerca —murmuré, apoyándome en la pared mientras andaba hacia mi cuarto.

Al llegar, me dejé caer en la cama y cerré los ojos. Tenía todo el cuerpo adolorido; solo quería dormir, la única forma de dejar que el tiempo pasara.

Me desperté en la madrugada y miré el reloj: eran las doce y media. Mi madre no estaba en casa, y eso me alegraba...

Intenté volver a dormir, pero no lo conseguía, así que decidí salir a comprar un paquete de cigarrillos. Se suponía que los había dejado, pero en realidad nunca lo hice; solo lo dije.

Me puse los tenis, agarré algo de dinero que tenía ahorrado, bajé las escaleras del edificio y fui al kiosco debajo de casa, donde siempre compraba lo mismo.

—Unos cigarrillos —le dije a Víctor, el encargado.

—¿No crees que deberías parar con esto? -contestó mientras sacaba un paquete y lo ponía en el mostrador—. Eres muy joven aún.

Algún día, pero no hoy.

—¿Cuánto es? —pregunté, sacando las monedas del bolsillo.

Víctor suspiró y sacó un encendedor.

—Vienes tan seguido, chico, ya deberías saberlo de memoria —me miró con una mezcla de preocupación y resignación—. Son dos dólares.

Le di el dinero y me llevé un cigarro a la boca. Víctor se acercó y me encendió el cigarro.

—Gracias —murmuré antes de darme la vuelta para irme.

—De nada —respondió; en su voz se notaba la preocupación y quizá algo de decepción.

Subí las escaleras fumando, abrí la puerta de casa y regresé a mi cuarto. Me quedé fumando frente a la ventana. Pensé que solo sería uno esta vez, pero no fue así.

Terminé el primero, me cambié de ropa y encendí otro, y luego otro. Seguí así hasta que me acabé la mitad del paquete. Finalmente, los tiré por la ventana, me lavé los dientes y me dejé caer en la cama para dormir.

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