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Once Upon Darkness

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Sinopsis

Anastasia por fin había alcanzado el final del cuento de hadas. Lista para casarse con el hombre que tanto le había costado atrapar, Anya estaba emocionada por convertirse en princesa y vivir para siempre con su príncipe encantador Hasta que su hermanastra aparece el día de su boda con un vestido blanco y zapatillas de cristal y encanta a su prometido a primera vista. Anastasia no esperaba que después de todo, su mala suerte la llevara justo a caminar hacia el altar con el Rey de la Oscuridad en lugar del príncipe azul.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mirii
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. El vestido que no queda

Anastasia trataba de no dirigir su mirada al gigante espejo frente suyo.

Solo sentía las manos expertas de la modista en su cintura, adaptando incluso mas el corset a su figura; sus oídos zumbaron por las ordenes entre gritos de su madre hacia su pequeña hermana, quien lloriquea con un trozo de pastel del otro lado del salón y su pelo, originalmente rizado, siendo quemado por uno de los estilistas

—¿Acaso quieres ser tan gorda como tu hermana? ¡Tan solo mírala Elizabeth, apenas cabe en ese corset!

Anastasia solo baja la cabeza, tratando de no ver el cuerpo que tanto su madre aborrecía en el espejo; intentando distraerse con las nuevas decoraciones de la habitación que compartía con su hermana, puede ver a la chica con cabello de oro y cintura de avispa, arrodillada frente a su chimenea, con la cara llena de cenizas, pero aun, sonriendo de oreja a oreja al bromear con uno de los empleados que su madre a contratado para el baile de las calabazas.

Se reiría de esa manera, si su madre no la reprendiera por los hoyuelos que se forman en su poca agraciada cara cuando intentaba hacer el gesto.

No es como si lo entendiera, de todas formas.

—Señorita Anastasia, ¿Esta bien el escote?

—Si, esta...

—¡No eres una monja, hija! La unica manera que atraparas a un hombre es si muestras tus únicos atributos...

La modista niega con la cabeza, para luego bajar la tela mucho mas, aumentando la incomodidad de Anastasia ante su reflejo.

El vestido era de un color rosa chillón que poco favorecía a su pelo rojizo y sus ojos genéricos, pero era la moda entre las damas de la corte, y aunque no podían ni pagar un dote decente para su hermanastra, ella y su hermana tendría los vestidos de temporada cada año, para su beneficio, o castigo.

—¿Y si ajusta un poco mas la cintura? Se ve como un saco de patas, y a ningún hombre le gustar admirar cinturas tan anchas.

—Mamá, si lo ajusta un poco mas no creo poder respirar...—murmura mientras se prepara para un grito horrorizado de su madre.

—¿Te pedí tu opinion, niña? Mientras no tengas dueño, estas bajo mis reglas, y si yo quiero que sacrifiques un poco tu bienestar y pienses en el de la familia usando un tan solo un vestido, lo harás ¿Entendido, Anastasia?

—Si, madre.

No puede sentirse mas pequeña que cuando habla con su madre, que apunta cada una de sus inseguridades y las enmarca para que todos en esa habitación sepan de ellos, incluso la mugrienta Clarisse, su hermanastra y la favorita de su madre, y no porque sea agradable con ella, si no porque es invisible, y debias agradecerle a los dioses si eras invisible para alguien como su madre.

—¿Y cuando harán mi vestido para el baile, madre? —pregunta su hermana pequeña, de apenas catorce años, que esta mucho mas emocionada por un nuevo vestidor que por encontrar un esposo.

Para su beneficio, su madre hace una mueca de disgusto, dos hijas en sociedad la harían ver muy vieja.

—Hare que te diseñen uno, cuando dejes de comer esa comida del diablo que solo te hara ser mas grande.—la reprende, mientras toma asiento en uno de los sofas de la habitación con una copa de vino francés que les había costado un ojo de la cara.

Elizabeth suelta un bufido de disgusto, pero inmediatamente deja el pastel en la mesa de noche. Desearía no saber bien como se siente eso, incluso puede saborear los macarons de fresa y el ardor en su garganta cuando su madre le hizo vomitarlos todos hacia tan solo unos pocos años atrás, cuando era esa niña de quince añorando vestidos y lujos.

Ahora solo quería quitarse todo la prenda que tuviera el apellido de la familia de Clarisse encima.

—Anastasia, respira profundo—susurra la modista en su oído, antes de apretar tanto su corset que sentia como cada órgano se reacomoda en su interior.

—¡Perfecto! Estas lista para el baile...—dice su madre, con una risa estridente que puso a todos los presentes incomodos.

Anastasia sentia como el cuerpo de Clarisse se tensaba en sus piernas, donde habia pasado a fregar el piso hasta dejarlo impecable. Sabia muy bien que la pobrecilla queria ir a una baile de la sociedad, puede que no vengan del mismo lugar, pero seguían teniendo la misma edad, las mismas jovencitas que añoraban los lujos de una vida alejada de esta jaula llena de reglas, luciendo muy diferentes para cada una.

Queriendo quitar el vacío de culpa de su pecho, levanto la mirada para verse en el espejo, y encontrarse con la horrible criatura que su madre tanto odiaba. Su pelo, antes rizado y voluminoso, era lacio con unas cuantas ondas en las puntas, el calor de la habitación hacían que sus mejillas estuvieran extremadamente sonrosadas haciéndola ver como una fresa, y el horroroso vestido, lleno de pliegues y moños, la hacían ver como un regalo de navidad, en lugar de como una muchacha de veintiún años.

Gracias al corset, su cuerpo voluminoso ahora era mas parecido a las hermosas debutantes, pero aun se seguían viendo como un regalo apunto de explotar.

Puede escuchar una pequeña risa provenir de la mujer cubierta en cenizas, pero intenta contener las lagrimas cuando la fulmina con la mirada para acallar las burlas.

Sabe muy bien lo horrible que se ve, no necesita que una sirvienta se lo recuerde.

—El príncipe estará encantado...—murmura su madre, una mentira piadosa que le dice de vez cuando para animarla a dejar de cenar los fines de semana.

Ya esta harta de ese maldito príncipe de los cuentos del que tanto han hablado.

—Madrastra, terminara pronto de pulir los pisos, y si no es mucha molestia ¿Podría acompañarlas a ese baile tan hermoso? No les seria de demasiad modestia y...

Anastasia podía sentir como su corazón empezaba a latir mas rápido.

¿Clarisse, cintura de avispa y cabello de oro en su baile? Cada hombre soltero quería bailar con ella, y la dejarían a feas y gordas como ella, en la esquina del salon.

No podia permitirse otra temporada sin conseguir un esposo.

—¿Y exactamente que te pondrías, niña? No puedes ir un baile real con esos trapos...

—He estado ahorrando para un nuevo vestido madrastra, ya sabe, con lo que gano como sirvienta y ayudante de panadería. ¡Claro que seria algo modesto! No soy de las chicas que...

—¿Estas ahorrando? Que niña mas egoísta, ¿No ves que ni siquiera tenemos para comprar carne de calidad para la cena? ¡Ya veras tu si gastas eso en un vestido que no usaras! Las sirvientas no van a bailes.—expulsa con veneno la madre de Anastasia, mientras toma otro sorbo de su copa de vino.

—Si, señora—murmura la pobre Clarisse para seguir su trabajo de limpiar cenizas.

Anastasia se quede en silencio, impotente a las palabras crueles de su madre, que dejarían callado hasta el mismísimo rey. No puede mas, que sentir lastima por la pobre chica, a pesar del resentimiento que se traían la una a la otra desde que eran unas niñas jugando a la casa. Ella quisiera darle el vestido que traía puesto, de todos modos, el príncipe no se fijaría en una mujer como ella de todas formas.

—No importa, después de esto quiero que friegues las escaleras de la casa a mano, cuando termine, puedes ir a almorzar.

—Pero eso tardara horas...—dice Clarisse, mira el reloj en la habitación, era casi la hora de almuerzo, el único momento del día que toma para leer en los establos junto sus preciados animales

—Pues no tendrás alimento alguno, si no pones manos a la obra.

Sin decir mas, sale de la habitación seguida por un sirviente flacucho que la sigue de par en par con la lista de pendiente para el baile, dejando a todas sus hijas, de sangre y de crianza, en una sola habitación después de haber esparcido su veneno, dejando solo almas controladas por la mujer cruel.

—El vestido estará listo mañana, señorita.

—Muchas gracias mademoiselle Rousseau—agradece Anastasia, recibiendo una sonrisa de par en par de la mujer pelinegra, que como modista, se había convertido en su confidente.

—Hare que la cintura quede menos apretada, no quiero que se desmaye antes de presentarte ante el príncipe—murmura la mujer, para que solo Anastasia pueda escucharla.

Las otras personas en su habitación poco estaba interesados en la conversación, volviendo a sus tareas habituales, Elizabeth a comer su pastel, y Clarisse con el estilista a hablar animadamente sobre su ultima lectura.

—Pf, como si su majestad pudiera interesarse en una mujer como yo.

—¡Retire eso, señorita! Usted es una mujer hermosa, cualquiera hombre noble tendrá suerte de tenerla como su esposa—replica la mujer, para volver a hacer los ajustes al vestido.

Anastasia se mira al espejo, y no ve lo que su amiga y modista tanto habla, solo ve a una dama, algo vieja para el mercado matrimonial, con el cabello rojizo y pecas en su cara, que solo es otra imperfección mas que agregar a la lista.

Si, mademoiselle Rousseau necesitaba gafas.

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