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El cielo no ruge cuando castiga; en cambio, se quiebra en silencio cuando el orden se deshace bajo la belleza de aquello que nunca debiรณ brillar.
La caรญda de Seraphel no fue precedida por truenos, ni por juicio. No hubo espadas ni fuego.
Solo silencio.
Un silencio profundo y desgarrador, tan denso como el que antecede a un suspiro.
Y eso era รฉl: el guardiรกn de los รบltimos alientos.
Un ser creado de la lรกgrima misma del cielo, destinado a cuidar los instantes finales de los humanos, a guiar almas temblorosas hasta el umbral. Y, sin embargo, era mรกs hermoso que el atardecer, mรกs suave que el viento, mรกs irresistible que el perdรณn.
Con el tiempo, su presencia se volviรณ demasiado.
No encajaba en el cielo, ni entre sus semejantes, los guardianes del umbral.
Seraphel no tenรญa comparaciรณn.
Sus alas no eran blancas ni doradas. Eran translรบcidas, etรฉreas, como hechas de un cristal delicado, imposible de tocar. Y su voz era un eco de algo que ni siquiera los arcรกngeles podรญan olvidar: una dulzura tan pura que dolรญa.
No fue su culpa que las divinidades a su alrededor comenzaran a observarlo de mรกs. Que lo buscaran con excusas, con preguntas vacรญas, solo para permanecer cerca. Que sus miradas se demoraran mรกs de lo necesario, atraรญdas por los rizos dorados que enmarcaban su rostro, por el azul imposible de sus ojos.
Nadie, ni siquiera el cielo, fue inmune al veneno del asombro.
Porque su existencia no era un pecadoโฆ pero sรญ una amenaza.
El cielo no tolera grietas, y Seraphel se volviรณ una grieta brillante.
Los altos tronos lo contemplaron con furia silente. No por impuro, sino por provocar impureza en lo inquebrantable.
Y fue, irรณnicamente, uno de los mรกs altos, uno de los mรกs puros, quien primero lo mancillรณ.
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