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La Sumisión de Polina y Mila

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Sinopsis

🐺 Relato erótico extremo +18. Una historia oscura de manipulación, pérdida de inocencia y transformación. Dos hermanas inmigrantes, Polina y Mila, caen en una trampa de falsas promesas. Su "salvador", Gustavo, un funcionario de migraciones, no es quien parece. Lo que comienza como desesperación se convierte en un viaje retorcido hacia la sumisión total. Este es un relato explícito sobre dinámicas de poder absoluto, adoctrinamiento y la perversa línea donde la esclavitud sexual se disfraza de elección. Una exploración cruda del erotismo del control y la mente humana bajo presión. Para lectores adultos que buscan narrativas intensas, psicológicas y sin límites. 🔞 ADVERTENCIA: CONTENIDO EXPLÍCITO PARA MAYORES DE 18 AÑOS. Esta historia de ficción contiene narrativa adulta explícita, situaciones de alto contenido sexual, manipulación psicológica, dinámicas de poder coercitivo, pérdida de autonomía y temas oscuros. Su propósito es explorar, desde un marco de ficción literaria, la psicología de personajes en situaciones extremas y la complejidad de las relaciones de dominación y sumisión. EN NINGÚN CASO se realiza apología de la violencia, el secuestro, la trata de personas o cualquier acto criminal. Es fundamental diferenciar entre la fantasía erótica literaria y la realidad. Se recomienda discreción y se insta a los lectores a abordar el contenido con una mentalidad crítica, entendiendo que se trata de una obra de ficción artística diseñada para provocar reflexión y tensión narrativa, no para servir como modelo de conducta.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Nicole Hot
Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Bienvenidas a casa

El departamento en el barrio de Once olía a polvo y a desaliento. Polina, de veinte años, observaba por la ventana cómo la tarde porteña se teñía de un naranja opaco, el mismo color de la resignación que sentía desde que la carta de la Dirección Nacional de Migraciones había llegado aquella mañana. Tres años. Llevaban tres años construyéndose una vida en Buenos Aires, lejos del frío de Járkov, que, aunque ucraniano, sentían tan ajeno como este calor húmedo que ahora parecía querer expulsarlas. No eran rusas, pero en la burocracia argentina, todos los eslavos parecían mezclarse en un mismo saco de sospecha.


—Tiene que ser un error, Polina —dijo Mila, su voz un hilo de esperanza que se enredaba en la quietez del living comedor—. Nosotras presentamos todo. El estudio, el trabajo…


Polina no respondió. Su rostro, alargado y de una delicadeza esculpida a golpes de austeridad, estaba sellado por una seriedad prematura. Su cabello, largo, lacio y de un rubio casi blanco, caía como una cortina sobre sus hombros, ocultando parcialmente unos ojos verdes que habían aprendido a ver desconfianza donde otros veían oportunidades. Su cuerpo, un ejercicio de armonía sensual, se tensó cuando unos golpes secos y autoritarios resonaron en la puerta. Se ajustó la remera holgada, sin saber que ese gesto instintivo destacaba aún más la curva firme y paradita de sus nalgas, un atributo que hasta entonces solo había sido una parte más de su juventud.


Al abrir, se encontraron con un hombre que vestía la burocracia como un traje. Gustavo, cincuenta y siete años, canas invadiendo un pelo escaso, la panza redonda y blanda del sedentarismo empujando contra su camisa celeste, mal planchada. En su mano, una carpeta marrón parecía más una extensión de su brazo que un objeto.


—Buenas tardes. Gustavo Rinaldi, Migraciones —dijo con una sonrisa que intentaba ser simpática pero que no llegaba a sus ojos, pequeños y hundidos—. ¿Polina y Mila Shevchenko?


—Sí —respondió Polina, su voz más firme de lo que se sentía.


Gustavo entró sin esperar una invitación, su mirada escudriñando el humilde lugar con una rapidez profesional. —Lamento informarles que hay irregularidades graves en su documentación. El permiso de residencia fue denegado. La Policía Federal tiene orden de proceder a su detención y posterior extradición.


El aire se espesó. Mila, de dieciocho años, dio un paso atrás. Su rostro, más redondeado que el de su hermana, con unos labios llenos que siempre parecían a punto de esbozar una sonrisa, se descompuso. Sus ojos azules, usualmente serenos y curiosos, se abrieron con puro terror.


—¿Extradición? —logró balbucear Mila—. Pero… no podemos volver. Allá no hay nada para nosotras.


—Lo siento, chicas. La ley es la ley —dijo Gustavo, sacudiendo la cabeza con una falsa pena—. Lo más fácil, lo más sensato, es que no estén en este domicilio cuando vengan a buscarlas. Puede ser en cualquier momento.


—¿Y dónde quiere que vayamos? —la voz de Polina tembló de rabia e impotencia—. No conocemos a nadie. No tenemos familia aquí. No tenemos plata para un hotel.


Gustavo se pasó una mano por la panza, un gesto que parecía meditado. Hizo una pausa, dejando que el miedo de las chicas fermentara en el silencio. —Miren —susurró, como si compartiera un secreto de estado—. Yo no debería hacer esto. Me juego el puesto. Pero… no puedo permitir que dos chicas jóvenes como ustedes terminen en un centro de detención. En mi casa hay lugar. Es modesto, pero es seguro. Pueden quedarse allí, escondidas, hasta que… bueno, hasta que veamos cómo arreglamos este lío.


Polina y Mila se miraron. En los ojos verdes de la mayor había desconfianza; en los azules de la menor, un destello de esperanza desesperada. Eran ingenuas, criadas en un mundo donde la autoridad, por corrupta que fuera, aún merecía un residuo de respeto. Tres años en Argentina no les habían enseñado aún todas las miserias del oportunismo.


—¿Lo haría? —preguntó Mila, su voz un susurro de gratitud—. ¿De verdad?


—Claro que sí —Gustavo sonrió, y esta vez la sonrisa se coló en sus ojos, pero era algo frío, calculador—. Vamos, hagan unas bolsas con lo indispensable. Rápido.


A las pocas horas, un taxi las dejó en una casa baja y descascarada en el conurbano profundo. El barrio era una maraña de calles sin veredas y perros flacos. La casa de Gustavo no era tan grande, y desde la entrada, un olor a comida rancia, tabaco y polvo las golpeó. Polina frunció el ceño, pero Mila le tocó el brazo.


—No nos quejemos, Poli. Es un salvador —susurró.


Gustavo las hizo pasar. —Bienvenidas a mi humilde morada, chicas. Disculpen el desorden, vivo solo, ya saben…


Su simpatía era densa, pegajosa. Detrás de sus modales amables, algo se retorcía, una satisfacción malsana que emanaba de él como un vapor invisible. Su sadismo, paciente y metódico, se relamía al ver a aquellas dos criaturas de luz en su madriguera de sombras.


—Es perfecto, señor Gustavo. Muchas gracias —dijo Polina, intentando sonar convincente.


—Por favor, Gustavo nada más. Ahora somos casi familia —rió él, una risa gutural—. Deben estar agotadas. Les preparo un té. Especial, lo traje de un viaje… les va a ayudar a relajarse.


Las hermanas intercambiaron una mirada fugaz. "Qué raro", pensó Polina, "en Argentina siempre ofrecen mate primero". Pero no dijeron nada. Eran invitadas, refugiadas. No estaban en posición de exigir costumbres locales.


—Gracias —dijo Mila, sentándose con cautela en una silla de la cocina, cuya superficie grasienta hizo que retirara los brazos al instante.


Gustavo sirvió el té en tres tasas gruesas, dejando caer una bolsita en cada una. Pero en dos de ellas, sus dedos, ágiles y furtivos, añadieron un polvo cristalino e inodoro desde un pequeño frasco que sacó del bolsillo de su pantalón. Lo revolvió con cuidado.


—Aquí tienen —dijo, colocando las tazas frente a ellas—. Salud.


Polina tomó un sorbo. —Está… amargo.


—Es una hierba especial, muy relajante —explicó él, observándolas fijamente sin beber de la suya.


Mila, más confiada, bebió un trago largo. —Sí, es diferente.


Gustavo se recostó en su silla, observando. Minutos después, Mila parpadeó con lentitud.


—Me siento… rara, Poli. Muy cansada.


Polina quiso responder, pero una pesadez plomiza empezó a apoderarse de sus miembros. Su visión se nubló, el rostro de su hermana se volvió borroso. —¿Qué… qué hiciste? —logró articular, con un hilo de voz, dirigiendo una mirada de puro pánico hacia Gustavo.


Pero ya era tarde. Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa de formica, con un golpe sordo. Al lado, Mila ya estaba inconsciente, su cabello rubio más cálido esparcido como un halo alrededor de su rostro, sus pechos generosos, que siempre habían sido un imán para las miradas, subiendo y bajando con una respiración profunda y artificial.


Gustavo no se movió. Esperó. Contempló el cuadro que había creado: las dos jóvenes inmigrantes, hermosas e indefensas, rendidas a sus pies. Su sonrisa, entonces, se desplegó por completo. Ya no era la sonrisa simpática del funcionario. Era una mueca siniestra, torcida, la verdadera expresión de lo que llevaba años ocultando. Se acercó, y con un dedo, acarició la mejilla de Polina, luego la de Mila.


—Bienvenidas a casa, mis perritas —murmuró, y su voz era un susurro áspero de triunfo obsceno—. Ahora sí, van a aprender lo que es portarse bien. Nadie las va a buscar. Nadie las va a extrañar. Son mías.


La casa silenciosa, sucia y olvidada, se tragó el último eco de sus palabras, guardando el secreto de su nuevo y macabro propósito. La pesadilla, para Polina y Mila, recién comenzaba.


La obsesión de Gustavo no era un capricho reciente. Era un tumor que había crecido en la oscuridad de su rutina, alimentado durante años tras la ventanilla de Migraciones. Cada vez que una mujer extranjera, joven y vulnerable, se paraba frente a él con sus papeles en orden precario o con el miedo apenas escondían en los ojos, él no veía una persona; veía una oportunidad que el Estado, en su estúpida burocracia, se empeñaba en deportar, en desperdiciar. Para él, era como tirar un manjar a la basura. Su plan, un proyecto meticuloso y paciente, había tomado forma lenta y firmemente en su mente retorcida. Esos dos cuartos en el fondo de su casa, antiguos depósitos, no se habían convertido en celdas de la noche a la mañana. Había insonorizado las paredes él mismo, con placas de telgopor y madera, probando el silencio con la música a todo volumen desde afuera. Había sellado la única pequeña ventana que daba al exterior con ladrillos y cemento, condenando el espacio a una penumbra perpetua. Todo estaba listo, esperando como una araña en su red. Y ahora, por fin, dos moscas hermosas y desesperadas habían caído en ella.


Con una fuerza que desmentía sus cincuenta y siete años y su panza blanda, cargó a Mila entre sus brazos. La joven de dieciocho años era un peso inerte, un muñeco de trapo de suaves curvas y cabello dorado. La llevó por el pasillo oscuro y la depositó sobre un colchón delgado y sucio que estaba en el piso de la primera celda. El aire allí era viciado, a encierro y polvo. Con movimientos practicados, ató sus muñecas con bridas de plástico por encima de la cabeza, fijándolas a un tubo de la antigua calefacción que sobresalía de la pared. No por necesidad inmediata, sino por el puro placer teatral de la posesión. Sacó su teléfono móvil, un modelo viejo, y comenzó a tomar fotos. El flash iluminó por instantes la inconsciencia de Mila, la fragilidad de su cuerpo vestido, la desprotección absoluta. Capturó su rostro redondeado, sus labios llenos, la sugerente curva de sus pechos bajo la remera, la indefensión total. Una sonrisa de profunda satisfacción se dibujó en su rostro. Luego, casi con decepción, cortó las bridas. No eran necesarias. La celda, la oscuridad, el silencio… eran las mejores ataduras.


Dejó a Mila y volvió a la cocina. Ahora le tocaba a Polina. A la mayor. A la que tenía ese aire serio y desafiante que a él tanto le excitaba quebrar. La cargó con menos premura, disfrutando del contacto de su cuerpo contra el suyo. La llevó a la segunda celda, idéntica a la primera, y la tumbó sobre el colchón. Esta vez no hubo bridas. No inmediatamente. Se arrodilló a su lado, y con una lentitud deliberada, un ritual de profanación, comenzó a desvestirla.


—Vamos, preciosa. A ver qué esconde esta ropa tan simple —murmuró, mientras le levantaba la remera.


Su respiración se fue haciendo más pesada a medida que la piel de Polina iba quedando al descubierto. Primero el vientre, liso y pálido, con el ombligo pequeño y perfecto. Luego, con un gesto brusco, le quitó el sostén. Sus pechos no eran tan grandes como los de Mila, pero eran firmes, de una forma armoniosa y redonda, con pezones del color de un rosa pálido, que se contrajeron al contacto con el aire frío y húmedo del cuarto. Gustavo extendió una mano y los tocó, primero con las yemas de los dedos, luego apretándolos con rudeza, marcando la piel blanca con sus dedos gruesos.


—Qué lindas… tan firmes —susurró, bajando su mano.


Le desabrochó el jean y se lo bajó, junto con su bombacha, con tirones expertos. Ahí estaba, completamente desnuda ante él. Su cuerpo era una obra de arte juvenil profanada por su mirada lasciva. Su vista se detuvo en sus nalgas, esas nalgas paraditas y redondas que tanto había admirado a escondidas, y las manoseó con fuerza, apreciando su consistencia. Sus manos descendieron por sus muslos, firmes y bien formados, y finalmente se posaron en su entrepierna, tocándola con una intrusión brutal que, de haber estado consciente, le habría arrancado un grito. Se quedó allí, mirándola, respirando su olor mezclado con el del té drogado, con una depravación que llenaba el cuarto como una niebla espesa. Pero no hizo nada más. No todavía. El control, la dominación total, era más dulce que la violación misma. Se sentó en una silla de madera que había en un rincón, y esperó. Esperó a que el monstruo que había creado despertara y se viera a sí misma en el espejo de sus ojos.


Polina emergió de la inconsciencia como desde las profundidades de un lago negro y pegajoso. Su cabeza era un tambor que latía con un dolor sordo, y su boca sabía a cenizas y a algo amargo y extraño. Parpadeó, tratando de orientarse en la penumbra. No era su habitación. No era ningún lugar que conociera. Las paredes desnudas, el colchón áspero bajo su espalda, la frialdad del aire en su piel… en su piel. "Dios mío, estoy desnuda". El pensamiento la golpeó como una descarga eléctrica. Se incorporó de golpe, llevándose instintivamente las manos al pecho, cruzando los brazos en un intento pueril de cubrirse. Sus ojos, verdes y aterrorizados, escanearon la habitación y se clavaron en la figura sentada en la sombra.


—Al fin despertaste, perrita.


La voz de Gustavo era calmada, casi paternal, pero las palabras eran veneno puro. Polina sintió que el corazón se le detenía y luego aceleraba, bombeando puro pánico por sus venas.


—¿Qué… qué es esto? ¿Dónde estoy? —su voz era un hilito tembloroso—. ¿Dónde está Mila?


—Tu hermana está cerca. Muy cerca. Y está perfectamente… por ahora.


—¡Déjenos ir! —gritó Polina, y su voz sonó estrangulada por el miedo—. ¡Por favor, señor Gustavo, nosotros no le hicimos nada! ¡Le daremos todo lo que tenemos, sólo déjenos ir!


Gustavo se rió, un sonido seco y feo que rebotó en las paredes insonorizadas.


—Pero si yo no las estoy reteniendo, nena. Están aquí por su propia seguridad, ¿no se acuerdan? Hasta que arreglemos sus papeles. El problema es que acá, en mi casa, las reglas las pongo yo. Y vos, desde ahora, sos mi perrita.


Polina lo miró con incredulidad, el terror helándole la sangre. Él se levantó lentamente y sacó su teléfono. La luz de la pantalla iluminó su rostro canoso y sudoroso. Le mostró las fotos. A Mila, inconsciente, atada, vulnerable.


—Mirá qué linda está tu hermanita. Tan tranquila. Sería una lástima que le pase algo, ¿no? Que se lastime… o que tenga que pasar por algo peor. Eso va a depender enteramente de vos, Polina. De si sos una perrita buena… o una perrita mala.


El mundo de Polina se desmoronó. El llanto, que hasta entonces había sido una amenaza en su garganta, estalló en sollozos desgarradores. Todo su orgullo, esa seriedad que había cultivado como un escudo, se hizo trizas.


—No, por favor… no le haga nada a ella —suplicó, las lágrimas surcando su rostro—. Ella no tiene nada que ver. Es sólo una nena. Haga lo que quiera conmigo, pero a ella no, se lo ruego.


Gustavo se acercó, y con un gesto que era una parodia de la ternura, le enganchó un mechón de su cabello rubio lacio detrás de la oreja.


—Eso depende de vos, repito. —Su otra mano bajó el cierre de su pantalón.


Polina lo miró, y luego miró la imagen de Mila en la pantalla del teléfono. Un debate interno feroz y desesperado estalló en su mente. "No puedo, no puedo hacer esto, es asqueroso, es un monstruo". Pero luego veía el rostro de su hermana, su inocencia, su confianza. "Si no lo hago, ¿qué le hará? Es mi responsabilidad protegerla. Soy la mayor". La culpa y el miedo eran una trampa de la que no podía escapar. Con una lentitud que le quemaba cada músculo, como si sus extremidades pesaran una tonelada, se arrastró de rodillas hacia él. Sus ojos, verdes y anegados, no se apartaban del suelo. Con los dedos temblorosos, tomó el elástico de su boxer y lo bajó, liberando su miembro, aún flácido, que le pareció la cosa más repugnante y triste que había visto en su vida.


—Vamos, perrita. A ver si con esa boquita tan linda sabes hacer algo bien —dijo Gustavo, poniéndose las manos en la cintura.


Polina cerró los ojos, tratando de desconectarse, de huir a un lugar de su mente donde esto no estuviera pasando. Inclinó la cabeza y, con una repulsión que le hacía hervir el estómago, tomó la punta entre sus labios. "Esto no está pasando, esto no está pasando". Pero su cuerpo, traicionero, respondía a la situación. La humillación era un sabor amargo en su boca, pero notó, con un horror que se mezclaba con una vergüenza aún más profunda, cómo su boca, el calor, la humedad, empezaban a tener un efecto. "No, por favor, no". Sentía cómo crecía, se endurecía, llenándole la boca. "Es asqueroso… y yo lo estoy haciendo, yo lo estoy excitando". Se sentía sucia, mancillada, culpable por una reacción biológica que ella estaba provocando contra su voluntad.


—Así, así… —murmuró Gustavo, disfrutando cada segundo—. Naciste para esto, perrita. Para tener la boca llena de verga. Es tu lugar en el mundo.


Metió sus manos en su cabello rubio, agarrando con fuerza, y comenzó a guiar el movimiento de su cabeza, empujándola hacia adelante con rudeza. Polina se ahogaba, las lágrimas corrían libremente por su cara, mezclándose con la saliva. Él la sacaba un momento, dejándola jadear, toser, tomar aire.


—¿Viste? Hasta pareces que lo disfrutas. Todas las putas como vos, en el fondo, lo disfrutan.


A pesar del asco, a pesar del odio que le consumía, Polina, movida por un instinto de supervivencia y protección hacia Mila que era más fuerte que su dignidad, continuó. Su cuerpo, quizás recordando experiencias pasadas en un contexto de amor y deseo, ahora completamente pervertido, actuaba con una técnica que la traicionaba. Usaba su lengua, rodeaba la base, bajaba para chupar sus testículos con una habilidad que hizo gruñir a Gustavo de placer, y luego volvía a tragarse toda su longitud, ahogándose de nuevo, en un ciclo de humillación y sumisión forzada.


—Sí, así, puta… ¡Qué bien chupas! —gritaba él, ya perdido en su propio placer sádico—. ¡Te voy a hacer mi perra de cabecera!


El final llegó con un gruñido gutural. Gustavo se sujetó de su cabello con fuerza y eyaculó dentro de su boca, obligándola a tragar con empujones brutales. Polina tosió y escupió, sintiendo el sabor salado y amargo, la última y más profunda de las violaciones. Él se arregló el pantalón, y luego, con un gesto que pretendía ser de falsa condescendencia, le acarició la cabeza, como si fuera un animal que había obedecido.


—Muy bien. Por hoy, fuiste una buena perrita. Tu hermanita está a salvo. Por hoy.


Salió del cuarto y cerró la puerta con llave, sumiendo a Polina en una oscuridad absoluta, solo rota por el tenue resplandor que se filtraba por debajo de la puerta. Ella se quedó allí, arrodillada en el colchón, desnuda, cubierta de su propio llanto, de su saliva y de los fluidos de su captor. El sabor en su boca era la prueba tangible de su nueva realidad. Su "educación", como él la había llamado, apenas comenzaba. Y en la oscuridad, el eco de sus palabras resonaba como una sentencia: "Naciste para esto, perrita". Y lo peor era que, en ese instante de absoluta derrota, una parte minúscula y aterrada de ella, empezaba a temer que tal vez, tal vez, tuviera razón.


Continuara.

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