La mascota del orco

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Sinopsis

Cuando los alienígenas invadieron la Tierra, Hannah, de treinta años, fue capturada y vendida como esclava. Un clan de orcos la compra como mascota para uno de sus guerreros más feroces, Drokahr, y ella deberá hacer todo lo posible por sobrevivir. Pero nunca esperó encontrarse con un orco que, siendo despiadado en el campo de batalla, es inesperadamente tierno con su nueva mascota, lo que la obliga a cuestionarse todo lo que creía saber sobre el miedo, el poder y la confianza.

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Completado
Capítulos:
25
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4.8 61 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Un nuevo hogar

Hannah

Un estruendo fuerte y vibrante me despertó de golpe. El pánico me recorrió entera mientras miraba a mi alrededor. Seguía en la misma nave vieja y destartalada. Estaba atada al asiento con una cuerda que se me clavaba en la piel. Hice una mueca de dolor y observé el lugar. Respiré hondo varias veces para calmar los latidos de mi corazón. Había poca luz y el aire olía a cerrado, igual que cuando me sentaron allí. O más bien, cuando me obligaron a sentarme. Aquella vieja criatura con aspecto de reptil no fue nada amable al empujarme dentro. Pero, ¿por qué iba a serlo? Yo no valía nada. Solo era una esclava. Útil, pero fácil de cambiar por otra.

Sin embargo, alguien me había comprado. Quien fuera, ya estábamos cerca. Sentí un nudo de inquietud en el pecho que me subía por la garganta. ¿Cómo serían? ¿En qué planeta estábamos aterrizando? ¿Podría escapar?

A mi derecha, la puerta de la cabina se abrió. Dos pares de ojos amarillos se clavaron en mí. —Arriba, humana. ¿Lista para tu nuevo hogar? —se rió el viejo reptil con malicia—. He oído que estos no tratan con suavidad a sus mascotas.

—Mascota —sentí un vuelco de asco en el estómago—. No soy una mascota —gruñí entre dientes.

Él solo se rió y me sacó del asiento de un tirón. Apretó todavía más la cuerda de mis muñecas. Grité de dolor y eso le hizo reír más. —¡Eres tan frágil como un ratón de sol!

No sabía qué era un ratón de sol ni me importaba, tampoco tenía tiempo de preguntar. Me aflojó la cuerda lo justo para sujetarme bien y me arrastró hacia la rampa de carga. Al salir del vehículo, lo primero que vi fueron árboles y hierba. «Estamos en un claro», pensé mientras miraba a mi alrededor. Para mi alivio, podía respirar bien. La hierba se sentía suave bajo mis pies descalzos.

—Parece que llegamos temprano. Tengo que atarte entonces. No hay tiempo que perder. ¡Debo entregar a otra como tú! —dijo mientras me arrastraba hacia lo que parecía un poste de madera. Me hizo girar y me ató las manos detrás del poste. —Bueno, ¡pues buena suerte!

Se dio la vuelta y caminó de regreso a la nave. —¡Espero que te estrelles! —le grité mientras su nave se elevaba del suelo.

El pánico me subió por la garganta y me costaba respirar. «Tengo que salir de aquí». Me obligué a respirar más despacio. Yo conocía los bosques. Había sobrevivido a cosas peores. Solo tenía que respirar y... ¡sí!

Sentí un gran alivio cuando la cuerda cedió. Le di las gracias en silencio al reptil. Por lo visto, no se había molestado en hacer un nudo fuerte. Estaba libre y tenía que aprovechar el momento.

Miré a mi alrededor y vi un pequeño sendero entre los árboles. Supuse que por ahí vendría el que me había comprado, así que decidí ir por el otro lado. Eché a correr por el bosque. Rezaba para tener tiempo de alejarme bastante antes de que notaran mi ausencia.


Drokahr

Por fin había llegado el día. Iba a recibir mi recompensa por ser uno de los guerreros orcos más feroces del Clan Kheelan. Solo a unos pocos se les daba el honor de tener su propia tienda. Mucho menos el de poseer una mascota. Ahora yo era uno de ellos.

Estaba lleno de orgullo. Sabía que era el primer hijo de mi familia en recibir tal honor. Nací de padres fuertes y elegí el camino del guerrero cuando aún era pequeño. A los guerreros del Clan Kheelan no se nos permitía tener pareja ni hijos. Estábamos hechos para la batalla, no para la familia. Como mi hermano era herrero y tenía mujer y tres hijos, sabía que mi linaje continuaría gracias a ellos.

Recordé los días de entrenamiento durísimo que me prepararon para batallas brutales. Me di cuenta de cuánto tiempo y experiencia me habían traído hasta aquí. Con casi cuarenta años, había aguantado más que la mayoría de los guerreros. Era lógico que yo mereciera un lujo semejante.

Miré mi nuevo hogar. Estaba hecho para un guerrero de mi nivel. Había una cama gigante llena de pieles suaves y una zona para sentarse con mantas y cojines de colores. Tenía un horno cerca para las noches frías de invierno. Detrás de una cortina, había incluso una tienda más pequeña con mi propia bañera. Recordé cuando dormía amontonado con otros diez guerreros. Entonces me lavaba en un arroyo helado junto al campamento. Una sonrisa de satisfacción asomó a mis labios al pensar que esos días habían terminado.

Lo único que faltaba era mi mascota.

Miré el pequeño lecho en el suelo, junto a los cojines. Un guerrero podía elegir la especie de su mascota. Mor, una guerrera que también tenía tienda y mascota, había elegido a un humano macho. Su mascota resultó ser un sirviente muy útil. Aunque era más pequeño que nosotros, era atlético y fuerte. Podía cargar pesos grandes y servir bien a Mor. Así que yo también pedí un humano.

Pedí específicamente una hembra. Pensé que disfrutaría teniendo a una mujer como sirvienta. La idea de compartir mi hogar con otro macho no me gustaba. Tenía curiosidad por ver cómo eran las hembras humanas, y hoy por fin lo sabría.

Mientras pensaba en mi nueva mascota, oí a Halvar, el explorador, gritar: —¡Drokahr! ¡La nave ha llegado!

—¿Ya? Se suponía que llegaría por la tarde —dije mientras salía de la tienda para reunirme con él.

—Parece que podrás disfrutar de tu mascota un poco antes —dijo sonriendo, y desapareció entre las tiendas con un gesto de la mano.

Sentí una emoción fuerte en el pecho. Me imaginaba desfilando con mi nueva mascota por el campamento para presumir ante los otros orcos. Tenerla a mi lado confirmaría mi nuevo estatus. Así todos sabrían que yo era un guerrero de éxito.

Fui hacia la tienda de nuestro jefe. Solkar era un viejo guerrero orco cubierto de cicatrices de batalla. Aun así, era uno de los orcos más fuertes y sabios que conocía. Él fue quien me entrenó y me enseñó a ser un buen guerrero cuando era joven.

Solkar estaba sentado en la silla del jefe al fondo de la gran tienda. —Bueno, Drokahr, parece que tu regalo llegó antes de lo previsto —dijo sonriendo.

Solkar tenía el pelo largo y blanco, recogido en una trenza en la nuca. Le faltaba un ojo que perdió en una vieja batalla.

—Eso parece, Jefe —respondí.

—Pues anda, ve. ¡No la hagas esperar!

Con su permiso, salí del campamento. Tomé el pequeño sendero que llevaba al lugar de aterrizaje. A los orcos no nos gusta tener a extraños en el campamento. Por eso, la zona para las naves estaba a cierta distancia.

Mientras caminaba por el bosque, imaginaba cómo sería tener una sirvienta para todos mis caprichos. Nunca nadie me había regalado nada. Siempre tuve que trabajar por ello o tomarlo por la fuerza. Jamás me habían llenado la bañera ni me habían hecho la cama. Sonreí de oreja a oreja.

«Sí, voy a disfrutar de esto», pensé satisfecho.

Al llegar al claro que servía de pista de aterrizaje, me detuve en seco.

No había nadie.

Miré a mi alrededor, asombrado. ¿Dónde estaban? ¿Se habría equivocado Halvar?

Caminé despacio hacia el poste. Vi un trozo de cuerda tirado en la hierba. Era la única señal de que alguien había estado allí. Pero, ¿a dónde habían ido?

Al revisar el claro, vi unas huellas pequeñas que salían hacia el bosque. Eran huellas demasiado pequeñas para ser de un orco.

La sangre empezó a hervirme.

—Cómo se atreve esa cosita —gruñí apretando los dientes.

Si volvía al campamento sin esa humana, todos me preguntarían por ella. Y si se enteraban de que mi mascota se había escapado, sería una humillación.

—No. Nadie va a humillarme —gruñí mientras me erguía. Seguí las huellas fuera del claro hacia el bosque.

Encontraría a esa mascota desobediente. Y cuando la tuviera, me encargaría de que aprendiera cuál era su lugar.