Prólogo (La Caída)
La noche perpetua no conocía sobresaltos.
Durante años, décadas, quizás siglos, el cielo había permanecido igual: negro, vacío, indiferente. Los habitantes de aquel mundo habían nacido, vivido y muerto bajo esa oscuridad constante. El sol era un mito, y el día, un concepto mantenido por utilidad de las horas.
Por eso, cuando sucedió, todo se detuvo.
Primero fue un pulso. Como si el universo mismo hubiera inhalado. Luego, el cielo se rasgó.
Un destello cegador explotó sobre la ciudad. Blanco puro, hermoso y a la vez aterrador.
Las criaturas gritaron aterradas, los humanos cayeron de rodillas cubriéndose los ojos. Algunos lloraron sin entender por qué, pero todo ser vivo sintió que algo cambiaba en su interior. El brillo lo consumía todo, borrando las sombras, revelando la fealdad del mundo a detalle.
Y tras unos instantes. La luz desapareció sin dejar rastro.
La oscuridad retomó rencorosa su reinado, pero el silencio que siguió tras el destello fue inevitablemente absoluto.
Y entonces, cayó.
.
El cuerpo atravesó las nubes como si fuera una piedra arrojada a un lago, girando sin control mientras más aceleraba hacia los edificios. Algunas aves fueron succionadas por el vacío de su caída.
Nadie lo percibió, ni siquiera cuando era una estrella fugaz, ni siquiera cuando se estampó contra los edificios. Todos estaban demasiado agitados por lo sucedido instantes antes. Y por eso es que nadie llegó a percibirla.
El callejón en el que cayó recibió los restos del impacto, las cajas de madera podrida estallaron en una explosión de astillas, y su interior se esparció entre los dos edificios. Una tubería reventó, soltando gas negro que se enroscó como una serpiente durante unos segundos.
La pequeña empezó a toser con fuerza. Sus pulmones trataron de expulsar el oscuro gas que la rodeaba. Agitó los brazos de forma errática alejándolo poco a poco. Fue entonces cuando abrió los ojos.
Presenció el cielo estrellado durante unos instantes. De repente sintió un fuerte dolor en el pecho, sintiendo que había abandonado algo allí arriba, pero que no era capaz de recordar el que.
¿Dónde estoy?
Poco a poco empezaron a invadirla los sentidos. Su piel sintió por primera vez el frio y la humedad de las cajas debajo suya. Su nariz olfateó el olor a podrido del contenido de estas. Saboreó involuntariamente lo que quedaba del humo negro. Su oído captó el bullicio al final del claustrofóbico pasillo de ladrillos. Su mirada se desplazó hacia la luz al final del mismo.
Su cuerpo se movió de forma autónoma, sus manos se apoyaron en las cajas, y sus brazos hicieron fuerza para levantar el pequeño cuerpo.
Sin saber cómo, se puso en pie.
Dio unos pasos tambaleantes hasta que la madera bajo sus pies le puso la zancadilla. Cayó de frente golpeándose con fuerza contra el suelo.
Chilló inmediatamente por el dolor del golpe. Su corazón palpitó intensamente ante el potente estimulo recibido.
¿Qué es este sentimiento?
Se preguntó mientras se trataba de poner de pie de nuevo.
La sangre empezó a gotear por su frente hasta llegar al suelo, formando un pequeño charco rojo.
¿Qué es esto?
Poco a poco empezó a distinguir una imagen reflejada en la sangre. Era una niña, una niña con ojos grandes y oscuros. El pelo, negro como el gas que tragó al despertar, le caía por debajo de los hombros hasta que se mojaban con la sangre. Se puso en pie con dificultad y se observó, Llevaba puesto un vestido largo, gris por el polvo absorbido. Se pasó la mano por la frente antes de observarla también. La piel palpitó bajo su tacto. Era una mano pequeña, con dedos finos y cortos manchados del mismo polvo de su vestido y la sangre de su frente.
¿Quién soy?








