Prólogo – El inicio del fin.
La noche perpetua no conocía sobresaltos. Nunca lo había hecho.
Durante años, décadas, posiblemente siglos y quizás un milenio, el cielo había sido descrito de la misma forma: negro, indiferente, absoluto, abandonado…
Por eso, cuando sucedió, fue como si el tiempo se detuviera.
Los corazones de miles lo hubieran visto o no, se detuvieron expectantes. Los edificios temblaron y se doblaron apuntando hacia el epicentro de su aparición.
Primero fue un pulso, como si el universo acabara de inhalar. Luego, una línea blanca partió el manto de oscuridad en dos.
Un destello cegador explotó sobre la ciudad. Blanco puro, hermoso para algunos, desconocidamente aterrador para los demás.
Dentro de las ciudades, criaturas y humanos estallaron en un concierto de gritos de miedo, dolor, desesperación, amor y admiración. Grandes y pequeños, cayeron al suelo de rodillas, tratando de taparse los ojos. Algunos lloraron impotentes al no entender su grandeza.
El corazón y el alma de todo ser vivo cambió para siempre en apenas una fracción de segundo.
El brillo lo consumía todo, borrando las sombras, revelando la fealdad del mundo a detalle. El sentimiento de culpa azotó las consciencias, nobles y maliciosos, de todo aquel ser consciente de sí mismo.
Tras el instante. La luz desapareció.
La oscuridad retomó rencorosa su reinado, pero, pese a volver a ser la indiscutible monarca del universo, aquella luz había dejado una huella imborrable en mentes y corazones.
Y entonces, cayó.
El cuerpo atravesó las nubes como si hubiera sido disparado, girando sin control mientras más aceleraba hacia los edificios. Algunas aves, que volaban huyendo del destello, fueron succionadas por el vacío de su caída, e inevitablemente la acompañaron a tierra.
Pese a lo irreal que resultaba, nadie lo percibió, ni siquiera cuando era una estrella fugaz, ni siquiera cuando se estampó contra los edificios. Todos estaban demasiado agitados por el destello.
Un pequeño callejón recibió las últimas fuerzas del impacto.
Una pequeña pila de cajas amortiguó al cuerpo, al hacerlo la madera podrida estalló en cientos de astillas que ardieron y desaparecieron en cuestión de segundos, lo único que sobrevivió fue su viscoso interior que quedó pegado a ambas paredes y suelo lejano.
Por el temblor del impacto, unas ya frágiles tuberías cercanas, se aflojaron lo suficiente para que la presión que tenían terminara por romperlas, liberando así un gas negro que se enroscó como una serpiente alrededor del cuerpo.
La pequeña empezó a toser con fuerza tratando de expulsar el oscuro gas que la rodeaba, al mismo tiempo que sus cortos brazos se agitaban de forma errática dispersándolo.
Fue entonces cuando abrió los ojos y pudo presenciar con fascinación el cielo estrellado, aunque solo por unos instantes, las luminosas y blanquecinas estrellas se fueron apagando una a una hasta que solo quedó un manto negro.
Al verlo, sintió cómo su corazón se aplastaba y lloraba de impotencia al saber que había abandonado algo allí arriba y no recordaba el qué.
¿Dónde estoy?
El resto de sus sentidos empezaron a hacer acto de presencia. Su piel sintió por primera vez el frío del lugar y la humedad del suelo en sus pies desnudos. Su nariz olfateó el olor a podrido que cubría las paredes. Saboreó involuntariamente lo que quedaba del humo negro. Su oído captó el bullicio al final del claustrofóbico pasillo de ladrillos. Su mirada se desplazó hacia la luz al final del mismo.
¿Qué ha pasado?
Su cuerpo se movió de forma autónoma, sus manos se apoyaron en las cajas, y sus brazos hicieron fuerza para levantar el pequeño cuerpo.
Sin saber aún cómo controlaba su cuerpo, se puso en pie dispuesta a caminar.
Sus pies se apoyaban torcidos sobre el suelo, y no pudo mantener su tambaleante andar sin tropezarse con sus propios pies.
Su frente dio un golpe seco contra el suelo.
Al instante sintió una punzada ardiente en la cabeza, y ante aquel sentimiento, soltó un chillido que hizo temblar los edificios a su alrededor hasta que dos estallidos fuertes a lo lejos le hicieron volver en sí.
¿Qué es este sentimiento?
Se preguntó mientras se trataba de poner de pie de nuevo.
La sangre empezó a gotear por su frente hasta llegar al suelo, formando un pequeño charco rojo.
¿Qué es esto?
Poco a poco empezó a distinguir una imagen reflejada en la sangre. Era una niña, una niña con ojos grandes y oscuros. El pelo, negro como el gas que tragó en su primer aliento, le caía por lo hombros hasta que se mojaban con la sangre. La imagen le hizo ponerse en pie de la sorpresa.
Pese a ello, sus ojos no dejaron de ver el reflejo.
Llevaba puesto un vestido largo, gris por el polvo absorbido. Se pasó la mano por la frente antes de observarla también. La piel palpitó bajo su tacto. Era una mano pequeña, con dedos finos y cortos manchados del mismo polvo de su vestido y la sangre de su frente.
¿Soy yo? ¿Quién soy?






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