001. registro // interferencia
Me hablaron de los mortales antes de conocerlos.
Demasiado.
Que son frágiles.
Que temen a cosas invisibles.
Que son impredecibles.
Que sienten miedo incluso cuando no hay peligro.
Que crean significado donde no lo hay y destruyen lo que sí lo tiene.
No dijeron nada sobre cómo se sienten cuando los miras directamente.
Iba a Admina.
Los míos habían vuelto a confundir creación con experimento, y yo debía intervenir.
Eso era lo único seguro.
No estaba nervioso.
O, si lo estaba, no tenía una forma consciente de notarlo.
El portal respondió, pero no obedeció.
El trayecto se dobló.
Al otro lado no había cielo ni estructura viva.
La habitación era pequeña. Demasiado cerrada.
Morada.
No había cielo, ni anillos, ni lunas superpuestas.
Había paredes. Figuras. Un olor extraño que luego identifiqué como humano.
Me observaba una mortal con un objeto en la mano, como si yo fuera el error.
Tal vez así era.
Pensé que me había equivocado.
—Esto no es Admina, ¿cierto? —pregunté.
La mortal emitió un sonido abrupto, poco articulado, acompañado de una expresión facial intensa.
—¿Admi— ¿qué? —respondió.
Confirmado. No era Admina.
Me di la vuelta de inmediato y volví a abrir el portal.
Luego lo cerré.
Lo abrí otra vez.
Cerré. Abrí.
Como una puerta defectuosa. Algo interfería. El camino correcto no se sostenía.
—¡¿Qué mierda estás haciendo?!
Había pánico en su voz. También reconocimiento, aunque yo no entendí por qué.
—Quiero ir a otro lugar —expliqué—. Algo está bloqueando el acceso.
Observé el espacio mientras lo decía. Era… interesante. Demasiado personal. Demasiadas marcas de identidad.
Los mortales dejan rastros incluso cuando creen estar quietos.
—¡Espera! ¿Qué eres tú?
—Un dios —respondí—. ¿Algo más?
Pareció procesarlo. Luego alzó el objeto puntiagudo… o, más bien, no puntiagudo. Era delgado, de madera.
—¿Un lápiz sin punta? —pregunté, genuinamente intrigado.
—No juzgues mis métodos de defensa personal.
—¿Defensa personal?
—Abriste un portal en la casa de un desconocido —dijo—. ¿Entiendes por qué estoy asustada?
—Oh —Lo entendí. Tarde, pero lo entendí.—. Cierto. No debería hacer eso aquí.
Silencio.
—Soy Cosmic —añadí, tras una pausa.
Ella parpadeó.
—Soy V… ¿supongo?
—¿Eso soluciona el problema? —pregunté.
—No mucho…
Anoté mentalmente: los nombres no reparan el miedo.
Otro silencio.
Recordé mi intención inicial.
—¿Podrías enseñarme sobre los mortales?
Me miró como si hubiera dicho algo incomprensible.
—¿Por qué haría eso?
—Porque necesito comprender antes de intervenir —respondí—. No deseo alterar tu realidad.
—¿Cómo sé que no mientes? ¿Que no me harás daño?
—Yo no miento. Además…
Chasqueé los dedos. El adorno de una flor naranja tallado en madera se desintegró en polvo a nuestro lado.
—Si lo quisiera, ya lo hubiera hecho.
Su temperatura corporal cambió.
Ella se tensó.
—¿Y qué obtengo yo? —preguntó.
—No quiero alterar tu realidad —repetí—. Pide algo que no lo haga.
Rodó los ojos. Era un gesto interesante. Desprecio leve, cansancio humano.
—Qué aburrido…
Miró a las hojas de papel, tinta y pintura seca en su escritorio.
Sus proyectos. Sus intentos.
—Ayúdame con esto. Sin magia.
Lo evalué.
Ayudar sin alterar parecía contradictorio.Pero los mortales viven de contradicciones.
Y yo no planeaba estar aquí mucho tiempo.
—Acepto. Pero aún no entiendo la dificultad de tus tareas.
Lo dije para mí.
Ella emitió un sonido breve por la nariz. No era hostil.
Tal vez era una risa.Lo ocultó mal.
No entendí por qué, pero tomé nota.








