Manual Del Antihéroe. Apología (No Oficial) De La Venganza por Ceci_Camacho en Inkitt
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Manual del Antihéroe. Apología (no oficial) de la Venganza

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Sinopsis

Zack, Olivia, Melinda y Owen: son cuatro hijos de héroes asesinados que están empeñados en descubrir quién estuvo detrás de todo. Cuando la hija del mayor villano de la historia, una aliada improbable y silenciosa... o no tanto, se une a ellos, creen que por fin las cartas están de su lado. ellos observan desde las sombras, miden la fuerza, se mueven con agilidad, calculan cuánto peso pueden cargar... y cuánto están dispuestos a dejar caer sobre los demás. Esta no es una historia del bien contra el mal, para nada. pero si crees que podrías doblegar al mundo entero por amor...y por venganza este manual es para ti.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Ceci_Camacho
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Bienvenidos al karaoke

—Deja de decir estupideces, Chávez —escupió Collin, recostada contra una celda —. Tú y yo somos muy diferentes. Por muchas razones... pero no por la que acabas de inventar para hacerte la víctima.

La prisión subterránea estaba cargada de ecos viejos. El aire olía a óxido, a piedra mojada y a algo rancio que parecía llevar años atrapado ahí abajo, como agua estancada mezclada con metal corroído. Cada respiración dejaba un sabor amargo en la garganta, seco e incómodo. Las rejas dominaban el espacio. Gruesas, curvas en lo alto, comidas por el tiempo. El hierro estaba rugoso, anaranjado por el óxido, y bastaba mirarlo para imaginar cómo debía sentirse al tacto, frío y áspero, casi cortante. Algunas puertas estaban abiertas, otras no, pero ninguna invitaba a cruzarlas. Todas parecían una advertencia.

Por primera vez desde que habían llegado, Collin levantó la mirada.

Estaba enojada, era evidente. Se sentía. Y cuando sus iris se tornaron de ese violeta brillante que parecía apagar todo a su alrededor, quedó claro que no estaba exagerando. Estaba furiosa.

—¿Tú qué creíste que iba a pasar? —continuó, dando un paso al frente—. ¿Qué te dijo tu brillante cerebrito que iba a pasar cuando el colisionador explotara?

Sonrió, pero no había nada amable en ese gesto.

—¿Pensaste que tu papi iba a salvar el día? ¿A salvar al mundo? —continuó—. Que volvería a casa, verían la tele, comerían pizza y todo sería una anécdota heroica más.

Su voz bajó. Se volvió más peligrosa.

—Eres un encanto, Chávez. Tan dulce. Tan... intacto. No sabes lo que es la maldad. No sabes lo que es crecer con la sangre podrida y la mente rota. No sabes lo que es cargar un apellido que ya te condena antes de que abras la boca.

Se enderezó por completo.

—Así que sí, no somos iguales. En eso tienes razón —dijo, clavándole la mirada—. Pero aprende las razones correctas antes de volver a traer el tema. Porque la próxima vez... no voy a ser tan paciente.

El silencio que siguió fue espeso. Nadie dijo nada.

Los demás lo habían escuchado todo.

Collin se apartó un poco del grupo. Se alejó unos pasos y les dio la espalda a todos, como si necesitara recordarse seguir respirando.

Aquel pasillo se extendía en una sucesión de arcos bajos, uno tras otro, como la garganta de una serpiente enorme. La luz amarillenta apenas alcanzaba a iluminar el suelo de piedra, dejando las paredes en sombras irregulares que parecían moverse cuando no las miraban directamente. Más allá, al fondo, el túnel se perdía en una oscuridad azulada, distante, casi inalcanzable. Se habían hecho pasar por prisioneros porque era la única forma de entrar sin levantar sospechas. Ahora solo quedaba esperar. Un par de horas, o eso les habían dicho. Hasta que el contacto de Collin apareciera y los llevara con el hombre que necesitaban.

Y entonces—

—Zachary Chávez, ¿Qué fue todo eso? —susurró Melinda a su lado.

Tenía ojeras marcadas y el cabello recogido a la fuerza, como si no hubiera dormido bien en días. Aun así, su voz era firme. Siempre lo era cuando algo le importaba de verdad.

Él se giró, eran todos.

No en círculo, ni en formación. Juntos, agotados y Heridos.

—¿Te volviste loco Zack? —añadió Olivia, cruzándose de brazos—. ¿Por qué dijiste eso?

Estaba indignada, pero no desde el enojo impulsivo, sino desde ese sentido práctico que la hacía reaccionar cuando algo amenazaba con romper el equilibrio del grupo.

Owen no levantó la voz. Nunca lo hacía en esos momentos. Se limitó a mirarlo con una mezcla rara de cansancio y decepción.

—No tenías derecho —dijo—. Ninguno de nosotros lo tiene.

Zack abrió la boca, pero no salió nada.

—Collin siempre ha estado de nuestro lado, desde que la conocemos —continuo Owen, bajando el tono—. Estamos aquí por ella. Este barrio es suyo. La gente la respeta porque es su sangre. Porque su padre es una leyenda aquí. ¿Sabes lo rápido que ese respeto se puede romper si la ven ayudando a hijos de héroes?

Eso sí lo atravesó.

Giro la cabeza buscando a Collin. La miró entonces con otros ojos, Y, de golpe, entendió algo que le incomodó más que cualquier amenaza, que alguien con ese apellido, con ese legado, podía ser también peligrosamente frágil. No porque no fuera poderosa en más de un sentido, sino porque bastaba una palabra mal dicha para herirla de verdad.

—Nuestros padres cayeron —dijo Olivia, tragando saliva—. Algunos no volvieron a despertar. Otros siguen conectados a máquinas. Y... Collin esta ayudando a averiguar quien lo hizo.

Nadie levantó la voz.

No hizo falta.

—Ella no nos debe nada —concluyó Olivia—. Y aun así se arriesga. Incluso ahora.

El ruido lejano del barrio bajo volvió a colarse entre ellos: música distorsionada, risas peligrosas, motores viejos.

—Así que si vas a decir algo —añadió—, piensa primero en quién está pagando el precio.

Collin no se giró.

Y Zack supo que sus palabras no solo la habían golpeado a ella.

Habían puesto a todos en peligro.

Esa no era su primera misión juntos, ni siquiera la tercera. Desde la explosión del colisionador —desde la noche en que varios de sus padres no regresaron y otros quedaron reducidos a nombres en expedientes médicos— habían encadenado una misión tras otra con la misma pregunta clavada en el pecho: ¿Quién estuvo detrás? Aquella ya era la séptima incursión en busca de respuestas, y aun así seguían sintiéndose peligrosamente lejos de encontrar al responsable.

Cada contacto prometía algo, cada pista parecía importante... y siempre terminaba en un punto muerto. Pero rendirse nunca fue una opción. Por eso estaban allí, en esa prisión subterránea, esperando al contacto de Collin que los adentraría al corazón Bajo mundo. No porque confiaran en que esta vez todo se resolvería, sino porque, si algo habían aprendido, era que la verdad rara vez se dejaba encontrar a la primera. Y ellos no pensaban dejar de buscar.

Hasta ahora, Collin había sido eso, una voz al otro lado, una guía incómoda, información obtenida desde las sombras. Esta noche, en cambio, era la primera vez que los acompañaba.

—Si me permiten opinar... ¿Qué más da que la niña rica esté o no de nuestro lado?

La voz de David atravesó la prisión sin necesidad de alzarse; el silencio la sostuvo, la amplificó y la volvió imponente. El eco tardó en morir.

Zack fue el primero en girarse. Owen alzó la cabeza despacio, como si acabara de escuchar algo que no encajaba del todo. Olivia frunció apenas el ceño, más atenta al tono que a las palabras. Melinda, en cambio, se quedó inmóvil, con los brazos cruzados, observándolo como si estuviera midiendo una grieta nueva en la pared.

David estaba relajado. Demasiado. No era la primera vez. Ni la segunda. David se había sumado a esa misión igual que a las anteriores: por decisión propia y sin pedir permiso, convencido de que su presencia era necesaria.

Era arrogante, sí. Le gustaba oírse hablar, dejar frases flotando y medir el efecto antes de continuar. Pero nadie ahí lo subestimaba. Se apoyó con descuido contra una de las rejas abiertas, como si el óxido no pudiera tocarlo. Tenía las manos visibles, abiertas en un gesto de falsa transparencia.

—Quiero decir —continuó, encogiéndose de hombros—, todos sabemos quién es. De dónde viene. Y sobre todo a quién pertenece ese apellido.

Una pausa breve. Calculada.

—No es como si no fuera a sobrevivir igual.

El silencio volvió a cerrarse.

—No estás hablando de una estrategia —dijo Owen por fin, con voz controlada—. Estás hablando de una persona.

David sonrió apenas. No burlón. No amable. Una sonrisa ensayada, segura de sí misma.

—Estoy hablando de probabilidades —corrigió—. Y de recursos.

Hizo un gesto vago con la mano, como si ordenara piezas invisibles en el aire.

—Que una persona no estorbe no la vuelve automáticamente útil. Solo... tolerable.

El eco de la palabra “tolerable” se arrastró por el pasillo.

David seguía tranquilo. Cómodo.

—No me malinterpreten —añadió—. No digo que sobre. Digo que, en un escenario como este, lo que no suma... puede quedarse mirando.

—Curioso —dijo Melinda, sin alzar la voz—. Porque hasta ahora, la que más ha sumado sin pedir nada a cambio es justo la persona a la que acabas de reducir a una estadística.

David la miró. Sonrió apenas, ladeando la cabeza.

Melinda dio un par de pasos muy despacio y se acercó a Zack, ignorando por completo lo que David acababa de decir.

—Arréglalo —le dijo, en voz baja pero firme, a su espalda—. Ya.

No fue una sugerencia. Fue una orden.

No hacía falta aclarar nada.

No hablaba de David.

Se refería a Collin y a lo que él le había dicho unos minutos antes.

Apenas Melinda dijo eso, Zack giró la cabeza.

No fue un movimiento brusco; fue casi involuntario, como si ya supiera hacia dónde tenía que mirar desde antes.

Collin no llevaba uniforme ni camuflaje. Ni siquiera se esforzaba por no llamar la atención. Iba vestida como siempre llevaba el cabello rizado recogido sin demasiada disciplina, unos lentes finos que le suavizaban la mirada, una chaqueta de cuero roja que caía abierta sobre un top oscuro, una falda corta y unas botas negras de plataforma. Estaba de espaldas, recostada contra la celda, con los audífonos puestos, aislándose del mundo como si así pudiera apagarlo. Cuando Zack se detuvo a su lado, ella hizo un gesto extraño, casi imperceptible, como si algo invisible le rozara la piel.

—Suenas asqueroso —dijo sin mirarlo.

Él se quedó inmóvil.

Nunca había sabido cuáles eran exactamente los poderes de Collin. Nadie lo sabía con certeza. Solo rumores. Sonido. Vibraciones. Frecuencias. Collin siempre decía cosas así: haces demasiado ruido, te escuchas raro, baja el volumen.

Pero suenas asqueroso... eso era nuevo.

—Es exasperante, Chávez —añadió, quitándose uno de los audífonos y girando apenas el rostro hacia él. Cuando lo miró, tenía esa expresión peligrosa, casi clínica—. Es ruido alto, empalagoso, y me está volviendo loca.

Hizo un gesto con la mano.

—Así que di lo que tengas que decir y apaga esa mierda.

No supo si era su cuerpo o su mente, pero algo en él estaba vibrando. Collin lo oía. Oía su vergüenza. Su culpa. El desastre que había dejado atrás. Y, claramente, no le gustaba nada.

Tragó saliva.

—Tienes razón —dijo al fin—. Con lo que dijiste hace rato... de verdad lo siento.

Ahí estaba.

Lo dijo.

Su mirada no se suavizó de inmediato. No fue una absolución. Pero el aire alrededor pareció estabilizarse, como si el ruido hubiera bajado un par de niveles. Ya no parecía rodeada de mil demonios gritándole al mismo tiempo.

—Qué amable —respondió ella, seca.

Volvió a recostarse contra la celda y se colocó de nuevo los audífonos.

—Gracias.

No sonó como perdón ni como aceptación. Sonó a tregua y eso era.

Un minuto después, algo se iluminó en la muñeca de Collin.

Una pulsera de esas de amistad, de hilos gastados y colores desteñidos, vibró con una luz tenue.

—Muy bien, gente —anunció, incorporándose—. Saquen el botín. Vinieron por nosotros.

Se acercó a la enorme puerta de acero como si no pesara toneladas.

Todos sacaron lo que Collin les había pedido llevar.

Ponqués.

Ponqués de chocolate, sin nueces. Cada uno cargaba un par. Al final, completaron una docena exacta.

La puerta se abrió lentamente, con un gemido metálico que les erizó la piel a todos.

Del otro lado apareció un niño.

Once... tal vez doce años. Delgado, con ropa demasiado grande para su cuerpo y una expresión que no cuadraba con el lugar.

Collin sonrió al verlo.

—¿Qué hay, hombrecito? —saludó, y sonó como una hermana mayor orgullosa—. Trajimos lo que pediste.

—Eso veo —respondió el niño, observando la pila de ponqués con atención calculada—. Un buen pago por mi servicio.

Zack no pudo evitarlo.

—¿Este es tu contacto... en serio?

Collin se inclinó un poco para quedar a la altura del niño y entonces lo miró a él.

Lento. Frío.

—¿Tú tienes algo mejor?

Zack se quedó callado.

—Giovanni los atenderá a todos —intervino el niño—. Pero solo si siguen vivos después del karaoke.

—Pan comido —respondió Collin sin dudar.

El niño ladeó la cabeza.

—¿Vas a cantar algo esta noche, Collin?

Había ilusión en sus ojos. Demasiada para ese lugar.

—No, peque... esta noche no —respondió ella, y levantó la mirada hacia Zack—. Alguien hirió mis sentimientos.

El niño también lo miró, con expresión neutra, como si él fuera... mierda.

—Ya veo —dijo el niño, volviendo a mirarla—. ¿Quieres que me encargue?

Collin sonrió, ladeando la cabeza.

—No —respondió—. Todavía no.

Se enderezo y pasó junto a Zack, tan cerca que él sintió el zumbido bajo su piel.

—Pero gracias por ofrecerte.

Collin avanzó unos pasos, lo suficiente para que todos la siguieran sin darse cuenta hasta salir de la prisión. El pasillo se estrechó y el ruido del lugar cambió, ya no eran lamentos ni metal, era música lejana pero pulsante.

—Antes de que alguien haga otra pregunta estúpida —dijo sin volverse—, voy a explicarles qué es el karaoke.

Nadie habló.

—No es un concurso —continuó—. No es un bar cutre con micrófonos rotos, es un evento, una tradición del Bajo mundo.

Se apoyó en la pared, cruzando los brazos.

—Esta noche va a estar aquí la élite: traficantes con trajes caros, intermediarios que no existen en los registros, líderes que no dictan órdenes... las compran. Todos vienen a ver sangre, aunque finjan que solo vienen por música.

—Giovanni es el anfitrión —prosiguió—. Y Giovanni colecciona problemas. Gente que le debe favores, gente que le estorba, gente que no le cae bien pero todavía le sirve.

Levantó la mirada.

—Y esta noche, el espectáculo son ustedes.

El silencio se volvió incómodo.

—Hijos de héroes —dijo, saboreando las palabras—. No son respetados aquí. No de verdad. Pero son útiles.

Señaló hacia adelante con el mentón.

—La dinámica es simple —dijo Collin sin detenerse—. dos lados.

La gente que Giovanni quiere ver caer... y ustedes.

El pasillo era estrecho, húmedo. Las luces parpadeaban como si también dudaran de seguir funcionando.

—Si ganan los otros, él se lava las manos —continuó—. pero si ganan ustedes, si sobreviven, si hacen bien el trabajo...

Hizo una pausa breve. Calculada.

—Giovanni se deshace de un par de molestias. Y a cambio, les da información. Toda la que pueda dar.

—¿Y si perdemos? —preguntó Melinda desde atrás.

Collin ladeó la cabeza, como si la pregunta le pareciera tierna.

—Entonces solo fueron una noche entretenida.

Nadie se río.

El pasillo se abrió un poco más. La música ya se escuchaba clara ahora, bajos profundos, risas distorsionadas, cristal chocando con cristal.

—Desde un punto de vista estadístico —intervino David de pronto—, el modelo es ineficiente. Demasiadas variables, demasiado caos. Apostar por el espectáculo suele ser una mala inversión a largo plazo.

Todos voltearon a verlo, el comentario cayó pesado. Fuera de lugar. Como si alguien hubiera contado un chiste en un funeral.

Todos lo miraron un segundo.

Collin alzo una ceja.

—¿Tú quién eres?

David parpadeó, sorprendido.

—David. Estoy—

—No —lo interrumpió—. Me refiero a qué haces aquí.

El silencio se volvió incómodo. Espeso.

—Porque yo no te conozco —continuó Collin con total calma—. No pedí que vinieras. No te contacté. Y este no es un lugar al que uno se “auto invita”.

David apretó la mandíbula, pero no respondió.

—Así que puedes guardarte tus estadísticas —añadió ella, dándose la vuelta—. Aquí abajo la gente no muere por números. Muere por diversión.

Collin empujó la puerta del karaoke y el ruido los golpeó de frente, parecía un lugar demasiado vivo para gente que disfrutaba ver morir a otros.

—Entren —dijo Collin, haciéndose a un lado.

Y luego... no entró con ellos.

Se giró rumbo a un pasillo lateral, oscuro y estrecho.

—¿Y tú a dónde vas? —preguntó Owen desde atrás, con expresión confusa.

Collin se detuvo lo justo para mirarlos por encima del hombro.

—Voy a hacer su acompañamiento musical —respondió—. A menos... que prefieran hacerlo sin mí.

Nadie dijo nada.

—Pensé que no —añadió, y antes de desaparecer dejó caer la última instrucción, casual, como quien recuerda comprar el pan—. “Tapones a los oídos cuando se apaguen las luces”.

Volvió a caminar.

—Bienvenidos al karaoke.

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