Refugios de Cristal
La luz azul del monitor era lo único que iluminaba mi cuarto a las dos de la mañana. Mañana tenía examen de matemáticas, pero no me importaba. En la pantalla, los créditos de un anime de romance terminaban de pasar. Otra historia donde el protagonista, un chico común y distraído, encontraba a la chica que cambiaba su mundo.
Cerré la laptop y me quedé a oscuras, escuchando el silencio de mi casa en Lima. Mañana volvería a ser el mismo de siempre: el chico que se sienta al fondo, el que no destaca en los deportes, al que sus compañeros miran con una mezcla de lástima y burla.
— “Qué patético soy” — susurré, sintiendo el peso de la mochila que me esperaba al amanecer.
Mi vida en el colegio era una rutina de grises. Durante los recreos, me escondía para evitar las bromas de los chicos más populares, quienes decían que mi problema era vivir en las nubes, obsesionado con mis “dibujitos”. Y tenían razón. Yo veía esas historias para llenar el vacío, para imaginar que yo también podía ser el protagonista de algo importante.
Al día siguiente, durante la hora libre, la lluvia limeña empezó a caer de esa forma que ensucia todo el patio. Buscando escapar del ruido de la cafetería, me refugié en el único lugar donde nadie me molestaría: la biblioteca del colegio. Era un lugar viejo, con olor a papel guardado y estantes que llegaban al techo.
Caminé hacia la sección de arte y fotografía, buscando un rastro de algo real. Y ahí, sentada en una mesa al rincón, la vi.
Era pequeña, apenas medía 1.59. Llevaba el uniforme del colegio, pero de una forma que la hacía parecer distinta a las demás. Tenía unos auriculares blancos grandes alrededor del cuello y su cabello, de un color lavanda suave que desafiaba todas las normas del reglamento escolar, caía sobre su rostro como una cortina. Estaba concentrada, limpiando con un pañuelo de seda la lente de una cámara analógica vieja.
Me quedé helado. Parecía una imagen sacada de uno de esos animes que veía por las noches, pero ella estaba ahí. Podía escuchar el roce de sus manos contra el metal de la cámara.
Me acerqué, sintiendo que el corazón me iba a saltar del pecho.
— “Esa cámara... es una Nikon, ¿verdad? Mi abuelo tenía una igual, pero decía que ya no se consiguen rollos para esas fotos” — dije, intentando que mi voz no temblara frente a la chica más misteriosa del salón.
Ella se sobresaltó tanto que casi deja caer la cámara. Dio un pequeño paso atrás en su silla y bajó la cabeza de inmediato, ocultando su rostro tras su flequillo. Fue un gesto de timidez tan extremo que me recordó a una mariposa cerrando sus alas por miedo a ser tocada.
— “S-sí... — respondió con una voz que era apenas un susurro. — Me gusta porque... porque captura las cosas tal como son. Sin filtros. Sin mentiras. A diferencia de las fotos del celular... estas son de verdad.”
Se giró un poco y pude ver sus ojos por primera vez: un verde agua profundo que parecía contener toda la soledad del colegio. En su muñeca brillaba una pulsera con un dije de una cámara miniatura.
— “Soy Roberth, del 5to B” — dije, intentando sonreír.
— “Mio... — murmuró ella. — No suelo hablar con nadie aquí. Siempre siento que... que si no hablo, nadie notará que estoy.”
— “A veces el silencio dice más que los gritos de los demás, Mio.”
Ella levantó la vista y me regaló una sonrisa tan pequeña y frágil que sentí que algo dentro de mí se iluminaba. Por primera vez, no quería que terminara la hora libre. No quería volver a casa a ver anime. Quería quedarme en esa biblioteca, descubriendo quién era esa chica de cabello lavanda que, al igual que yo, parecía vivir en un mundo aparte.
No tenía idea de que esta era la primera página de la historia más hermosa de mi vida escolar, ni de que el destino me estaba preparando el final más amargo de todos.