ÚNICA PARTE
Jungkook nació con la piel como la leche derramada sobre mármol antiguo. Albino. Así lo llamaban antes de decir su nombre, como si esa palabra bastara para definirlo todo. Albino: frágil, raro, delicado, distinto.
Creció aprendiendo a bajar la mirada antes de que el mundo lo hiciera por él.
A los cuarenta años, Jungkook era un hombre hecho de silencios bien planchados. Vestía trajes oscuros, gafas con filtro especial para la luz y una expresión tallada a base de disciplina. No sonreía mucho. No porque no supiera cómo, sino porque nunca le enseñaron cuándo era seguro hacerlo.
Su familia, tradicional hasta el hueso, había decidido que ya era hora. Hora de casarse. Hora de dejar descendencia. Hora de cumplir con un deber que nunca eligió.
—Es solo un matrimonio —le dijeron—. No necesitas amor para eso.
Y así, como si se tratara de una fusión empresarial, eligieron por él.
Jimin.
Veintidós años. Universitario. Mimado hasta los huesos.
Demasiado joven. Demasiado color. Demasiada luz.
Jimin era el tipo de chico que parecía caminar con una playlist feliz de fondo. Su cabello cambiaba de color como si las estaciones vivieran en su cabeza: rubio miel, rosa pastel, plateado suave. Se vestía con suéteres oversized, pantalones anchos, zapatillas con detalles adorables. Siempre llevaba algún accesorio: anillos, collares, bolsos pequeños con charms.
Cute. Ridículamente cute.
Cuando le dijeron que debía casarse, pensó que era una broma pesada.
—¿Cómo que con un señor de cuarenta? —preguntó, tirado en la cama, abrazando un peluche.
—Es un buen partido —respondió su madre—. Responsable. Estable. Te cuidará.
Jimin no quería que lo cuidaran. Quería vivir.
El primer encuentro fue… incómodo.
Una palabra bonita para decir caos emocional.
Jungkook estaba sentado recto en el sofá, manos entrelazadas, traje gris perla.
Jimin entró usando un cárdigan celeste con nubes bordadas y una mochila llena de pins.
Se miraron.
El silencio cayó pesado.
—Hola —dijo Jimin primero, inclinando la cabeza—. Usted debe ser… Jungkook.
La voz era suave, como algodón dulce.
—Sí —respondió Jungkook—. Y tú eres Jimin.
Jimin parpadeó.
“Tu”.
Eso fue raro. Nadie lo trataba así en situaciones formales.
—Soy universitario —soltó Jimin de golpe—. Estudio diseño. No sé cocinar bien. Me gusta dormir tarde. Odio que me griten y lloro fácil.
Jungkook alzó una ceja, sorprendido.
—Gracias por la… honestidad.
—Prefiero decirlo todo ahora —Jimin se encogió de hombros—. Así no fingimos después.
Esa frase se le quedó clavada a Jungkook como una astilla.
No fingir.
El matrimonio fue discreto. Sin amor, sin besos largos, sin promesas eternas.
Solo firmas. Fotografías forzadas. Sonrisas medidas.
Vivían en la misma casa, pero en mundos distintos.
Jungkook se despertaba temprano.
Jimin se dormía tarde.
Jungkook comía en silencio.
Jimin hablaba con la boca llena.
Jungkook evitaba el sol.
Jimin abría cortinas como si la luz fuera una amiga íntima.
Al principio, Jungkook pensó que aquello sería un suplicio.
Demasiado ruido. Demasiado color. Demasiada emoción.
Pero poco a poco… algo empezó a cambiar.
Jimin no lo miraba con lástima.
Ni con curiosidad morbosa.
Ni con miedo.
Lo miraba como se mira algo bonito sin entender por qué.
—Tu piel es como porcelana —le dijo una noche, sentándose cerca—. Parece irreal.
Jungkook se tensó.
—No es algo que deba señalarse.
—No lo digo mal —Jimin negó rápido—. Me gusta. Es… diferente.
Diferente.
No raro.
No incorrecto.
Diferente.
Jungkook no supo qué responder.
Con el tiempo, Jimin empezó a colarse en su rutina. Le dejaba notas en el escritorio. Le preparaba café (mal hecho, pero con intención). Le mostraba sus diseños, buscando aprobación con ojos brillantes.
—¿Qué opinas? —preguntaba.
Jungkook opinaba. Siempre con cuidado. Siempre honesto.
Y Jimin escuchaba.
Una noche, después de una discusión tonta —sobre horarios, sobre espacio, sobre lo injusto que era todo—, Jimin lloró.
No en silencio.
No escondido.
Lloró en la sala, hecho bolita, con las mangas cubriéndole las manos.
Jungkook no sabía qué hacer. Nunca había sido bueno con las emociones ajenas.
Pero se sentó a su lado.
—No pedí esto —susurró Jimin—. Pero tampoco quiero odiarte.
Jungkook tragó saliva.
—Yo tampoco lo pedí —admitió—. Y no quiero que sufras por mi culpa.
Fue la primera vez que se dijeron algo real.
Después de eso, las barreras bajaron.
Jungkook empezó a contarle cosas. De niño, del rechazo, de las miradas.
Jimin escuchaba sin interrumpir, con el corazón abierto.
—Eres fuerte —le dijo—. Aunque no te lo hayan dicho suficiente.
Jungkook aprendió que Jimin no era solo cute. Era sensible, sí, pero también valiente.
Y Jimin descubrió que Jungkook no era frío. Solo estaba cansado de protegerse.
El amor no llegó como explosión.
Llegó como costumbre.
Como preparar té juntos.
Como compartir silencios cómodos.
Como mirarse y no apartar la vista.
Una noche, Jimin se quedó dormido apoyado en su hombro.
Jungkook no se movió durante horas.
Porque por primera vez… alguien se sentía seguro ahí.
El beso llegó después. Tímido. Tembloroso.
Real.
Y cuando Jungkook entendió que amaba a ese chico lleno de colores, ya no hubo marcha atrás.
No fue perfecto.
Pero fue elegido.
Y eso… eso lo cambió todo.
FIN









Sigue la historia nena porfavor síii 👍 💯 🤩 🤩 🤩 🤩 🤩 🤩
Amo hay no quiero más de esta historia me encantó 😍
linda historia, me encantó ♥️ ♥️