CAPITULO I La muerte estaba aburrida
La Señora Muerte Estaba Aburrida
Yo siempre llego antes que ellos. Pero a Julián le gusta creer que aún tiene tiempo.
Despertó con la misma incomodidad de cada noche, como si alguien lo hubiera llamado por su nombre sin pronunciarlo. Miró el reloj de pared: las seis en punto. Las agujas, inmóviles.
—Después le cambio la pila —dijo, como siempre.
Se levantó, se lavó la cara con agua fría, se afeitó con paciencia. Julián es un hombre correcto. Prolijo. De esos que se preparan para ir a trabajar aunque no recuerden bien a dónde.
Antes de salir, dudó. Siempre dudaba. Había un paseo breve que se permitía cada noche, un desvío mínimo antes de la obligación. No sabía por qué lo hacía; solo sabía que no podía dejar de hacerlo.
Buenos Aires lo recibió con su aliento helado. La noche era eterna, la niebla baja, y el frío se pegaba a los huesos. Caminó por Corrientes con las manos en los bolsillos, pasando frente al café de la esquina: persiana a medio bajar, mesas apiladas, luces apagadas.
Cerrado, siempre cerrado.
Se detuvo un segundo, como si esperara que alguien saliera a decirle algo. Nada ocurrió. El vidrio devolvió una ciudad vacía y un reflejo borroso.
Siguió.
Sentía que algo lo acechaba. No quizo mirar. Nunca lo hacía.
Subió al mismo edificio antiguo que subía todas las madrugadas. Un edifició que tambien morirá, aunque un tipo de muerte diferente, menos humana, mas simbolica para la memoria mortal. A Julián le parecía un disparate: había cosas que no se tiraban abajo tan fácil. La terraza lo recibió con viento y silencio. Desde allí, la ciudad dormida parecía pertenecerle.
Entonces la vio.
Una mujer joven, salida de la niebla. Abrigo claro. Ojos atentos. Lo miró… y el miedo le estalló en la cara.
—No… —susurró ella.
Y luego Gritó.
Yo me incliné un poco, finalmente divertida.
Oh, no te asustes, querida.
El momento está cada vez más cerca.
La mujer retrocedió, tropezó y huyó escaleras abajo, sin dejar de mirar atrás, como si Julián fuera el asesino en serie mas buscado.
Él quedó solo, con el corazón golpeándole el pecho.
No entendía qué había hecho.
No entendía por qué dolía tanto.
—Perdón… — dijo Julian al aire lleno de terror.
Yo sonreí.
No por crueldad. Por paciencia.
Aún no era el momento de decirle la verdad.








