La Séptima Línea

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Sinopsis

En las calles de Monterrey, el invierno trae consigo algo más oscuro que el simple frío. Sheshiret y sus amigos verán cómo sus vidas se entrelazan en una red de coincidencias imposibles cuando un misterioso libro comienza a alterar la realidad que creían conocer. Lo que empieza como un misterio urbano pronto desciende hacia una espiral psicológica donde el pasado no perdona y el futuro parece ya estar escrito. Entre sombras que acechan y secretos que gritan por salir, descubrirán que hay ecos que resuenan mucho después de que la voz se ha apagado. Ecos de un invierno es un thriller sobrenatural que explora los límites de la mente, la tragedia del romance y el terror de lo inevitable. ¿Te atreves a leer lo que el invierno tiene guardado? © 2026 Anndarleth Ameth. Todos los derechos reservados

Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPITULO 0: PRÓLOGO

LA SÉPTIMA LÍNEA

Libro I: Ecos de un Invierno

CAPÍTULO 00: PRÓLOGO

(Registro de la Línea Temporal 6)


Dicen que el infierno es un lugar de fuego y azufre, un castigo diseñado por un dios enojado para los pecadores. Se equivocan. El infierno no es un lugar al que vas cuando mueres. El infierno es la repetición. El infierno es saber exactamente cómo va a terminar la canción, nota por nota, y no poder detener a la orquesta.


Yo había escuchado esta canción cinco veces antes. Y ahora, mientras el techo de la Mansión Lampontaín crujía sobre mi cabeza como la caja torácica de una bestia moribunda, supe que esta línea estaba llegando a su fin.

Mis ojos ardían, no solo por el humo denso que reptaba por el suelo de mármol, sino por el peso de los recuerdos que empezaban a superponerse, como diapositivas quemadas de una vida que no me pertenecía, pero que me había matado repetidamente.


Línea 1. Lluvia torrencial golpeando mi cara. Yo estaba empapado, sosteniendo la mano de una chica de cabello blanco y ojos tristes, prometiéndole bajo la tormenta que encontraría la forma de salvarla. El sonido del trueno ahogando sus sollozos. Fue la primera vez que sentí el frío de la derrota, un frío que ni siquiera el fuego de hoy podía borrar.


Línea 2. El vacío girando. Vértigo absoluto. Estoy de pie al borde de un rascacielos. Veo a esa misma chica cayendo hacia la ciudad iluminada abajo, su vestido ondeando como una flor blanca marchita. Grito, extendiendo la mano a milímetros de rozar sus dedos antes de perderla en la noche. El sonido de su cuerpo impactando contra el pavimento todavía resuena en mis pesadillas como un gong eterno.


Línea 3. Humedad asfixiante. Selva cerrada. El olor metálico de la sangre fresca manchando las hojas verdes. Estoy en el suelo, desangrándome lentamente por una herida en el abdomen, escuchando sus pasos alejarse mientras mi visión se funde a negro. Morir en el silencio verde fue una agonía lenta, un recordatorio de que no importa cuánto corras, el destino tiene pies de plomo.


Línea 4. Oscuridad asfixiante. Polvo llenando mis pulmones. El peso aplastante de toneladas de roca y concreto destrozando mis piernas en una cueva. El eco del pánico rebotando en la piedra. Me tomó horas morir esa vez, rezando a dioses en los que no creo para que la tierra terminara de tragarme.


Línea 5. Luz de quirófano, blanca y clínica. Estoy atado a una cama de hospital de metal, las correas de cuero quemando mis muñecas. Grito hasta desgarrarme las cuerdas vocales, rogando que apaguen las máquinas. Y luego, el rostro arrogante de Caín Sígala, sonriendo con desprecio absoluto mientras levanta un arma oscura y me dispara directamente a la frente. Ese fue el final más rápido, y quizás el más misericordioso.


Todo había comenzado con la promesa de una victoria. Siempre empezaba así, ¿no? Con la estúpida y arrogante esperanza de que esta vez habíamos sido más listos que ellos.

Recuerdo la textura del papel en mi mano hace apenas veinte minutos. El contrato original. Lo habíamos encontrado en una caja fuerte en el despacho del señor Sígala, oculto tras un retrato al óleo de un tatarabuelo que tenía los mismos ojos vacíos que Caín. Milla había desactivado la alarma con una precisión quirúrgica, sus dedos volando sobre el teclado mientras yo vigilaba la puerta con el corazón martilleando en mis oídos. Francis había noqueado al guardia de la entrada sur, un hombre que simplemente estaba en el lugar equivocado en la línea equivocada. Jesús nos esperaba en la camioneta con el motor encendido, listo para sacarnos de ese nido de víboras de las calles de Monterrey.


Teníamos el contrato. Teníamos el encendedor. Solo teníamos que quemarlo. Pero la Casa Lampontaín no era solo ladrillo y cemento. Era un organismo vivo, una extensión de la Sombra, y no iba a dejarnos cortar su fuente de alimento tan fácilmente.


El primer estallido no sonó como una explosión, sino como una exhalación profunda, un suspiro de aire caliente que recorrió los pasillos de mármol. Luego vinieron los gritos. No los gritos de pánico de la gente normal, sino los alaridos indignados de la élite de Monterrey dándose cuenta de que su dinero no era ignífugo. El fuego no discrimina entre un vestido de seda de París y la ropa de trabajo de un mecánico; ambos arden con la misma voracidad hambrienta.

Corrimos. Dios sabe que corrimos.


Lucía iba delante de mí, sujetándose el dobladillo de ese maldito vestido rojo que parecía presagiar la sangre que estaba por correr. Podía ver su espalda tensa, sus omóplatos marcados bajo la tela fina, moviéndose con la desesperación de un animal atrapado. Sus ojos azules, esos glaciares que me habían enamorado en la cafetería de la escuela, estaban fijos en la única salida visible.


-¡Por aquí! -había gritado ella, girando hacia el Gran Salón-. ¡La salida de servicio está bloqueada!


Fue entonces cuando el mundo se inclinó.


No hubo aviso. Una de las columnas principales, debilitada quizás por décadas de podredumbre moral o simplemente por la física del fuego, cedió. El sonido fue ensordecedor, un trueno seco dentro de la casa. Vi la viga maestra del techo desprenderse en cámara lenta. Era un monstruo de madera antigua, pesada, adornada con grabados de querubines que ahora parecían demonios sonrientes.


-¡Lucía! -Grité, mi voz desgarrándose por el humo.

Me lancé. No lo pensé. Mi cuerpo reaccionó con la memoria muscular de cinco muertes previas. La empujé con todas mis fuerzas, lanzándola fuera de la trayectoria del colapso.

Y luego, el impacto.


No sentí dolor al principio. Solo una presión absurda, inmensa, como si el cielo entero hubiera decidido aterrizar sobre mi espalda. El aire salió de mis pulmones con un sonido húmedo. Mis piernas... simplemente dejaron de existir en mi mapa mental. No había dolor, solo una desconexión fría y aterradora de la cintura para abajo. Quedé clavado al suelo de mármol, boca abajo, con el sabor a ceniza y sangre llenándome la boca.


El dolor llegó un segundo después. Un grito blanco, puro y líquido que subió por mi columna vertebral y estalló detrás de mis ojos. Grité, o intenté hacerlo, pero lo único que salió de mi garganta fue un gorgoteo ronco. El humo bajaba rápido, una cortina negra y aceitosa que devoraba el oxígeno.


-¡Sheshiret! -El grito de Lucía rompió la cacofonía del fuego.

Giré la cabeza. El movimiento hizo que la viga sobre mi espalda se asentara, triturando lo que quedaba de mis vértebras. Mordí el suelo para no desmayarme. Tenía que verla. Tenía que saber si había valido la pena.


Lucía estaba a tres metros de distancia, tirada sobre los escombros. El empujón la había salvado de ser aplastada, pero no del fuego. Una lluvia de brasas había prendido la falda de su vestido. Ella lo había apagado golpeándolo con las manos, pero podía ver las quemaduras en sus brazos, la piel blanca ahora manchada de hollín y ampollas rojas.

Se arrastró hacia mí. Sus ojos azules ahora estaban llenos de un terror absoluto. No por ella. Por mí.


-No... no, no, no... -sollozaba, intentando mover la viga. Sus manos, manos diseñadas para tocar el violín y pintar acuarelas, empujaron la madera maciza. Era inútil. La viga pesaba media tonelada.


-Vete... -raspé. Mi voz sonaba como si estuviera masticando vidrio-. Lucía... vete.


-¡Cállate! -gritó ella, con una furia que nunca le había visto-. ¡No te voy a dejar! ¡No otra vez! ¡Dijiste que lo romperíamos! ¡Lo prometiste!


La acusación me dolió más que el fuego. Sí. Lo había prometido en cada una de las líneas, en cada uno de mis fracasos. Fallé. Les fallé a todos.


El calor aumentaba. Podía escuchar las sirenas a lo lejos, inútiles. Nadie iba a entrar aquí. Los Sígala se asegurarían de que los bomberos llegaran tarde.


-Sheshiret... -Lucía dejó de empujar. Se dejó caer a mi lado, tosiendo violentamente. Me miró y, por un segundo, vi la resignación. Se acercó a mi cara y acarició mi mejilla con sus dedos temblorosos.


-Viene -susurró.


No tuve que preguntar quién. Lo sentí. La temperatura en el salón no bajó, pero la luz cambió. Las llamas parecieron perder intensidad, como si algo estuviera absorbiendo su energía. Las sombras en las esquinas empezaron a estirarse, despegándose de las paredes.


Una silueta se formó en lo alto de la escalera principal. La Sombra.


En esta vida, había adoptado una forma vagamente humana, hecha de humo denso y estática. Era una gravedad maligna que tiraba de nosotros hacia el abismo. Caminaba bajando los escalones con una calma insultante. El contrato había vencido. La deuda se estaba cobrando.


Miré a Lucía. Ella miraba a la entidad paralizada. La Sombra venía por ella. Yo era solo un daño colateral.

«No», pensé. «No me voy a ir así».


Con un esfuerzo que me costó casi la consciencia, moví mi mano derecha y saqué el Libro Negro de mi chaqueta de mezclilla. El cuero estaba hirviendo, resonando con la proximidad de la entidad. Lo abrí de un golpe. No tenía con qué escribir, pero mi mano estaba desgarrada y sangrando. Perfecto.


Llevé mi dedo ensangrentado a la página. No escribí palabras; volqué mi mente. Quería que mi "Yo" de la siguiente línea sintiera este odio. Presioné mi dedo contra el papel. La sangre fue absorbida por la hoja como si el libro tuviera sed. Sentí un tirón en el centro de mi ser. Estaba guardando la partida.


REGISTRO DE SISTEMA: CIERRE DE CICLO 6.

ESTADO: CRÍTICO.

CAUSA DE FALLO: Variable de Fuego no calculada.

MEMORIAS GUARDADAS.


-Sheshiret... tengo frío... -susurró Lucía.

La Sombra estaba a dos pasos. La entidad extendió una mano de humo hacia su frente.


-¡No la toques! -grité, tosiendo sangre.


La Sombra se detuvo un milisegundo, pareció reírse, y luego tocó a Lucía. Vi cómo la luz azul de sus ojos era succionada. Lucía simplemente se apagó. Su mano cayó inerte sobre la ceniza.


Se había ido. Otra vez.


El techo sobre nosotros emitió un gemido final. Apreté el Libro contra mi pecho. Tenía segundos. Me concentré en un solo mensaje para el idiota que despertara mañana.

El fuego rugió, una ola de calor que borró el mundo. Sentí cómo la oscuridad me envolvía, pero mi alma se aferró a las páginas.


-Nos vemos en la siete, hijo de perra... -susurré a la nada.


El techo colapsó. El mundo se volvió blanco. Luego rojo. Y

finalmente, negro.


Fin del prólogo.


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