Capítulo I: Si solo pudiera tocarte
El motor rugió por última vez antes de que lo apagara en el rincón más apartado del parking del insti. Con diecisiete años y una moto que era mi única vía de escape, lo último que me apetecía era dar el cante. Me quité el casco, dejando que la melena me cayera sobre los ojos, y me saqué la chupa de cuero para meterla en la mochila mientras sentía el peso de las llaves en el bolsillo. El aire fresco de la mañana madrileña me soltó un bofetón en la cara, mezclado con el olor a pinos y el jaleo de los chavales que ya se amontonaban en la entrada. Yo siempre iba a mi bola, por la sombra, buscando mi propio ritmo. Este sitio no era más que una parada obligatoria, un lugar donde las horas se hacían eternas... hasta que apareció ella y me descolocó la vida.
Me llamo Yoshida, tengo diecisiete años y cada minuto en esa clase era un auténtico suplicio, joder. Tenía la mente en otra parte, imaginando el rugido de mi moto, el viento pegándome en la cara y esa velocidad que me sacaba del atontamiento que tenía encima. Pero entonces, la puerta se abrió. Y entró ella.
De repente, el aire del aula cambió por completo. Los colores se volvieron más vivos, los sonidos más agudos. El pulso se me puso a mil y un calor extraño me recorrió el pecho, como si el motor de mi moto hubiera arrancado de golpe dentro de mí. No tengo ni idea de quién es ni de dónde ha salido, pero en ese preciso instante, lo único que me pedía el cuerpo era mandarlo todo a la mierda, acortar la distancia y probar sus labios. Su perfume, una mezcla que te nublaba el juicio y que pasaba olímpicamente de la realidad aburrida de la clase, me envolvió, tirando de mí como si fuera un imán.
Joder, qué sensación más bestia. Era como si el mundo hubiera dado un giro de ciento ochenta grados. Ahora, la idea de venir a clase ya no era un marrón; era una oportunidad. ¿Qué me has hecho, tía? Has conseguido que hasta las matemáticas me parezcan interesantes. No sé qué cojones significa esto, pero una parte de mí, esa parte salvaje y curiosa, está lista para averiguarlo.
Me pasé toda la clase con la mirada clavada en ella sentado justo detras de ella. Tenía a medio mundo a su alrededor dándole al pico, agobiándola con preguntas de dónde venía y chorradas de esas. Solo me apetecía levantarme, apartarlos de un empujón y mandarlos a paseo, pero ella sonreía de una forma tan alucinante mientras contestaba que me quedé ahí, embobado, admirando su belleza hasta que sonó el timbre.
Al salir, se fue con una tía de mi clase que, de verdad, no trago: una tal Susie. Es superior a mis fuerzas, tiene una forma de hablar que te crispa los nervios, no se calla ni debajo del agua, joder. Es un incordio de tía, todo lo pregunta y es de esas extrovertidas que te agotan solo con mirarlas. Pero bueno, gracias a la pesada de Susie, me enteré del nombre de mi amada. Al acabar la clase la llamó para que se fuera con ella, y jamás olvidaré ese momento; para ella no fue nada, pero para mí fue como si el mundo se detuviera. Susie soltó un: «¡Venga, Juliette, vamos!», y la agarró de la mano.
Me quedé de piedra. Ya sabía su nombre. El corazón se me puso a mil por hora, como si fuera a salírseme del pecho. Salí de allí pitando y me fui a mi sitio favorito de Madrid para soltar toda la adrenalina y respirar aire puro: el Mirador de la Cornisa, un rincón donde apenas pasa ni Dios y puedes ver el horizonte sin que nadie te dé la brasa.
Allí arriba, respiré hondo y grité su nombre al viento, dándome a mí mismo el gusto de saborear el momento exacto en el que me enamoré y me obsesioné de alguien a primera vista. Por primera vez en mi vida, no podía esperar a que llegara el segundo día de clase.








