1. Segundas impresiones
Natalia
Desde que había terminado mi relación, todo se sentía más vivo. Los colores eran más intensos, el aire era menos tenso, la gente era más tolerable y, sobre todo, mi trabajo era más llevadero.
Esta ruptura no era como las mil veces anteriores, cuando deseaba morir de inanición antes de que él se alejara de mí. Esta vez era real y, por lo mismo, la pesadilla de su presencia cobraba vida cada vez que su número aparecía en la pantalla de mi celular al llamarme, o los montones de mensajes de su mamá deseando el fin de mis días tan pronto como fuese posible. Normalmente apagaba el celular, el impedimento actual era de la dueña de mi sufrimiento laboral, quién como si la hubiera invocado, reemplazó el número de Camilo por su nombre, estaba llamándome. Recordé entonces mi viaje al matadero. Miré por la ventana y me apuré a bajarme del Mío; me quedé una cuadra después de mi camino.
Mandé un mensaje para avisarle que ya estaba cerca, evitando decirle que me distraje y que iba a empezar a correr en tacones al juicio final. Ella no era de las que le daría lástima por mi sufrimiento, ni me pagaría extra, pues lo llamaría una extensión de mis labores y, para completar, diría que es para que mi carácter y mi fortaleza mental se hagan más fuertes. Tal vez, solo si ella no quería, me daría las entradas para asistir a algún concierto, usualmente de un artista poco conocido. Viéndolo así, Alicia Soler era un diablo que hacía mi trabajo tan estresante como fuera posible. Pero que fuera su mandadera era lo que me sostenía.
Yo era la secretaria de la sección de gastronomía de Mírame Cali. Alicia era la editora en jefe y Sheila la editora asistente; sin embargo, Alicia había decidido que sus labores eran demasiado y necesitaba una mano extra o acabaría sin poder mover medio rostro. De modo que todo el trabajo insoportable me lo dejaba, aparte del debido, como ajustar su agenda, atender correos, clasificación de documentos y demás. En ese momento, estaba cumpliendo una de esas tareas que me sacaban canas, y no porque fueran algo del otro mundo, sino por lo inesperadas que eran y el corto tiempo que me daba para cumplirlas.
Por la temática del mes anterior, los periodistas habían sido encargados de crear una lista de reseñas sobre catorce restaurantes, conocidos o no, de la ciudad. Alicia también se encargó de uno, Rozando el Cielo. Había ido a comer con unas amigas y le encantó tanto que lo incluyó en la lista, ocasionando que su fama creciera de golpe y que ella desease hacerle una exclusiva para la edición del mes. Esteban Charry era el dueño del lugar y a quien yo debía entrevistar en reemplazo de mi jefa. Ella, debido a una úlcera que la estaba haciendo sufrir, a causa de uno de sus experimentos para adelgazar rápidamente, me había llamado a las seis de la mañana para avisarme de que debía cubrir su entrevista. No la culpaba del todo; sabía cuán frustrante es no estar dentro de los estándares. No obstante, debió haber llamado a alguno de los otros integrantes del equipo, quienes estaban más capacitados que yo, pero que también cobrarían por el servicio extra. No como yo.
Me limitaría a tomar nota de lo que dijera el chef dueño del restaurante y a grabar la conversación, organizaría todo pulcramente y se lo enviaría a Alicia, tal como había hecho en una ocasión anterior. Lo curioso en todo el asunto se centraba en la familiaridad del nombre del entrevistado. Me costaba admitir que sería difícil verlo cara a cara; me provocaba agrieras. En cuanto supe que no iría como asistente de Alicia, quise vomitar.
Doña Nubia, la señora del aseo, fue con quien me desahogué sobre la posibilidad de conocer de antes a Esteban Charry, mientras almorzaba con ella una semana antes.
—Nada tiene que perder, mija. Eso es echar pa'lante porque pa' atrás asustan —fue su advertencia. —Y quién quita que le den reconocimiento en esta vez, cuando aparezca su nombre le dan una parte ahí pa' que escriba.
—Pero es que usted no entiende, ¿y si...?
—Ay, mamita. Uno por un hombre jamás debe sentirse amedrentado, puede que no todos sean iguales, pero ellos tienen defectos. Vea al papá de mi hijo, trabajaba y llevaba lo de comer a la casa y un día alistó chiros y se fue pal llano y nunca volvió. ¿Qué me tocó? Reventar sola para el muchachito. ¿Y para qué? Pa que ahora sea un vago en esa universidad, dizque ya casi termina lleva diciendo hace como cinco años.
Aunque no me llenó mucho de aliento, hizo lo suficiente para poner en calma mis nervios y pensar que era más que posible que no fuera él a quien volvería a ver.
Cuando me detuve a respirar, lo hice en la esquina equivocada; en esta había una panadería y pastelería, de la cual salía un olor exquisito a pan recién sacado del horno y daba como invitación a entrar la hermosa vista de postres cuidadosamente decorados, exhibidos en la vitrina. El estómago me gruñó y yo tuve que morder mi labio para detener la idea de desayunar. El día había empezado desastroso: tuve que echarle agua al tarro del champú para poder lavarme el pelo y la cuchilla de afeitar me hizo un corte en la pierna.
—Dios mío, por favor, ya no quiero ser tu mejor guerrera —susurré al parar frente al edificio del restaurante.
Constaba de cuatro pisos y la terraza, sin ascensor. Precisamente era en la terraza a donde tenía que subir. De nada había servido bañarme y aplicarme perfume; estaba sudando como un mocho con cada escalón que subía. En el tercer piso inhalé y exhalé hondo, a la vez que secaba el sudor de mi cuello con una toallita que saqué del bolso. Estaba sedienta, pero la botella de agua que había previsto para la ocasión la había olvidado en casa. Hice una pausa. Por muy bajo rango que tuviera, no iba a llegar asfixiada ni me diera un soponcio en frente del entrevistado. Jamás. Mucho menos con el maquillaje corrido.
Decidí ir más lento. Ya eran las nueve y quince; cinco minutos de más no cambiarían el hecho de que llegaba tarde. Sin embargo, me dieron ganas de llorar en cuanto vi que el establecimiento estaba cerrado y que por más que golpeé la puerta, nadie salió. Me senté en uno de los escalones, a pensar en opciones. Alicia era la primera en todas, así que la llamé. Nada. Le dejé un mensaje y no le llegó. Cambié a minutos de operadora y tampoco. Fui paciente y esperé, en vano, de quince a veinte minutos, a ver si aparecía Esteban Charry. Respiré hondo y me levanté. Mi único consuelo era que Alicia no me echaría, o tal vez sí, pero no hasta acabar la edición del mes. Tendría que soportar su humor y gritos estridentes durante lo que restaba de tiempo, y así ella sacaría todo su enojo antes de mi despedida.
Bajé las escaleras. Las piernas me pesaban, el cansancio quería hacerme flaquear y me decía que mi lugar seguro era en mi cama, no la oficina a la que tendría que asistir antes de las once, y eran las diez en punto. Revisé mi celular al notar una notificación. No era Alicia, sino una sugerencia de amistad de Facebook. ¿Para qué quería agregar a un excompañero del colegio? Entré a WhatsApp sin esperanza alguna, pero casi se me sale el corazón de la alegría al ver que los mensajes para Alicia pasaron a tener dos chulitos en gris, por lo menos. Opté por mandar una nota de voz.
—Perdón por molestarla, Alicia. Pero vine y no hay nadie. He golpeado muchísimas veces y nadie me abre. En vez de colocar que cocina exquisito, digamos que es un farsante e impuntual, que no cumple con los acuerdos formales ni con...
Le di a cancelar la grabación. Me estaba saliendo de mi papel.
En el cuarto piso miré a lo lejos del pasillo en busca de un baño. Lo encontré en el fondo. Mi maquillaje había sobrevivido por poco, pero la imagen que reflejó el espejo de mi pelo era similar a uno de esos cardos del desierto. Peiné con los dedos y unas gotas de agua para aplanar el frizz en la corona. Me retoqué los labios con brillo picante y limpié las manchas negras que se empezaban a formar bajo mis ojos.
En la salida del baño, escuché la voz de Rihanna saliendo de mi bolso. Busqué entre mis cosas hasta hallar el celular en el fondo. Se trataba de Alicia.
—Aló.
—Alicia, ¿cómo sigue?
—Mal, creo que no voy a poder ir esta semana. —Oí que bebió algo. Me empecé a imaginar todo el trabajo que tendría esa semana, mientras ella bebía tranquilamente recostada en su cama. —¿Qué necesitas? Vi muchas llamadas perdidas y mensajes.
—Llegué tan pronto como pude, pero nadie me abrió. Me salieron callos en los nudillos de golpear.
—¿Pero cómo? Si él vive ahí.
—¿En una terraza?
—Ay, mujer. Que pena con vos, se me olvidó decirte, él vive en el tercer piso. El quinto, que es la terraza, es el restaurante. El cuarto es un consultorio jurídico. En el tercero hay dos apartamentos; la puerta de él es la segunda. Timbre tres veces. Con razón él me acababa de llamar para decirme que... No, mentiras, olvídelo. ¿Me entendió?
Cerré los ojos con fuerza; no me decidía si debía alegrarme o no de que sí estuviera esperando. Había florecido la mata de la paciencia en aquel hombre.
—Sí, señora. Ahora estoy en el cuarto piso, ya bajo y hago lo que me dice.
—Listo, nenita, me dice cómo le va. Chao.
Colgó de inmediato.
Mamá siempre decía que la mansedumbre era una virtud; normalmente se debería comprar, pero usualmente se desarrolla por la experiencia laboral tensionante. Usualmente veía videos de yoga en YouTube para ser más tolerante y dejar de lado la costumbre de estresarme antes de tiempo. Me consumía la ansiedad por cosas que eran poco probables. Había sido tiempo perdido; cada vez que bajaba otro escalón, sentía más fuerte el palpitar de mi corazón; no habría sido sorpresa si me hubiese desmayado por un paro ahí mismo. En mi oído estaba un incesante zumbido, de esos que no son de animales sino de los de las máquinas de los hospitales cuando la persona se está muriendo. Fue exactamente en el momento en que lo vi parado frente a la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, en que el sonido se detuvo.
Seguí adelante, haciendo resonar mis tacones en la baldosa. Me quedé con la palabra en la boca, ya que él habló primero.
—La vi subir, ¿sabe? Y dije, esperemos a que se de cuenta y baje, pero al parecer tuve que intervenir.
—¿Debo darle las gracias?
—¿Vienen de corazón?
—No —mantuve la mirada fija en sus ojos castaños.
Esteban Charry era sinónimo de fastidio y de enemigo.