Capítulo 1
📢⚠️ Advertencia de Contenido 📢⚠️
Esta obra contiene descripciones de carácter sexual explícito, dinámicas de BDSM, relaciones de dominación y sumisión, y material destinado exclusivamente a un público adulto.
El contenido está dirigido a lectores mayores de 18 años y puede incluir situaciones, prácticas y temáticas que algunas personas podrían considerar sensibles o perturbadoras. Se recomienda discreción.
Todas las interacciones representadas dentro de la historia se desarrollan bajo contextos ficticios y consensuados entre personajes.
Al continuar con la lectura, el lector reconoce y acepta la naturaleza explícita del contenido presentado.
La madrugada aún respiraba dentro del estudio cuando el estrépito rompió el aire con la violencia de un objeto cayendo contra el suelo pulido. El sonido rebotó entre las paredes blancas, puras, casi reverenciales, profanando el silencio que Sasuke consideraba sagrado. Sus párpados descendieron apenas, en un gesto de irritación tan contenido que resultaba más peligroso que un estallido.
Por un instante, contempló el vacío frente a él, la cámara reposando como una extensión natural de su cuerpo, y volvió a formularse la misma pregunta que llevaba semanas acosándolo.
¿Qué impulso absurdo, qué instante de debilidad, lo había llevado a contratar a aquel asistente tan dobe1, tan irremediablemente torpe?
Inspiró despacio, dejando que el aire se deslizara por su pecho con disciplina zen, conteniendo el enojo que amenazaba con brotar como fuego bajo hielo.
—¿Estás bien, Naruto?
—¡Sí! —respondió la voz desde otra habitación.
El tono llegaba distorsionado, pero Sasuke percibió el filo irritado que vibraba bajo la respuesta. Era una nota familiar, casi… eléctrica.
—¿Qué ocurrió esta vez?
Desde el taburete, Suigetsu observaba la escena con una sonrisa ladina, disfrutando del espectáculo con la calma de quien contempla una obra teatral cargada de tensión latente.
—No se ha roto nada —replicó Naruto, a la defensiva, como un animal que enseña los dientes incluso cuando no piensa morder.
—Quiero todo limpio antes de que llegue ahí —ordenó Sasuke con voz firme, baja, impregnada de autoridad—. Evítame un ataque al corazón.
El murmullo resentido que llegó de vuelta era imposible de descifrar, pero su tono contenía suficiente rebeldía para hacer vibrar algo oscuro en el pecho del fotógrafo.
Sasuke dejó escapar un suspiro largo, cansado, casi imperceptible.
—¿Por qué sigo soportando esto…?
—Tal vez porque quieres —respondió Suigetsu con una risa suave, cristalina, peligrosamente insinuante.
Él creía conocer el motivo. Aquel asistente inútil era, sin lugar a duda, el más atractivo que Sasuke había contratado jamás. Y la historia reciente demostraba que los asistentes del fotógrafo tenían una permanencia… curiosamente breve. Suigetsu sospechaba que la fotografía no era el único talento evaluado en aquel estudio.
—Era el mejor candidato después de que Lee se marchara —gruñó Sasuke, ajustando el lente con precisión obsesiva.
La sesión del día giraba alrededor de objetos sin vida, pero bajo la mirada de Sasuke, incluso lo inerte adquiría una sensualidad hipnótica. No existía en Tokio otro fotógrafo capaz de convertir la simpleza en tentación pura. Sus imágenes respiraban, susurraban, invitaban. Cada encuadre parecía una promesa susurrada al oído.
Convencerlo de fotografiar el catálogo de Suigetsu había sido un duelo de voluntades. Sasuke, criado entre continentes, cargaba con una elegancia cosmopolita, distante, casi aristocrática. Había abandonado Estados Unidos tras aquel escándalo judicial que intentó catalogar su arte como indecente, sólo para terminar consagrándolo como libertad de expresión.
Desde entonces, decía con ironía refinada que Estados Unidos era demasiado joven para comprender el erotismo como arte. Demasiado sentimental, demasiado naïve2. Preferían dulzura domesticada antes que la belleza peligrosa del deseo.
Japón, en cambio, lo había recibido como se recibe una tormenta hermosa y necesaria.
Y Suigetsu, empresario, hedonista y devoto del arte erótico, quedó fascinado desde el primer encuentro. Compartían una sensibilidad similar, una fascinación por el shibui3 del deseo: elegante, sobrio, profundamente sugestivo.
Ahora, Suigetsu observaba cómo Sasuke se acercaba al set. El fotógrafo colocó unos guantes de cuero negro con movimientos lentos, ceremoniales, casi reverentes. Ajustó el ángulo de unas esposas plateadas que reposaban sobre plumas negras tan suaves que parecían respirar.
La luz acariciaba el metal, haciéndolo brillar con un resplandor húmedo, provocador, como si cada reflejo fuera una promesa silenciosa de sumisión.
El cuerpo de Suigetsu respondió antes que su mente. Sintió el calor concentrarse peligrosamente bajo su ropa mientras observaba las manos de Sasuke deslizarse sobre el acero con una seguridad íntima, posesiva. Recordó la primera vez que lo vio sostener un látigo, el cuero entrelazado serpenteando entre sus dedos como si reconociera a su amo.
En ese instante supo que Sasuke era un dominante natural. Un hombre que ejercía control con la serenidad brutal de quien jamás necesita levantar la voz.
No deseaba ser su sumiso. No exactamente.
Pero la fantasía de presenciarlo doblegar a otro cuerpo, ver la rendición florecer frente a él, despertaba en su interior un apetito oscuro, delicioso.
Sasuke regresó detrás de la cámara, completamente ajeno al incendio silencioso que provocaba. Observó el encuadre, analítico, frío, perfecto.
—No entiendo cómo lograste convencerme para esto —murmuró, apartando un mechón de cabello azabache que caía sobre su rostro como tinta derramada—. Mi trabajo cuesta el doble que el de un fotógrafo común y tarda tres veces más.
—Cuatro veces más lento y cinco veces más caro —corrigió Suigetsu, saboreando cada palabra—. Y, aun así, vale cada yen.
Su mirada descendió sin pudor, recorriendo la espalda de Sasuke, la amplitud firme de sus hombros, la estrechez casi felina de su cintura, la curva tentadora que sus pantalones delineaban con precisión cruel. Imaginó, involuntariamente, la sensación de ese cuerpo entre sus manos… o la posibilidad inversa. La incertidumbre era embriagadora.
—No veo cómo esto puede beneficiarte —insistió Sasuke, irritado por la lentitud del proceso.
—Este catálogo será un objeto de deseo —respondió Suigetsu—. No sólo para quienes viven este estilo de vida. También para quienes lo contemplan desde la distancia… y anhelan tocarlo.
Sus ojos se fijaron en las esposas.
—Estas piezas llevan años siendo mi sello. Y aún consiguen hacerme desear usarlas… si tuviera a alguien digno.
Sasuke soltó una risa baja, arrogante, peligrosamente íntima.
—Estoy seguro de que no te faltan voluntarios para tus… caricias.
Sus ojos recorrieron a Suigetsu con descaro alfa, evaluando, midiendo. El empresario sintió ese escrutinio deslizarse sobre su piel como una mano invisible.
—Cuesta creer que no hayas probado tus productos con dedicación antes de venderlos —dijo Suigetsu, dejando que su sonrisa se volviera depredadora.
—Sé exactamente para qué sirve cada uno —respondió, mostrando sus dientes afilados bajo la luz del estudio.
Sasuke asintió, sabiendo perfectamente que Suigetsu no era un simple comerciante. Era un jugador experimentado. Y él mismo lo había sido… hasta que los sumisos ansiosos, caprichosos, terminaron por hastiarlo. Había elegido la soledad. Una castidad irónica para alguien cuyo arte giraba alrededor del deseo. Encontraba placer en la contemplación, en el kirei4 brutal del cuerpo humano capturado en su forma más honesta.
Entonces, la puerta se abrió sin aviso.
Un haz de luz atravesó el estudio justo cuando Sasuke presionaba el obturador.
—Eres increíblemente inoportuno —dijo, sin alzar la mirada—. ¿No puedes recordar que debes llamar antes de entrar?
Naruto cerró la puerta con brusquedad, molesto. Había comprobado las luces. Pero su orgullo no pensaba defenderse.
—Sólo quería saber si quiere su té.
Suigetsu observó cómo los ojos azules del rubio viajaban entre Sasuke y las esposas, brillando con una intensidad húmeda, casi hambrienta.
—Apaga las luces, Naruto.
El joven caminó con pasos pesados hasta el interruptor. Se agachó. Presionó.
La oscuridad cayó sobre la habitación como una caricia cómplice.
El silencio se volvió espeso. Cargado. Respiraciones que parecían rozarse. Presencias que se sentían demasiado conscientes unas de otras. El deseo flotaba en el aire, invisible, inevitable.
El flash de la cámara rompió la penumbra en destellos rítmicos. Sasuke trabajaba con concentración absoluta, capturando cada variación del brillo sobre el metal.
—Bien. Enciende las luces.
El resplandor regresó. Suigetsu, prevenido, observó a Naruto antes de que el brillo lo cegara. El rubio respiraba con dificultad, los ojos clavados en las esposas como si ellas también lo observaran. Como si lo llamaran.
Cuando notó la mirada ajena, su expresión volvió a endurecerse.
Sasuke siguió trabajando, ignorante de la corriente subterránea que comenzaba a crecer entre las paredes.
Finalmente se incorporó.
—Creo que terminamos por hoy.
—Explícame otra vez por qué fotografiabas en la oscuridad —preguntó Suigetsu.
—Filtro de estrella —respondió Sasuke, frunciendo levemente el ceño—. Hará que estas esposas brillen como diamantes.
Entonces notó a Naruto en cuclillas junto a su mochila.
—¿Por qué sigues aquí?
—Vine a preguntar por su té, ¿recuerda? —respondió el rubio, su voz ronca, suave… peligrosamente insolente.
—Entonces ve a prepararlo, comprarlo o lo que sea que hagas para conseguirlo.
Naruto giró hacia Suigetsu con una cortesía forzada.
—¿Qué le gustaría con su té, señor…?
—Hōzuki —respondió con una sonrisa lenta—. Algo dulce. Dangós o dorayaki. Y un café grande descafeinado con leche, canela y crema batida baja en calorías.
Naruto murmuró al marcharse:
—Claro… como si fuera a recordar su absurdo café.
Sasuke rió, observando nuevamente las esposas como si fueran una modelo caprichosa negándose a rendirse ante su lente.
—Esos pantalones holgados son un crimen —murmuró Suigetsu, siguiendo la figura del rubio al salir.
Imaginó telas ajustadas, curvas reveladas, la silueta real escondida bajo aquella ropa engañosa. Tenía buen ojo para esas cosas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sasuke distraído.
—Le pedí a tu chico algo dulce —respondió Suigetsu, dejando que la frase flotara con doble filo.
Sasuke rodó los ojos.
—No suele encargarse de postres. Espero que al menos recuerde llevar dinero… y no incendiar la tetera.
Suspiró y caminó hacia la cocina.
Suigetsu lo siguió, sus ojos brillando con expectación depredadora.
Porque algo comenzaba a hervir en aquel lugar.
Y definitivamente… no era el té.
1 Dobe: significa “perdedor”, “idiota”, “tonto” o alguien que llega al final.
2 Naïve: significa ingenuo, inocente, cándido o falto de experiencia.
3 Shibui: concepto estético japonés que define una belleza sutil, simple, refinada y no ostentosa, enfocada en la armonía, la funcionalidad y la imperfección natural.
4 Kirei: significa bello, bonito, hermoso, limpio, ordenado o puro.
Dango: es un dumpling tradicional de la gastronomía japonesa.
Dorayaki: es un tipo de dulce japonés que consiste en dos bizcochos de forma redonda relleno de anko.








