Nos Conocimos en la Fila del Suicidio

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Sinopsis

Año 2050. En una Nueva Sendai ahogada por la sobrepoblación y la desesperanza, el gobierno reguló la muerte con el Programa Dignidad: formularios, citas, terapias obligatorias y una fecha para desaparecer limpiamente. Makoto, 27 años, título inútil, salario mínimo y una vida que siempre le sale mal, entra a la fila para no ser más una carga. Virgen, solo, agotado de fallar. Yuki, 22 años, abandonada, abusada y sin nadie que la extrañe, hace lo mismo. Se conocen por accidente en esa fila gris. Choque de carpetas, miradas incómodas y una fecha idéntica: 30 días para morir. Lo que empieza como un encuentro irónico se convierte en los únicos días de color en sus vidas grises: ramen barato, helado en invierno, karaoke ridículo, picnics bajo el sol que nunca habían notado. Besos robados. Manos entrelazadas. Pero el pasado pesa demasiado. El trauma no se borra con 30 días. Y cuando uno empieza a dudar de la muerte, el otro se aferra más fuerte al vacío. ¿Puede el amor nacido en la fila del suicidio ser suficiente para elegir la vida? Una historia cruda sobre depresión, soledad, redención y la lucha por encontrar color en un mundo que solo ofrece gris.

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
SoyRem
Estado:
Completado
Capítulos:
38
Rating
4.7 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO

Año 2050. Nueva Sendai, República de Kyūshū.

El gobierno aprobó la Ley de Programa Dignidad en marzo de 2048, después de que las tasas de suicidio alcanzaran el 40%—la cifra más alta en la historia documentada de la humanidad. No fue una decisión moral. Fue logística.

La sobrepoblación había colapsado el sistema. Los salarios se desplomaron hasta convertirse en insultos impresos en papel. Conseguir un título universitario era como comprar un billete de lotería premiado que solo te daba derecho a seguir jugando. La gente moría de todas formas: en baños públicos, en azoteas, en vagones del metro a las tres de la madrugada. Moría mal. Moría sola. Y moría arrastrando a otros con ella.

Así que el Estado hizo lo que mejor sabía hacer: reguló la muerte.

Le puso formularios. Le asignó horarios. La volvió limpia, predecible, procesable.

Le llamaron “Programa Dignidad”, como si el nombre pudiera lavar la sangre de las manos de quien firmaba la autorización.


Yo estaba de pie en la fila.

Mi nombre es Makoto. Veintisiete años. Virgen. Nunca había tenido novia. Salario mínimo con título universitario colgado en la pared de mi habitación—esa habitación en la casa de mis padres que se suponía iba a ser temporal. Cinco empleos anteriores, todos igual de grises, todos con el mismo techo invisible presionándome la cabeza hacia abajo.

Ahora trabajaba en el almacén de un supermercado, apilando cajas que pesaban más que mi futuro.

No podía comprar una casa. Ni siquiera podía comprar la idea de una casa.

Vivía con mis padres. Los escuchaba discutir en voz baja sobre mí cuando creían que estaba dormido. Sabía que se preocupaban. Sabía que también estaban cansados.

Lo había pensado durante meses. Años, tal vez. Le di tantas vueltas en mi cabeza que las ideas se desgastaron, perdieron forma, se convirtieron en ruido blanco.

Ya no quería ser una carga.

Ya estaba cansado.

Todo me salía mal. Siempre. Como si el universo tuviera un algoritmo diseñado específicamente para joderme en el momento exacto en que empezaba a creer que las cosas podían mejorar.

Jamás había besado a nadie. Jamás había tenido nada con una mujer. Ni siquiera sabía cómo se sentía que alguien te mirara y decidiera quedarse.

Así que lo decidí.


La oficina del Programa Dignidad quedaba en un edificio gris de cuatro pisos en el distrito financiero, entre un banco y una clínica dental. Parecía una oficina de impuestos. Esa era la idea, supongo. Hacer que la muerte se sintiera tan burocrática como todo lo demás.

La fila avanzaba lento.

Había doce personas delante de mí. Algunos miraban sus teléfonos. Otros miraban la nada. Nadie hablaba. Había un silencio espeso, como si el aire mismo estuviera esperando algo.

En la pared, un cartel decía:

“PROGRAMA DIGNIDAD: TU DECISIÓN, TU DERECHO, TU PAZ.”

Debajo, en letras más pequeñas:

“Recuerda: Este proceso incluye asesoramiento obligatorio. Tienes derecho a cambiar de opinión en cualquier momento antes de la fecha confirmada.”

Qué generosos.

Un televisor montado en la esquina transmitía noticias sin sonido. Imágenes de protestas en algún lugar. Gente gritando. Pancartas. No me importó lo suficiente como para leer los subtítulos.

La mujer frente a mí llevaba un abrigo beige demasiado grande para ella. Tenía el cabello recogido en una cola de caballo perfecta. Se veía... tranquila. Como alguien que ya había hecho las paces con su decisión.

Me pregunté cuánto tiempo había esperado.

Me pregunté si también vivía con sus padres.


El número en la pantalla cambió.

D-47.

Ese era yo.

Respiré hondo. No sentí nada. Ni miedo, ni alivio. Solo el peso familiar del cansancio.

Me acerqué al mostrador.

La recepcionista tenía unos cuarenta años, lentes rectangulares y una sonrisa que parecía impresa por una máquina.

—Bienvenido al Programa Dignidad. ¿Primera vez?

—Sí.

—Perfecto. Necesito tu identificación y el formulario de registro previo. ¿Lo completaste en línea?

—Sí.

Le pasé mi tarjeta de identificación. Ella la escaneó. La pantalla frente a ella brilló con mi información.

—Makoto Ishikawa. Veintisiete años. Empleado de almacén... —Hizo una pausa—. Todo en orden. Te asignaremos un asesor para la entrevista inicial. Después de eso, si decides continuar, programaremos tus sesiones de evaluación.

—¿Cuánto tarda el proceso?

—Depende. Hay un mínimo de tres sesiones de asesoramiento obligatorias antes de que podamos confirmar una fecha. Generalmente toma entre cuatro y seis semanas.

Asentí.

Ella me entregó un folder azul claro.

—Sala 9. Segundo piso. El asesor Tanaka te estará esperando.

—Gracias.


Subí las escaleras.

El segundo piso olía a desinfectante y café viejo. Las paredes eran blancas. Las puertas, numeradas. Todo diseñado para ser olvidable.

Encontré la Sala 9.

Toqué.

—Adelante.

Entré.

El asesor Tanaka era un hombre de unos cincuenta años, calvo, con una barba gris recortada y ojos cansados que habían visto esto demasiadas veces.

Me hizo un gesto para que me sentara.

—Makoto, ¿verdad?

—Sí.

—Soy Tanaka. Voy a ser tu asesor durante este proceso. —Abrió una carpeta digital en su tablet—. Antes de empezar, quiero que sepas algo: mi trabajo no es convencerte de nada. No estoy aquí para salvarte ni para juzgarte. Estoy aquí para asegurarme de que entiendas lo que estás eligiendo.

—Entiendo.

—Bien. —Se reclinó en su silla—. Entonces cuéntame, Makoto. ¿Por qué estás aquí?

Y por primera vez en meses, alguien me preguntó.

Así que se lo dije.