Capítulo 1: Regresando a Casa

Burning Pile - Mother Mother
El nombre la recibió como una sentencia grabada en acero. Hospital Santa Beatriz.
Para el resto de la ciudad era el emblema de la medicina moderna; para Fernanda Serratos, el peso de un legado que jamás había pedido. Con los años, el hospital había crecido hasta convertirse en uno de los más prestigiosos de la ciudad, y cada uno de sus pasillos parecía recordarle el apellido que llevaba.
Al estacionar su automóvil en el espacio reservado con su nombre Dra. F. Serratos, sintió el mismo vértigo de siempre. Aquel edificio no era solo su nuevo lugar de trabajo. Era el monumento que su abuela había inspirado, el pequeño hospital que su abuelo había levantado con los años, el legado que sus padres habían consolidado. Y, desde ese día, también sería su propio campo de batalla, tanto en lo profesional como en lo personal.
Respiró hondo, como si aquel gesto pudiera protegerla contra todo lo que la esperaba, regresar a casa después de haberse formado en el anonimato, en la crudeza de hospitales donde a veces los insumos eran insuficientes y el personal escaso, era un desafío distinto. Allí en esos hospitales nadie conocía su apellido; solo importaban sus manos y sus decisiones.
Aquí, en cambio, cada logro sería atribuido a ser la hija de y cada error tendría el peso de una decepción familiar. No solo pondrían a prueba su habilidad con el bisturí, sino también el derecho de llevar el apellido Serratos.
Bajó del automóvil y levantó la vista hacia las puertas, no estaba lista pero tampoco iba a dejar que el temor no la dejara avanzar.
—Hija, llegaste temprano.
La voz de su madre la alcanzó apenas cruzó el vestíbulo principal. Victoria Serratos lucía perfecta, como siempre. Elegante, serena, el abrazo que le ofreció fue breve; más un protocolo familiar que una verdadera muestra de afecto.
—Buenos días, mamá. Quería recorrer el hospital antes de que empezara el caos.
—Buena idea. Aquí las cosas tienen un ritmo propio. Pero primero vayamos a ver a tu padre, está en su oficina. Y Fernanda... espero que esta nueva etapa también venga acompañada de una imagen más acorde a tu posición —añadió su madre, alisando una arruga inexistente en la bata de su hija con una sonrisa.
Madre e hija caminaron por el pasillo directamente hacia la oficina de la Dirección del hospital. Al llegar, Victoria abrió la puerta.
—Emilio amor, adivina quién llegó antes de tiempo a sus nuevas labores en el hospital.
Su padre, el doctor Emilio Serratos, habló sin apartar la vista de los documentos sobre el escritorio.
—Fernanda, qué bueno que llegas. Me encanta la puntualidad —dijo, alzando por fin la mirada—. Me da mucho gusto que estés de regreso en tu hogar, con tu familia. Lista para poner en alto el apellido Serratos, sin ningún problema o escándalo. Confiamos en que tu enfoque sea profesional y que ciertas distracciones no tengan cabida aquí
Las palabras de su padre no sonaban como una amenaza, pero tampoco a bienvenida. Era un recordatorio de quién seguía teniendo el control. Fernanda respondió con un leve asentimiento. Se tragó las respuestas que le quemaban la lengua.
Conocía demasiado bien el ambiente dentro de su familia. Era el mismo que había invadido la casa años atrás cuando les confesó que era lesbiana. Nunca hubo gritos ni reproches. Solo esta aceptación condicionada, hecha de exigencias, pausas incómodas y conversaciones que jamás volvieron a existir.
Habían aceptado a su hija. Nunca aceptaron del todo quién era.
—Padre, iré a dar una vuelta para familiarizarme con el personal.
—Esa es una buena idea, cuando termines podrás tomar posesión de esta oficina, te dejo listo los ultimo informes.
Al salir de la dirección, con el sabor amargo de aquella bienvenida, la vio. En medio del movimiento constante de pacientes y citas, una mujer permanecía serena detrás del escritorio.
Llevaba el cabello castaño recogido en un moño sencillo. La camisa beige perfectamente planchada. Pero no fue eso lo que llamó la atención de Fernanda; fueron sus ojos claros, tranquilos, con una chispa de melancolía que parecía no pertenecer a ese lugar.
—¿Esa es la nueva doctora? —susurró alguien cerca.
Fernanda ignoró el comentario y continuó caminando con seguridad. La bata blanca era mucho más que un uniforme; era la armadura detrás de la cual ocultaba cualquier duda. Al pasar frente al escritorio, la mujer levantó la vista. Durante un segundo, sus miradas se encontraron. El color de sus ojos era hermoso, aún más claro de cerca.
—Buenos días, doctora.
La voz era suave, pausada. El gafete sobre su pecho decía. Silvia González
—Buenos días.
Fernanda apenas redujo el paso. La catalogó como una empleada eficiente. Correcta. Bonita. Nada más.
El resto del día fue un desfile interminable de protocolos, costumbres disfrazadas de reglamentos y decisiones justificadas con la frase de siempre. Aquí siempre se ha hecho así. Su padre hablaba de preservar el legado.
Fernanda solo veía resistencia al cambio.
No había regresado para mantener intactas las viejas prácticas. Había vuelto para demostrar que un hospital de excelencia no podía sostenerse únicamente sobre un apellido. Cuando su recorrido finalmente terminó, entro a la que hora sería su nueva oficina, se sentó revisó los expedientes que su padre dejo sobre el escritorio.
Agotada, mientras revisaba un último informe, sus ojos se desviaron de nuevo hacia afuera, podía escuchar la voz de Silvia en el escritorio hablaba por teléfono, su voz era un bálsamo incluso a la distancia. Y entonces, por primera vez ese día, Fernanda se permitió una pregunta que no tenía nada que ver con la medicina.¿Qué hacía una mujer con esa melancólica en un lugar como este?
Fue un pensamiento fugaz, barrido de inmediato por la realidad. La concentración regresó a los expedientes sobre su escritorio hasta que una página la hizo detenerse en seco. La caligrafía era descuidada, los datos, imprecisos.
La frustración que se había acumulado durante todo el día estalló. Se levantó, el sonido de la silla al arrastrarse fue una protesta en el silencio de la oficina. Con el expediente en la mano, caminó con pasos duros y rápidos hacia fuera de la oficina.
—¿Quién demonios redactó esto? —su voz resonó, firme.
Silvia, que seguía al teléfono, colgó de inmediato. El sobresalto fue visible en sus hombros, pero su rostro, aunque pálido, se mantuvo sereno. No había miedo en sus ojos, sino una atención.
—Permítame, doctora. —Su mano, firme y sin el menor temblor, se extendió para tomar el expediente. Lo leyó en silencio, sus labios apenas se movieron. Luego, levantó la vista y soltó un suspiro casi imperceptible—. Es la firma de Brenda Vargas, la jefa de enfermeras.
La respuesta, directa y sin rodeos, una parte de la ira de Fernanda se disipo. Esperaba una excusa, un titubeo, pero solo encontró eficiencia. Tomó el expediente de vuelta.
—Localícela. La quiero en mi oficina. Ahora.
Silvia solo asintió. Tomó el teléfono y marcó una extensión. El timbre sonó una, dos, tres veces. La conversación fue breve. Cuando colgó, se levantó y se dirigió a la puerta de Fernanda.
—Doctora —dijo, asomándose con respeto—, la enfermera Brenda terminó su turno. Ya no se encuentra en el hospital.
Fernanda apretó la mandíbula. Recogió sus cosas, la rabia acumulada ahora era una fría determinación. Al llegar a la puerta, Silvia seguía allí, de pie, esperando.
—Gracias, Silvia —dijo, su tono más calmado, pero no menos severo—. Asegúrese de que la jefa de enfermeras esté en mi oficina mañana a las ocho en punto. Sin excusas.
—Así será, doctora.
Silvia se hizo a un lado para dejarla pasar. Mientras Fernanda se alejaba por el pasillo ahora silencioso, no pudo evitar notar el sutil aroma que flotaba cerca del pasillo. No era el típico perfume floral o dulce. Olía a cítricos, a sal y a brisa marina. Un aroma que era extrañamente reconfortante.
Sacudió la cabeza, molesta consigo misma. Había vuelto para ver por el futuro del hospital.
Silvia sin darse cuenta, se había metido en un problema, como iba a lograr que Brenda estuviera en la oficina de la Doctora, si Brenda tenía una manera particular de ser, sobre todo cuando la miraba a ella, la veía como si fueran una enfermedad contagiosa, y ni hablar de responderle el saludo, antes de tomar sus cosas para retirarse a casa percibió el olor sutil del perfume de Fernanda, un aroma a Cítricos, dulce, tras suspirar por ultima ves tomo sus cosas del escritorio y se dirigió a la salida.








