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Bajo la tormenta

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Sinopsis

Elena tenía el vestido, las invitaciones enviadas y una vida planeada al detalle... hasta que encontró a su prometido con otra mujer. Con el corazón hecho añicos y una luna de miel ya pagada, decide huir sola a un remoto hotel en medio de las montañas nevadas. Lo que no esperaba era que, debido a un error en la reserva y a una tormenta implacable, tendría que compartir la única habitación disponible con un completo desconocido. Atrapados por la nieve, obligados a convivir y rodeados por el silencio blanco de la tormenta, ambos descubrirán que el frío exterior no es nada comparado con las heridas que arrastran por dentro. Pero cuando la cercanía comienza a derretir las defensas... la pregunta ya no es cómo sobrevivir a la tormenta. Es si estarán dispuestos a arriesgar el corazón otra vez.

Genero:
Romance
Autor/a:
LIANNI
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La vida que tenía que ser perfecta

Capítulo 1


Mañana es el día de mi boda. El día con el que tanto soñé desde siempre. Sin embargo, había pasado toda la mañana con un extraño vacío en el estómago que no sabía si atribuirlo al nerviosismo de la boda o a una intuición que llevaba tiempo persiguiéndome.

No dejaba de pensar de que todo tenía que ser perfecto: el vestido, los arreglos, las flores, el maquillaje, los tacones. Me encargué personalmente de cada uno de los detalles. Tenía todo cuidadosamente planeado, cada minuto cronometrado.

Mi boda con Adrián tenía que ser la mejor del año.

Mientras caminaba al apartamento de mi prometido tenía una mezcla de ansiedad y emoción que me hacía sentir que algo estaba fuera de lugar.

Esta mañana planificamos encontrarnos para desayunar juntos antes del día de la boda, pero Adrián no respondió ni una de las llamadas que le hice.

Cada paso que daba por las calles de la ciudad me llevaba a recordar los últimos meses, las cenas románticas, los planes del futuro, las conversaciones de madrugada sobre nuestra vida soñada. Todo parecía tan normal, a ojos de cualquiera teníamos un amor ideal, pero luego recordaba esas llamadas sin respuestas, las excusas cuando no llegaba a las reuniones familiares, los viajes de trabajo donde se quedaba sin señal en el móvil.

Un cosquilleo frío me recorría el pecho cada vez que volvía a esos recuerdos. Adrián me había aclarado todo, pero en el fondo de mi mente no dejaba de pensar que toda esa perfección de la que presumía como pareja solo era una ilusión.

Agité levemente mi cabeza tratando de apartar esos pensamientos. Solo son los nervios, me repetí mentalmente.

Sin embargo, algo en mi intuición se negaba a ceder.

Cuando llegué al edificio de apartamentos el portero me saludó con una sonrisa, él sabía que estábamos por casarnos y ahora me vería por aquí a diario. Le sonreí de vuelta antes de entrar.

Tomé el ascensor como siempre, pero el latido de mi corazón era irregular. El reflejo del espejo era una imagen que no reconocía del todo, mis ojos brillaban por la ilusión de nuestra boda, tenía los labios apretados por los nervios y un semblante que quería fingir seguridad, pero por dentro yo sabía que estaba más frágil que nunca.

Inhalé profundo antes de abrir la puerta, un silencio me recibió. Todo estaba demasiado tranquilo, demasiado inmóvil. Mientras me adentraba escuché una risa. Una risa femenina.

No provenía del televisor, venía de la habitación.

Me quedé inmóvil.

Traté de encontrar una explicación lógica, quizás sí era del televisor, quizás era una llamada, quizás...

El corazón me dio un vuelco, algo estaba mal y lo tenía ahora mucho más claro.

Escuché mi nombre.

—Elena no tiene que enterarse —dijo la voz de Adrián claramente.

El mundo dio un giro.

Sentía que no podía moverme de inmediato, no grité, tampoco lloré. Solo caminé, cada paso que daba hacia la habitación se sentía como estar atravesando agua espesa.

La puerta estaba entreabierta. No quería mirar, pero mis pies no paraban de acercarse cada vez más. Hasta que lo vi.

Mi prometido, Adrián, estaba abrazando a una mujer sobre la cama donde muchas veces nos amamos.

No llevaba camisa y esa mujer que no conocía estaba envuelta entre las sábanas.

La escena fue como un cuchillo que me atravesaba el pecho.

Ya no era dueña de mis movimientos, abrí la puerta completamente y Adrián se paralizó al instante. Ni siquiera trató de soltar a la mujer que tenía en brazos y ella parecía no sentir ni un poco de vergüenza pues me miraba de forma directa.

Casi como si fuera una desconocida interrumpiendo en su momento íntimo y no la prometida de ese hombre, la mujer que se iba a casar con él en menos de veinticuatro horas.

El silencio pesaba más que cualquier otra cosa. Podía sentir cómo mi corazón se hundía y el aire que me llegaba a los pulmones era escaso.

Respiré hondo, intentando por todos los medios mantener la compostura.

―¿Qué está pasando aquí? ―la voz me tembló, pero traté de mantenerme firme.

―Elena... yo... no es lo que parece...

―¿No es lo que parece? ―repetí con incredulidad, dando un paso más cerca, mi voz estaba cargada de dolor y confusión―. Porque parece exactamente lo que es, Adrián.

Miré a la mujer una vez más, fue como un instante de confrontación silenciosa. Ella terminó apartando la mirada, mostrando un poco de vergüenza, mientras Adrián trataba de encontrar la explicación que claramente no existía.

Finalmente la mujer se levantó torpemente, buscando su ropa.

―Yo...yo... ―balbuceó, sin encontrar palabras, noté como le temblaban ligeramente las manos―. Elena...

―¿En serio? ―pregunté, sin aún poder creer lo que estaba viviendo en ese instante.

Él se puso de pie.

―Te juro que no es lo que parece.

Las lágrimas ardían en mis ojos, pero no dejaría que cayeran.

―Explícame entonces qué es lo que parece.

La mujer le murmuró algo y salió apresurada de la habitación, evitando mirarme por completo.

Cuando la puerta principal se cerró el silencio se hizo peor. Adrián se acercó a mí.

―Fue un error.

Yo retrocedí un paso.

―No te acerques ―la voz ni siquiera me tembló y eso le sorprendió.

―No iba a significar nada ―continuó él, con desesperación―. Solo fue una estupidez.

―Mañana es nuestra boda.

―Lo sé.

―Mañana, Adrián.

Adrián se pasó una mano por el cabello, como si toda la situación lo estuviera superando.

―Yo estaba nervioso. No supe manejarlo. Todos estos meses... la presión.

Solté una risa leve, estaba incrédula.

―¿La presión? ¿La presión te llevó a acostarte con otra mujer?

Él me miró, pero no fue capaz de sostenerme la mirada más de unos segundos.

―Te amo, Elena.

Esa frase se sintió como otro cuchillo atravesando mi corazón

―No ―respondí, sintiendo como algo se quebraba dentro de mí―. Si me amaras, no estaríamos teniendo esta conversación.

Adrián intentó tomarme de la mano.

―Podemos arreglarlo.

―¿Arreglarlo? ―las lágrimas en mis ojos brillaban, pero aún no caían―. No es una vajilla rota, Adrián. Es confianza, es dignidad.

No dijo nada, el silencio en ese momento estaba hablando mucho más que cualquier explicación sin sentido.

Respiré profundo antes de lo que estaba a punto de preguntar.

―¿Desde cuándo?

Adrián dudó y ese segundo de duda fue suficiente.

―No importa ―le dije antes de que pudiera decir cualquier cosa―. Lo único que importa es que lo hiciste.

Me quité el anillo de compromiso y lo sostuve unos segundos, ese anillo había significado tantas promesas. Un futuro, una estabilidad, pero ahora pesaba como una gran mentira.

Lo dejé sobre la cómoda.

―No voy a casarme contigo.

Adrián abrió los ojos con pánico real.

―No puedes cancelar todo por esto.

En ese momento sentí que algo cambió, era como si lo estuviera viendo por primera vez.

―No estoy cancelando todo por esto, estoy cancelando porque acabo de entender que nunca fui suficiente para ti.

―Eso no es verdad.

―Lo es, y lo peor es que yo intenté serlo.

Las primeras lágrimas cayeron inevitablemente. Silenciosas.

―Siempre quise ser lo que necesitabas. Más paciente, más comprensiva, más flexible. Y, aun así, no fue suficiente.

No hubo respuesta.

Así que entendí que era momento de irme.

―Elena, por favor...

Me detuve en la puerta.

―No me llames, ni me escribas. Tampoco me busques.

― ¿Y la luna de miel?

La pregunta me hizo reír, pero solo me salió una risa rota.

―La luna de miel... ―repetí.

Lo miré una última vez antes de hablar.

―La usaré sola.

Él no dijo nada, se quedó inmóvil, mientras mis pasos firmen se acercaban a la puerta principal. Sentí una mezcla de rabia y alivio que no sabría cómo explicar.

Era un alivio por haber visto la verdad, aunque esta fuera sumamente dolorosa.

Antes de salir, giré la cabeza para decir algo más.

―Creí que me amabas. Creí que éramos honestos, pero ahora veo que todo fue un engaño ―se me quebró la voz, no hubo manera de evitarlo, pero sentí que me quité un gran peso de los hombros al decir eso en voz alta.

―Elena, yo... ―él empezó a hablar, pero no le di la oportunidad de continuar.

―No hay nada que decir ―lo interrumpí con una calma que no tenía ni idea de dónde provenía―. No hay nada que pueda arreglar esto.

Me dirigí a la salida mientras un hilo de lágrimas rodó por mi mejilla.

Las lágrimas eran de dolor, pero también de liberación. Por primera vez sentía que podía respirar sin la carga de la mentira que había vivido.

Ya no había boda, ahora me tocaba afrontar toda esta etapa sola.

Ahora tenía que empezar de nuevo sin todo lo que creía que era mi vida.

Cuando llegué a mi apartamento lo primero que me recibió fue el vestido que estaba colgado dentro de aquella bolsa blanca.

Me acerqué lentamente y abrí la cremallera, pasé los dedos por la tela perfectamente planchada.

Había soñado con este momento.

Pero en mis sueños nunca me sentí así, no sentía este vacío, ni tampoco estaba esta dolorosa verdad.

Saqué el vestido con cuidado y lo doblé con delicadeza. No quería romperlo, tampoco botarlo, no necesitaba esos dramatismos. Solo necesitaba terminar con esto.

Era difícil entender la situación porque todo a mi alrededor estaba preparado para una boda que ya no iba a suceder.

Las cajas con recuerdos, las maletas de la luna de miel ya listas.

Las maletas.

Me quedé viéndolas por un largo rato. La luna de miel iba a ser en un hotel en la montaña.

Nieve. Silencio. Lejos de todo.

Agarré mi celular y llamé a la organizadora.

―Paula... cancela todo.

―¿Qué? Elena, pero el evento es mañana.

―Cancélalo.

Hubo un silencio desde el otro lado

―¿Estás segura?

―Sí, estoy completamente segura.

Colgué y me quedé quieta unos segundos.

Luego abrí la maleta y miré los trajes de baño, los vestidos de noche, la lencería, las botas de nieve. Tomé el pasaporte de la mesa de noche y confirmé la reserva del hotel.

Ya estaba decidido.

No necesitaba una boda, necesitaba irme.

Lejos, a un lugar donde nadie me conociera, donde no fuera la novia que canceló su boda. Donde no tuviera que darle explicaciones a nadie.

Por primera vez en mucho tiempo estaba eligiéndome.

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