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La pasión que dormía en mí

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Sinopsis

Isabel tiene una vida que funciona. Un matrimonio estable. Una hija a la que ama más que a nada. Una rutina segura que aprendió a sostener con cuidado. Hasta que aparece él. Martín es más joven, imprevisible, y tiene esa forma de mirarla que parece ver todo lo que ella misma intenta ignorar. Al principio es solo una mirada que dura demasiado. Una conversación que se queda flotando en la memoria. Una cercanía que ninguno de los dos planeó. Pero hay deseos que, una vez despiertan, ya no saben volver a dormirse. Y entonces Isabel tendrá que enfrentarse a la pregunta que puede destruirlo todo: ¿Es posible seguir siendo la misma mujer después de haber descubierto lo que realmente se desea? Una historia sobre deseo, culpa, decisiones imposibles… y ese tipo de amor que llega cuando ya es demasiado tarde.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Elena Yagmur
Estado:
En proceso
Capítulos:
25
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Querida lectora,

No recuerdo cuándo empezó exactamente. Quizá esa sea la verdadera trampa de esta historia: que no hubo un momento preciso que pudiera señalar y decir, con la certeza de un rayo, que ahí fue.

No hubo una mirada que lo cambiara todo, ni una decisión consciente de cruzar una línea invisible. Solo una cercanía que, sin darnos cuenta, se volvió peligrosamente adictiva.

Un deseo que creció en silencio, escondido detrás de conversaciones inocentes sobre el clima o el trabajo, de gestos pequeños que se extendían un segundo de más, de momentos que en aquel entonces fingíamos no notar.

Cada paso nos acercaba un poco más a un límite que ninguno de los dos tenía intención de evitar.

¿Acaso no guardamos todas una historia así en el rincón más secreto del corazón?

Con Martín, el aire parecía distinto. Bastaba un roce accidental de nuestras manos o una cercanía mínima en un pasillo para que mi piel reaccionara antes que mi cabeza.

Él me observaba con esa sonrisa descarada, plenamente consciente del efecto que tenía sobre mí.

Perder el control frente a él no era un error; era una caída libre que me aterraba y me excitaba a partes iguales.

Él atravesaba mis defensas como si fueran papel, desvelando partes de mí que yo misma había sepultado bajo años de orden y rutina.

Llegó un punto en el que la cordura se rindió, se desvaneció como humo. No hubo nada más que ese instante. Su cercanía, su forma de mirarme, la manera en la que parecía entender cada pensamiento impuro que cruzaba mi mente, cada anhelo oculto que yo intentaba callar.

Martín no tenía que preguntarme qué sentía. Lo intuía. Bastaba una mirada para que descubriera aquello que yo llevaba demasiado tiempo intentando esconder.

Y esa desnudez, la de sentirme vista de verdad, era lo que más me aterraba y, al mismo tiempo, lo que más me atraía.

¿Quién no ha deseado ser vista así, sin filtros, sin máscaras?

Con él no podía esconderme detrás de la mujer que había construido durante años, la fachada de control y compostura.

Cuando dejamos de fingir que no pasaba nada, las palabras perdieron su peso, se volvieron innecesarias. No hubo promesas que sostener, ni explicaciones que dar.

Nuestra resistencia se disolvió en la entrega más embriagadora y peligrosa que jamás haya sentido. Cada fibra de mi ser gritaba su nombre, y sé que muchas de ustedes entenderán esa urgencia.

No sentía culpa.

En ese instante, la edad, que antes se alzaba como una barrera invisible, se volvió humo. Las consecuencias, que en otro momento habrían sido un muro infranqueable, dejaron de ser una amenaza.

Fuimos nosotros, atrapados en un presente tan absoluto que lo que aguardaba fuera de la puerta perdió todo su peso, toda su relevancia. Solo existíamos él y yo, en nuestra burbuja de deseo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.

Era un juego peligroso, y ambos lo sabíamos, pero no podíamos parar.

Pero ninguna habitación cerrada consigue detener la luz para siempre. La vida, con su implacable rutina, sus exigencias silenciosas y sus juicios invisibles, comenzó a filtrarse por las rendijas, a debilitar poco a poco los cimientos de nuestra burbuja.

Y, con el tiempo, comprendimos que había batallas que el deseo, por sí solo, no podía ganar.

Aquel abismo que al principio desafiábamos entre risas, con la euforia de los amantes, terminó por cobrarnos el precio más alto.

Cada intento por acercarnos dejaba una herida nueva, obligándonos a sacrificar pedazos de nosotros mismos para sostener la ilusión de que aquello podía durar.

Nos seguimos buscando, con la mirada, con el pensamiento, a pesar de entender que amar no siempre significa poder quedarse.

Los besos fueron perdiendo su urgencia, ese impulso que antes nos arrastraba sin pensar. Seguían teniendo deseo, pero también empezaron a llevar consigo la tristeza de una despedida que ninguno de los dos quería aceptar.

No hubo estallido, ni pelea, ni una última escena dramática que nos permitiera culpar a alguien. Solo fuimos dejando que la distancia ganara terreno: un mensaje menos, una llamada que ya no llegaba, un “después” que, a fuerza de espera, terminó convirtiéndose en un “nunca”.

Hasta que un día la realidad se impuso y tuve que aceptar que Martín ya no era parte de mi vida.

Ya no era un nombre iluminando mi pantalla, ni una caricia perdida en mi piel. Era un recuerdo, una presencia silenciosa que seguía habitando, irrevocablemente, el territorio más íntimo de mi memoria.

Pero hay amores que nunca desaparecen por completo. Solo se esconden bajo la rutina, duermen en algún rincón del cuerpo y esperan, pacientes, el instante en que algo los despierte.

Lo más difícil de sobrevivir a una historia así no es el vacío que deja, la ausencia que duele; es aceptar que fue real.

Que cada momento a su lado, que su risa, su voz y sus manos, dejaron en mí una marca indeleble que el tiempo, por más que pase, no logra borrar.

Creí estar a salvo. Creí que aquello era solo un recuerdo dormido, una brasa apagada en el rincón más oscuro de mi alma.

Hasta hace diez segundos.

La pantalla de mi teléfono se iluminó en la oscuridad de la noche con una nueva notificación.

Su nombre.

Robándome el aliento.

Deteniendo mi corazón.

Y el pasado, ese que estaba convencida de haber dejado atrás, acaba de abrir los ojos.

¿Están listas para acompañarme en este viaje?

¡Cuéntale a Elena Yagmur lo que piensas sobre este capítulo!
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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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author

Me ha conmovido mucho y hasta ahora empecé a leer le doy infinitas gracias a la persona que escribió estas lineas

2 meses
1

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