Love is in luck / El amor está de suerte

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Sinopsis

Mateo y Charlie: ninguno contaba para el otro. Sólo dos desconocidos que se descubrirán, cuando el amor decida jugar sus cartas.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
C. Nadir
Estado:
En proceso
Capítulos:
43
Rating
5.0 7 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Ángulo recto

La alarma del reloj sonó puntual, como siempre; sin embargo, Mateo ya llevaba un par de minutos despierto. Su cuerpo poseía un cronómetro interno calibrado con la misma precisión obsesiva que empleaba para trazar sus reglas. A las 5:28 a. m., sus ojos se abrieron, encontrándose con el techo blanco, una superficie lisa y perfecta que no ofrecía distracciones.

Se vistió en silencio, enfundándose en ropa deportiva tan inmaculada como las paredes que lo rodeaban. Antes de abandonar la habitación, se detuvo frente a su escritorio: sus libros de arquitectura descansaban en una secuencia de alturas descendentes, alineados con una exactitud casi quirúrgica. Para Mateo, aquel orden no solo era estético; era su armadura contra el caos del mundo exterior.

Al salir del apartamento, el pasillo estaba desierto. Mateo evitó el elevador y bajó las escaleras al trote; prefería el esfuerzo físico para terminar de despertarse. Una vez en la calle, comenzó a correr. Sus zancadas eran rítmicas, su respiración controlada. Seguía la misma ruta desde hacía dos años, cuando empezó sus carreras matutinas. En total, recorría cinco kilómetros y medio: atravesaba varias calles que conocía de memoria, daba una vuelta al parque cercano y emprendía el regreso. La etapa final consistía en subir los ocho pisos de su edificio. Todo el recorrido lo realizaba en treinta y cinco minutos; para cuando entraba, a las seis y veinte, su madre ya estaba despierta y el ruido en su casa se hacía notar.

Se duchó, cepilló sus dientes y peinó su cabello. Mientras ajustaba su corbata, frente al espejo del baño, se detuvo a contemplarse un momento. Había ganado estatura y sus facciones se habían afilado; objetivamente, era un joven atractivo, o al menos eso aseguraba su madre con orgullo.

Al salir a la sala, el ambiente cálido, el aroma del desayuno preparado por su madre, y el parloteo de su hermana llenaban el espacio.

—¡Mateo, el café se va a enfriar! —le dijo su madre desde la cocina.

—¿Todo listo para tu primer día de clases, Teo? —le preguntó su padre al levantar la vista del periódico.

Lucca Romani era un hombre de presencia sólida, con las manos curtidas por los años de esfuerzo en el sector de la construcción. A sus cuarenta y cinco años, había transformado su trabajo duro en una compañía exitosa y había construido para su familia un buen hogar. Aunque podía ser un poco estricto y firme, también era cariñoso y amable; cualidades que Mateo admiraba de su padre.

—El grupo es una locura hoy —dijo Lucía—. Todo el mundo está hablando del accidente de Van der Woude, "la loca", el viernes durante la reunión de profesores.

—¿La profesora de Biología? —preguntó su madre.

—¿La que tiene una iguana? —intervino su padre, tras apartar la vista del periódico.

—Sí, se llama Darwin —dejó en claro Lucía, y comenzó a narrar lo que parecía más una historia de ficción, aunque Mateo sabía que, cuando se trataba de Van der Woude, "la loca", cualquier cosa era posible. Resulta que el viernes anterior al inicio de las clases, la profesora trató de explicar al resto de sus colegas el ciclo de polinización de una flor exótica que había traído de uno de sus viajes a la selva. La profesora, bastante volátil, se emocionó tanto que, en su afán de expresar la maravilla de aquel proceso, subió a la mesa del salón y empezó a gesticular con los brazos de una manera extraña. En ese momento, y quién sabe cómo, se le enredó la bata en el ventilador del techo. La pobre quedó enganchada en una posición poco agraciada. Al final, Andreas Catsar, el nuevo profesor de educación física, tuvo que subir a una escalera para desengancharla mientras ella, ruborizada, se apoyaba en él para bajar.

—En el grupo lo único que quieren saber es si el ventilador está bien —dijo Lucía, entre risas.

Mateo salió del edificio a las siete y treinta y dos de la mañana Tres pisos abajo lo esperaba Valeria, su amiga desde que su familia se mudó. Salieron juntos; la ciudad, bajo la luz de mediados de septiembre, se veía nítida. Caminaron hacia la estación del metro, al llegar al andén, el aire era más denso y cálido. Los esperaba David, quien con alegría los saludó y juntos aguardaron el tren. Hablaron del tema de moda: ¡Van der Woude, “la loca”! Al llegar el tren, las puertas se abrieron y una corriente de aire movió el cabello peinado de Mateo. Se sentó junto a sus amigos y consultó el programa del primer día de clase. El tren había comenzado a cerrar las puertas cuando alguien lo detuvo dos vagones más atrás para poder entrar y no perder ese tren. Mateo no le dio mucha importancia y siguió con el estudio de su horario de clases.

No estaba muy seguro sobre cuáles optativas debía tomar por las tardes. Definitivamente no sería el equipo de fútbol, aunque no era tan malo en deportes; no le gustaba la idea de tratar con un montón de futbolistas en los vestidores. También había descartado el club de cocina. Sabía que la clase de la chef Margot Laurent era un festín garantizado, pero él era un completo desastre entre sartenes y ya tenía suficiente con las generosas raciones de su madre. Al final, se decidió por el club de debate. «Al menos Valeria estará ahí», se dijo. Solo le quedaba otra vacante por llenar, debía escoger entonces entre el club de robótica y el club de teatro, pues también había descartado el coro y la orquesta del instituto.

Sus amigos seguían con su charla animada, y Mateo no prestó mucha atención cuando Valeria habló de los nuevos estudiantes que se incorporaban y que uno de ellos estaría en su clase.

El Instituto Silverwood se alzaba a unas pocas calles de la estación, un trayecto que recorrieron en apenas unos minutos. A las siete y cincuenta y ocho de la mañana, cruzaron la entrada principal, donde el bullicio por el inicio del ciclo escolar llenaba cada rincón del vestíbulo.

Su primera clase del día era Biología III, así que el grupo se dirigió al laboratorio. En el pasillo se les unió Javi, con su energía habitual, y justo en el umbral del Aula 112, se encontraron con Sara. Tras un saludo rápido y breve, el grupo entró en el Laboratorio de Ciencias.

Al cruzar las puertas, fueron recibidos por la característica atmósfera, mezclada con el olor aséptico del alcohol isopropílico y la humedad terrosa de un invernadero. El laboratorio de Biología (y también de Química) de la profesora Zinnia Van der Woude era, en verdad, un lugar especial: tenía varias estaciones de trabajo, resistentes a ácidos y golpes, dispuestas en dos columnas que miraban hacia la mesa central de demostración. Cada estación estaba unida a una larga mesa perpendicular a la pared, la cual contaba con grifos de cuello de ganso y boquillas de gas. En las paredes laterales se alineaban las campanas de extracción de humos, donde los tubos de ensayo y los matraces Erlenmeyer brillaban bajo luces LED blancas. Detrás de vitrinas de seguridad, se organizaban cientos de reactivos en frascos de vidrio ámbar, ordenados con una precisión que solía ser el deleite de Mateo.

Entre las dos columnas de estaciones de trabajo se abría un pasillo central y en la pared del fondo del laboratorio estaba la zona dedicada por completo a la biología. En contraste con el mobiliario químico, el fondo del salón era una pared viva: un sistema hidropónico vertical donde crecían especies exóticas bajo luces de espectro morado. Había terrarios de clima controlado y, en una esquina destacada, justo al lado de la mesa ocho, se alzaba la gran jaula de cristal de Darwin, la iguana. El enorme tanque de vidrio, equipado con lámparas de calor y ramas de madera, se encontraba vacío esa mañana, proyectando un reflejo silencioso sobre el lugar.

Fiel a su costumbre, Mateo había entrado al laboratorio con el paso firme de quien conoce su lugar en el mundo. Ocupó su puesto habitual al final del salón, junto a las amplias ventanas que daban al campo del instituto. Con movimientos precisos, colocó su cuaderno en el centro y su estuche a la derecha, asegurándose de que Sara y David se ubicaran en la mesa siete, justo frente a él. Del otro lado del pasillo central, Javi y su novia, Mía, tomaban sus lugares, mientras que Valeria prefería el primer puesto de trabajo; a ella le gustaba estar en la vanguardia, a pesar de que todos sabían que los asientos frontales eran los más peligrosos por su cercanía táctica a la profesora Van der Woude. Por eso, Mateo prefería aquel rincón distante: era el lugar con menor probabilidad de riesgo potencial en todo el ecosistema del aula.

—He oído que el ventilador todavía tiene restos de la bata de Zinnia —dijo Mía Novak, mientras señalaba hacia arriba con una sonrisa cómplice.

—Si terminamos el año sin que alguien incendie el laboratorio, será un auténtico milagro —añadió David.

Mateo alzó la mirada y contempló por un momento el ventilador. No le pareció que estuviera dañado o magullado. «Tal vez —pensó— el accidente ocurrió en otra aula».

Desvió su mente de esos pensamientos con la entrada caótica de la Dra. Zinnia Van der Woude. Llevaba una bata nueva impecable, pero su cabello seguía pareciendo haber sobrevivido a un huracán.

—¡Buenos días, mis pequeñas células eucariotas! —les dijo, al dejar su maletín sobre la mesa de demostración con un estruendo—. Bienvenidos al último año. Espero que sus sinapsis no se hayan oxidado con el sol del verano y que sus niveles de serotonina estén lo suficientemente altos para lo que nos espera. Hoy empezamos con el estudio de los sistemas complejos y la homeostasis…

Zinnia fue interrumpida por un chirrido metálico estridente, un tono de llamada que sonaba como una señal de radio de los años setenta.

La profesora dio un salto y comenzó a rebuscar dentro de su maletín de cuero, apartando frascos de muestras, una red para mariposas doblada y varios cuadernos de campo. Por fin, extrajo un teléfono robusto, con la carcasa rayada: un teléfono satelital que había visto mejores días durante sus viajes de investigación en la jungla. Con destreza desplegó la antena y contempló la maltratada pantalla.

—Es del hospital —susurró Zinnia al aula, con una expresión de súbita angustia—. Debo atender. ¿Diga? ¡Roberto! Sí, dime que ya recuperó el conocimiento.

El silencio en el laboratorio fue absoluto. Mateo dejó el lápiz sobre la mesa. David y Sara se inclinaron hacia adelante, mientras Mía, contenía el aliento.

—¿Cómo que se niega a abrir los ojos? —continuó Zinnia, mientras caminaba de un lado a otro frente a la mesa de demostración—. Ayer estaba perfectamente, comimos juntos. ¿La piel? ¿Me estás diciendo que está cambiando de color a un tono grisáceo? ¡Eso es un colapso emocional, Roberto! No lo dejes solo. Háblale, cuéntale cómo estuvo tu día, léele algo; le encantan las historias de aventuras.

Mateo intercambió una mirada con Javi. ¿Quién era ese pobre hombre que estaba al borde de la muerte?

—Escúchame bien, Roberto —sentenció Zinnia con voz temblorosa—. Si no se recupera antes del mediodía, tendré que ir yo misma a suministrarle el suero por la cloaca. Sí, ya sé que es humillante para él, pero es por su propio bien. Mantenme informada.

Zinnia cerró la antena con un golpe seco, exhaló un suspiro de alivio y guardó el ladrillo en su bolsillo. Se dio cuenta de que quince pares de ojos la miraban con una mezcla de lástima y espanto.

—Tranquilos todos —dijo, al recuperar su sonrisa extravagante—. Darwin es un poco dramático con los cambios de estación. Roberto es su veterinario y se pone nervioso cuando el lagarto entra en huelga de hambre. Ahora, volvamos a la clase.

Mateo cerró los ojos y se frotó las sienes. «Inyectar suero por la cloaca», repitió mentalmente. No solo tenía que lidiar con la excentricidad de la profesora, sino que ahora sabía que el paciente que vivía a escasos centímetros de su codo derecho estaba teniendo problemas intestinales.

—Como les decía antes de la crisis reptiliana —reanudó la Dra. Van der Woude, tiza en mano—, hoy iniciaremos con el estudio de los sistemas complejos y la homeostasis. La vida no es más que un esfuerzo desesperado por mantener el equilibrio interno frente a un entorno caótico y…

La puerta del laboratorio se abrió con un golpe seco y decidido. La Dra. Ingrid Holmboe, la directora del instituto, entró al salón. Su presencia impuso un silencio inmediato entre los estudiantes, quienes, impecables en sus uniformes, enderezaron la espalda al unísono.

A su lado caminaba el nuevo estudiante.

—Dra. Van der Woude, lamento la interrupción —dijo la directora con su habitual voz de respeto—. Pero tenemos una incorporación de último minuto. Este es Charlie Vanderbilt. Viene de un traslado y espero que el grupo sepa integrarlo con la debida madurez.

Un ligero murmullo recorrió las mesas. Mateo levantó la vista y encontró al nuevo estudiante junto a la directora. Era alto y portaba el uniforme con una pulcritud absoluta; el saco encajaba perfectamente en sus hombros y su camisa blanca carecía de la más mínima arruga. Incluso la corbata lucía un nudo de una precisión que el propio Mateo habría aprobado. Sin embargo, a pesar de esa formalidad impecable, Charlie Vanderbilt irradiaba… algo.

No era la luz blanca y clínica del laboratorio la que parecía bañarlo; su presencia tenía una calidez distinta, orgánica, como si hubiera retenido el brillo del sol del verano y lo proyectara ahora sobre el metal frío y el cristal de los terrarios.

—Bienvenido al ecosistema, Sr. Vanderbilt —dijo Zinnia, ajustándose las gafas—. Espero que su capacidad de adaptación sea alta. Puede establecerse por… allá. Sí, allá, en el que parece ser el único nicho disponible… aquel del fondo —añadió la profesora, mientras señalaba el lugar vacío junto a Mateo.

La directora asintió, se despidió protocolariamente y, al salir, el silencio del laboratorio 112 fue reclamado por el suave zumbido de los sistemas de ventilación.

Charlie no pareció inmutarse por ser el centro de todas las miradas. Con un andar fluido y seguro, comenzó a recorrer el pasillo central. Al pasar junto a las mesas de sus compañeros, el ambiente parecía cambiar; no era solo su uniforme impecable, sino esa vitalidad que desprendía. Al acercarse al fondo, donde las luces moradas bañaban la pared viva, dio la impresión de que las orquídeas exóticas se tensaban hacia él, como si aquel brillo solar que Charlie irradiaba fuera un nutriente más potente que el de los tanques hidropónicos.

Mateo, que había mantenido la vista fija en su cuaderno para evitar el contacto visual, sintió cómo el aire a su lado se volvía más cálido. Charlie llegó a la mesa ocho y, antes de sentarse con una delicadeza que sorprendió a Mateo, contempló la gran jaula de cristal vacía. Dejó su mochila en el suelo y dispuso sobre la mesa sus propios útiles sin desplazar ni un milímetro el equipo de su nuevo compañero.

Mientras Charlie terminaba de organizar sus cosas: apenas un cuaderno de cuero y un bolígrafo, Mateo aprovechó un segundo para observarlo de reojo. De cerca, el magnetismo de Charlie era aún más desconcertante; no había ni una pizca de sudor o cansancio en él; su cabello, a pesar del rigor del instituto, lo llevaba rebelde y despeinado, como si acabara de caminar por una playa en lugar de un pasillo de mármol. Pero lo que más lo descolocó fueron sus ojos resplandecientes. Charlie giró la cabeza de repente, como si tuviera un sensor para las miradas ajenas, y atrapó a Mateo observándolo.

—Hola —dijo Charlie con una sonrisa leve, formal pero genuinamente agradable.

—Hola —murmuró Mateo, cortante, y regresó su atención de inmediato a la página en blanco de su cuaderno. Su pulso se aceleró un poco por la vergüenza de haber sido descubierto, pero también por el impacto visual de esa sonrisa.

Para cuando Mateo logró recuperar el enfoque, la profesora Van der Woude ya estaba a mitad de una explicación detallada y, con un chirrido de tiza contra la pizarra, dibujaba un esquema complejo..

—…y es precisamente por este proceso que el organismo no colapsa —decía ella, sin detenerse—. Entonces, basándonos en lo que acabo de decir, ¿quién puede decirme cuál es el mecanismo principal de retroalimentación que permite mantener la temperatura interna frente a un cambio brusco en el ambiente?

Mateo parpadeó, desorientado por un segundo al ver la pizarra llena de anotaciones que aún no había procesado. Sin embargo, su instinto fue más rápido que su confusión; aunque la biología no era su campo, reconoció el esquema al instante. Alzó la mano con la rapidez de un resorte y con la seguridad de un veterano.

—Sí, dígame, Sr… —Zinnia lo señaló, pero su mirada saltó de inmediato al chico de al lado, cuya mano también estaba alzada, aunque de forma mucho más relajada—. ¡Lo siento, Mateo! Las sinapsis del Sr. Vanderbilt fueron un poco más rápidas. Adelante… Charlie, ilústranos.

Mateo se quedó con la mano en el aire, mientras un murmullo de risitas recorría el laboratorio. También sintió un calor súbito subirle por el cuello. La humillación era doble: no solo le habían robado el turno, sino que Charlie había estado prestando atención mientras él se perdía en el color de unos ojos ajenos.

—Se trata de la retroalimentación negativa, doctora —respondió Charlie.

Su voz era clara y tranquila, pero cargada de un matiz que hizo que Mateo se tensara. Al pronunciar el título, Charlie le dirigió a la Dra. Van der Woude una sonrisa marcadamente pícara, ladeando apenas la cabeza; fue un gesto breve, pero suficiente para que se le marcaran unos hoyuelos en el rostro. Mateo notó, con una mezcla de envidia y asombro, que Charlie ni siquiera había abierto su cuaderno. Simplemente estaba allí, relajado y con un brillo de inteligencia en su mirada fija en la pizarra.

—El hipotálamo funciona como un termostato biológico —continuó Charlie, sosteniendo la mirada de la profesora con un encanto tan natural que resultaba exasperante—. Detecta la desviación del punto de ajuste térmico y activa los efectores para revertir el cambio. Es el sistema buscando recuperar su equilibrio original para evitar el colapso… aunque, en un entorno estimulante, dudo que el equilibrio sea algo fácil de mantener.

La Dra. Zinnia Van der Woude casi deja caer la tiza de la emoción, al observar a Charlie como si acabara de descubrir una especie nueva y fascinante en medio de la selva.

Primero silencio y luego un murmullo de sorpresa recorrió el laboratorio. Los demás estudiantes, que solían ver a Mateo como el único capaz de responder de esa forma, intercambiaron miradas de incredulidad. Incluso Valeria, en la primera fila, giró para ver a quién hablaba con tanta seguridad.

—¡Impresionante! —susurró la profesora, finalmente, dejando escapar un suspiro de asombro—. Una síntesis… perfecta. Sr. Vanderbilt, creo que acaba de darnos la mejor definición de homeostasis que he escuchado en años.

Mateo no lograba procesar lo que había sucedido. El silencio que siguió a la respuesta de Charlie fue, para él, ensordecedor. No era solo que Charlie supiera la respuesta. Era la forma en que lo había hecho, sin una sola nota, con seguridad y esa sonrisa que parecía haber hechizado incluso a Van der Woude, "la loca".

Sara, que estaba sentada justo en la mesa de enfrente, giró con parsimonia sobre su taburete. Siempre llevaba la mirada perdida en algún boceto imaginario, pero en ese momento, sus ojos se enfocaron en Mateo con precisión clínica.

—Creo que ha llegado un nuevo depredador al ecosistema, Teo —soltó Sara, sin una pizca de duda en su voz plana.

Mateo sintió como si le hubieran dado un golpe seco en el estómago. Abrió la boca para soltar una respuesta mordaz, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Avergonzado, sintió el calor en las orejas y bajó la vista hacia su cuaderno para fingir una concentración que no tenía.

En ese instante, sintió un ligero movimiento a su lado. No fue un comentario ni un empujón; fue simplemente la energía de Charlie irradiando. Mateo no pudo evitarlo y, por el rabillo del ojo, lo vio.

Charlie seguía con la mirada fija al frente, aparentemente concentrado en la Dra. Van der Woude, quien ya había retomado su explicación sobre los sistemas de control térmico. Sin embargo, en su rostro se dibujaba una pequeña sonrisa, casi imperceptible para los demás, pero que hacía que sus hoyuelos se marcaran apenas lo suficiente. Era un gesto triunfal y relajado a la vez.

Mateo, con el pulso acelerado, supo de inmediato que esa sonrisa era para él.