Dp/Dr:Donde Pierdo El Derecho A Regresar por Sam en Inkitt
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DP/DR:Donde Pierdo el Derecho a Regresar

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Sinopsis

1943, Stalingrado. En un psiquiátrico que huele a desinfectante y miedo, Sasha Sergeyev, de 16 años, vive atrapado entre paredes blancas y su propia cabeza. Cabello ondulado y blanco como la nieve que cae afuera, ojos lilas que parecen ver cosas que nadie más ve, y una realidad que se le escapa como humo. No alucina. Solo se pierde. Para no derrumbarse del todo, Sasha escapa a mundos imaginarios llenos de gatos de todos los colores: su refugio secreto, su forma de respirar cuando el mundo se siente falso, pero solo dura algunos momentos. Sus padres lo dejaron allí diciendo que "necesitaba madurar". Ahora, entre tratamientos que duelen y conversaciones en la oscuridad, alguien le ofrece una puerta... una que podría sacarlo de estas cuatro paredes, pero a un precio que nadie debería pagar en tiempos de guerra. ¿Podrá aferrarse a sus mundos de gatos cuando la realidad lo arrastre de vuelta? ¿O esa misma desconexión será lo único que lo mantenga vivo? Una historia sobre trauma, abandono y la delgada línea entre lo real y lo que inventamos para sobrevivir. Inspirada en experiencias reales de despersonalización y desrealización, contada con metáforas y dolor honesto. Advertencias: +16 | Temas sensibles: trastornos mentales, abuso emocional familiar, contextos de guerra, tratamientos psiquiátricos históricos brutales.

Genero:
Historical Fiction
Autor/a:
Sam
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Parte 1

Verano de 1943. El sol de la ladera europea cae con lentitud sobre un parque que ya no recuerda cuándo fue visitado por niños jugando a las escondidas o por parejas paseando de la mano. Los céspedes están rizados y llenos de maleza, los bancos tienen las tablas rotas como si los propios árboles los hubieran desgarrado con sus raíces, y en el centro, un columpio de hierro forjado gira con un crujido que se pierde en el silencio de la tarde. El metal está oxidado hasta el punto de que el rojo y el naranja de la herrumbre se confunden con los tonos del atardecer, como si el parque mismo se estuviera fundiendo con el cielo que se pone.

Allí estaba Sasha Sergeyev, dieciséis años contados con la misma precisión con la que contaba los gatos que imaginaba saltando entre los arbustos secos. Unos eran negros como el hollín de los bombardeos que a veces se escuchaban en la distancia, otros amarillos como el trigo que nunca había visto en persona, algunos blancos como su propio cabello -cabello que desde que tenía ocho años no mostraba ni un solo hilo de otro color, tan blanco que parecía hecha de nieve derretida que se había quedado en su cabeza. Sus ojos, de un tono lila que nadie en su pueblo había visto antes, miraban fijamente al vacío frente a él, pero en su mente, una procesión interminable de felinos de todos los colores caminaba en fila india por el borde del columpio, rozando con sus bigotes la piel de sus piernas desnudas bajo el camisón blanco manchado de sudor y algo que podría haber sido comida o medicación.

Estaba feliz. Verdaderamente feliz, aunque la palabra “real” no tenía mucho sentido para él. Desde hacía más de un año, todo lo que tocaba, todo lo que veía, todo lo que escuchaba se sentía como si estuviera envuelto en una tela fina y opaca -como mirar el mundo a través de un cristal empañado. No veía cosas que no estuvieran ahí; no escuchaba voces ni tenía alucinaciones como los otros pacientes del centro psiquiátrico que gritaban en las habitaciones de aislamiento por las noches. Solo... se desconectaba. Se desprendía de su propio cuerpo, de su nombre, de la vida que le había tocado vivir, para sumergirse en esos mundos donde los gatos hablaban en idiomas antiguos y las flores crecían hasta alcanzar el cielo.

“Miau...” susurró Sasha, moviendo los dedos de la mano derecha como si estuviera acariciando el pelaje suave de un ejemplar gris moteado que solo él podía ver. El columpio crujía de nuevo, y él se balanceaba con más fuerza, sintiendo cómo el viento rozaba sus mejillas pálidas, tan pálidas que hasta las venas se veían como ríos azules bajo la piel. Su complexión era media, un poco llenita, con caderas anchas y pechos que desde hacía tiempo le habían causado burlas entre los niños de su pueblo -“eres más mujer que las mujeres”, le decían los muchachos mayores, golpeándolo en las calles hasta que sus padres decidieron que era mejor encerrarlo que tener que explicar por qué su hijo no era como los demás.

En su muñeca izquierda, brillaba una pulsera metálica con grabado un número: 4782. El centro psiquiátrico de Stalingrado -o lo que quedaba de él después de los bombardeos- usaba esas pulseras para identificar a los pacientes, como si fueran mercancía en lugar de personas. Sasha se la tocaba de vez en cuando, sintiendo el frío del metal contra su piel caliente, y se preguntaba si el número era más real que él mismo.

“¡Sergeyev! ¡4782!”

La voz resonó en el parque como un disparo, rompiendo la sinfonía de maullidos que solo él escuchaba. Sasha dejó de balancearse lentamente, los ojos lilas volviendo a enfocar la realidad -o lo que pasaba por ella en ese lugar. Acercándose por el camino de tierra que llevaba al columpio venía el médico Volkov, un hombre corpulento con la barriga que le salía por encima del cinturón de su bata blanca, el rostro rojo por el esfuerzo del camino y por el alcohol que olía a kilómetros de distancia. Junto a él iba un asistente joven, con la mirada baja y las manos temblando como si temiera que en cualquier momento el médico le volviera la cara contra él.

“¿Qué demonios estás haciendo aquí, maricón?” gritó Volkov, llegando hasta el columpio y agarrándolo con fuerza para detenerlo completamente. El movimiento brusco hizo que Sasha se tambaleara, golpeando la espalda contra el metal frío. “Te dije que te quedaras en el patio cerrado. ¿No entiendes ni una sola palabra que te digo? ¡O es que realmente estás más jodido de lo que pensaba!”

Sasha bajó la cabeza, acariciando ahora la pulsera de su muñeca con nerviosismo. Los gatos habían desaparecido; se habían refugiado en rincones oscuros de su mente, esperando a que la amenaza pasara. “Estaba jugando...” murmuró, su voz suave y un poco afeminada, como siempre. “Los gatos me estaban acompañando. Eran muy bonitos, doctor. Había uno naranja como el sol...”

Volkov soltó una carcajada seca y sarcástica, golpeando la palma de su mano con el estetoscopio que llevaba colgado al cuello. “¡Gatos! ¡Maldita sea, este niño está más loco que una cabra en temporada de celo! ¿Y crees que eso es normal? ¿Que un hombrecito de tu edad se pasee por ahí hablando con animales que no existen?” Se inclinó hacia adelante, acercando su rostro hinchado al de Sasha, hasta que el aliento a vodka y ajo le picó las fosas nasales. “Hoy es tu turno de la inyección de azufre, muchacho. Ya sabes que eso te ayudará a ‘ponerte los pies en la tierra’, como dicen tus padres. Y luego, en cinco horas, te esperan los choques de insulina. ¿Recuerdas cómo fue la última vez? Te dejó callado como un muerto por dos días seguidos. Quizás esta vez te haga pensar en lo que significa ser un hombre de verdad.”

Sasha cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo la sensación de desrealización volvía a envolverlo, pero esta vez no era agradable. No había gatos ni colores brillantes; solo una negrura densa que se apoderaba de su visión interior. Recordaba la última sesión de choques de insulina: el dolor en el pecho, la forma en que su cuerpo se contraía sin poder controlarlo, la boca seca como el desierto y la sensación de que su cerebro se estaba deshaciendo en trozos pequeños, como si alguien lo estuviera rompiendo con un martillo. Y mañana... mañana les tocaban los electroshocks. Había escuchado a los otros pacientes hablar de ellos, decir que era como si el cielo se les cayera encima, como si olvidaran quiénes eran, dónde estaban, por qué estaban ahí.

“Por favor, doctor...” susurró Sasha, abriendo los ojos de nuevo, y esta vez había lágrimas en el borde de sus párpados lilas. “No quiero más. No quiero las inyecciones, ni los choques, ni estar aquí. Digo la verdad, no estoy loco. Solo... no siento las cosas como los demás. Solo quiero irme a casa, quiero tener un gato de verdad, quiero poder caminar por la calle sin que la gente me mire como si fuera un monstruo...”

Volkov se enderezó, cruzándose de brazos y mirándolo con una expresión que podría haber sido lástima si no fuera por la crueldad en sus ojos. “Tu casa ya no te quiere, muchacho. ¿No te has dado cuenta? Tus padres te trajeron aquí hace seis meses diciendo que querían que ‘maduraras’, pero todos sabemos lo que significa eso: que no pueden aguantar tener a un hijo así en casa. Un hijo débil, blanco como un fantasma, con ojos de puta y manera de hablar que hace pensar que te gustan los hombres. En estos tiempos de guerra, no hay sitio para gente como tú, ¿entiendes? La patria necesita hombres fuertes, no maricas que hablan con gatos imaginarios.”

Sasha sintió cómo el corazón le daba un vuelco en el pecho, y esta vez la desrealización no llegó a tiempo para protegernos. El dolor era real, tan real como el metal de la pulsera en su muñeca, tan real como el sabor amargo de las lágrimas que ahora corrían por sus mejillas. Sus padres... los había amado con toda su alma, a pesar de que nunca habían sabido cómo mirarlo sin un ceño fruncido, a pesar de que su madre le había dicho una vez que preferiría tener un hijo muerto en la guerra que uno así.

“Entonces... ¿nunca podré salir de aquí?” preguntó, su voz quebrándose al final de la frase.

Volkov se quedó callado por un momento, mirando hacia el horizonte donde se vislumbraban las ruinas de la ciudad, con humo negro saliendo de algunos edificios bombardeados. Luego volvió la mirada hacia Sasha, y en sus ojos hubo un brillo que no era de compasión, sino de cálculo frío.

“Tengo una opción para ti, 4782. Una única opción. Y tienes que decidir ahora mismo, porque si no, mañana temprano estarás en la camilla de los electroshocks, y te aseguro que después de eso no recordarás ni tu propio nombre, mucho menos tus malditos gatos.” Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz como si estuviera contando un secreto mortal. “La guerra necesita hombres. Muchos hombres. Demasiados están muertos o heridos en el frente. Y el ejército está dispuesto a tomar a cualquier persona que pueda aguantar un rifle en las manos, incluso a... gente como tú. Si aceptas entrar a las filas del ejército rojo, te damos de alta de aquí inmediatamente. Te dan un uniforme mañana mismo, te alimentan bien, te dan un lugar donde dormir, y quizás... quizás así tus padres vuelvan a mirarte con ojos de orgullo. O al menos de indiferencia. Pero si niegas... bueno, ya sabes lo que te espera.”

Sasha se quedó inmóvil, sintiendo cómo las palabras del médico resonaban en su cabeza como campanadas de muerte. La guerra. Había oído hablar de ella todo el tiempo: de los bombardeos, de los hombres que se iban y no volvían, de las mujeres llorando en las calles, de los niños que morían de hambre. No quería ir allí. No quería matar a nadie, no quería ser muerto, no quería tener que llevar un rifle pesado cuando apenas podía aguantar el peso de su propio cuerpo algunas veces.

“No...” dijo en voz baja, sacudiendo la cabeza con fuerza. “No quiero ir a la guerra. No soy un soldado. No sé disparar, no sé pelear, no quiero ver a nadie morir...”

Volkov asintió con la cabeza, como si esperara esa respuesta. “Entendido. Entonces prepárate para la inyección ahora mismo, y luego los choques de insulina. Y mañana... los electroshocks. Quizás cuando salgas de ahí ya no tengas esas ideas tan raras en la cabeza. Quizás finalmente seas un hombre normal.”

El asistente joven dio un paso adelante, llevando una jeringa grande con un líquido amarillento y turbio -el azufre. Sasha vio cómo la aguja brillaba bajo el sol poniente, y sintió cómo su cuerpo se estremecía de miedo. Luego cerró los ojos, y en su mente, los gatos volvieron: esta vez eran negros como la noche, con ojos brillantes que le miraban con preocupación. Uno de ellos, un gato grande y musculoso de pelaje gris oscuro, se acercó hasta él y lo rozó con la cabeza contra su mano imaginaria, como si quisiera consolarlo.

Mañana vendrán los electroshocks, pensó Sasha. Y después de eso, quizás ya no recuerde los gatos. Quizás ya no recuerde quién soy. Quizás me vuelva como los otros pacientes, que solo miran al vacío sin saber por qué están ahí.

La imagen de su cuerpo tendido en la camilla, con cables pegados a la cabeza y corriente eléctrica recorriéndole el cerebro, fue más fuerte que el miedo a la guerra. Más fuerte que el miedo a morir, más fuerte que el miedo a todo lo que pudiera pasar en el frente.

Esperó a que el asistente estuviera a punto de acercarse con la jeringa, luego abrió los ojos lilas y miró directamente a Volkov.

“Espera...” dijo, su voz más firme de lo que se esperaba. “Espera. Acepto. Acepto ir a la guerra.”

Volkov sonrió, una sonrisa ancha y desagradable que mostraba sus dientes amarillos por el tabaco. “Muy bien, 4782. Sasha Sergeyev. Entendido. Esta noche te prepararán los documentos. Mañana por la mañana, antes de que lleguen los técnicos de los electroshocks, te traerán tu uniforme. Te cortarán ese pelo blanco ridículo, te darán zapatos y un rifle, y te llevarán al tren que te llevará al frente. Que Dios te ayude, muchacho. Porque en la guerra, no hay lugar para fantasías ni para gatos imaginarios. Solo hay muerte, y sobrevivir o morir.”

El asistente bajó la jeringa, mirando a Sasha con una mezcla de sorpresa y lástima. Sasha volvió a mirar hacia el columpio, hacia el parque abandonado, hacia el sol que ahora casi se había ocultado por completo. Los gatos estaban ahí, todos juntos, formando un círculo alrededor suyo en su mente. Algunos los lamían las patas, otros miraban hacia el camino que llevaba al centro psiquiátrico, como si supieran que su tiempo juntos se estaba acabando.

“Gracias, doctor...” murmuró Sasha, aunque no sentía gratitud alguna. Solo una sensación vacía, como si su cuerpo se hubiera convertido en un recipiente vacío que pronto sería llenado con uniforme, armas y miedo.

Volkov dio una palmada en su hombro, con tanta fuerza que Sasha tuvo que estabilizarse para no caerse del columpio. “Ahora ven conmigo. Ya no tendrás que volver a este parque. A partir de mañana, tu vida cambiará para siempre. O al menos, lo que quede de ella.”

Sasha se bajó del columpio con cuidado, sintiendo cómo las piernas le temblaban. Mantuvo la mirada fija en el suelo, donde imaginaba que los gatos seguían caminando a su lado, hasta que el camino de tierra se convirtió en el pavimento del centro psiquiátrico, y el silencio del parque fue reemplazado por los gritos y los susurros de los otros pacientes, que esperaban su turno de medicación o de aislamiento.

Mañana vendría el uniforme. Mañana empezaría una nueva vida, o quizás el final de la única que había conocido. Pero por ahora, en la oscuridad que se cernía sobre el centro, Sasha cerró los ojos una vez más y se imaginó a sus gatos, corriendo libres por un campo verde donde no había guerra, ni psiquiátricos, ni padres que no quisieran a su hijo.

CONTINUARÁ...

Si este capítulo te dolió, te hizo identificar o simplemente te llegó... un votito me ayudaría muchísimo a seguir escribiendo con todo el corazón. Gracias por llegar hasta aquí 💜🐈‍⬛

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