CAP 1
La limusina negra avanzaba en absoluto silencio por el asfalto mojado. A través de los cristales polarizados, la Ciudad de México se desvanecía lentamente mientras se aproximaban al hangar privado donde la avioneta de la firma Salvatore Enterprise aguardaba con los motores encendidos. A miles de kilómetros, una mansión en las colinas de California esperaba por ellos.
Luciana Montero soltó un suspiro contenido y miró al hombre fornido a su lado. Tenía un nudo en el estómago que no lograba descifrar.
Al notar la aprensión en su mirada, Octavio Vértiz le cubrió la mano con calidez, rozando el anillo de compromiso que recién acababa de regalarle. El destello del diamante parecía la única certeza entre tanta prisa.
—Amor... entiendo que este fin de semana era para nosotros —murmuró Octavio, acortando la distancia entre ambos—. Pero no podía negarme. Es la CEO del corporativo; prácticamente me ordenó que acudiera contigo. Se rumora que en esta fiesta reestructurará las direcciones operativas y, con la boda encima, necesitamos ese ascenso.
—Lo sé —respondió Luciana, intentando forzar una sonrisa mientras observaba las luces de la pista—. No voy a reclamarte. Haré mi mejor esfuerzo para causar una buena impresión, conseguir ese puesto y dar el enganche del departamento.
Octavio le besó los nudillos con gratitud.
—Dime algo... ¿sabes si la Sra. Elena sigue casada? —preguntó ella, buscando distracción.
—Sí —asintió Octavio en tono confidencial—. Sabes que su vida siempre ha sido un imán para la prensa. Antes de asentarse, su nombre no salía de las revistas de sociales por su vida nocturna y las mujeres que la acompañaban. Cuando se casó con esa modelo europea, fue portada internacional. Maneja sus empresas con una mano de hierro implacable, aunque paradójicamente financia docenas de refugios para niños y mujeres. Es una figura indescifrable... y sumamente peligrosa si te pones en su camino.
—Una combinación intrigante —comentó Luciana, ajustándose el abrigo.
—Olvidemos el trabajo un momento y concentrémonos en el viaje —sugirió Octavio.
Sin embargo, una sospecha persistente rondaba en la cabeza de Luciana. Miró a su prometido fijamente:
—Octavio... ¿cómo te llegó la invitación exactamente? ¿Ya la conocías en persona?
Octavio dudó un instante antes de responder, ajustándose el cuello de la camisa:
—Un par de veces, nada más. Hace dos días pasé a su oficina a solicitar el permiso para nuestra boda. Me miró en silencio unos segundos, como si analizara algo, y me dijo que antes de autorizarlo debíamos acompañarla a su villa en California.
Antes de que Luciana pudiera indagar más, la voz del piloto resonó por el altavoz de la aeronave:
—Señores Vértiz, prepárense. Estamos iniciando el descenso hacia la propiedad Salvatore.
—Llegamos —dijo Octavio con entusiasmo.
Luciana sintió cómo le sudaban las palmas de las manos. El presagio de que algo no estaba bien se volvió casi físico, una presión sofocante en el pecho.
Al aterrizar, un vehículo blindado los trasladó por un camino flanqueado por altos cipreses hasta la entrada principal de la villa. Al descender, la imponente puerta de madera se abrió, revelando a la mismísima Elena Salvatore.
Luciana se quedó sin aliento. Nunca la había visto de cerca: poseía una belleza magnética, casi intimidante, con una silueta impecable y una postura que irradiaba un dominio absoluto del espacio.
—Bienvenidos a mi hogar —dijo Elena. Su voz era grave, pausada y envolvía el ambiente.
—Señora Salvatore, el viaje estuvo impecable. Es un honor —se apresuró a responder Octavio, dando un paso al frente.
Elena ignoró la mano extendida de Octavio. Sus ojos, intensos y calculadores, se fijaron directamente en Luciana. Se acercó a ella con paso firme y la saludó con dos besos en las mejillas al puro estilo italiano. Luciana percibió un perfume amaderado y costoso que le erizó la piel.
Luego, Elena se giró hacia Octavio y le dedicó únicamente una inclinación de cabeza helada y distante.
—Supongo que el trayecto los ha agotado —expresó Elena sin quitarle la mirada de encima a Luciana—. José subirá su equipaje y les mostrará sus habitaciones. Cenaremos en una hora... hay asuntos importantes de los que debemos hablar.
—Por supuesto, señora —intervino un empleado apareciendo entre las sombras.
Mientras los guiaban hacia el interior, Luciana echó una mirada atrás. Elena seguía de pie en el vestíbulo, observando sus pasos con una sonrisa enigmática que prometía cambiar el curso de sus vidas para siempre.








