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No debería empezar por aquí.
Pero toda historia honesta nace de su herida.
Y la mía tiene nombre.
M.
Aunque, si soy sincero, tampoco empezó justo aquí, pero bueno, hay que continuar para desanublar el camino y así puedan armar este rompecabezas orquestado por.. ella.
En el oscuro teatro de mi alma bailan las sombras de un amor imposible, como marionetas atrapadas en hilos que nunca elegí sostener.
Mi corazón se encuentra dividido entre la dulzura de tus risas compartidas y la certeza de que tu corazón ya pertenece a otro.
Y lo peor es que lo sé.
Lo he sabido desde el principio.
Quizá por eso nunca debí permitir que las cosas llegaran tan lejos.
Aun así, la esperanza insiste.
Se aferra a mis pensamientos.
Me muestra futuros que nunca existieron y me invita a contemplarlos como si fueran reales.
Un mundo donde tú y yo somos algo más que dos vidas destinadas a rozarse sin encontrarse.
Pero la realidad no conoce la compasión.
La realidad pesa.
Cae sobre mí una y otra vez, recordándome que lo nuestro pertenece al mismo lugar que las posibilidades que nunca llegan a florecer:
el jardín de lo imposible.
Entonces aparece la envidia.
No irrumpe.
No exige.
Se filtra.
Silenciosa.
Como el frío que entra por una grieta y termina ocupando toda la habitación.
La siento cuando veo la calidez de vuestros abrazos.
La naturalidad de vuestras sonrisas.
La forma en que pareces encontrar refugio en él.
Mi amigo.
Mi confidente.
El único hombre al que jamás quise convertir en mi rival.
Tú.
No eres digno de ella.
Pero, ¿quién soy yo para siquiera pensarlo?
Porque si la envidia abre la puerta, la culpa entra sin pedir permiso.
En los rincones más oscuros de mi mente ya no es una visitante.
Es residente.
Permanece.
Observa.
Espera.
Y cuando el silencio se vuelve demasiado grande, siempre susurra lo mismo.
Traición.
Traición.
¿Cómo no escucharla?
¿Cómo alegrarme por la felicidad de mi amigo cuando mi propio corazón se consume en secreto?
Y después llega el miedo.
No grita.
No corre.
No necesita hacerlo.
Permanece inmóvil, sabiendo que tarde o temprano acabarás acercándote por tu cuenta.
Temo perderlo.
Temo perderte.
Temo perderme a mí mismo.
Y entonces surge la única pregunta que realmente importa:
¿qué precio estoy dispuesto a pagar por un amor que nunca podrá ser?
Desde ese momento todo se convierte en un ciclo.
Esperanza.
Desencanto.
Calma.
Tormenta.
Mis pensamientos giran sobre sí mismos como hojas atrapadas en una corriente que nunca encuentra salida.
Y en medio de todo aparece la tentación.
No como un impulso repentino.
Sino como una presión constante.
La idea de elegir mis propios deseos por encima de los de alguien a quien considero un hermano.
La idea de ponerme primero.
Por una vez.
Como las nubes que acumulan agua hasta que ya no pueden sostenerla.
Como la tierra que se resquebraja después de soportar demasiado tiempo la misma sequía.
Todo parece seguir un orden.
Todo encuentra su momento.
Todo sabe cuándo ceder.
Todo, excepto yo.
Porque mis sentimientos siguen acumulándose.
Y cada día pesan un poco más.
Hasta que inevitablemente terminan cayendo.
Y cuando caen, destruyen.
Pero no lo hago.
No cedo.
Me detengo.
Porque sé lo que duele sentirse traicionado.
Y no quiero convertirme en la causa del dolor de alguien más.
Mi amigo no lo merece.
No merece sufrir.
Pero entonces surge otra pregunta.
Una más difícil.
¿Yo sí?
¿Yo sí merezco este silencio?
¿Este peso?
¿Esta guerra interminable?
Tampoco merezco hacer daño.
Y ahí está el problema.
Al final todo parece mantenerse en equilibrio.
Una paz artificial.
Una tregua frágil donde los anhelos, las emociones, él, ella, yo y mi indecisión consiguen coexistir.
Pero solo en apariencia.
Porque el dolor no desaparece.
Crece.
Lento.
Constante.
Como un árbol cuyas raíces llevan demasiado tiempo alimentándose de la misma herida.
En aquel entonces todavía creía que podía mantenerlo bajo control.
Todavía creía que bastaba con callar.
No entendía que algunos silencios terminan cobrando un precio.
Y sé.
Lo sé.
Que algún día sus ramas alcanzarán la superficie.
Y cuando lo hagan,
se manifestará.
Inevitable.
Porque hay sentimientos que desaparecen.
Y otros que simplemente aprenden a esperar.
Si hubiera sabido lo que venía después,
quizá habría tomado otro camino.
O quizá no.
Entonces, dime:
¿qué camino se supone que debo seguir
cuando mi corazón insiste
en desear lo imposible?
La respuesta parece sencilla.
Lo difícil es vivir con las consecuencias.
En el lienzo de mi alma pinté este retrato:
amor y dolor entrelazados,
una obra nacida del conflicto humano
de querer…
y no poder.
Y en el centro de todo…
tú.
La musa de mis sueños.
La llave de mi corazón.
La razón…
de mi tormento.









Cabe aclarar que no exijo ni necesito que sigan la cuenta ig, solo es un medio para un fin, en este caso la historia, y ya, simplemente disfruten.