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Hijos de la polvora

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Sinopsis

Hijos de la pólvora es una novela de género western puro y de acción. La historia se desarrolla en una región de frontera ganadera, un territorio árido, polvoriento y aislado donde la ley institucional es frágil y el orden depende de sheriffs locales y hombres armados dispuestos a imponer su propia justicia.

Genero:
Action
Autor/a:
Dante L
Estado:
Completa
Capítulos:
42
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El horizonte seco

Llevaba tres días tragando la ceniza blanca de la frontera sin cruzarse con un alma. El sol de mediodía colgaba sobre el centro exacto del cielo, inmóvil como una herida abierta, fundiendo el horizonte en una reverberación temblorosa de cal y piedra. Pegada a la espalda por un sudor rancio, la camisa de algodón de Archie Troy crujía al menor movimiento; era una segunda piel tiesa de salitre, endurecida bajo semanas de intemperie. No se encorvaba. Montaba erguido, con las rodillas flojas adaptadas al vaivén terco del caballo negro, recibiendo la bofetada del aire caliente sin pestañear, como si cualquier gesto de debilidad pudiera quebrar la poca sustancia que le quedaba en los huesos.

Bajo los cascos del animal, el camino no era más que una costra de greda cuarteada. Cada pisada arrancaba una bocanada de polvo que quedaba suspendida en el vacío, incapaz de caer por falta de viento, ensuciando los estribos y tiñendo de gris los flancos sudorosos de la bestia. Solo sonaban dos cosas: el golpe apagado del hierro contra la piedra y el crujido del cuero reseco de la montura, un compás sordo, monótono, que acompasaba el zumbido constante de la sequedad en los oídos.

Archie respiraba despacio, filtrando el aire por la nariz para no perder en saliva lo que el pecho apenas lograba retener. Tenía los labios partidos en tajos hondos que de vez en cuando manaban un hilo espeso de sangre, de sabor férreo, que él se tragaba sin mover un músculo. La barba de cuatro días, encanecida por el polvo de la ruta, le cubría las mandíbulas tensas. Con la mano izquierda sostenía las riendas sin tirar del freno, dejando que la montura marcara su propio paso agónico.

Buscó a tientas la cantimplora en el costado de la silla. Los dedos ásperos tantearon el metal que quemaba como hierro de marcar. La desenganchó, sabiendo de antemano el veredicto por la ligereza vacía del envase; aun así desenroscó el tapón y volcó la boquilla sobre la boca entreabierta. Esperó. Ni una gota. Solo una vaharada de óxido caliente que le raspó el paladar como una lija. Volvió a colocar el tapón, apretó la rosca con el pulgar y aseguró el frasco en el arzón. No maldijo ni suspiró. Se limitó a clavar los ojos claros en el camino.

La llanura se abría en abanico hacia ninguna parte. No había más sombra que la que proyectaban bajo su propio vientre, reducida a una mancha oscura al mediodía. A los lados, los mezquites y las chollas espinosas parecían esqueletos calcinados arañando la nada. De tanto en tanto el terreno se abría en grietas anchas donde la tierra se había desfondado tras meses sin una gota de lluvia. Era un país sin ganado, sin huellas de carretas, una tierra yerma donde los rancheros no se atrevían a adentrarse y donde la ley quedaba abolida por la simple ausencia de hombres. En parajes así, quien caía del caballo no se levantaba jamás: los buitres hacían el trabajo limpio y el sol terminaba de blanquear los huesos antes de que alguien notara la falta.

Sabía lo que encontraría al final de la ruta si alcanzaba el caserío que marcaban los viejos mapas. Ningún edén. Esos asentamientos improvisados en la nada se parecían todos: una hilera de tablas combadas por el salitre, el hedor a orines y estiércol acumulado frente al abrevadero, cuatro tiros al anochecer y una cantina donde los hombres bebían alcohol de grano adulterado para no acordarse de la mugre en la que dormían. No esperaba milagros ni los buscaba. Tenía tres cuentas urgentes que liquidar antes de que cayera la noche: dos cubos de agua fresca para él y la bestia, un plato de cecina grasienta que no crujiera de arena al morderla, y un jergón en un cuarto cerrado donde descansar la espalda con la mano sobre la culata del revólver. Pagar, callar y desaparecer al alba.

Hacia el final de la tarde el cielo comenzó a pudrirse en tonos cobrizos y violetas. Tan pronto como el disco solar se hundió tras los cerros occidentales, el bochorno dio un respingo y el aire se transformó en una corriente afilada que bajaba congelada desde las mesetas. En el desierto la noche no trae calma; trae el invierno en cuestión de minutos.

Archie guio al caballo hacia un amontonamiento de peñascos pardos que sobresalían de la greda como dientes rotos. Desmontó despacio. Al tocar tierra las rodillas le temblaron por la rigidez de tantas horas de galápago, pero no permitió que su peso cediera. Descinchó la silla con dedos mecánicos, la levantó de un tirón y la apoyó contra una hendidura al resguardo del viento. Del lomo del caballo subía una columna de vapor caliente. Con un saco de arpillera gastado le frotó con energía los ijares y el pecho, arrancando la costra de sudor seco para que la helada de la madrugada no le destemplara los pulmones. El animal estiró el pescuezo y husmeó las piedras peladas, buscando en vano alguna brizna de pasto antes de soltar un bufido resignado.

No encendió fuego. En esa comarca una chispa era un faro para cualquier partida de cuatreros o apaches renegados que rondara la cuenca. Se envolvió en su manta de lana gris, arrimó la espalda al abrigo mineral de la roca y dejó el revólver desenfundado sobre el regazo, cubierto por el borde del poncho. Durmió como duermen los coyotes: a golpes sordos de media hora, con el oído alerta a la piedra que rueda o al crujido de una bota sobre la maleza.

La escarcha del amanecer lo encontró ya despierto, con los dedos agarrotados por el hielo que barnizaba las piedras. Ensilló al caballo en penumbra, apretó la cincha mientras el animal se hinchaba para resistir la presión y le metió el bocado helado entre las quijadas sin contemplaciones. Partieron con las primeras luces grises.

Hacia las diez de la mañana el frío matinal ya era un recuerdo aplastado por el regreso del bochorno. Fue entonces cuando el caballo empezó a cabecear. El paso se volvió torpe; los cascos tropezaban con los guijarros sueltos y una baba espumosa, densa como cal viva, le escurría por el belfo inferior tiñéndole el pecho.

Archie tiró suavemente de las riendas y descabalgó. El animal bajó la testuz hasta casi rozar el polvo, temblando de las patas delanteras. Troy le acarició la tabla del cuello, sintiendo el galope desbocado del corazón de la bestia bajo la piel caliente. Le desenredó con cuidado una corona de espinas que se le había clavado entre las orejas y le dio dos palmadas secas, casi con ternura áspera, en la paleta.

—Falta poco, muchacho —murmuró. Su propia voz le sonó extraña, ajena, rota como un cuero viejo tras tantas horas de mudez—. Aguanta un poco más.

Encararon a pie el último repecho, una loma pedregosa que cortaba el valle. Archie subía tirando de la cabezada, sintiendo en las suelas de las botas cada piedra afilada y el ardor punzante que le subía por la garganta hasta detrás de los ojos. El aire olía a arcilla cocida.

Al coronar la cresta, el terreno caía en suave pendiente hacia una vaguada protegida por farallones ocres. Abajo, aplastado contra el fondo reseco del barranco, descansaba el caserío.

Eran apenas doce barracones de madera grisácea alineados a lo largo de una calle ancha de tierra que nacía de la nada y no iba a ninguna parte. La construcción mayor, una estructura de dos plantas con porche corrido y tablas desparejadas, exhibía las marcas inequívocas de una cantina fronteriza. La calle estaba desierta; ningún perro ladraba, ningún carromato cruzaba el polvo. Parecía un cementerio de tablones abandonado a los buitres bajo el sol abrasador.

Pero entonces Archie vio el detalle.

Desde una chimenea de lajas levantada en el costado del edificio principal ascendía un hilo de humo oscuro, lento, vertical, que el viento de la tarde deshilachaba antes de llegar a los cerros. Había leña ardiendo. Había hombres.

Y donde había hombres, había un pozo.

Archie apretó las riendas con el puño cerrado, clavó la mirada en el fondo del valle y se tragó la última saliva pastosa que le quedaba en la boca.

Agua.

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