Capítulo 1
El Chico del Lápiz
El edificio de la facultad de Artes de Seúl se alzaba frente a Jeon Jungkook como una fortaleza imponente de cristal y hormigón. Los ventanales reflejaban el cielo nublado de marzo y, por un momento, el chico deseó ser ese reflejo: algo casi invisible, que nadie pudiera señalar. Algo que existiera pero no ocupara espacio, que pudiera deslizarse por las rendijas sin que nadie lo notara.
Llevaba toda la vida intentando ser invisible. Hasta ahora, con veintiún años, aún no había descubierto cómo.
Apretó la correa de su mochila contra el pecho, como si fuera un escudo. Dentro llevaba sus cuadernos de dibujo, sus lápices bien afilados, su goma de borrar, y un estuche negro que su madre le había regalado el día anterior con una nota que decía:Para que llenes de arte este nuevo comienzo.
— Puedes hacer esto — susurró para sí mismo, aunque el nudo en su estómago pesaba más que todas las pertenencias que cargaba —. Es una escuela nueva. Nadie te conoce. Nadie sabe nada.
Esa era precisamente la parte aterradora.
En su antigua facultad, la gente lo conocía. Lo conocían demasiado bien. Sabían que siempre se sentaba en la última fila, que nunca levantaba la mano en clase aunque supiera las respuestas, que durante el recreo se refugiaba en la biblioteca o detrás del gimnasio con su cuaderno de bocetos. Sabían que cuando alguien le hablaba, tardaba tres segundos en responder porque estaba demasiado ocupado sobrepensando qué decir. Sabían que se sonrojaba con facilidad, que tropezaba con sus propios pies, que cuando alguien le hacía un cumplido no sabía si era sincero o una broma.
Y por eso, porque lo conocían tan bien, también sabían exactamente dónde golpear.
Cada vez que entraba a un lugar nuevo, sentía que llevaba un cartel invisible colgado en la espalda. Un cartel que decía cosas como ”el raro“, ”el callado“, ”el que siempre está dibujando en lugar de hablar con personas reales“. En su antigua facultad, ese cartel había evolucionado a versiones más crueles con el tiempo. Versiones que dolían más porque venían disfrazadas de bromas, de ”es que solo bromeamos, Jungkook, no te lo tomes tan en serio“.
Pero él siempre se lo tomaba en serio. Siempre.
Recordaba cada palabra. Cada risa ahogada a sus espaldas. Cada vez que entraba al comedor y el murmullo cambiaba de tono. Cada vez que alguien ”accidentalmente" chocaba con él y sus papeles volaban por los aires, y luego decían ”uy, perdón, no te había visto, es que eres tan... pequeño“.
Pequeño. Esa era otra. No era para nada bajo, pero lo hacían sentir como si lo fuera. Como si ocupar menos espacio físico significara que también debía ocupar menos espacio en el mundo.
— Vamos — se ordenó, y puso un pie dentro del edificio.
El cambio fue inmediato.
El pasillo principal era un caos hermoso.
Jungkook se quedó paralizado en la entrada, los ojos abriéndose de para en par mientras intentaba procesar la sobrecarga sensorial. Estudiantes de todos los departamentos cruzaban en todas direcciones: bailarines, músicos con estuches de instrumentos a la espalda que tintineaban con cada paso, actores que ensayaban monólogos en voz baja como si estuvieran sobre un escenario en lugar de en medio de un pasillo abarrotado.
Las paredes estaban cubiertas de carteles de exposiciones pasadas, fotografías en blanco y negro, bocetos al carboncillo enmarcados bajo cristal. Algunos eran técnicamente impresionantes. Otros eran experimentalmente extraños.
Jungkook se sintió diminuto.
Comenzó a caminar lentamente, deslizándose por los bordes del pasillo como si temiera que alguien pudiera chocar con él y descubrir que en realidad era un fraude, que sus dibujos no eran lo suficientemente buenos, que alguien había cometido un error al admitirlo en este lugar.
Lamentablemente todo eso pensaba el.
Se detuvo a mirar uno de los bocetos enmarcados. Era un rostro femenino, incompleto, solo los ojos terminados con una precisión que le heló la sangre. No eran unos ojos cualquiera. Eran ojos que miraban. Que veían. Que juzgaban. La técnica era impecable: el sombreado, el brillo en la córnea, la diminuta red de líneas que formaban el iris. Pero lo que realmente impresionaba era la expresión.
— ¿Estás perdido?
La voz llegó desde algún lugar a su derecha, y Jungkook se sobresaltó tanto que la libreta donde llevaba su horario resbaló de sus manos y cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en el pasillo como un disparo.
Varias personas giraron la cabeza.
Jungkook sintió que su cara ardía.
— ¡Lo siento! — exclamó antes siquiera de levantar la vista, agachándose frenéticamente para recoger la libreta_— . Lo siento mucho, no quería...
— ¿Por qué pides perdón? — la voz era amable, con un dejo de diversión genuina— . El que asustó fui yo. Bueno, soy un desastre cuando conozco gente nueva.
Jungkook finalmente levantó la cabeza, sus manos todavía aferradas a la libreta como si fuera un salvavidas.
Y el mundo se detuvo.
El chico que tenía enfrente parecía sacado de una de esas fotografías en blanco y negro de las paredes, pero a color. Y qué colores.
Piel un poco dorada por algún sol que Jungkook no había visto en marzo, un sol que parecía vivir dentro de él en lugar de venir de fuera. Ojos oscuros y rasgados que sonreían incluso antes que su boca, arqueados en esa forma particular que tienen los ojos de la gente que ríe mucho. Una nariz perfecta, labios gruesos con el inferior ligeramente más prominente, y una sonrisa.
Dios, esa sonrisa.
Era amplia, sincera, tan brillante que Jungkook sintió la necesidad instintiva de entrecerrar los ojos, como si estuviera mirando directamente al sol. Llegaba hasta los ojos, hasta las mejillas, hasta algún lugar profundo que Jungkook no sabía que existía.
Llevaba una cámara colgada al cuello, la sujetaba con una mano mientras con la otra se rascaba la nuca, un gesto que delataba que, a pesar de su aparente seguridad, también podía sentirse ligeramente incómodo.
— ¿Hola? — el chico inclinó la cabeza, divertido — . ¿Seguro que estás bien? ¿Quieres que llame a alguien? ¿A un médico? ¿Un chamán? Porque tienes cara de haber visto un fantasma, pero no creo que sea tan feo como para asustar tanto.
Jungkook parpadeó. Tres veces.
Su cerebro estaba procesando información a la velocidad de un computador de los años noventa. Tenía que responder. Las personas normales respondían cuando les hablaban. Pero su boca parecía haber olvidado cómo funcionaba.
— Yo... — su voz sonó como un graznido, algo entre una rana y una puerta oxidada —. No. Estoy bien. Solo... solo buscaba...
Se dio cuenta con horror de que algunas hojas sueltas habían salido de la libreta y estaban regadas a su alrededor como pétalos de papel: el horario impreso, un par de bocetos rápidos que había hecho en el metro. Junto a ellas, un lápiz había rodado hasta quedar detenido contra el zapato del chico.
Se agachó a recogerlo todo con movimientos torpes, y en el proceso, en el proceso más torpe de la historia, golpeó su cabeza contra la rodilla del chico, que también se había agachado para ayudarlo.
El impacto fue limpio. Su cráneo contra su rótula. Un sonido hueco y húmedo.
— ¡Auch! — exclamaron al unísono.
Jungkook quería morirse. Allí mismo. Que el suelo de mármol se abriera y se lo tragara, como en las películas, como en los dibujos animados donde el personaje desaparece y solo queda un agujero con forma de persona. Quería no existir.
Pero el suelo no se abrió, y el chico de la sonrisa imposible estaba frotándose la rodilla mientras se reía.
No una risa cortés, de esas que la gente usa para suavizar momentos incómodos. Una risa de verdad, profunda, que salía del estómago y le hacía temblar los hombros. Una risa contagiosa, de esas que dan ganas de reírse también aunque no sepas muy bien de qué.
— Eres un peligro — dijo, pero no sonaba enojado. Sonaba encantado, como si Jungkook fuera el descubrimiento más interesante que había hecho en semanas — . ¿Siempre eres así o hoy es un día especial?
— Siempre — admitió Jungkook, y luego se odió por ser tan honesto. ¿Por qué no podía mentir? ¿Por qué no podía decir “no, es que hoy estoy especialmente torpe porque no dormí bien”? Pero no. Su cerebro había decidido que la única respuesta posible era la verdad absoluta y humillante.
El chico se rió más fuerte, y el sonido hizo que varios estudiantes giraran la cabeza hacia ellos. Jungkook notó cómo algunas personas sonreían al verlo, cómo otros saludaban con la mano. Una chica de cabello azul le hizo un gesto desde lejos. Un grupo de bailarines corearon su nombre: “¡Taehyuuung!“. Él respondió con un saludo rápido, una onda con la mano que parecía contener todo su carisma en un solo movimiento.
Este chico era popular. Era obvio. Tenía esa clase de presencia que atraía miradas sin esfuerzo, esa energía magnética que hacía que la gente quisiera estar cerca de él. Jungkook conocía el tipo. En su antigua escuela, los populares lo ignoraban o lo señalaban. Nunca sabía cuál era peor.
Pero este chico, Taehyung, no lo ignoraba. Lo miraba. Y no como se mira a un bicho raro, sino como se mira a alguien interesante.
— Bien.. — Taehyung se puso de pie con una agilidad que Jungkook envidiaba profundamente y le tendió una mano para ayudarlo a levantarse — . Soy Kim Taehyung, departamento de fotografía, segundo año. Y tú eres...
Jungkook tomó la mano. La palma era cálida y firme, y por un momento se preguntó si Taehyung notaría el temblor apenas perceptible en sus dedos.
— Jeon Jungkook. Primer año. Dibujo e ilustración.
— Ya decía yo que tenías cara de artista — Taehyung no soltaba su mano. Quizás no se daba cuenta. Quizás Jungkook tampoco quería soltarla — Tienes los dedos manchados de grafito. Eso es una señal obvia. Como las manchas de pintura en los pintores, o las callosidades en los guitarristas. Los artistas dejamos rastros.
Jungkook miró sus dedos. Tenía razón. Por mucho que se lavara, siempre había una línea grisácea difuminada en la yema del índice, una mancha en el lateral de la mano donde apoyaba el carboncillo. Su madre decía que era imposible, que se lavaba las manos diez veces al día, pero el grafito siempre volvía.
Era como si el dibujo fuera parte de él, literalmente.
— ¿Y tú cómo supiste que estaba perdido — preguntó, recuperando lentamente la capacidad de formar oraciones completas.
— Porque tienes esa mirada — Taehyung señaló sus propios ojos con dos dedos, luego apuntó a Jungkook — La de ”no sé a dónde voy pero finjo que sí“. La tengo muy entrenada, la uso todos los días. Bueno, todos los días no, porque yo nunca sé a dónde voy, pero finjo que sí. Es agotador, la verdad.
Hizo una pausa dramática.
— Es broma. Bueno, no del todo. Pero sí, esa mirada la conozco bien. Además, llevas diez minutos frente al mismo boceto y no has avanzado ni un metro hacia ningún sitio. Llevo observándote desde la fuente.
Jungkook sintió que el calor volvía a sus mejillas.
— ¿Me estabas observando?
— Era una observación artística — Taehyung se llevó una mano al pecho con fingida dignidad —. Los fotógrafos observamos. Es nuestro trabajo. Tú eras parte del paisaje. Un paisaje muy bonito, por cierto. Muy... estático. Como una estatua. Una estatua que de repente se asusto mucho.
Jungkook no supo si sentirse halagado o avergonzado. Decidió sentirse las dos cosas a la vez, una habilidad que había perfeccionado con los años.
— Buscaba el aula 203 — dijo, cambiando de tema antes de que su cara pudiera adquirir un tono más rojo — . Creo que es por aquí, pero los números no...
— ¡El 203! — Taehyung dio una palmada que resonó en el vestíbulo y volvió a atraer miradas— . Eso está en el ala este, pasas por la biblioteca, giras donde están los caballetes viejos, subes unas escaleras que nadie usa y luego... bueno, sabes que....es más fácil si te llevo. Vamos.
Y sin esperar respuesta, comenzó a caminar, mirando por encima del hombro para asegurarse de que Jungkook lo seguía, con esa confianza de quien sabe que la gente lo sigue.
Jungkook lo siguió.
Porque, por alguna razón, quería y necesitaba.
Mientras caminaban, Taehyung señalaba cosas. Todo. Absolutamente todo merecía un comentario, una anécdota, un dato curioso.
— Ese mural lo pintó la generación del año pasado — dijo, señalando una pared cubierta de colores vibrantes donde figuras humanas se entrelazaban con formas abstractas — . Dicen que pintaron toda una noche y al día siguiente tenían examen final. No sé cómo sobrevivieron. Yo una vez pasé toda la noche revelando fotos y al día siguiente casi me duermo en mi propio desayuno. Literalmente. Me desperté con la cara en el conflex.
— ¿conflex? — preguntó Jungkook.
— Cereal. Pero con mi manera de decirlo sale conflex. Mi familia se burla todo el tiempo. Mi abuela dice que hablo como si tuviera una patata en la boca. Pero a la gente le gusta, no sé por qué. Dicen que es “encantador”. Yo creo que solo se ríen de mí.
Jungkook sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba allí.
Pasaron junto a una fuente en un patio interior, y Taehyung se detuvo un momento.
— Aquí vienen los músicos a tocar — explicó — . Dicen que el sonido del agua les inspira. Pero yo creo que solo quieren ligar. El año pasado hubo un escándalo enorme: un chico le dedicaba serenatas a una chica durante semanas, y todo el mundo pensaba que eran súper románticos. El problema es que la chica tenía novio... y el novio era compañero de clase del otro. Lo peor es que ella nunca lo paraba, ¿sabes? Aceptaba las flores, se quedaba a escuchar, sonreía... Casi estalla una guerra entre los dos. En la escuela todavía hablan de eso, lo llaman “El Romance del Río” aunque no tuvo nada de romántico.
Jungkook rió. Un sonido corto, sorprendido, como si no esperara que su propia risa pudiera existir.
Taehyung se giró a mirarlo con los ojos muy abiertos.
— ¡Te ríes! — exclamó, señalándolo con acusación — . ¡Sabía que podías hacerlo! Llevaba todo el rato esperando. Desde que te vi frente al boceto pensé: ”este chico necesita reírse“. Y lo has hecho. Misión cumplida.
— No fue para tanto — murmuró Jungkook, mirando al suelo.
— Fue para tanto — Taehyung se giró por completo para mirarlo, con una expresión que mezclaba orgullo y algo más tierno— . Llevo desde que te vi intentando hacerte reír, ¿sabes? Las historias, lo de la anecdota... todo era para esto. Para escuchar cómo sonaba tu risa. Y por fin, por fin lo logré.
Jungkook parpadeó, sin saber qué decir.
— Soy experto en risas — continuó Taehyung, empezando a caminar de nuevo pero sin dejar de mirarlo — . Las estudio. Como fotógrafo. La risa es una de las expresiones más difíciles de capturar, porque tiene que ser genuina. Si es falsa, se nota en los ojos, en los músculos de la cara. La sonrisa verdadera llega a los ojos. Y la tuya... la tuya llegó.
Jungkook no supo qué decir a eso. Así que no dijo nada.
Siguieron caminando. Pasaron por la cafetería, un espacio amplio con mesas desordenadas y un mostrador donde una señora de aspecto cansado servía bebidas.
— El café es malísimo — informó Taehyung con total seriedad — . Sabe a quemado y a decepción. Pero el pastel de zanahoria vale la pena. Te juro que es el mejor de Seúl. Bueno, no he probado todos los pasteles de zanahoria de Seúl, pero he probado muchos. Y este está en el top tres. Te invito uno algún día.
Ese ”algún día" hizo que algo cálido se instalara en el pecho de Jungkook.
No sabía por qué. Era solo una frase. La gente decía ese tipo de cosas todo el tiempo. ”Quedamos algún día“, “tomamos algo algún día”, ”nos vemos algún día“. Era un compromiso vacío, una cortesía social. Pero cuando Taehyung lo decía, sonaba diferente. Sonaba como una promesa.
Llegaron a unas escaleras estrechas al final de un pasillo poco iluminado. Eran de hormigón, sin ningún adorno, y subían en espiral hacia arriba.
— Por aquí — Taehyung subió los primeros escalones y luego se detuvo, girándose — . Nadie usa estas escaleras porque hay un ascensor al otro lado del edificio. Pero a mí me gustan. Son más... tranquilas , por lo mismo que nadie las usa. Suena raro decirlo, pero ¿entiendes lo que quiero decir?
Jungkook entendía perfectamente.
— Oye — Taehyung bajó un escalón para quedar a su altura — . ¿Estás nervioso?
Jungkook dudó. Podía mentir. Había mentido tantas veces a lo largo de los años. ”Estoy bien“, ”no me importa“, ”no me molestan”.Pero algo en la mirada de Taehyung, en la forma en que esperaba su respuesta sin juzgar, sin apurar, hizo que las palabras salieran solas.
— Un poco.
— Es normal. Mi primer día casi me caigo por estas mismas escaleras porque iba mirando mi horario en lugar de mirar al suelo. Menos mal que no pasaba nadie, porque el ridículo habría sido épico. Bueno, mi amigo Jimin dice que igualmente hice el ridículo porque iba hablando solo, pero yo siempre hablo solo, así que no contaba.
Jungkook sonrió otra vez. Más fácil esta vez.
— Pero yo no tengo horario — dijo, y su voz se volvió más seria — . Solo tengo miedo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Se mordió el labio inferior, esperando una reacción extraña, una burla, un ”no es para tanto" o un ”ya se te pasará“. Las frases vacías que la gente siempre decía cuando no sabía qué decir ante el miedo de otro.
Pero Taehyung no se rió.
Bajó un escalón más para quedar completamente a su altura y lo miró directamente a los ojos. Por primera vez, su sonrisa se suavizó en algo más tranquilo, más serio. Sus ojos, antes llenos de chispa y diversión, se volvieron profundos. Comprensivos.
— Sabes — dijo en voz baja, como si compartiera un secreto importante— , yo también tengo miedo casi todos los días.
Jungkook parpadeó.
— ¿Tú?
— Sí, yo — Taehyung se encogió de hombros, pero no había ligereza en el gesto — . Miedo a que mis fotos no sean lo suficientemente buenas. A que la gente descubra que no tengo ni idea de lo que hago, que solo tengo suerte, que mis premios fueron casualidad. Miedo a decepcionar a mi familia, a mis profesores, a mí mismo. Miedo a... bueno, a muchas cosas.
La confesión colgó en el aire entre ellos.
Jungkook no sabía qué hacer con ella. Taehyung pareía tan seguro, tan brillante, tan lleno de luz. Era difícil imaginarlo con miedo. Era difícil imaginarlo dudando de sí mismo.
— Pero luego — continuó Taehyung— recuerdo algo que me dijo un amigo. El mejor amigo que tengo aquí, Jimin, el que te mencioné antes. Me dijo: ”el miedo solo significa que estás a puntode hacer algo que importa“. Si no te importara, no tendrías miedo. Así que el miedo... el miedo es una buena señal. Significa que estás vivo. Que te importa.
Jungkook sostuvo su mirada.
Por un momento, el ruido de la escuela desapareció. Las voces lejanas, los pasos en los pasillos, el eco de una música que alguien practicaba en algún lugar, el murmullo constante de la vida académica... todo se desvaneció.
Solo estaban ellos dos en esas escaleras vacías, mirándose.
Y entonces Jungkook lo vio.
Una hoja de cerezo.
Rosa pálido, casi blanca, diminuta y perfecta, cayendo lentamente desde algún lugar arriba. Giraba sobre sí misma con una lentitud hipnótica, como si el aire la sostuviera con cuidado, como si no quisiera que llegara al suelo nunca.
Pero no había árboles allí. No había ventanas abiertas. Solo techo y paredes y luz fluorescente.
La hoja descendió girando suavemente y pasó entre ellos, tan cerca que Jungkook sintió que le rozaba la mejilla con una caricia inexistente antes de desaparecer en el aire, como si nunca hubiera existido. Como si hubiera sido un sueño. Una alucinación. Un truco de la luz.
Taehyung parpadeó. Su boca se abrió ligeramente, los labios separados en una expresión de asombro genuino.
— ¿Has visto...? — empezó a preguntar, y su voz sonó extraña, como si también dudara de lo que acababa de presenciar.
— No — mintió Jungkook rápidamente, demasiado rápido — . No he visto nada.
Pero los dos sabían que era mentira.
Hubo un silencio. Un silencio extraño, cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Algo tierno. Algo que parecía vibrar en el espacio entre ellos.
— Bueno — Taehyung carraspeó y volvió a subir las escaleras, ahora con paso menos seguro, como si las piernas le pesaran más que antes— . El aula está aquí. La 203.
Empujó la puerta y asomó la cabeza.
— ¡Profesora Kang! — su voz recuperó parte de su brillo habitual, aunque aún se notaba un temblor — . Tengo aquí a un espécimen de primer año perdido, ¿lo aceptan en adopción?
Una risa de mujer llegó desde dentro.
— Tráelo, Taehyung, pero no lo asustes más de lo que ya debe estar.
Taehyung abrió la puerta del todo y se hizo a un lado para que Jungkook pasara.
El aula era luminosa, con grandes ventanales que daban a un pequeño jardín interior lleno de plantas verdes. Caballetes ordenados en filas, todos de madera clara, algunos manchados de pintura de otros años. Olor a papel, a madera, a algo indefinible que solo tenían las aulas de arte: una mezcla de creatividad, esfuerzo y sueños. Una mujer de mediana edad con gafas redondas y el pelo recogido en un moño desordenado sonrió desde su escritorio.
— Jeon Jungkook, ¿verdad? Te estábamos esperando. Pasa, siéntate donde quieras.
Jungkook dio un paso adelante. Luego se detuvo. Se volvió hacia Taehyung, que todavía estaba en el umbral, iluminado por la luz del pasillo.
— Gracias — dijo, y deseó que esa palabra pudiera transmitir todo lo que no sabía expresar: gracias por no reírte, gracias por entender, gracias por hacerme sentir que tal vez, solo tal vez, este lugar no era tan aterrador, gracias por las historias.
Taehyung sonrió. Esa sonrisa amplia y brillante del principio, pero ahora con algo más. Algo más suave. Algo que podría llamarse ternura si Jungkook se atreviera a ponerle nombre.
— Nos vemos — dijo— . No olvides lo del pastel de zanahoria.
Y se fue, cerrando la puerta tras él con un clic suave.
Jungkook se quedó un momento mirando la madera, hasta que la voz de la profesora lo devolvió a la realidad.
— ¿Jungkook? ¿Todo bien?
— Sí — respondió, y por primera vez en todo el día, era verdad.
Encontró un caballete cerca de la ventana y se sentó. Desde allí podía ver el jardín interior, las hojas verdes moviéndose con la brisa, algún pájaro posado en una rama. Era un lugar tranquilo. Un buen lugar para dibujar.
Poco a poco, el aula se fue llenando. Otros estudiantes de primer año entraban, saludaban, buscaban su sitio. Jungkook los observaba con el rabillo del ojo, sin mirar directamente, analizando. Era su mecanismo de defensa: observar antes de ser observado. Aprender quién era quién, quién podría ser peligroso, quién podría ser amable, quién probablemente ni siquiera notaría su existencia.
La profesora Kang se puso de pie y comenzó a hablar. Daba la bienvenida al curso, explicaba el programa, hablaba de exposiciones, de proyectos, de sueños. Jungkook escuchaba con una oreja, pero su mente estaba en otra parte.
Pensaba en ojos oscuros que sonreían. En manos cálidas que no soltaban. En una hoja de cerezo cayendo de la nada.
No. No podía haber sido real.
Debía ser el estrés. El cansancio. Los nervios del primer día. El cerebro, cuando está bajo presión, juega malas pasadas. Crea ilusiones. Ve cosas que no existen.
Pero cuando bajó la mirada a su cuaderno de bocetos, que había abierto sin darse cuenta mientras la profesora hablaba, allí estaba: dibujada sin pensar, con trazos rápidos e inconscientes, la silueta de un chico con una cámara colgada al cuello.
No era un retrato detallado. Solo líneas. La curva de unos hombros, la inclinación de una cabeza, la forma de una cámara contra el pecho. Pero era él. Era Taehyung.
Jungkook cerró el cuaderno de golpe, el corazón latiéndole con fuerza.
El sonido llamó la atención de la chica a su lado, que lo miró con curiosidad. Jungkook sonrió con nerviosismo y apartó la mirada.
— Bien — dijo la profesora, dando una palmada para captar la atención de todos— . Ahora me gustaría que cada uno se presentara brevemente. Que nos cuenten su nombre, su departamento, y por qué están aquí. Qué quieren lograr, qué les trajo al arte. Empezaremos por el fondo y iremos avanzando.
Jungkook sintió que el estómago se le encogía.
Las presentaciones. Siempre las presentaciones. Ese momento horrible en el que todos te miran, te juzgan, deciden quién eres basándose en treinta segundos de palabras torpes.
Los primeros en hablar fueron los del fondo. El chico a unos puestos de el se presento primero, dijo que se llamaba Hwang Hyunjin y que quería ser ilustrador de cómics porque de pequeño leía manga y pensaba ”yo puedo hacer esto“. La clase rió. La chica a su lado dijo que se llamaba Bae Joo hyun y que llevaba dibujando desde los cinco años, que el arte era su vida y que esperaba aprender técnicas nuevas para expresar mejor sus emociones.
Jungkook asentía, escuchaba, intentaba memorizar nombres que sabía que olvidaría en cinco minutos.
Y entonces un chico al otro lado del aula se puso de pie.
Jungkook levantó la vista por cortesía, sin prestar demasiada atención.
Y entonces lo vio.
Fue como si el aire se congelara.
El chico que se había levantado era no tan delgado, de hombros ligeramente caídos y expresión seria. Cabello negro azabache, lacio, cayendo sobre una frente pálida. Piel blanca, casi traslúcida, como de porcelana. Ojos oscuros, profundos, que parecían mirar sin ver realmente, como si estuvieran evaluando constantemente el mundo a su alrededor. Llevaba una sudadera holgada, gris, y una gorra calada hacia atrás que ocultaba parcialmente su rostro.
Min Yoongi.
No. No, no, no.
Las manos de Jungkook comenzaron a sudar. La respiración se le aceleró. El corazón, que antes latía con fuerza, ahora parecía querer salírsele del pecho.
— Soy Min Yoongi — dijo el chico con voz plana, sin entonación, sin emoción— . Tercer año, producción musical. Estoy aquí porque... bueno, porque no sé hacer otra cosa.
Algunos rieron. Era una respuesta auto deprecatoria, el tipo de humor que la gente usaba para parecer humilde o interesante. Yoongi no sonrió. No reaccionó. Solo esperó a que las risas se apagaran.
Sus ojos recorrieron el aula lentamente, evaluando a cada persona con esa mirada fría y calculadora que Jungkook conocía tan bien. Pasaron por la chica de las gafas, por el chico de la camisa hawaiana, por la profesora...
Y entonces se detuvieron en Jungkook.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa bonita. No como la de Taehyung, que iluminaba habitaciones. Esta era una sonrisa pequeña, torcida, apenas una curva en una comisura. Una sonrisa privada. Una sonrisa que decía: te encontré. Otra vez. Y no vas a escaparte.
Jungkook sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La mochila, que había apoyado contra la pata del caballete, le pareció de repente un refugio insuficiente. Las manos, manchadas de grafito, comenzaron a temblar ligeramente. Oía su propio latido en los oídos, un bombo sordo que ahogaba las siguientes presentaciones. La sangre le golpeaba las sienes con cada latido. El aire se volvió denso, difícil de respirar.
Recordaba. Recordaba todo.
Recordaba la primera vez que Yoongi se fijó en él, en el concurso de talentos del año pasado, cuando Jungkook había ganado un premio por uno de sus dibujos. Yoongi se le acercó después, le dijo que su arte era especial, que quería conocerlo mejor. Jungkook, ingenuo, se sintió halagado. Un chico mayor, talentoso, interesado en él.
Recordaba los mensajes. Los ”bonitos tus dibujos hoy“. Los ”pienso en ti“. Los ”nadie te entiende como yo“. Recordaba cómo Yoongi aparecía en todos los lugares donde él estaba, cómo siempre sabía qué decir, cómo poco a poco fue ocupando espacio en su vida.
Recordaba la primera vez que Yoongi lo besó, en la azotea del edificio de música, al atardecer. Jungkook había pensado que era el comienzo de algo bonito. Había pensado que por fin, después de tanto tiempo sintiéndose invisible, alguien lo veía. Alguien lo quería.
Recordaba las discusiones. Los ”por qué no me presentas a tus amigos“.Los “es que no creo que entiendan nuestra relación“. Los“no hace falta que se lo cuentes todo a tu madre“. Poco a poco, Yoongi lo fue aislando. Sus amigos dejaron de llamar. Su madre preguntaba por qué ya no salía. Y Jungkook, estúpido, estúpido, estúpido, pensaba que era su culpa. Que él era el difícil. El raro. El que no sabía querer bien.
Recordaba el día que terminó todo. Una discusión más. Yoongi, con esa sonrisa torcida, diciendo: “Nadie te va a querer como yo. Nadie va a entenderte como yo. Si te dejo, te quedas solo. Y lo sabes”.
Jungkook lo había creído.
Durante meses, lo había creído.
Hasta que una noche, mirándose al espejo, vio sus propios ojos hinchados de llorar y pensó: prefiero estar solo para siempre que seguir así.
Y lo dejó. Cambió de escuela. Pensó que podría empezar de nuevo.
Pero Yoongi estaba aquí.
— ¿Jungkook? — la voz de la profesora llegó desde muy lejos, como a través de un túnel— . ¿Te toca?
Parpadeó. Toda la clase lo miraba. La profesora, con expresión paciente. Los otros estudiantes, con curiosidad. Yoongi, desde su sitio, con esa sonrisa que solo Jungkook podía ver.
Se puso de pie con las piernas temblorosas. Su voz, cuando habló, sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
— Jeon Jungkook — dijo — . Primer año. Dibujo. Estoy aquí porque... porque dibujar es lo único que sé hacer sin miedo.
Mentira. Mentira. Mentira.
Dibujar también daba miedo. Todo daba miedo desde que Yoongi había entrado en su vida. Dibujar daba miedo porque cada trazo podía ser juzgado. Respirar daba miedo porque cada respiración podía ser la última antes de que alguien dijera algo hiriente. Existir daba miedo porque existir significaba ser visto, y ser visto significaba ser vulnerable.
Pero no dijo nada de eso. Solo se sentó de nuevo y apretó las manos contra sus muslos para que dejaran de temblar.
La clase continuó. Más presentaciones. Más nombres. Más caras nuevas. Jungkook no registró ninguna. Su mente estaba en blanco, llena de estática, llena de ese zumbido que aparece cuando el cuerpo entra en modo supervivencia.
La clase terminó una eternidad después.
O quizás fueron solo cuarenta y cinco minutos. Jungkook había perdido toda noción del tiempo. Solo sabía que cuando la profesora dijo “nos vemos el miércoles”, su cuerpo se movió por inercia, recogiendo sus cosas con movimientos mecánicos, evitando mirar hacia el lado donde estaba Yoongi. Si no lo miraba, quizás desaparecería. Quizás todo sería un mal sueño. Quizás despertaría en su cama, en su casa, en su vida anterior, y esto no estaría pasando.
— Jungkook.
La voz estaba justo detrás de él.
Demasiado cerca.
Se giró lentamente, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano. Yoongi estaba allí, apoyado contra la pared junto a la ventana, las manos en los bolsillos de la sudadera. Su expresión era difícil de leer: ni amable ni hostil. Simplemente... presente. Como si hubiera estado esperando este momento todo el tiempo.
— Qué sorpresa — dijo Yoongi, y su voz era exactamente como Jungkook la recordaba: baja, calmada, con ese dejo de ironía permanente— . No sabía que vendrías aquí.
— Yo tampoco sabía que tú estabas aquí — respondió Jungkook, y odió que su voz sonara tan débil. Tan pequeña. Tan asustada.
— Pequeño mundo, ¿no?
Silencio.
Jungkook quería irse. Quería correr. Quería atravesar la puerta y no parar hasta estar en algún lugar donde Yoongi no pudiera encontrarlo. Pero sus pies no respondían. Estaban clavados al suelo como si hubieran echado raíces.
— Me alegro de verte vdijo Yoongi, y la frase colgó en el aire como una amenaza disfrazada de cumplido — . De verdad. Pensé que... bueno, da igual. ¿Estás bien?
— Sí.
— ¿Seguro? Pareces nervioso.
— Estoy bien.
— Has engordado un poco — Yoongi inclinó la cabeza, evaluándolo— . Te queda bien. Antes estabas demasiado delgado.
Jungkook no respondió. Las palabras se atascaban en su garganta.
Otro silencio. Yoongi lo estudió con esos ojos que siempre parecían saber más de lo que decían. Luego dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal, y bajó la voz.
— Sabes — dijo— , lo de antes... lo de aquella vez... lo siento. Fui un idiota. No supe valorarte. Pero he cambiado. De verdad.
Jungkook contuvo la respiración.
— He pensado en ti — continuó Yoongi— . Mucho. En cómo te reías cuando te hacía cosquillas. En cómo me mirabas. Nadie me ha mirado así después de ti. — Estas durmiendo bien. Tu madre me dijo que te cambiaste de escuela. Me preocupé.
Mentira. Mentira. Mentira. Si se hubiera preocupado de verdad, no habría hecho lo que hizo. Si se hubiera preocupado de verdad, no habría dicho aquellas cosas. Si se hubiera preocupado de verdad, habría dejado que Jungkook se fuera sin tener que huir. Era mentira. Todo era mentira. Jungkook lo sabía. Lo sabía en cada fibra de su cuerpo. Pero su corazón latía con fuerza y su mente se llenaba de preguntas:¿y si era verdad? ¿Y si realmente había cambiado? ¿Y si...
No.
— Estoy bien.. solo tengo que irme — dijo.
Yoongi asintió lentamente, como si lo entendiera. Pero cuando Jungkook dio media vuelta para irse, sintió una mano en su muñeca. Un agarre firme, no doloroso, pero firme.
— Solo quiero que sepas — susurró Yoongi cerca de su oído — que me alegro de que estés aquí. De verdad. Y que si necesitas algo... cualquier cosa... estoy aquí. ¿si? Nos vemos por aquí, supongo. La escuela no es tan grande.
Antes de que Jungkook pudiera responder, Yoongi soltó su muñeca, le dio una palmada en el hombro que le quemó, y se fue. Caminando despacio, con esa seguridad arrogante de siempre, como si el mundo le perteneciera.
Jungkook se quedó inmóvil mucho tiempo después de que la puerta se cerrara.
No supo cuántos minutos pasaron. Podían ser cinco. Podían ser treinta. Solo que cuando finalmente logró moverse, el sol ya no entraba por las ventanas de la misma manera y el aula estaba completamente vacía. La profesora se había ido. Los otros estudiantes, también. Solo él, solo, apoyado contra un caballete, temblando.
Salió al pasillo. Las escaleras. El ala este. La biblioteca. Todo le parecía un laberinto ahora, sin Taehyung para guiarlo, sin su voz alegre para señalarle el camino.
Caminó sin rumbo, tratando de encontrar la salida, cuando un destello llamó su atención.
Era una vitrina al final de un pasillo poco iluminado, un rincón olvidado del edificio donde nadie parecía pasar. Dentro, fotografías enmarcadas, dispuestas con cuidado sobre terciopelo negro. Había varias: paisajes urbanos, retratos en blanco y negro, composiciones abstractas. Pero en el centro, ocupando el lugar de honor, había una enorme ampliación que dominaba toda la vitrina.
Un niño pequeño, de espaldas, mirando hacia un horizonte de luces borrosas. Estaba en lo que parecía una azotea, o quizás un mirador. Su silueta era diminuta contra el fondo de la ciudad nocturna, las luces difuminadas como estrellas caídas. Llevaba un abrigo demasiado grande para él, y tenía una mano levantada, como si fuera a señalar algo, o quizás a tocar las luces.
La composición era perfecta. La luz, la textura, la emoción... todo estaba en su sitio. El blanco y negro acentuaba la soledad de la imagen, pero no era una soledad triste. Era una soledad expectante, como si el niño estuviera a punto de descubrir algo importante.
Jungkook se acercó a la vitrina, hipnotizado.
La tarjeta al lado decía:
“Horizontes” - Kim Taehyung (2° año)Primer premio, Concurso de Fotografía Juvenil de Seúl“Para todos los que buscan su lugar en el mundo”
Jungkook se quedó mirando la foto mucho tiempo.
El niño de espaldas parecía estar exactamente donde Jungkook se sentía ahora: frente a algo inmenso, desconocido, hermoso y aterrador al mismo tiempo. Las luces borrosas eran el futuro, la ciudad era el mundo, y el niño era él, pequeño y solo, preguntándose si algún día llegaría a tocar esas luces.
— Es bonita, ¿verdad?
La voz lo sobresaltó. Se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio.
Y allí estaba él.
Taehyung, apoyado contra la pared contraria, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que empezaba a resultarle peligrosamente familiar. La luz del pasillo creaba sombras en su rostro, acentuando sus pómulos, la curva de su mandíbula. Parecía cansado, pero también contento. Como si hubiera estado esperando que alguien encontrara este lugar.
— No quería asustarte — dijo— . Otra vez. Lo siento. Es que tengo un don para aparecer de repente. Mi madre dice que debería llevar un cascabel.
Jungkook no respondió. Aún estaba procesando el hecho de que Taehyung estuviera aquí, en este pasillo vacío, frente a su propia fotografía.
— Paso mucho tiempo aquí — admitió Taehyung, acercándose lentamente— , mirando mi propia foto. Es patético, lo sé. Como esos padres que no dejan de mirar las fotos de sus hijos. Pero es que me costó mucho sacarla. Pasé tres semanas en ese lugar esperando la luz correcta. Tres semanas subiendo a esa azotea todas las noches, congelándome, esperando que el momento perfecto llegara. Y cuando llegó, solo tuve un segundo para capturarlo. Un segundo. Si parpadeaba, lo perdía.
Jungkook miró la foto, luego a Taehyung.
— Es increíble — dijo, y era sincero. Más sincero de lo que había sido en todo el día— . Transmite... no sé. Soledad, pero no triste. Como si esa soledad fuera parte del camino. Como si estar solo no fuera malo, sino necesario para llegar a algún sitio.
Taehyung abrió mucho los ojos. La sorpresa en su rostro era genuina, casi infantil.
— Eso es exactamente lo que quería — dijo, y su voz tenía un temblor que no estaba antes— . ¿Cómo llegaste a saberlo? Llevo un año intentando explicarle a la gente qué significa esta foto, y nadie... nadie lo había entendido así.
Jungkook se encogió de hombros.
— Supongo que porque la entiendo.
Se miraron. Otra vez. Y otra vez, Jungkook sintió esa extraña corriente en el aire. Pero ahora, después del encuentro con Yoongi, esa corriente era como agua fresca en un día de calor.
— ¿Estás bien? — preguntó Taehyung, frunciendo ligeramente el ceño— . Tienes mala cara.
Jungkook dudó. Podía mentir. Podía decir que sí, que estaba bien, que era el cansancio del primer día. Pero algo en la mirada de Taehyung, en esa preocupación genuina, le hizo querer decir la verdad.
— He visto a alguien — dijo lentamente— . Alguien que... bueno, alguien que esperaba no volver a ver.
Taehyung esperó. No presionó. Solo esperó, con esa paciencia que parecía tener para todo.
— No importa — dijo Jungkook, apartando la mirada— . No es nada.
— Si no quieres contar, no cuentes — Taehyung se encogió de hombros— . Pero si quieres... yo sé escuchar. Bueno, a veces. Cuando me interesa. Y tú me interesas.
Lo dijo tan naturalmente, como si fuera lo más obvio del mundo. Como si Jungkook fuera interesante. Como si mereciera que alguien lo escuchara.
Jungkook no supo qué responder. Así que no dijo nada.
Taehyung tampoco. Se limitó a quedarse allí, a su lado, mirando también la fotografía.
Pasaron un minuto así. O dos. O diez. Jungkook perdió la noción del tiempo.
Pero esta vez, en lugar de una hoja de cerezo, fue Taehyung quien hizo algo inesperado.
Levantó la mano con una lentitud que permitía rechazarlo en cualquier momento, que daba tiempo para apartarse si Jungkook no quería. Y con una suavidad que contrastaba con todo el ruido del día, con todo el miedo acumulado, con toda la tensión que Jungkook llevaba dentro, rozó suavemente su mejilla con la yema de los dedos.
— Tienes una mancha — dijo en voz baja, tan baja que era casi un susurro — . Grafito. Justo aquí.
Su dedo trazó una línea imaginaria desde el pómulo hasta la mandíbula, siguiendo el recorrido de la mancha. El contacto era leve, apenas una caricia, pero Jungkook lo sintió en todo el cuerpo.
Contuvo el aliento.
El mundo se detuvo otra vez.
El roce duró solo un segundo. Quizás dos. Pero cuando Taehyung retiró la mano, a Jungkook le pareció que su piel seguía ardiendo, que el fantasma de ese contacto permanecía grabado en su mejilla como una marca imborrable.
— Gracias — susurró Jungkook, sin saber muy bien por qué lo decía. ¿Gracias por qué? ¿Por señalarle una mancha? ¿Por tocarlo? ¿Por existir?
— De nada — respondió Taehyung, y su voz también era un susurro.
El pasillo estaba en silencio. La escuela, vacía. El sol de la tarde entraba por una ventana lejana, creando un rectángulo de luz dorada en el suelo. Solo ellos dos frente a una fotografía premiada, con la distancia de un suspiro entre sus cuerpos.
— Oye — dijo Taehyung, y su voz sonó más ronca que antes, como si las palabras le costaran trabajo — . ¿Te importa si te acompaño a la salida? Es que... no sé, anochece pronto y estas calles... y además es tu primer día, y perderse es fácil, y yo tengo que salir igual, así que...
— Sí— lo interrumpió Jungkook, antes de que pudiera seguir enrollándose— . Me gustaría.
Caminaron juntos hacia la salida.
Esta vez no hubo comentarios sobre el camino. No hubo anécdotas ni historias graciosas. Solo el sonido de sus pasos en el pasillo vacío, el crujir de alguna puerta lejana, el silencio cómplice de dos personas que no necesitan hablar para sentirse bien.
Jungkook notó que Taehyung caminaba más despacio de lo necesario, ajustando su paso al suyo. Notó que sus hombros casi se rozaban en los momentos en que el pasillo se estrechaba. Notó que, a pesar del frío de marzo, él estaba caliente. Cálido.
Llegaron a la puerta principal. El cristal reflejaba el cielo anaranjado del atardecer. Afuera, la calle empezaba a iluminarse con las primeras luces de la noche.
Taehyung se detuvo en el umbral. La luz del exterior lo bañaba, creando un halo alrededor de su silueta. Parecía un ángel. O un sueño. O algo que Jungkook no se atrevía a nombrar.
— Mañana — dijo Taehyung — . ¿Vienes mañana?
— Sí.
— Bien. Entonces... nos vemos.
— Nos vemos.
Jungkook dio unos pasos hacia la calle. El aire fresco le dio en la cara, despejándole un poco la mente. Todo el día le parecía irreal. Las escaleras, la hoja, la fotografía, el roce en la mejilla... ¿había pasado todo realmente?
Se volvió.
— Taehyung.
— ¿Sí?
— Lo del pastel de zanahoria. ¿Lo decías en serio?
La sonrisa de Taehyung se amplió hasta iluminar toda la calle. Hasta iluminar la noche. Hasta iluminar algo dentro de Jungkook que no sabía que necesitaba luz.
— Completamente.
Jungkook asintió. Una pequeña curva apareció en sus labios. Casi una sonrisa. Casi.
Y se fue, caminando calle abajo, sintiendo la mirada de Taehyung en su espalda hasta doblar la esquina.
No vio, mientras se alejaba, lo que pasó detrás de él.
Taehyung se quedó en la puerta mucho tiempo después de que Jungkook desapareciera. El viento de marzo movía su cabello, pero él no sentía el frío. Solo sentía algo raro en el pecho. Algo que no sabía explicar.
Y entonces las hojas empezaron a caer.
No una. No dos.
Tres hojas de cerezo, rosadas y perfectas, descendieron suavemente desde algún lugar del cielo inexistente y se posaron en sus hombros y en la cámara que aún colgaba de su cuello.
Taehyung levantó la mano y atrapó una al vuelo. La sostuvo en la palma, mirándola con asombro.
No había árboles de cerezo en kilómetros a la redonda.
Pero allí estaba. Pequeña, frágil, real.
— Qué raro — murmuró para sí mismo.
Y sonrió, sin saber muy bien por qué, mientras guardaba la hoja en el bolsillo, como un tesoro.